jueves, 30 de septiembre de 2010

Abluciones de Patrick deWitt en Revista de Letras




El mito detrás de la barra: “Abluciones”, de Patrick deWitt
Por Jordi Corominas i Julián | Reseñas | 27.09.10


Abluciones. Patrick deWitt
Traducción de Javier Calvo
Libros del Silencio (Barcelona, 2010)


ablución.
(Del lat. ablutĭo, -ōnis).

1. f. lavatorio (‖ acción de lavar).
2. f. Acción de purificarse por medio del agua, según ritos de algunas religiones, como la judaica, la mahometana, etc.
3. f. Ceremonia de purificar el cáliz y de lavarse los dedos el sacerdote después de consumir.
4. f. pl. Vino y agua con que se hace esta purificación y lavatorio. Sumir las abluciones.

El ritual se repite todas las noches, en todas las ciudades del mundo. Alguien sirve copas y otros las consumen en un recinto cerrado al que acuden clientes esporádicos y parroquianos que casi residen entre esas cuatro o más paredes. Los camareros son psicólogos empapados de antropología cotidiana. No tienen diván, pero sí barreras que les distinguen en su espacio de los demás mortales, y así es cómo aprenden tipologías, aunque siempre cabe la posibilidad de preocuparte más por tus problemas, y sin duda puede ocurrir si trabajas rodeado de botellas de alcohol, ingentes cantidades de dinero y un clima cargado de sospecha, imprevistos e inevitable desenfreno hacia el descontrol.

El protagonista de Abluciones, ópera prima del canadiense Patrick deWitt, está detrás de la barra. El álter-ego del autor entabla una particular batalla que se disecciona en cuatro partes bien hilvanadas, con una estructura imprecisa que no obstante convence porque se encamina con mucha claridad hacia un objetivo completo: una redención sin lamentos, donde el pasado no es drama, sino un sinfín de efemérides que configuran una unidad digna de ser contada por la alegría de sobrevivir o quizá por el gusto de mirar atrás y saber que cualquier tiempo pasado fue mejor. Estamos, supuestamente, ante unos apuntes para una novela, de ahí la precisión de cada párrafo, como si fueran notas para un guión, esbozos de personajes que a medida que avanza el relato adquieren forma. Un bar es una obra de teatro estática pero móvil, con rostros y cuerpos que vienen y van. Los que se quedan constituyen el núcleo fuerte de la escena, y en ellos se centra el narrador porque la rutina de encontrarse casi a diario engendra un grupo, que en el caso de este tugurio hollywoodiense, donde la decadencia es más estrepitosa, bebe de confianza y exceso. El chico que bebe Jameson por privilegio sirve muchas copas gratis a los asiduos, esperpento de la normalidad con fracasados actores infantiles, profesoras desconcertadas, camellos cutres, adictos lamentables, porteros perdidos, encargados deleznables, viejos augures que colonizan el sitio con hora de cierre, simple antesala de una conclusión que tanto va en coche como hacia un precipicio colectivo que la mayoría padece al despertarse, cuando golpea la resaca que no impide un eterno retorno.



También están las chicas, y la suma de los factores es un viejo conocido, estragos nocturnos del ser humano poseído por la luna o, seamos más realistas, sustancias y licores de alta graduación que agravan el delirio. Algunos críticos comparan a deWitt con Bukowski, y el parangón sólo cuela por contexto geográfico. El autor canadiense escribe con cierta ironía y una desnudez que retrata lo contundente sin exagerarlo, avanzando con la reiteración del declive para conseguir el efecto deseado. Esa acumulación produce un lento malestar, asumido como las pastillas que engulle el protagonista cada dos por tres. Hay momentos mágicos que se desvanecen, muchos son flashes, parches salvados a la desmemoria.




El paso de tortuga, la tortura china del hastío y la conciencia del propio hundimiento, conducen irremediablemente hacia una solución que es la huida, por eso los dos últimos bloques circulan en un viaje mental y físico que adopta arquetipos que desde siempre han estructurado el clásico ciclo de perdición, salvación y burla de quien cruza la frontera para no regresar a las tinieblas. La frialdad de la trama, el observador que describe el calvario propio y ajeno, sucumbe ligeramente en esta parte de graciosa pesadilla con flirteos, un guiño nietzcheano al umbral del manicomio, polígamos y el ridículo del forastero que insiste a la desesperada en encontrarse mientras el ritmo se acelera, se suceden los desmanes y la experiencia del héroe da con la fórmula matemática que espante los acechantes fantasmas que amenazan su proeza. Al fin y al cabo el relativo mérito de Abluciones es adoptar la minuciosa estructura del mito trasladándola a situaciones contemporáneas como, por ejemplo, en Trainspotting de Irvine Welsh. El hombre solo entre la multitud cercana que para conocerse debe superar múltiples obstáculos se traslada al establecimiento más característico de nuestra era, y la lucha se enfoca contra enemigos poderosos que comparten la debilidad del protagonista, quien pese a las dificultades tiene varios ases en la manga, poderes que le permitirán superar todos los obstáculos e ir de la oscuridad a la luz de la salida, mito de la caverna de coca y whisky, muerte, risa y resurrección.