martes, 20 de julio de 2010

Mi diálogo con Guillermo Saccomano en Revista de Letras




Diálogo con Guillermo Saccomanno
Por Jordi Corominas i Julián | Entrevistas | 13.07.10


Jueves 20 de mayo de 2010. Me levanto de la cama, aturdido. Es una dura semana y la cierro entrevistando a Guillermo Saccomanno. Mientras el autobús me acerca a la cita pienso en su novela El oficinista, ganadora del último Premio Biblioteca Breve, una obra intensa, seca, trepidante y cruda por el panorama que ofrece entre interiores y exteriores, tanto mentales como físicos. La desolación que recorre sus páginas es una cabal ofrenda de desamparo, perfecta radiografía de un malestar común que el autor argentino expresa mediante la figura de un anónimo empleado, víctima de una leve ilusión entre el marasmo.



Llego al hotel y espero. Me solivianta saber que Guillermo está cansado, no tanto como los atléticos que duermen en el sofá adyacente a nuestra mesa, pero sí a mi nivel, por lo que el diálogo se desarrollará en igualdad de condiciones. Enciendo la grabadora e intento descubrir la esencia de esta potente narrativa editada en España por Seix Barral.

Jordi Corominas i Julián: En la rueda de prensa donde se anunció que El oficinista había ganado el Biblioteca Breve me aturdió la cantidad de nombres célebres que disparó el jurado. Eso me preocupó, y hasta llegué a pensar que en cierto sentido quedabas oculto entre Kafka y los demás. Cuéntame cómo nació la idea de la novela.

Guillermo Saccomanno: Siempre tuve ganas de escribir una novela rusa. Había escrito antes un guión de cómic en tres episodios que era la historia de un empleado de Wall Street en el momento del crack bursátil. Pasó el tiempo. En los ochenta publiqué bastantes cómics en España e Italia. El guión quedó muerto, pero en febrero de 2003 me acordé de la trama y decidí recuperarla de otra manera, tensionándola y usándola en otro campo. Me gusta mucho la literatura rusa, soy especialmente aficionado a la del siglo XIX hasta principios del XX: Turgénev, Isaak Bábel, Dostoievski y hasta llegar a Grossman. El cuento de Nikolai Gógol El capote fue fundamental. La literatura de oficina es un género literario…

Pero lo interesante de abordar un género es jugar con él e introducir elementos que no estén en la tradición.

Tomarlo, tensionarlo, darle la vuelta como un guante y ver qué se puede agregar en ese mecanismo narrativo. Hice una primera versión en febrero de 2003 y luego la fui modificando, lijando, quitando… En parte me basé en referencias cinematográficas que van desde el comienzo de El apartamento de Billy Wilder pasando por Blade Runner hasta llegar a otros títulos como Código 46 de Michael Winterbottom, Brazil de Terry Gilliam y El Proceso de Kafka con la dirección de Orson Welles. Estos parte de los materiales en los que de alguna manera breva esta novela, y creo que los guiños en muchas zonas del texto están bien a la vista.

¿Y pensaste desde un primer momento mandarla a editoriales españolas?

No exactamente. La terminé y la mandé a concursos, la rechazaron y lo mismo pasó cuando la envíe a varias editoriales. Seguí escribiendo otro tipo de novelas, como la trilogía sobre la violencia política en Argentina, hasta que finalmente llegué a una versión de El oficinista que me interesaba.

¿Por qué la oficina como espacio clave?


Es un ámbito cerrado, concentracionario, donde se dan las relaciones de humillación y sometimiento propias de la dialéctica amo-esclavo.

Y es el paradigma espacial donde encontramos al hombre común del siglo XX.


En este paradigma entra tanto el administrativo como el creador publicitario, porque aunque éste piense que está más arriba también debe fichar como los demás.

Pero quizá el perfil del administrativo se ajuste mejor a ese paradigma, quizá por todas las sugerencias visuales que tenemos en el cerebro: el hombre del traje gris, pendular de la casa a la oficina.

El paradigma es el hombre gris que mencionas, pero hay una infinidad de trabajos en la que los individuos, pese a sentirse libres, están condicionados, tienen una labor, pero al trabajar en un estudio y tener el tiempo marcado están encadenados. El que labora en un lugar está en una jaula donde se dan relaciones de fieras domadas, donde tal vez la violencia no se expresa de manera rotunda o evidente, sino que circula por debajo de los escritorios de manera serpentina.

Y la gran violencia es la represión mental fortísima a la que el personaje protagonista se ve sometido.

Creo que todos los personajes tienen esa violencia contenida. Es una novela de mucha carga dura. Todos son insatisfechos, derrotados y víctimas. Pensaba en novelas que no son de héroes, sino de perdedores, tipos mucho más interesantes.

Pero el jefe puede ser un ganador derrotado.


Sí, pero aquí no hay puros ni limpios, nadie sale vivo.

Supongo que puede establecerse un paralelismo entre el exterior y el interior. Todas las amenazas del mundo de afuera se reproducen en la oficina desde otras coordenadas.

Están. Antes de encender la grabadora hablabas de Goya y mira, soñé la novela con mucha razón y mira los monstruos que produje. (risas).

Pensé algo así al ver la portada con los perros rojos clonados.

Son elementos de composición de futuro, pero por otro lado no creo que sea una novela de futuro lejano, no es 1984.

Es más una novela de presente.

Ya hay vacas clonadas. ¿Falta mucho para los perros clonados? No lo creo.

Circulan muchas metáforas de terrorismo y violencia, y eso me hace hermanar tu obra con el presente, porque al fin y al cabo los dos factores mencionados están en la calle, pero son invisibles para la mayoría, sea por poca curiosidad, sea por una ceguera voluntaria. Tú la proyectas.

Es no querer verla. Ves a una mujer tirada por la calle, un drogadicto vomitando, la violencia en el metro… nos hemos acostumbrado a vivir con eso. Creo que inventé muy poco. Esto es así y está.

Pero lo tuyo es el Apocalipsis, como cuando el protagonista va al trabajo y se limpia el polvo que ha aterrizado en su chaqueta como consecuencia de un atentado a escasos metros.

Sí, pensaba en la Ciudad de Buenos Aires en los noventa. Dos atentados en pleno día con una normalidad pasmosa, volaron edificios. Esos atentados los inventó el gobierno argentino. Ahora nos pintan a Bin Laden como Frankenstein, pero Frankenstein fue generado por los Estados Unidos.

Más que en las torres gemelas pensaba en un hermanamiento de ciudades, en los anarquistas de finales del ochocientos en Barcelona.

Es distinto. Creo que los anarquistas tenían fines revolucionarios y sus atentados estaban focalizados en el poder sin quererse cobrar víctimas inocentes. Ahora las bombas se enfocan a lo propagandístico tras provocar un efecto.

Actos que se ignoran, porque nos hemos habituado, como tu personaje, a la rutina de muerte. Hay un atentado y no importa, toca volver a la oficina.

En nuestras sociedades se vive con naturalidad y espontaneidad. Ustedes lo sufrieron en Madrid. El mundo sigue andando, como dice el tango. El mundo sigue andando porque tengo que hacer un trámite en el banco, porque debo ir a la oficina, porque tengo una cita. Todo continúa.

Volvamos al personaje. Es curiosa la relación que establece con la oficina. Es donde pasa más horas, y en cierto modo la usa como refugio de su verdadero domicilio, una pesadilla que desea evitar para no salir más dañado.

Es el lugar donde pasa más tiempo. Es un escape de su hogar, así entre comillas, porque cuando llega a casa se enfrenta a la jauría que es la familia.




Y desde ese escape opresivo surge la esperanza, que después se concreta en una imposibilidad de amar, porque pese al anhelo rápidamente vemos el desengaño.


Bien, creo que sos el único que se avivó de esto, porque en la novela todos hablan del amor, pero la ecuación de ese sistema es otra. Sexo, dinero, poder. Se nombra un absoluto como el amor, pero es una coartada. Se habla de la familia, pero es una institución carnicera. La relación que se denomina amorosa encubre una estrategia de ascenso social o la posibilidad de articular una fuga de la realidad. En la novela el doble discurso está presente todo el tiempo. Cuando aparece el otro (ndlr: el trabajador de la mesa de al lado) ahí viene un cuestionamiento.

El otro es otra forma de paliar la soledad del protagonista.

El otro aparece, no tiene explicación, no es consciente.

Pero esto es un poco cómo cuando vas cada día en el autobús y siempre ves a la misma persona, pero no le hablas…hasta que se activa un resorte y superas la represión que permite asesinar una extrema soledad.

Una soledad que parece rusa, pero aquí el compañero no es el otro, sino más bien una figura antagónica y al mismo tiempo complementaria que plantea otro modelo, pero el compañero tampoco es inocente, porque tiene sus sueños y ambiciones personales, no hay un proyecto solidario que contemple al otro diversamente.

Sí, pero el otro tiene una pareja moderna. Ahora pensé que el oficinista es un vestigio de un tiempo pasado, ya inexistente.


Pertenece a una generación anterior de oficinistas. Es un empleado veterano, que con su modo de pasar inadvertido, agachando la cabeza, se ha zafado de los despidos y el paro.

Esa antigüedad está hasta su concepción del amor.


Todo en él responde a otro modelo, pero asimismo representa la pusilanimidad del mundo actual. Creo que si la novela, más allá de sus méritos literarios, impactó acá en España es porque toca una llaga social, en Argentina la pasamos y ya estamos acostumbrados a comer del plato del perro, no lo digo con malicia ni alegría.

Aquí en España el personaje puede entrar a la gente por una inadaptación e incomprensión del tiempo que se avecina, o de nuestras propias circunstancias actuales. No entiende el proceso de la crisis y por eso se inquieta con El oficinista y siente interés.

No lo entiende porque es cómplice.

Es cómplice absolutamente.


No quiere ver la realidad y en que medida es cómplice. En Argentina el Turco Menem ganó la segunda elección con un voto cuota. Estaban empeñados e hipotecados y su papeleta era la garantía de asegurar que el dólar no estallaría y nada caería, así seguiría la dinámica del crédito. En este sentido hay que ser duro con la clase media porque es una clase de mierda en gran parte. Tanto tú como yo pertenecemos a ella, pero nadie como uno que la conoce de adentro sabe de su hipocresía y su doble discurso. En Argentina apoyó los golpes militares, no es una clase inocente.

Y aquí en España ha sido el artífice engañado del pelotazo inmobiliario.

La clase media votó a Aznar. El gran crack de la democracia es que consiste en cómo los ricos se distribuyen la torta.

Y luego hay la gran falacia de la democracia participativa.

¿Participativa hasta que punto? Creo que los políticos están muy preocupados por estar agarrados a su banca, a su puesto; es una manera nefasta de entender la política.

La clase media es una culpable silenciosa porque acata lo de arriba y participa en el engranaje.

Y quiere ver qué puede sacar de ese silencio.

Y nunca se la etiqueta como culpable porque la historia la identifica con la mayoría.

La mayoría silenciosa.

Y además nadie, al ser mayoría, quiere culpabilizarse de la tragedia.


Esto implicaría un ejercicio de autocrítica que la clase media no está dispuesta a hacer. No olvidemos que los políticos también pertenecen a este estrato, al igual que los sindicatos, que han obtenido buenos beneficios de la democracia. El mundo que le toca a este perdedor de oficina es un mundo sin salida. Me cuesta mucho ser optimista. Se llega por la noche al hotel, vemos los noticieros: la sangre nos empapa, el Planeta estalla en petróleo, contaminación y muerte.

¿Qué incidencia tiene la televisión en la novela?

Su mujer ve la televisión y él, al llegar a casa, se empapa de un quiz. La televisión es una caja de resonancia, un reflejo de nuestra situación. También hay televisión en el restaurante, cuando está con la chica. La televisión también tiene que ver con la complicidad, el problema es ver cómo se carga el aparato. Es un rumor de lo que pasa en algún lugar, cómo si nos mostrara tragedias ajenas que no nos pertenecen.




Y eso es falso, porque él cuando se mueve siempre va hacia zonas oscuras.

La calle siempre es territorio enemigo, siempre tiene que ir sorteando charcos de sangre.

Como si las farolas hubiesen desaparecido.

Vamos hacia ahí, una especie de Blade Runner o Doce monos.

Un Blade Runner que nosotros protagonizamos.

Oficinistas, sin techo, putas, pandillas…

¿Haces una traslación de aspectos americanos que llegarán a Europa?

Ya estamos en eso. Nuestros países compraron el modelo McDonalds. Compras la cajita feliz e introduces la ametralladora que acaba con los compañeros del instituto. No adoptas sólo la hamburguesa, que es un átomo inicial.

Y naturalmente ello incide en las mentalidades. La chica que enamora al oficinista sabe muy bien cómo medrar para lograr sus objetivos.

Lo que ella intenta es alcanzar sus objetivos de cualquier manera. Eso es una americanización. Por desgracia todas las ciudades se parecen. Mi novela puede pasar en San Pablo, en el DF, en algún lugar de Madrid…

En este sentido es interesante lo que planteas, porque en España últimamente se hace una cierta literatura que no trata la esencia del ser humano e ignora los márgenes. Tú te atreves a ir hacia ese límite de luz y sombra desde un punto de vista cotidiano, y eso hace que El oficinista pueda ser una historia universal.

Eso surge naturalmente porque mientras la escribía pensaba en Buenos Aires. Todo lo que he escrito lo he visto. Quien camina la calle recibe infinitos estímulos narrativos. Cuando estoy en la capital veo putas, turistas, sin techo, delincuentes, ejecutivos… y la distancia que les separa es de metros.

Hay primero toda la acción de la calle y luego todos estos personajes urbanos que en la privacidad de sus cuatro paredes se juntan y crean uniones inesperadas: el camello con el ejecutivo y así hasta el acabóse, la jerarquía desaparece, todos somos humanos.


El oficinista sufre un manifiesto complejo de inferioridad. Le gustaría ir hacia esas extrañas uniones, pero no le sale. El individualismo está llevado a la enésima potencia porque no existe la solidaridad.

Hay un individualismo según los parámetros de la sociedad y luego tenemos el individualismo del personaje, un hombre incapaz de superar las trabas que le impone su Universo.

Seguramente esta concepción en mi novela nació sola, no pensé en hacer una novela de denuncia, de haberlo buscado no hubiese conseguido este efecto.

Al fin y al cabo en tu novela hay un momento en que se usa la frase gattopardiana de cambiar todo para que no cambie nada, y el pesimismo del oficinista radica en estar encadenado a esta máxima.


Sí, pero porque a ninguno de los personajes le interesa cambiar el sistema, todos se mueven dentro del más absoluto y solitario individualismo, buscan salidas personales y se mueven en la ecuación sexual y de poder. Sigue la lucha de clases, lo único es que ahora la sociedad se divide entre incluidos y excluidos, y aquellos incluidos se agarran con uñas y dientes a su puesto porque no quieren perder ese espacio. Y esta posibilidad de ser expulsado genera miedo.

Una lucha de clases reformada, sin proletariado, que camina hacia otras rutas.

Se ha resignificado. Lenin cuando se refería a los oficinistas hablaba del proletariado de cuello blanco. Lo que ocurre es que la clase media no asume su destino de explotación, y un oficinista está tan explotado como el obrero, éste hará cuerpo y el otro no tanto, pero ambos son víctimas de un sistema que aliena y enajena. El obrero, por su trabajo físico, será más solidario; el oficinista, al creerse único, siempre será más mezquino.

La soledad del cubículo hace potenciar una imaginación inútil.


El oficinista tiene una imaginación de tipo paranoico, ve complots por todas partes, es el mundo contra él. En algún momento Melville, creo que en Moby Dick, se planteó que quizá la historia es una inmensa broma.

Y a veces en la novela cabe la posibilidad de sentir que el protagonista vive en un sueño, en ocasiones parece que quieras confundir al lector con ese juego entre imaginación y realidad.

Lo que le ocurre tiene un aire de sueño y pesadilla.

Y en su caso hay la imposibilidad de cumplir sus fantasías, hay una incapacidad manifiesta de actuar pese a sus propósitos de terminar con el íncubo en el que se encuentra inmerso.

Y pierde, siempre pierde.