domingo, 12 de septiembre de 2010

Correr de Jean Echenoz en Revista de Letras





La disciplina de la desnudez: “Correr”, de Jean Echenoz
Por Jordi Corominas i Julián | Reseñas | 9.09.10


Correr. Jean Echenoz
Traducción de Javier Albiñana
Anagrama (Barcelona, 2010)


En las competiciones de media y larga distancia conviene regular el ritmo y tener múltiples recursos para superar las estrategias rivales y los imprevistos de la ruta, reinventándose en cada carrera. Jean Echenoz consigue lo mismo con sus novelas. Rubias peligrosas vibra por su enmarañada trama narrada con prosa divertida que se lo pasa en grande enredándonos hasta deshacer la madeja silbando, como si el rompecabezas fuera coser y cantar cuando es todo lo contrario, salvo para este escritor francés que en otra inmensa creación, Al piano, adquiere un tono serio, grave solemnidad dentro de un relato imprevisible donde ya es posible detectar un profundo gusto estético desde el detalle del momento y el espacio, combinación que halla pleno acomodo en la serie biográfica novelada del francés, textos que asombran por su economía de medios, desnudez narrativa que con poco da en el blanco de captar la totalidad de una vida humana, haciéndola asequible, diagnosticando la grandeza con pequeños retales, signos universales que permiten comprender el sentido de existencias ajenas así que pasen los años. Asimismo, el método Echenoz sabe cancelar fronteras y anula cronologías y naciones. Es lo que algunos han percibido como una cualidad metafísica porque el curso de los acontecimientos fluye y se instala en nuestra cabeza, con suavidad. De repente no nos damos cuenta y las páginas vuelan, y con ellas las efemérides de unos ídolos convertidos en carne cercana porque pese a la mitificación de sus rasgos los percibimos desde la normalidad, sin esa pátina que otrora se reservaba para describir las gestas de los hombres ilustres.

Estas cualidades relucieron en Ravel y se refuerzan en Correr, donde la figura central es el atleta checo Emil Zátopek. Entre el compositor y el cuádruple campeón olímpico hay dos coincidencias de peso: el sacrificio y el talento. Ambos fueron obstinados a contracorriente, bestias desbocadas en busca de la excelencia que ignora lo que se estila para crear un lenguaje propio, lo mismo que activa Echenoz al rendirles homenaje aunando matices pedagógicos con la sutileza de moralejas que no se van una vez cerramos el libro.





Los muros que (no) rompe la velocidad: Un genio condenado entre dos tierras.

El atletismo suele desarrollarse en la circularidad, inevitable al dar vueltas al tartán. Origen y conclusión se sitúan en el mismo punto sin que nada importe el cronómetro y la distancia. La estructura de Correr sigue esta premisa. Se abre con la invasión nazi y se cierra con la primera de Praga y los tanques soviéticos de 1968. Ambos eventos conectan al personaje con su época, pues es imposible desligar las efemérides del individuo de las circunstancias de su contexto histórico, elementos que encierran en sus trágicos lances las cotas que dan a la aventura de Zátopek sus coordenadas. Emil nació en un país víctima de las turbulencias del novecientos, marioneta entre dos tierras que simbolizaron el extremo de las ideologías y de las obligaciones que sus regímenes engendran encendiendo la mecha que da al trabajador de la fábrica de zapatos el descubrimiento de sus capacidades. El odio al deporte se transforma en una pasión desenfrenada por acumular kilómetros en el cuerpo en una era previa a nuestra acelerada modernidad, sobredosis tecnológica. Estamos en la década de los cuarenta y es grato imaginar al pequeño eslavo devorando bosques y parajes con su zancada hasta el extremo, como si con su espontaneidad, que es el rasgo de su innovación contraria a los parámetros marcados por amor a no perder sus señas, escapara de los límites impuestos por la sociedad y se acercara a su cita con el destino diseñado por los astros.





La narración se ciñe a los datos demostrables, y hay fragmentos, bromas prescindibles aunque importantes por la intencionalidad del autor, donde Echenoz interviene en susurros de disculpa por no poder verificar una información. Zátopek es lírico porque construye su trayecto con la naturalidad de una fábula. Es un ganador distraído, un humilde soldado que se enamora de una chica nacida el mismo día que él, mujer con la que compartirá la alegría de vencer una medalla de oro olímpico con una hora de diferencia. Estas casualidades llenan nuestras horas y son comunes, son la magia fugaz que la experiencia nutre de un significado trascendente reforzado por la experiencia. Emil la aplica en su profesión y en su existencia. Corre con constancia, soporta humillaciones que se desvanecen por su talento en el estadio. Arranca aplausos, rompe records, recibe elogios políticos y sufre porque los mandamases, con Stalin en sus cruentos estertores, temen que su éxito derive en exilio en alguna visita a Occidente. El atleta políglota, calvo y poco ortodoxo en su estilo, claudica y se dedica a lo suyo, arrasando en Helsinki 1952 con su hito de vencer en los cinco mil metros, los diez mil y el Maratón, proeza acrecentada al producirse en la cuna de los mayores fondistas. Los fotógrafos lo contemplan como un superdotado que sonríe y hasta posa en plena concentración. El exterior es la apariencia que mitiga el padecer interior. Los cuarenta y dos kilómetros de Filípides son una tortura acorde con su grito mudo por no poder crecer por culpa del régimen y la cerrazón comunista. Cuando eso cambie la apertura se revelará parcial y la única libertad será la de ganar copas ante públicos que se emocionan en su tranquilidad capitalista e idolatran al checo que ni siquiera puede exponer sus opiniones para que su pueblo capte la miseria represiva de ese delicado período.




Correr está plagado de hermosas metáforas fruto de la lógica que da el análisis carente de ampulosidad, la comprensión de una personalidad para dar con la tecla justa para narrarla. Las biografías científicas deben cumplir unos requisitos que exigen precisión endiablada. Por eso muchos lectores las rehuyen, porque temen caer en su red y perderse. La ventaja de una obra, excepcional, como Correr es que pese a su exactitud no debe rendir cuentas con la documentación empleada al usarla con fines literarios que interpretan las fuentes y a partir de las mismas dibujan temas de relevancia. Un historiador incidiría en la decadencia del palmarés de Zátopek en su ocaso, Echenoz le da aura inmortal al abordarlo desde la plena conciencia de quien se conoce y acepta con cierta resignación que el esplendor pasó porque el organismo envejece. Obvio y siempre obviado en las crónicas al no poder introducir el factor mental que se cuela entre las descripciones de esa lenta agonía del campeón que también es persona. Solemos abrumarnos con las cifras de las celebridades. Hizo esto, lo otro y lo de más allá. Detrás de los logros hay un cerebro que procesa lo acaecido y un cuerpo con comprensibles achaques. No importa que seas músico, atleta o jardinero. Todos tenemos un río interior que impulsa nuestras navegaciones, que deben cohabitar con su época histórica. Algunos individuos tienen la desdichada fortuna de adelantarse a su contemporaneidad y correr porque aspiran a derribar muros por amor al progreso, sea su significante vanguardia o democracia. Correr para avanzar hasta que la propia e independiente idiosincrasia topa con barreras que tienen un freno anclado de infinitas toneladas con mucho apego a sacrosantas líneas fronterizas rodeadas de fino alambre. Correr con la motivación de cancelar el horizonte porque se puede traspasar. Correr para trascender el polvo que se acumula en el archivo de tus anales y legar que tus actos no fueron en vano.