sábado, 27 de marzo de 2010

Los muertos de Jorge Carrión en Revista de Letras


Los muertos de Jorge Carrión por Jordi Corominas i Julián

Las librerías han desaparecido. Los libros se venden en los quioscos. Triunfa el afán de síntesis. Salgo a comprar el periódico y Paco me devuelve veinte céntimos de cambio. ¿Quieres una taladradora? La regalan con el periódico. ¿Has visto esta nueva colección? Obras inspiradas en la caja tonta. Quizá te interese. Como es la primera entrega tienes dos al precio de uno. El primero es de Manuel Vilas. ¿Te suena Aire nuestro? Está estructurado en forma de parrilla televisiva con un toque cronológico con vistas al futuro. Sale Elvis por todas partes. Sí, los personajes vuelan libres mientras el autor, con mucha mala leche, reflexiona sobre España y sus temas fetiche. El otro es de Jorge Carrión. Los muertos. Es el guión, dividido por capítulos, de una serie anómala. Sus autores prefirieron tratarla como una obra de arte, por eso sólo dura dos temporadas. Lo curioso es que al final de cada parte ficcional hay un ensayo donde supuestos intelectuales de prestigio desgranan el fenómeno con múltiples referencias culturales que permiten entender la trascendencia de la producción. Me sorprendió ver que en una de esas disertaciones se afirma la imposibilidad de trasladar la serie a un formato narrativo. Esa broma ya está muy vista. ¿No sería mejor hablar de cuando dos escritores se cruzan en la calle y pese a reconocerse no dicen ni pío? Eso es real. Si me pides una crítica, y ya sabes que no soy muy ducho en estas lides, te diría que probablemente los lectores pedimos otra medicina para sanar nuestras inquietudes, pero eso ya es cosa tuya.

Tomando el pulso a la actualidad: la novela como artificio de coleccionista

Ayer fui a la FNAC y compré la caja especial con los dos DVD’s del Che de Steven Soderbergh. Al abrirla encontré un disco con canciones revolucionarias y un libreto. Buena película sin banda sonora que refleja en fragmentos la epopeya guerrillera del argentino, que es ficción sólo en las camisetas. Quien quiera puede consultar su biografía e ir más allá del textil. Como hijo de mi tiempo sigo alguna que otra serie televisiva. Me gusta House por inercia y Sherlock Holmes. Me importan un comino los estreptococos. Las otras las conozco por amigos y por el martilleo comunicativo. Imposible no oír hablar de Lost, Prison Break o The Wire, elementos audiovisuales de una época que ha suplido el evidente descenso de asistencia cinéfila aumentando la calidad televisiva, donde la audiencia, de uno u otro modo, está garantizada. Pues bien, los fans, que son muchos, de estos culebrones de etiqueta tienen la oportunidad de comprar magníficas ediciones de cada temporada. El libreto con escenas y diálogos debe ser una perla de lujo, idónea piedra roseta para descifrar dimes y diretes. Carrión no engaña. Abres el libro, te sumerges en sus páginas y desde el inicio hueles el estilo. Al fin y al cabo el guión es un género literario como cualquier otro que, por trasvase de influencias, puede captarse en la narrativa contemporánea mediante ciertos rasgos esenciales. Ritmo intenso, diálogos básicos y una desnudez que sitúa al lector en el espacio con la precisión de la cámara. El ángulo tiene más significado que las palabras. Todos esos elementos están presentes en el debut del escritor catalán en la novela. Su teleserie es un tremendo pastiche. El mundo se ha vuelto un lugar caótico. Los hombres resucitan y buscan reconocerse. El viejo acoge al nuevo y le aconseja. Lo griego juega su papel, la mitología resalta. El héroe tendrá que luchar para esclarecer su pasado y poder vivir el presente con la paz carente de interferencias. Trabaja en un sótano cavernario y ahorra para visitar a una adivina que le de pistas sobre su origen. Se llama Gaff y necesita amor. Acude a una prostituta, Lilith, y cae rendido ante su belleza. Como es comprensible el protagonista no está sólo en sus peripecias. ¿Qué seria de una serie sin simultaneidad? Las piezas encajan con frenesí. Cada final de capítulo nos instala en una duda resuelta en la siguiente entrega y, por supuesto, hay roles y situaciones estereotipadas. Sexo, salvadores, malignos lava cerebros, damnificados empecinados en denunciar conspiraciones y la idea, muy posmoderna, de generar comunidad para luchar contra el orden establecido, pernicioso y cínico al atentar contra los ciudadanos. También hay tecnología y una insaciable búsqueda de la identidad. Como esta primera temporada se ubica cronológicamente entre 1995 y 1996, lo indica un calendario, lo que no deja de ser muy fílmico, pensé ipso facto en la humanidad tratando de recoger sus desechos tras la caída del muro de Berlín, cuando el pensamiento único, que sigue vigente bajo otras coordenadas, amenazaba la libertad y el individuo caminaba desorientado entre las ruinas de un pasado no muy lejano.

Ficciones y embustes: Desvelar tus cartas y seguir con cara de póquer


La segunda parte se titula Reacciones y es un falso ensayo de una tal Marta H. Santis donde el autor intenta reflexionar filosóficamente sobre el impacto del fragmento inicial. Descubrimos que es una serie de impacto mundial elaborada por dos amigos que se encontraron de casualidad: Mario Alvares y George Carrington han engendrado un documento histórico, un monumento del siglo XXI, con hondas repercusiones en Internet, donde hasta se ha creado una red social, pandemonio de todas las existentes y que resume la duplicidad de la tragedia humana y sus infinitos genocidios, que no sólo afectan a la superficie. El hombre actual acepta los entes de ficción y se identifica con ellos. Naveguen y lo comprobarán. El dolor de un personaje es comparable, por empatía universal, al de quien ha perdido un familiar en una masacre, enfermedad de una realidad desdibujada, licuada hasta desvanecerse por exceso informativo y deceso de la anterior normalidad. La confusión vive arriba y ello se corrobora, otra actitud muy post, con la intención de los creadores de difuminar su mito.

Las influencias de la primera temporada se evaporan en la segunda. La aparición cede su trono a la desaparición. Una pandemia inexplicable amenaza al planeta y nadie sabe cómo actuar contra ella. Las personas se esfuman de golpe y porrazo. El espectador requiere emociones dispares que ensalcen la genialidad de lo visionado, por eso surge un personaje opuesto a Gaff y la violencia presenta sus credenciales con guiños a series legendarias. Este segundo tramo de la producción es apocalíptico. El nuevo roba y paga a la adivina. Es un hombre prototípico de la era digital, un ambicioso que termina siendo Tony Soprano enfrentado al clan de los Corleone. Ambos quieren dominar el puerto y Nueva York, lucha estéril porque con la que cae no tiene sentido disparar sabiendo que quizá la nada será la constante del amanecer. Hillary Clinton es una presidenta afroamericana incapaz de remediar los males que azotan su edificio. Sólo hay esperanza en Israel. Las masas, vocablo odioso adecuado en esta ocasión, deciden moverse contra lo inevitable y se reúnen en Central Park. La catástrofe implica la imposibilidad del control por mucha pantalla que el topo supervise. El desierto final recuerda a L’eclisse de Michelangelo Antonioni, con todos esos lugares vacíos que antes tuvieron significación para parejas, perros, obreros y señoras que. La última mujer llora y no es Eleanor Rigby. Ah, look at all the lonely people. Que ya no existe. Imagino un fundido en negro. Jordania. Perú. Francia. España. Diciembre de 2007-octubre de 2009.

¿The end?

Generaciones, repeticiones y apreciaciones culturales: El desgaste de un modelo y la crisis, más que económica, como telón de fondo.

No. Hay un último ensayo donde se analiza la serie como ejemplo de narrativa post-traumática. Los nietos cogen el relevo de padres y abuelos e hilan su propia interpretación del concepto masacre. Para hacerlo prescinden de intérpretes, algo típico en muchas producciones de culto. El análisis es preciso, las referencias interminables. Joyce, Dexter, Sebald, Ally McBeal, Conrad, Expediente X, Primo Levi. ¿Alta y baja cultura? No. Este ensayo permite entender que la supuesta mezcla es en realidad un detonador que instala la generación Afterpop o Nocilla, esa de la que ahora todos reniegan, en la cultura del museo alternativo pero institucionalizado, depósito de lo posmoderno desde una perspectiva multidisciplinar que adopta nuevas expresiones como objeto de estudio. Es como tener una exposición del CCCB en un libro de rabiosa actualidad, quizá por eso algunos lo definan como innovador, arriesgado y radical, palabras muy sonoras que ocultan una repetición de un modelo destapado en nuestro país con la prosa fragmentaria de Fernández Mallo y continuado por una serie de autores que han hecho del alejamiento de lo cotidiano una constante en su trayectoria, repleta de ensimismamientos, poses y adopciones de personajes que rehuyen la realidad mientras la abordan de manera teórica, privilegiando la estructura y prescindiendo del contenido en sentido clásico, pues se pierde a favor de la solidez del cuerpo, al que todo se supedita. Sí, mencionan las nuevas tecnologías, cruzan lenguajes, pero no enmarcan estas interesantes propuestas en una órbita cercana al lector. ¿Consecuencias? Lo que es moda siempre pasa, y por mucho que algunos textos sean muy brillantes la mayoría se embadurnan y repiten un modelo conocido donde el sentimiento, entendido como comprensión del contexto histórico en que nos ha tocado vivir, luce por su ausencia. Quizá, y la crisis en esto tiene mucho que ver, haya llegado el instante de tocar el piano con otra mano que refleje las verdaderas preocupaciones de nuestro tiempo para parir una prosa que siga la senda de la experimentación y exhiba los cambios desde la calle, pisándola para hallar su esencia y transmitirla a los demás. Carrión lo hizo a la perfección en Crónica de viaje. En Los muertos da una vuelta de tuerca a la vuelta de tuerca y consigue un ejemplar ejercicio de estilo al que le falta alma pese al evidente virtuosismo.

Jorge Carrión, Los muertos, Barcelona, Mondadori, 2010