lunes, 6 de septiembre de 2010

Matemática Beatle (VI) en Panfleto Calidoscopio





La primera frontera del White Album

Por Jordi Corominas i Julián


“Twenty songs were written while we were in India and the other ten we have written in the time since we came back to London. There is no central theme to the songs, they aren’t even about a thing on particular. They’re just songs. They’re not even particularly connected”. (Paul McCartney hablando sobre las canciones del White Album)

“It would certainly be unfair to blame Yoko Ono for the purely musical differences that erupted during the making of the White Album. Nonetheless, her constant presence undoubtedly served as the catalyst for the tensions that might otherwise have remained dormant, or has been resolved more amicably". (Pete Shotton, sobre la influencia de Yoko en el malestar Beatle durante la elaboración del White Album)

“The Pepper myth is bigger, but the music on the White Album is far superior, I think. I wrote a lot of good stuff on that. I like all the stuff I did on that and the other stuff as well. I like the whole album". (John Lennon hablando sobre la calidad musical del White Album)




Diferente. Único. Excepcional. Treinta canciones. Cuatro caras. Dos álbumes. Ringo abandonando las sesiones. Una japonesa en el estudio. Roces, desbarajustes, ausencias, preludios, genialidades. La elaboración de The Beatles, nombre original del popularmente conocido como White Album, fue un terremoto que tuvo graves consecuencias en el futuro de la banda de Liverpool por lo intenso de esos cinco meses donde las tensiones emergieron a la superficie y la música amenazó con verse postergada en el marasmo de una lucha de tres egos estallando hasta lo insoportable. La ambición era máxima, la tarea titánica y el resultado fue una obra heterogénea, reflejo individual de cada uno de los componentes del cuarteto y suma colectiva de sus virtudes, desatadas en el intento de demostrar que el pop no podía ni debía ceñirse a un estilo, entregadas a la causa de erigir un monumento intocable que cuarenta años después ha alcanzado la inmortalidad desde una atmósfera oscura, como si las composiciones del blanco estuvieran envueltas en una neblina que presagiase una tétrica explosión, nada extraño si consideramos los cambios que se produjeron mientras los chicos luchaban por sacar adelante un disco en que sus disensiones relucieron y la magia empezó a evaporarse sin avisar, fugaz tormenta de descalabro. Varios son los factores que explican el fin del eterno entendimiento entre Paul, Ringo, George y John, siendo éste último el más que probable artífice del malestar por múltiples motivos, entre los que cabe mencionar su renacimiento de la mano de Yoko Ono, musa maltratada por la historiografía que irrumpió en el estudio y hasta se permitió el lujo de opinar sobre la labor del cuarteto porque decía poder distinguir el sonido de cada instrumento por separado al haber estudiado música clásica. Esta y otras tonterías de la mujer más odiada del globo terráqueo enrarecieron el clima, pútrido hasta lo indescriptible desde la violación de la privacidad y la sensación de padecer la constante presencia de un pepito grillo poco amable, deleznable en fondo y actitud, cínico y socarrón, estúpido y enfermizo en su soberbia teñida de vanguardismo. The Beatles siempre habían sido una unidad irrompible, y la presencia de esa casi desconocida en el templo de Abbey Road significó un punto de inflexión que Lennon alentó con su sobreexposición pública junto a su nueva pareja entre bellotas, presentaciones cinematográficas, actividades artísticas, arrestos policiales y la absurdidad de querer hacer todo juntos, desde el amor hasta caer en la trampa de la heroína. La implicación del otrora líder del conjunto disminuyó y McCartney, quien ya había tomado el relevo al morir Brian Epstein, cogió las riendas de un caballo que amenazaba con desbocarse y desaparecer en pleno auge de su belleza, lo que impidió el bajista dirigiendo a sus compañeros con mano firme, quizá demasiada, pues por aquel entonces el más joven de todos ellos, George Harrison, iba percatándose de su talento compositivo y pedía a gritos mayor protagonismo, dando por finiquitado el tiempo en que se conformaba con dos canciones por álbum y una palmadita en la espalda. El crecimiento del benjamín fue una bocanada de aire fresco bien aceptada por los demás, sumamente estresados por el envite asumido. Sólo ellos podían culminar un doble Lp de calidad y presentarlo al mundo con la garantía del éxito asegurado. La presión era enorme. Trabajaron en estudios separados, surgiendo así fricciones que pusieron de los nervios a colaboradores como el ingeniero de sonido Geoff Emerick, quien abandonó las sesiones disgustado por tanta mala educación, y el productor George Martin, quien se tomó unas vacaciones al hartarse de las chiquilladas de los Fab, lo que no fue obstáculo para su participación en las históricas 24 horas transcurridas entre el 16 y el 17 de octubre de 1968, ensamblando junto a Lennon y McCartney los treinta temas del épico disco, número que siempre juzgó excesivo, pues en su opinión hubiese sido mejor crear una colección más reducida y preciosista, una joya que hubiese perdido muchos quilates descartando alguna de las perlas que llenan los noventa y cinco minutos de los dos vinilos favoritos de Ringo junto a la cara B de Abbey Road. El batería tiene su parte de protagonismo en The White Album porque el 22 de agosto de 1968 dejó sus baquetas y dijo adiós a las sesiones, derrotado por la machacona insistencia de McCartney, autoritario y mandón, obsesionado con la perfección del detalle, discutiendo por un redoble de tambor sin considerar que su compañero era uno de los mejores baterías del universo pop; George y John se quedaron de piedra cuando el más dócil, a quien todo solía parecerle bien, dijo basta y se fue dos semanas de vacaciones junto a su amigo Peter Sellers, anclado con su yate en Cerdeña. Back in the USSR quedó tocada de muerte, clamando por su salvación. Al cabo de dos semanas regresó y se encontró con su batería repleta de flores dándole la bienvenida, sintiéndose así integrado para disipar dudas de ninguneo.

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