sábado, 18 de septiembre de 2010

A la intemperie de Jordi Gracia en Literaturas.com




Los múltiples prismas del exilio español de la posguerra, A la intemperie de Jordi Gracia por Jordi Corominas i Julián


Jordi Gracia, A la intemperie, Anagrama, Barcelona, 2010

«Sólo la gente culturalmente débil, o insegura, será radicalmente incapaz de adaptarse, o al menos de abrirse, a otras culturas. Sólo la gente culturalmente insegura, o débil, olvidará su propia cultura», Josep Ferrater Mora

Estamos en vísperas de una profunda revisión. Los hijos de la Transición empiezan a cuestionarse si sus padres, los que dejaron morir a Franco en la cama, hicieron bien su tan (auto)alabada labor. Ello coincide con el boom sociológico, dado que trasciende lo cultural, basado en recuperar el legado y la memoria del tiempo histórico previo a la pesadilla dictatorial. Películas, libros, programas, documentales y conmemoraciones inundan las estanterías de infinitos comercios nacionales, lo que sin duda ha servido para recuperar los valores de los vencidos, encarnados en sus intelectuales. Muchos de ellos sufrieron en los setenta el desdén de los nuevos, conscientes de ser, por haber residido en el país durante la noche fascista, más válidos para capitanear el camino hacia la democracia al conocer los entresijos y evoluciones de la piel de toro, algo que los exiliados no podían entender desde su distancia lejana, al vivir allende sus naturales fronteras, pero cercana, pues llevaban a España en el alma y muchos seguían doliéndose por no poder pisarla tras la derrota del primero de abril de 1939. Algunos lo hicieron y sintieron estar en otra dimensión, en un lugar conocido sólo por el aire. La transformación de la textura impedía abrazar la libertad, anulada por el funambulista gallego en su empeño de perpetuarse en el poder robado a la voluntad del pueblo.

En A la intemperie Jordi Gracia continúa su crónica de la historia cultural de esos años negros, y lo hace sine ira et studio, analizando al pormenor cada vicisitud personal para enmarcarla en un contexto colectivo que permita entender al lector las diferentes fases de una realidad centrada desde fuera en España. La dialéctica entre el interior y el exterior se erige en pieza clave de comprensión. 1950 es punto y aparte. Muchos creían, hasta el estallido de la Guerra de Corea, que el régimen caería víctima de sus pretéritas alianzas con las potencias del Eje. La Guerra Fría alteró la lógica y la Península Ibérica, cesión de soberanía mediante, se convirtió en pieza fundamental de la estrategia estadounidense. Es en ese preciso instante cuando algo se rompe y desaparecen las ilusiones del perfecto retorno al pasado republicano. Ese replanteamiento enturbia y reposiciona, y en gran parte es así por el despertar de los resistentes del interior y los arrepentidos, aquellos que tras tres lustros entendieron que el futuro de España necesitaba juntar sus dos núcleos para avanzar y desprenderse de un atraso que amenazaba con ser endémico. La alianza entre los que se quedaron y los que decidieron partir coincide con la crisis de mediados de los cincuenta y concluye en primera instancia con el llamado, léxico antediluviano, contubernio de Munich de 1962, cuando ambas fuerzas movieron ficha desde una profunda comprensión de las soluciones válidas para terminar con el íncubo y tejer vías que olvidaran divisiones y permitieran circular desde la unidad recuperada sin la que no hubiese sido posible construir un país desprovisto de rencor.

Gracia no escatima esfuerzos. Sitúa a cada intelectual y acepta sus diferencias. El exilio no fue un corpus ortodoxo, tuvo oscilaciones y movimientos diferentes en función de la personalidad de sus protagonistas. Los más viejos padecen, como si su viaje a Ultramar fuera una extirpación corporal. Los jóvenes tienen campo abierto y su concepción se acerca más al sentimiento generalizado de aterrizar en una isla de paz donde nadie prohibirá la creación pura, carente de trabas. ¿Qué hubiese sido de Buñuel? Podría haber imitado a Sert y volver para comprobar la miseria imperante. Sólo lo hará, como muchos otros, cuando su presencia en la patria no constituya una amenaza para su integridad. Rodará Viridiana y subirá a un avión de regreso al segundo hogar, ganador de una batalla lógica. Rehacer la existencia y sentirse alienado en suelo natal.




Otros exiliados optaron por ser firmes en su ética de la derrota. Regresar era sinónimo de vergüenza y oprobio, sobre todo, algo harto comprensible, para la clase política, instalada en un anquilosamiento ideológico poco dado a captar con precisión las verdaderas urgencias históricas del ruedo ibérico. Por eso, y quizá por ser una leyenda en vida, La pasionaria calificó a Jorge Semprún como un cabeza de chorlito, barbaridad, síntoma de incomprensión entre dos mundos iguales que toparían después del 20 de noviembre de 1975, que en parte puede explicar la postergación de muchos exiliados a la categoría de meros símbolos pululando entre el nomenclátor urbano y los libros de texto de mi adolescencia.

Han pasado tres décadas y media. Los que estudiaban esos farragosos volúmenes hemos crecido y residimos en un Estado de la Unión Europea, algo que indudablemente enlaza con la cultura de muchos derrotados, seres con esencia hispana que ejercían sus profesiones al mismo nivel de sus colegas continentales sin ceñirse a lo dictado desde su territorio. Esa equiparación entre abuelos y nietos deja a los padres como arquitectos de la gran metamorfosis, honrosos y sacrificados en su lucha, aunque selectivos y temerosos de hurgar en la gran herida. El siglo XXI tiene otras alas cargadas de herencia. Aprovechémoslas.