jueves, 22 de julio de 2010

Reseña de Natalia Zarco en Calidoscopio sobre Paseos Simultáneos




Cronos no se para Por Natalia Zarco (Librería Galatea, Cambrils)

"Estoy transcribiendo mil frases nacidas del aire, de voces, amantes, arcanos, amigos, cretinos y funambulistas…"
Cuando una ha visto a Jordi Corominas actuar, declamar poesía automática, improvisar estrofas y versos con una elocuencia vertiginosa, irreal, futurista es cuando puede entender su poesía. La capacidad de mutación del lenguaje en sus manos es asombrosa, la manera de hilar, crear formas, evocar, tergiversar y vapulear es en Corominas tan intensa y personal, que sus textos son difícilmente confundibles. Hay un modo casi litúrgico de manipular el lenguaje, el nivel de léxico y la capacidad para el juego que desarrolla en cada uno de sus textos, convierten su lectura en un reto lingüístico ambicioso. Paseos simultáneos es, en ese aspecto, un crisol que recoge y mezcla en sí un coro de voces polifónicas, como si tuviese la capacidad de abrir todas las ventanas del universo, de oír todo lo dicho, de captar el mundo y comunicarlo por transmisión oral. El texto serpentea a dúo con el tiempo, cronos no se para, y de él extrae un elixir de vida. Si algo tiene el texto de Corominas es vida, claridad, ritmo. Corominas me trae siempre a la cabeza ese legendario neoyorquino que fue Joe Gould del que Mitchell contó su delirante proyecto literario: La Historia Oral, miles de páginas con conversaciones escuchadas a lo largo de los años en la ciudad de Nueva York, proyecto que hubiese sido la mayor historia humana jamás escrita. Jordi tiene esa fuerza, esa ambición mágica. En sus textos el lenguaje se libera de la forma y pasa a tener peso por sí mismo y en sí mismo. Gráfico, visual, cada frase atrapa un fragmento de la realidad y el tiempo y lo muestra desnudo, latiendo aún en el centro de la página. La calle, la gente, el ritmo de alguien que camina incansable y a su paso devora imágenes y retazos de conversaciones, olores, palabras perdidas y escenas de un pintoresquismo urbano cotidiano que aparecen y desaparecen involucrando al lector, al autor mismo y a todo aquel que tenga a tiro. Juegos y giros, el idioma es el lugar en el que la historia se da la vuelta, episodios antiguos se mezclan con escenas inmediatas, políticos, anónimos, lugares, hechos, realidad y fantasía se entrecruzan en un discurso rápido y brillante de puro placer lingüístico.

Personajes entran y salen y se definen en un solo rasgo, de un trazo, con una línea, la presencia humana en los poemas funciona como el corazón o el motor que mueve el texto y que se muestra en individuos concretos que percibimos entrecortados y que cuando terminamos la lectura, y adquirimos cierta perspectiva, forman un collage fabuloso, desdibujado y salvaje de gente que va y viene, y comenta, gente de la que apenas conservamos el recuerdo de una frase pronunciada en el momento de cruzarse con nosotros, gente que vemos por la calle, en una ventana, ellos, todos, los otros, nosotros mismos. Todos dicen algo y Corominas lo recoge, lo ensambla y construye poco a poco un telar inmenso de fechas, nombres, lugares, ciudades, instantes, recuerdos, como si pretendiese captar la simultaneidad, abrumadora en el mero hecho de pensarla, de todo lo que en un mismo instante está ocurriendo en el mundo. Porque toda esa locura, ese discurso ciego de tantos seres anónimos y humanos, todos los acontecimientos mínimos o máximos, históricos, trascendentes o inanes, absurdos: todos forman parte del mismo tapiz, del mismo collage de voces -polifonía- que nos habla y que se mueve y se genera desde su pluralidad como un único fenómeno, que abarca desde el vuelo de las golondrinas, tardío y solitario, hasta aquello que se está pronunciando, o pensando, en una habitación apenas vislumbrada desde una ventana, en una angosta calle, de un perdido barrio, de esta babilónica Barcelona, nombrada varias veces junto a otras ciudades… y que es siempre diferente, es metáfora urbana del mundo, atrapado esta vez en el perímetro del lenguaje.

Paseos simultáneos, Jordi Corominas. Vitruvio 2010.




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Yanke me gusta. Me gusta mucho. Inicia su texto con una cita de Deleuze, una reflexión sobre el modo, uno de los muchos posibles, de acercarse al lenguaje, una forma de habitarlo como un extranjero, como quien se acerca por primera vez a un idioma y debe utilizarlo con la prudencia exacta para definirse. Porque somos el cuerpo tangible de ese lenguaje. La letra u minúscula, exolabial, la última vocal, la que asusta a los niños: uuuuuuh. La letra u minúscula que encierra una mujer que se busca a sí misma entre líneas, en tipografias y fuentes, que se define en pocas palabras, que se halla entre las muchas mujeres que es. Letra u minúscula, en tanto que U, es una mujer que se oculta en el lenguaje, que misteriosamente como una sombra en blanco y negro que diese la vuelta a una esquina, aparece y desaparece entre párrafos y estrofas para hacernos un guiño que nos conduzca directamente al juego surrealista del lenguaje.
El arte, la filosofía, el poema, el idioma, la caligrafía, el alfabeto, los verbos y los adjetivos, la sintaxis y la gramática todo formula teorías para que Yanke comprenda quién se oculta en la letra u minúscula. Personalmente: nunca una vocal me dijo tanto.
“…aprietas los limones y escondes los tequiero en el tubo de aspirinas”.
Los "infinitos corpúsculos" de Rebeca proceden de la red, del frío y virtual espacio de los blogs. Desde ahí ha ido, con el tiempo, dando cuerpo a su poesía que ha crecido intangible, paso a paso, hasta llegar a condensarse, como el agua en las nubes, en este precioso volumen que Puerta del Mar acaba de sacar.
El análisis y la formulación de neologismos personales, la construcción letra a letra de la palabra exacta que nos define, el juego puramente vocal pero cargado de una filosofía íntima: una confesión secreta entre líneas, …y perdí la respiración, pero eso que me nombra y enumera me latía, sigo viva… La autora habla de sí misma y transparenta su fragilidad y su fuerza, su ansia y su desidia, su temor y su arrojo… las maneras buscadas de conjurar el miedo. La conciencia de ser corpúsculo, partícula elemental, cuerpo esencial y desde ese punto minúsculo, en cambio, ser grande y ocupar el lugar del idioma para mostrarse, saberse y conocerse. Desfilan fantasmas, Deleuze, Breton, Artaud: nunca viajamos solos. Sus poemas como arcanos contienen la respuesta a preguntas que no conocemos, prismas caleidoscópicos que hablan de Rebeca y a veces de mí, y quizá de otros…sólo me veo como algo capaz de ir a través, atravesada al mismo tiempo, más que al revés el envés, siempre en medio y en proceso, siempre dispuesta al cambio…
Este es el primer libro de Rebeca Yanke, sólo me queda esperar que sus corpúsculos sean, de verdad, infinitos pues también yo soy corpúsculo y por tanto, en algún punto minúsculo, soy RebecaYanke.

Infinitos corpúsculos. Rebeca Yanke. Puerta del Mar 2010.