miércoles, 4 de agosto de 2010

El arte de volar en Panfleto Calidoscopio




El arte de Volar: las cortadas de infelicidad española Por Jordi Corominas i Julián


Siempre es una buena noticia percibir que un formato popular como el cómic traspasa sus supuestos límites temáticos y se adentra en universos cotidianos de suma importancia histórica. Una mañana de sábado abrí el periódico y la sección de cultura me deparó una agradable sorpresa en forma de viñeta. El trazo era conocido e identifiqué con velocidad la impronta de Kim, a quien antes sólo conocía por su impecable y corrosiva labor en Martínez el Facha de la revista El jueves, que sale los miércoles.
Decidí investigar un poco más. Las crónicas hablaban de una novela ilustrada, un cómic de altura con guión de Antonio Altarriba, catedrático de literatura francesa, autor de álbumes de historieta y experto en aspectos visuales de la escritura, lo que inevitablemente se relaciona con su interés por las posibilidades narrativas de la imagen. Altarriba vivió muy de cerca toda la agonía de su padre Antonio, padeciendo sus últimos dieciséis años en un geriátrico donde el recuerdo se mezclaba con la amargura del pasado, cargado de frustraciones finiquitadas con su suicidio, acaecido el 4 de mayo de 2001 en Lardero. Y en la muerte tiene su pistoletazo de salida la trama, factible por el descubrimiento de unas cuartillas en las que el padre del guionista escribió sus memorias, columna vertebral que hilvana este relato de uno entre tantos en la desdichada España del siglo XX, uno entre tantos que con sus efemérides sirve a la perfección como metáfora del gris laberinto de nuestro país en la pasada centuria.

La travesía del desierto y los muros irrompibles: cuatro temibles plantas



La estructura del relato parte del mismo último respiro. Antonio se tira de la cuarta planta y aprende a volar. Hay un fundido en negro y descendemos hasta la génesis, en 1910. Nos situamos en Peñaflor, un pueblo cercano a Zaragoza. El niño que nace lo padece desde la cuna la tortura del campo aragonés, parecido al de todo el Estado, precario, exigente y con una impasible explotación del cuerpo para la ganancia, absoluta inclemencia que ignora al ser humano y lo convierte en un esclavo anclado, condenado por su propia sangre. Cabe remarcar que el vínculo familiar es el leitmotiv que impulsa la voz narrativa, implicada desde el instante cero, fundida en padre y abuelo para volver al progenitor, único capaz de explicar sus anécdotas en el valle de lágrimas. La tercera persona hubiese hecho perder dinamismo al sucederse de las viñetas, capaces de decir mucho con poco mediante la ilustración, como cuando vemos las parcelas agrícolas separadas por muro, cruel símbolo de un horizonte vislumbrable desde un árbol donde Antonio cría junto a su amigo Basilio las esperanzas del mañana, que contrastan sobremanera con la lentitud de la cosecha y las horas del villorrio. Los chicos sienten verdadera pasión por los coches, válvula de escape que indica huida, lo que se producirá tras una desgracia y el definitivo salto al vacío que lleva a la ciudad, Zaragoza, bullicio moderno, ajetreo constante y choque duro con la cotidianidad. Lo urbano no garantiza el sustento, aunque siempre quedan buenas personas dispuestas a debatir, enseñar y lanzar ideales para crear un mundo mejor. Estamos en la República, y la lírica del relato se acentúa entre libertad, la magnifica tertulia de la pensión, sitio de desheredados, la coincidencia de sacarse el carnet el 14 de abril y el funesto puñetazo del 18 de julio de 1936, Guerra Civil y una nueva senda del perdedor, porque eso es Antonio, un hombre recio que por juventud y afán de justicia elige la dirección opuesta al rumbo de la historia mientras se encuentra con seres en una situación similar, aparcados e impotentes, juguetes del destino.



La fuga es movimiento y advierte malestar. El protagonista de la historieta siempre se va, casi nunca aterriza para quedarse. Una de sus salvaciones residirá en alianzas con grupos emblemáticos, amigos y familia, compañeros y el hijo. Con los primeros tejerá un pacto de plomo, bélico, político y de lealtad extrema que acabará rompiéndose por la debilidad y el oportunismo hasta culminar en el calvario de retornar a la España franquista y quemar las zapatillas de Durruti, porque la niebla, que todo lo envuelve, añadirá más infortunio al infortunio de pisar la piel de toro y notar que la materia ha mutado y la tristeza se respira en cada poro del tejido, con unas mujeres beatas, antiguos adalides conformándose con las proclamas del régimen y un panorama negro, desolador, una tumba que retorna tras cada amanecer, sepulcro que hace contemplar las décadas de penurias en Francia como una etapa orgásmica entre granjas, exaltación antifascista, bellas campesinas y el salir del paso con apuros satisfactorios, arruinados por la codicia y el cinismo de los más queridos. El segundo acuerdo será con su hijo, sangre común a conservar y querer por encima de todas las cosas.




Pedagogía de la derrota:nuevos instrumentos para el recuerdo


Antonio se irá pudriendo paulatinamente, atrapado por el águila, la piedra monumental y la cruz, que desde el sexo afecta a su matrimonio de falsas ilusiones truncadas. Radio y misa, abstinencia y rezo. El pozo siempre se hace más profundo y las luces se apagan. El estatismo es la debacle, pesadilla de una tortuga a merced del reloj y la guadaña. Nadie dijo que la normalidad fuera un alegre paraíso, y menos en la España del novecientos. El padre de Altarriba resume en sus desventuras al colectivo que travesó esas décadas topando siempre con trampas que fracturaban los anhelos. La opresión fue la divisa, el desgaste por desear una igualdad que se transformó tras una leve chispa en una vergüenza dividida en dos partes, vencedores y vencidos, estos últimos aun más alicaídos por la metamorfosis, de la sonrisa y el puño cerrado al pudor y el brazo en alto, bien extendido, cara al sol. Siempre es necesario explicar el tiempo pasado, sobre todo en naciones donde el silencio prosperó como solución para reconciliar espíritus y depositar una lápida en la memoria. Se ha comentado en más de una ocasión que hablamos demasiado de la Guerra Civil, como si hacerlo fuera un pecado que destruyera la tan cacareada concordia. Tras seis lustros de democracia las generaciones emergentes deben identificar lo ocurrido, la inmensa catástrofe que no se origina sólo entre bombas y falanges, la fecha fundacional es anterior y engendra la contienda entre oprimidos y dominadores. Uno de los grandes méritos es transmitir ese pedazo de Historia a través de Antonio porque su vida, como sucede con la del narrador, se fusiona con la de todo un pueblo, lo que hace más entendible su periplo y provoca empatía en el lector, que por otra parte bebe de Clío con fuentes insólitas, virtuosas al abarcar cada tramo cronológico con ecuanimidad, algo que supongo producto de la misma vida de Antonio, si bien que también incide en una búsqueda matemática de las partes. Uno de los grandes problemas del cine español, el otro gran vehículo de comunicación amable para difundir rudimentos sobre nuestra Historia reciente, es que apunta demasiado a un mismo punto, como si los tres años preludio de la Segunda Guerra Mundial sirvieran como síntesis o catapulta de conciencia. Craso error. La pocilga del cautivo y desarmado tuvo su máxima expresión de 1939 a 1975, con esa autarquía represiva que encaneció el ánimo hasta henchirlo de mierda con la patética postal del Spain is different cuando llegaron los tecnócratas. Apreciar los matices del franquismo, palpar su negatividad en un cómic es un estímulo maravilloso porque permite enlazar el tema y alargarlo con un viento que puede impactar en el rostro de muchas mentes diferentes, desde el lector de viñetas de siempre hasta el chico que pasaba por ahí y se encapricha de los dibujos de Kim y por pura casualidad rellena su cerebro de cosas útiles. Si hablo más de tratar el franquismo es desde mi creencia que esa es una laguna mayor de la cultura española, pues es como si existiera un charco inmenso entre la República y nuestro tiempo, y casualmente la negra noche de la dictadura, sus contenidos, son más que emblemáticos para tratar de asimilar nuestras carencias actuales de españolitos medios, propietarios, endeudados y poseídos por una pereza más que alarmante, lujos de comodidad entre escombros pendientes de reconstrucción desde hace demasiado, quizá desde que las porras y los púlpitos sentaron cátedra en el arte de callar al personal. ¿Que inventen ellos? ¡No! Kim y Altarriba han soltado amarras y marcan un camino, el de la cultura popular que hable con sinceridad de lo pretérito y acerque a nuestros antepasados al presente, que así podrá edificarse con buenas bases de navegación aérea, no volando para suicidarse, sino agitando las alas para elevarnos y apreciar el suelo como una rémora del sempiterno calvario hispánico.