martes, 13 de julio de 2010

Paseos simultáneos en Culturalia


Experimentos hacia la totalidad lírica: Paseos simultáneos de Jordi Corominas i Julián
Entre los meses de enero y mayo de 2008 Jordi Corominas i Julián se sintió bloqueado como narrador tras finalizar un relato extenuante por su precisión de detalles y espacios. Su desconcierto le decidió a deambular con una libreta roja donde, sin saberlo, apuntaba un lenguaje sin ataduras que respiraba calle, bar, mente, paseos de todo tipo mezclados en verbo colectivo donde la unión de vocablos lleva a la plasmación de la realidad sin adornos, tal y como el poeta la escuchaba, concebía y visionaba durante ese período, con la conciencia que uno no sirve sin plasmar la pluralidad. Y esa filosofía manifestada en uno de los primeros poemas de Paseos simultáneos marca toda su suite, porque eso, y no otra cosa, es su libro, 136 composiciones enlazadas, mosaico de teselas inconformistas creadas por un experimentador nato que bebe libertad y aspira a la totalidad en un universo plagado de balcones.
Quien conoce un poco la trayectoria de Corominas sabe que su particularidad lírica es la ya mencionada suite, río sinfónico que parte normalmente de una introducción como antesala del vértigo. En Loopoesia son más reducidas y destacan por el ritmo y las temáticas expuestas. En su debut poético no hay un espacio concreto de acción, pero entendemos fácilmente que el marco es urbano, sin importar en exceso el topónimo. El ansía de abarcar lo máximo posible transforma el viaje que se nos ofrece en una conversación abocada a un trepidante paseo políglota, se usan más de siete lenguas, donde es menester analizar cada parte dentro del conjunto. Terminó la época del poema decorativo, ahora el verso se funde en el aire y el cerebro para regalarnos cuadrículas de hiperrealidad que se van conectando mientras avanzamos en y con el texto. Del manifiesto inicial, clave para comprender la intencionalidad del autor, penetramos con malestar al laberinto, válido al reforzar la presencia de lo cotidiano e ignorar la tí gran ciudad. Las partículas que pululan por el recorrido se sientan en plazas, ríen en la mesa de un local, discuten de historia y se esfuman cuando los gatos de Marrakech y los perros de Pompeya nos advierten de nuevas presencias. Sí, todo lo dicho es de una rabiosa modernidad, matizada en el intermedio con un breve susurro: como si fueran poesías muy antiguas. Se acerca la conclusión. Nos percatamos de la habilidad de un juego desvelado sutilmente. Al acceder al Aragón rural con el caballo del Ebro movemos los ojos hacia la tarde. Una larga travesía barcelonesa nos sitúa casi en la cena- a las ocho de la noche, a las nueve de la tarde cómo Messi en Verdaguer-, menú inexistente, pues la marcha de la suite opta por parajes nocturnos, normales y oscuros, que van desde una casa hasta un taxi donde se comenta que los chinos son la realidad. Puede ser, y también es posible enternecernos con Laura, la chica de nombre vulgar que sale con Paul Williams, jefe local del Melotron, ausente de un tramo final cargado de contundente nostalgia, augurios y una sensación lectora impagable, como si la vanguardia hubiese vuelto y no nos hubiéramos enterado hasta leer Paseos Simultáneos, valiente y arriesgado al no ocultar una ansías revolucionarias consistentes en no cerrarse ninguna puerta para dar auténtica poesía a la poesía. Se apagan las luces y aun hay fuego.

Jordi Corominas i Julián, Paseos simultáneos, Madrid, Vitrubio, 2010
ISBN 978-84-92770-51-9