lunes, 30 de agosto de 2010

Formas del amor de David Garnett en Revista de Letras


Ce sera un souvenir léger pour toi: “Formas del amor”, de David Garnett
Por Jordi Corominas i Julián | Reseñas | 30.08.10


Formas del amor. David Garnett
Traducción de Marian Womack
Periférica (Cáceres, 2010)


Hay hombres que desde su inteligencia saben leer su tiempo y anunciar futuras improntas. David Garnett nació en 1892 y tuvo una atribulada existencia personal y literaria. Formó parte del grupo de Bloomsbury, tuvo éxito con tan sólo treinta años, manifestó públicamente su homosexualidad y mantuvo durante años una relación con el pintor Duncan Grant. Más tarde se casaría con la hija de su pareja y tendría cuatro hijos hasta hastiarse y solicitar el divorcio. Garnett murió en 1981. Veintiséis años antes escribió Formas del amor, novela de posguerra donde parece anticipar el choque generacional europeo e inglés que estallaría en los sesenta, si bien su visión no deja de mantener rasgos antiguos, como si no quisiera que el mundo de antaño sucumbiera demasiado ante el impulso de la juventud, presente ya desde las primeras y embelesadoras páginas, cuando un jovenzuelo llamado Alexis invita a Rose, una actriz frustrada por el fracaso de su compañía en Montpellier, a pasar dos semanas en la finca de su tío en Pau.


En ningún momento sabemos el año en que se inicia la trama, pero uno gusta de imaginarlo y hay un indicio. Me decanto, así lo exprimiría el fragmento de Ciro el gato, por 1948. El aire tiene respiro de esa Francia tranquila, recuperándose de las heridas, y doliente de la posguerra. Tanto sufrimiento merece ser aplacado con diversión, y a ello se dedica la pareja apenas cruza la puerta de la enorme casa donde fomentan su amor con gran inocencia, felices con lo que tienen, sintiéndose en una sala de juegos donde poder campar a sus anchas y servirse el postre de la carne en la cama, fundidos los cuerpos con sexo y una pasión que enloquece al anfitrión, pillo incorregible que va cargando facturas al jardinero, quien con buen criterio avisa al tío de las travesuras del sobrino. Sí, pueden esperarlo. Sir Georges, Baronet del Imperio británico, acude raudo y veloz desde París para ver qué sucede en sus dominios. Al penetrar en el recinto el corazón se le para, humo oracular. Rose, hermosa como pocas mujeres porque ya destila el aroma que deja al pasado en una vitrina conservando alguna gotita del perfume añejo, más hermosa si cabe por llevar un vestido de la primera mujer del poeta británico que contempla la representación que Alexis y esa desconocida hacen de una pieza de Merimée. El impacto se mantiene en la cena. Hay una despedida y una nota escasas horas después. Rose adelanta su partida. La reclaman en Albi y su amante cae en el desespero y la sospecha.

Los tejemanejes de la persistencia de la memoria: flechas de todos los colores

Un par de años más tarde Alexis ha crecido y está plenamente incorporado a la disciplina del ejército de su majestad. Aprovecha una pausa guerrera y acude a la casa de su tío en París, donde todo resucita porque Sir Georges vive con Rose. El golpe es duro. Ambos quieren a la misma mujer, y ella se decanta por la experiencia, que también sabe latín en asuntos del corazón. La situación se agrava cuando el sobrinito pierde los nervios y la cabeza. Dispara a su objeto de deseo y genera un cataclismo. Su ya anciano tío abandona Francia y huye hacia Venecia, donde en su silencio espera retomar su romance con Giulietta, una joyosa italiana que habla inglés a la perfección. Alea Jacta est. Rose, asentadísima en su rol de prima donna de la dramaturgia, lo seguirá y sus sentimientos se solidificarán hasta pasar por la vicaría y dar a luz a Jeanne, una criatura excepcional, sabia prematura que se criara entre viñedos cercanos al pueblo natal de Rabelais, algo que a su padre, fanático de las vistas y la literatura, placerá y revigorizará entre Baco, versos y la sensación de acariciar una nueva singladura con más de seis décadas a sus espaldas.



Y el efecto de Cupido no termina aquí, pero si contara el resto sería ruin por arruinaros una pequeña gran joya de la literatura contemporánea, intensa a cada instante y con un narrador en estado de gracia que domina a la perfección el difícil arte de dar con pocas pinceladas un entramado psicológico creíble -y siempre en transformación, lo lógico en un ser humano- a sus personajes, sobre todo al desdichado Alexis, de quien sólo diremos que sentirá una cierta atracción por la pequeña de la familia, lo que hará de él un ser odiado. No avancemos acontecimientos. No deis nada por supuesto. Garnett además consigue el más difícil todavía, porque su tratamiento psicológico de la feminidad es excepcional. Rose evoluciona en función de su edad y sus experiencias. Sí, eso es lo que suele ocurrir y sería deseable que los caracteres de ficción siguieran ese camino, pero no siempre es así, raramente acaece, y por eso hallar en las páginas de Las formas del amor estos progresos emociona, entre otras cosas porque el autor lo consigue con suma naturalidad, como asimismo demuestra con Sir George, un hombre elegante al que el transcurrir de las primaveras le irá pesando sin que pierda sus puntos fundamentales, las esencias que configuran una personalidad noble, viajada, catador de la existencia que en cada cuerpo de mujer prueba un estado de ánimo y una legítima aspiración a conocerse mejor y tener estabilidad mediante lo opuesto en varios espacios, como si cada movimiento fuera una melodía poética que la Europa de entonces aun era capaz de revelar para quien fuera avispado. Esta actitud contrasta con lo obstinado de Alexis, menos refinado que su tío y con la lacra, virtud del mañana, de tener pendiente un aprendizaje que sólo otorga la arena que cae de la clepsidra.

La velocidad de los diálogos, inteligentes y de una pasmosa claridad, aporta el otro ingrediente extra que da tanta brillantez al conjunto, donde cada localidad es una etapa con París de epicentro, encrucijada, íncubo donde toca estar sin que nadie lo anhele verdaderamente. Uno intuye que Garnett la sitúa como punto clave porque sabe que los ángulos de la narración son metáforas de cada personaje. Pau es Alexis y su empecinamiento. La ciudad de la luz la meca de Rose, truncada por desórdenes inesperados. Las viñas son George y la paz adquirida en la senectud. Venecia un refugio con truco y la unión de los elementos una magnífica trama que adquiere aún más sentido cuando Jeanne pasa a ser Jenny y su cerebrito empieza a empaparse de una fuerza que resultará determinante para cerrar la cosecha y beber el vino que nos ofrece Periférica en uno de los mejores libros publicados en España a lo largo de 2010.