miércoles, 11 de agosto de 2010

Aquel sofocante verano de Eduard von Keyserling en Revista de Letras





“Aquel sofocante verano”, de Eduard von Keyserling
Por Jordi Corominas i Julián | Reseñas | 10.08.10


Aquel sofocante verano. Eduard von Keyserling
Traducción y prólogo de Miriam Dauster
Navona (Barcelona, 2010)


Podríamos elaborar una enciclopedia de los vacaciones burguesas en la Europa Central de la Belle époque. No, no me tomen por loco. La estación estival en la narrativa en lengua alemana de finales del ochocientos y principios del novecientos se revela como un falso remanso de paz donde los jóvenes acuden a parajes idílicos donde intentan acometer con firmeza el paso de la adolescencia a la edad adulta. Normalmente ello se acelera por un acontecimiento que precipita el traspaso desde una órbita mental que, de repente, irrumpe en el plano físico. Sobran los ejemplos, desde la querida y desgraciada Señorita Else del maestro Arthur Schnitzler hasta la novela que hace poco cayó en mis manos, Aquel sofocante verano, de Eduard von Keyserling, escritor escasamente reconocido en nuestras fronteras que ahora, casi una centuria después de su fallecimiento, recibe una nueva oportunidad en Navona Editorial, excelsa en su labor de recuperar viejos clásicos merecedores de volver al panteón de los inmortales, donde no sólo deben figurar nombres demasiado publicitados por la tradición, que por muy sólida que sea puede transgredirse con incorporaciones que la iluminen en su inextinguible senda.

En el caso del narrador báltico su atormentada trayectoria parece adecuarse a la del personaje principal del texto que nos concierne. Bill, que en alemán significa el protector de su voluntad, coincide con su creador en estirpe aristocrática y vocación literaria. Keyserling fue un enfant terrible, un renegado de su propia clase que por querer eliminar su aroma originario acabó contrayendo una fatal sífilis que derivaría en numerosas dolencias hasta atizarle con la ceguera. Poco debería sospechar de esa enfermedad venérea a sus 18 años, edad del protagonista del relato, chiquillo que tras suspender un examen recibe el castigo de pasar los meses de estío en compañía de su padre, algo insólito porque el progenitor es un incansable viajero que pasa poco por casa y no tiene la costumbre de comunicarse con su retoño, para el que el encuentro con la sangre de su sangre supone un desafío en pos de entender los mecanismos que rigen el comportamiento de los mayores, que en ocasiones su padre justifica mencionando un lejano amigo turco, orientalismo que desmiente lo tautológico occidental y suena a esa famosa frase de tengo un amigo que… Dicho así suena demasiado a cuento de hadas. Aquel sofocante verano es una novela iniciática muy elaborada en su estructura, dividida en facetas que conducen al desenmascaramiento individual y colectivo. En el primero la figura paterna se impone en su obsesiva incongruencia de hombre de mundo, persona con buenos modales que mete la pata de vez en cuando para propulsar sus contradicciones al exterior. Su impecable integridad tiene manchas deducibles por detalles conversacionales, jeringuillas que lo muestran como un caradura que sabe ocultar su desfachatez mediante tópicos, difíciles de aprehender para Bill, pero no así para sus primas, quienes ya han sufrido el ímpetu de ese particular tío, cariñoso hasta un extremo poco aconsejable en ese retiro cargado de naturaleza, donde todo parece maravilloso sin serlo. En este sentido cabe remarcar como las jornadas se parten claramente entre el día y la noche. El sol sirve para adecuarse a los usos burgueses de aburrimiento y zozobra, siendo oscuridad para el protagonista, amargado porque quiere volar y no le dejan. Sólo lo consigue de noche, cuando el teórico silencio cede el paso a un baile de movimientos donde la normalidad plebeya convierte la nobleza en humanidad ávida de nuevas experiencias vitales y sexuales, y para eso están los criados, mucho más desenvueltos y prestos a la acción que sacie los instintos básicos, con lo que la luna se erige en eterno destello, cálida ambrosía que se rompe cual cenicienta al irrumpir del alba, macabro amanecer que devuelve las ilusiones a un reino secreto postergado hasta el crepúsculo, verdadero abanico de la maravilla entre heno, ríos y piel femenina libre de manifestar sus dulces pliegues.

La doble moral decimonónica y el impresionismo literario: expresar la hipocresía del tiempo en concretas pinceladas.







Siempre hemos asociado el campo con extraordinarias experiencias de tranquilidad, reposo y reflexión antes de volver a la batalla urbana. Bill no lo siente así. Es un ser inteligente y capta sin mucho esfuerzo cómo todos sus allegados interpretan un papel durante las horas diurnas, mientras él aun no ha catado la corrupción de su propio espíritu y se muestra prístino, ingenuo en sus reacciones, diferente a los demás, empeñados en recriminarle una sinceridad que juzgan enfermiza. Resulta difícil entender el porqué la historia se repite una y otra vez con distintos disfraces. La sociedad decimonónica jugó a la doble moral caminando hacia una infelicidad bañada en represión. Nosotros creemos tener más libertad que aniquilamos encendiendo la mecha para apagarla incomprensiblemente. Keyserling vio los defectos de sus contemporáneos y los plasmó con sabias pinceladas, sabiendo que bastaba con pequeñas piedrecitas para exhibir defectos y esa monstruosa tara que de lo oculto deriva hacia lo horrible, como si tanto en el exterior como en el interior se juntaran temibles gárgolas encargadas de impedir la dicha, factor exprimido hasta la saciedad en la ambigua, no podía ser de otro modo, figura paterna, omnisciente por control y simbiosis con su hijo, pues ambos se sumergen en la noche buscando subsanar las carencias que el día depara con su extenuante decálogo conductista.

Como buen narrador Keyserling no dará la estocada definitiva hasta las últimas páginas, cuando se destapa esta intriga sin intriga, trama psicológica que en su esencia formula una despiadada crítica a una contemporaneidad anquilosada, satisfecha de cara a la galería que sin embargo por querer ser humana, demasiado humana termina sucumbiendo a la animalidad más profunda, como si lo refinado fuera miseria ante la perspectiva de la cueva redentora, como si la música, ese piano siempre presente en las residencias germanas, fuera un alivio pasajero para hundir en el abismo nuestra naturaleza más pura, cautivada por lo elemental, porque dominar el malestar requiere algo más que saber estar, precisión, escaparate y pasarela.