martes, 9 de marzo de 2010

Roma en Standdart






Roma por Jordi Corominas i Julián


Entre el 28 de septiembre de 1999 y el 28 de abril de 2008 Roma fue lo más importante de mi vida. La consideraba una musa que deseaba convertir en mujer para alcanzar la perfección. La victoria de la derecha anuló ese entusiasmo. Comprobé que sus alegres ciudadanos eran unos cínicos. El tópico se cumplió. La herencia de la época imperial sigue vigente, el bagaje cultural que respira el paseante que camina por la Ciudad eterna es inconmensurable, no es que cada piedra evoque Historia: el aire la contiene y la transmite mediante metáforas arquitectónicas.





Mi primera residencia en la Urbe fue un no man’s land durante siglos. Viale Marconi es el todo en la nada. Pizzerías, supermercados y quioscos con novelas del Oeste. Salía de casa y esperaba al 170, maravilloso autobús que en un momento de su singladura pasaba por unos de los puentes más desconocidos de la capital italiana, el Ponte Testaccio, famoso en mi memoria sentimental por la visión del gasómetro y la escena final de Accattone, debut cinematográfico de Pier Paolo Pasolini, obra cumbre por su reinvención del séptimo arte desde los ojos de un poeta maldito que para concluir su osada aventura eligió parajes periféricos para ilustrar, mientras suena la Pasión según San Mateo de Bach, nuevas sacralidades contemporáneas alejadas del clásico tono vaticano. Parte de culpa en ese proceso la tuvo el neorrealismo con su obsesión de posguerra por retratar la cotidianidad popular. Desciendo del 170, callejeo durante pocos minutos y topo con un desvencijado arco. Es la entrada del Porta Portese, el rastro romano donde se ambientaron varias escenas fundamentales para entender la importancia del cine del siglo pasado. En Ladri di biciclette padre e hijo ven impotentes al maldito ladrón que les aboca a la miseria; en I soliti ignoti Mastroianni y sus secuaces aplican su ciencia ladrona para robar una cámara de fotos. El lugar es el preludio al centro, donde el bullicio cree desaparecer y sólo se metamorfosea en intensidad turística, flirteo crónico y ajetreo laboral. El romanticismo americano dará como referencia a esta ruta Vacanze romane, postal filmada para encumbrar a Audrey Hepburn en su pedestal de reina anoréxica. La mejor combinación es olvidar la comida impuesta y degustar una parte insólita del Tíber avanzando por el Porto di Ripa Grande y sus edificios de extraña nobleza. Veremos parejas ocultándose, borrachos durmiendo y podremos rememorar el final de Polvere di stelle, peliculita en que Totò y Anna Magnani brindan al espectador un absoluto disparate cómico que no empaña su recuerdo a lo largo y ancho de Roma. Él engañando a norteamericanos en el foro y en la Fontana di Trevi, ella erigiéndose en símbolo de la generación de la Resistencia al morir en las estribaciones de Porta Maggiore en Roma città aperta.





Cuando abandonamos esa parte medio ignorada, tenemos varias posibilidades a nuestro alcance. La más lógica seria adentrarnos en Trastevere, falso residuo de auténtica romanidad que vive una silenciosa invasión de jóvenes aspirantes a crear un Greenwich Village que siempre se queda en agua de borrajas. La iglesia de Santa Maria fue mi epicentro festivo, caudal de charlas con todo tipo de personajes sin hallar en ningún momento la magia de los hippies fellinianos de Roma o la belleza exultante de Carmen di Trastevere, mujer romana de pies a cabeza interpretada por Giovanna Ralli en 1962, año en que la antigua pureza cedió su trono al traje corbata que llevan la mayor parte de hombres presentes en L’eclisse de Michelangelo Antonioni, seres humanos que han trasladado sus reuniones de la fuente a la bolsa, de lo rústico a lo capitalista, sistema que permite la supervivencia de reductos maquillados de tradición, decorados temáticos de profundo provecho económico. Pese a ello, no quiero que el lector se deje llevar por la apariencia de una crítica salvaje. No es mi intención. Si en algún momento percibís rabia es por desazón y amor robado. No se puede liquidar un tercio de existencia con rencor y en Trastevere esa palabra es inexistente bajo el influjo de canciones populares basadas en composiciones líricas de poetas dialectales como Giuseppe Gioachino Belli o Carlo Trilussa, ambos homenajeados con sendas estatuas en puntos fronterizos del barrio. Trilussa al lado del más hermoso puente de la ciudad, el Ponte Sisto, Belli cerca de Ponte Garibaldi, preludio de la Isla Tiberina que da acceso al ghetto más antiguo de Europa con su larga historia de odio y persecución al judío. El cine y la literatura no han permanecido ajenos al fenómeno genocida en la ciudad fundada por los gemelos amamantados por la loba. En Amén Costa Gavras destroza el silencio vaticano y su tolerancia con el envío de hebreos romanos a los campos polacos, tema que enfocaron desde la novela y el relato histórico dos ilustres de las letras italianas, Elsa Morante en su sobrevalorada La storia y Giacomo Debenedetti en 16 ottobre 1943, escalofriante crónica de la deportación, acto histórico enterrado si no fuera por una placa conmemorativa, resquicio del drama que no anula la belleza que supone contemplar la naturalidad de las personas que hoy en día habitan sus angostas avenidas, personas que el 9 de mayo de 1978 debieron recibir con estremecimiento la noticia de la muerte de Aldo Moro, asesinado por las Brigadas Rojas, quienes abandonaron el cadáver en un Renault 4 en Via Caetani, a pocos metros del ghetto. Eligieron ese lugar al estar ubicado entre las dos sedes de los principales partidos políticos de la República, la Democracia Cristiana y el Partido Comunista, incapaces de evitar el sacrificio del estadista. Alberto Moravia intuyó el desastre en La vita interiore, libro entrevista a una rica romana que rompe con su familia y emprende la vía terrorista, que en relación al caso Moro ha sido ampliamente tratada por la producción fílmica italiana con películas de calidad entre las que cabe mencionar Buongiorno, notte o la más reciente Romanzo Criminale, el mejor noir europeo de la década. Siempre guardé una especial relación con Via Caetani intentando imaginar los sobresaltos de esa jornada. En mis últimos años romanos vivía a doscientos metros de la misma y repetía diariamente una especie de procesión por su pavimento para intentar comprender el hecho treinta años después. Ese paseo tenia la doble utilidad de no desviarme del pasado y permitirme la construcción de un itinerario de predilección que a veces circulaba por Campo de’Fiori, la estatua de Giordano Bruno y la librería Fahrenheit 451, templo bibliófilo donde me iniciaron, entre otros, a mi amado Elio Vittorini y al poeta Sandro Penna, amigo de Pasolini y cantor de las noches romanas del suburbio con toda su amplia nostalgia de la imposibilidad y la diametral diferencia de clases que traslucía a mediados de los años cincuenta en Piazza Navona. Por aquel entonces, como bien reflejó Dino Risi en su trilogía de Poveri ma…, la plaza de los helados y los pintores era la cuna de lo popular que se americanizaba, jóvenes con tupe y tejanos, adolescentes más desinhibidas, falsos lujos para impresionar y a las diez en casa. El paisaje ha variado, lo espontáneo es quimera y sólo queda mirar arriba, advertiros de la omnipresencia de madonnelle, imágenes de la virgen, en nuestro espectro visual y despedirnos desde las alturas. Nada de siete colinas. En el Coliseo no morían cristianos como predicaba la legendaria Quo Vadis. Vayamos a Villa Borghese, pensemos en Gli indifferenti y su burguesía del aburrimiento, la morbosidad de la clase alta en su espléndida degradación, como ocurre en Il conformista, novela trasladada al cine por un joven Bernardo Bertolucci que interpretó el texto desde su radicalismo de los setenta. Un hombre camina por un puente mientras el pueblo celebra la caída de Mussolini, es cómplice desde su servilismo al viento que más fuerte sopla. El individuo que pasea por la Roma de 2009 lo hace contento por su mentira al decir que no vota a Berlusconi, como si así se eximiera de una culpa colectiva que avergüenza. Hay que inventar para poder despertar de la pesadilla y quizá mi rincón favorito de toda la Urbe tenga la solución. El clivo di Scauro es una callecita mística por los arbotantes que iluminan sus dominios, estructuras del siglo IV que entre su vestigio de lucha entre paganismo y cristianismo merecen ser plasmadas en futuras creaciones que den a Roma la posibilidad de reinventarse desde sus cimientos.




Fotos: Jordi Corominas i Julián

2 comentarios:

Ross dijo...

¡Dios mío, cuanto amor empapa esas palabras!

Jordi dijo...

pues sí,mucho amor y un cierto desencanto, pero lo mio con Roma fue, es muy intenso, gracias por tu comentario