lunes, 26 de julio de 2010

La caída de John Stone en Revista de Letras



Una fundación del capitalismo salvaje: La caída de John Stone por Jordi Corominas i Julian

Todos odiamos a los banqueros. Los meteríamos en la cárcel y les exigiríamos que devolvieran todo lo robado desde su cinismo que ha provocado la crisis. Como bien sabéis los sueños sueños son, y en parte es porque estos mandamases económicos están íntimamente relacionados con los políticos. Karl Marx tenía razón. Sí, la historia se repite e Iain Pears lo sabe muy bien. Para La caída de John Stone (Seix Barral) se inspiró en Basil Zaharoff, un magnate de finales del siglo XIX, un hombre despiadado, un mercader de la muerte que durante décadas hizo y deshizo a su antojo en el comercio internacional de armas. Su poder era omnímodo y demuestra cómo muchas veces las guerras y otros males de nuestra especie no dependen tanto de los gobiernos, marionetas maniatadas por jerifaltes que manejan la manija sin ningún tipo de escrúpulo con tal de enriquecerse y sentir que el mundo está a sus pies.

En la voluminosa novela del autor británico Zaharoff se convierte por arte de birlibirloque en John Stone, fallecido en misteriosas circunstancias tras despeñarse desde una ventana. Su óbito es la pieza que acciona todo el engranaje narrativo, estructurado magistralmente en cuatro partes suspendidas en una intriga muy lograda al no desvelar las claves hasta el final del texto, por lo que el lector notará desde un principio como la trama se erige en una especie de mujer fatal que juega con nosotros, divirtiéndose al lanzar pistas sin darnos lo fundamental, siempre aparcado porque un puzzle vital y económico no puede explicarse con simplicidad. Estas normas típicas se complementan con un continuo viaje espacio-temporal que sitúa a la mayor parte de los protagonistas en un punto de origen salvo en el breve primer episodio, situado en el París de 1953 de manera discreta, en el funeral de una vieja dama donde un tal Matthew Braddock recuerda y se sorprende cuando un desconocido le anuncia que Henry Cort, jefe del espionaje de Su Majestad, le legó un sobre tras expirar en 1944, sobre que, intuye, le revelará el secreto con el que no supo dar en su momento.

Ese instante es 1909 y acaece tras la muerte del Barón Ravenscliff, John Stone. Braddock era un buen periodista de sucesos, carne amante del juzgado, un lince seducido por las truculentas noches del East End y sus constantes asesinatos. Un buen día recibe una oferta que no podrá rechazar. Debe abandonar los barrios bajos y dirigirse a la zona alta para biografiar la existencia de Stone, quien en su testamento había dado su último golpe de efecto al destinar una parte de su suculenta herencia a su hijo, un completo desconocido en la biografía del fallecido, una mayúscula sorpresa que empuja a la viuda a encargar al joven chupatintas una investigación para dar con el agraciado enigma. Miss Ravenscliff tiene cuarenta años y mantiene un legendario atractivo, lo que complicará la búsqueda, ya de por sí complicada entre mil papeles con números, hoscos socios, una clase social que Braddock detesta y el mal fario de escarbar en la personalidad de un ser que todos definen como normal pese a sus increíbles logros profesional.

La investigación dentro de la investigación: Londres, París, Venecia.


Coqueteo. Drogas. Divisas desviadas. Bares de pésima reputación. Chivatazos y delirios. Apetitosos ingredientes, inútiles sin las facturas. Dicen que el rostro es el reflejo del alma, pero quizá sería más atinado cambiar el proverbio por toda la verdad está en las cuentas bancarias, lanzaderas que propulsan al antiguo redactor hacia un centro anarquista y una adivina, peculiares compañeros para un millonario ocupado en crear su propia flota y controlar a varios de los más importantes miembros del parlamento británico, de quien también sabe mucho un excéntrico y silencioso personaje, único presente en el lugar donde feneció Stone. Se trata de Henry Cort, enciclopedia acumuladora de información, cabeza visible, e invisible, de los espías, a los que dirige desde una sabiduría especial que incluye un pasado como empleado de Barings, banco que en 1890 presumía de ser la sexta potencia mundial por sus asombrosos ingresos y su capacidad para decantar cualquier balanza porque su influencia era inabarcable. En 1890 se hundió Argentina y el globo terráqueo entró en una vorágine que preludiaba crisis. Ese mismo año Henry Cort es requerido en el Foreign Office. Se le encomienda ser el corresponsal de The Times en París, donde acude raudo y veloz sin saber que en el tren su vida está virando hacia una nueva dimensión. Ha sido elegido porque le han visto las justas dotes para ser un estupendo agente. Tendrá como profesor a un chiflado y peligroso norteamericano que le guiará por los recovecos del intrincado universo de soplos al más alto nivel. Cort será un alumno excepcional que recabará muchas noticias de una sirvienta en la frontera francoalemana, joven con turbulentos antecedentes que al cabo de unos meses, concluida su tarea, aparecerá en los mejores salones de la ciudad de la luz y Biarritz para deslumbrar a la burguesía con su aplomo, saber estar y una belleza sin par, arma de doble filo que derrotará a John Stone, su mayor admirador, presentado en su plenitud como un tímido empresario disminuido ante el reto de conquistar a la chica de moda, Elizabeth, de falsa procedencia húngara y muchas tablas, las mismas que posee Cort en su insólita profesión, más insólita si cabe porque el premio por sus épicos esfuerzos es anónimo, como si evitar el colapso del Banco de Inglaterra por la acción de las grandes potencias fuera una nimiedad. Su labor para parar el derrumbe coincide cronológicamente con el nacimiento del amor entre Stone y Elizabeth, flecha lanzada por Cupido, que casi yerra su tiro por asuntos de mayor calado, impensables en el magnate en su periplo veneciano de 1867 parada final que explica la trascendencia de las casualidades para cimentar una fortuna.

La confesión desde la pequeñez: Anónimo veneciano.





La última parte de La caída de John Stone abre el sobre legado a Braddock y nos ofrece una confesión en toda regla del Barón Ravenscliff, crucial relato en primera persona que nos sumerge en la importancia de la pequeñez para engendrar grandes construcciones. La Venecia de 1867 era un triste recuerdo que hipnotizaba, como ahora, aunque sin turistas. Por aquel entonces Stone no era nadie, sólo disponía de una ingente suma monetaria que no sabía muy bien como invertir. En sus palabras flotan las virtudes que le harán el tiburón de las finanzas: un ojo clínico para sacar lo que le interesa de una persona y una aguda capacidad para encontrar agujas doradas en pajares fracasados. Es así como conoce a un individuo hostil que está obsesionado en desarrollar un torpedo que cumpla su sueño tecnológico, por el que se endeuda y hasta renuncia a la patente del invento. Stone dará con él tras entablar amistad con un lunático arquitecto inglés, el Señor Cort, casado con una dama desilusionada que alegrará las tardes del narrador y le proporcionará impensable placer, antesala de una jaqueca que le acompañará hasta su último suspiro. La narcótica laguna, postrer flashback del relato, cierra la puerta una vez nos da todas las soluciones, y su atmósfera es un fiel reflejo del impresionante y entretenido fresco realizado por Pears, quien con su libro demuestra ser un escritor versátil que sabe documentarse para que el contexto no sea una caricatura, algo digno de mención porque usa sus fuentes para ambientar y hacer verosímil su relato sin cargar al lector, con sutileza, asimismo empleada magistralmente cuando introduce los decisivos aspectos económicos, nada sesudos, bálsamo matemático para el común de los mortales, dichoso por entender esas operaciones que tanto suelen horrorizarle. La caída de John Stone engancha. Sus casi 800 páginas pasan volando, en un santiamén agradable para muscular nuestros brazos y alimentar el cerebro con una crítica feroz al capitalismo salvaje no exenta de ironía, pues al fin y al cabo es una obra que habla muy seriamente de un mal contemporáneo ante el que todos agachamos la cabeza y hasta lustramos zapatos de tipos encorbatados que ya no llevan sombrero de copa. La diversión está asegurada, y ello no implica ausencia de reflexión.