martes, 9 de noviembre de 2010

Andy Warhol, entrevistas en Revista de Letras



Andy Warhol. Entrevistas”, edición de Kenneth Goldsmith
Por Jordi Corominas i Julián | Reseñas | 31.10.10

Andy Warhol. Entrevistas
Edición de Kenneth Goldsmith
Traducción de Ferran Esteve
Blackie Books (Barcelona, 2010)


Yo soy español, español, español. Y eso puede significar muchas cosas, y si hablamos de cultura contemporánea seguramente indique un navegar entre clichés que necesitan ser extirpados de nuestro cuerpo para dejar las apariencias y nadar en el mar de lo concreto. Todos sabemos que Andy Warhol es uno de los grandes faros de la modernidad, pero poco se ha hecho en la Península para conocer su figura como Dios manda. Algunos hablarán de la sopa, no confundir con Naomi, Campbell y otros, yo mismo, recordarán una lejana exposición a finales de los noventa en la Fundació Miró. Color, reproducción y, si me apuran, frío industrial. Resulta curioso constatar como en una tierra tan aficionada a los quince minutos de gloria, que ahora corren el peligro de eternizarse en basura que hubiese deleitado al genio de la Factory, han sido escasas las iniciativas de divulgar su luminosa figura. El pionero, ¿lo dudaban?, fue Jorge Herralde en 1972 y 1989, fechas de publicación en Anagrama de El director es la estrella de Joseph Gelmis y Warhol de David Bourdon. Después, salvo por un destello en Tusquets, el desierto hasta que una de las editoriales independientes más punteras decidió recuperar sus diarios de los años sesenta, fundamentales para comprender la magnitud del personaje. El camino trazado por la publicación de POPism en Alfabia lo continua con honores Blackie Books mediante la edición de las principales entrevistas al controvertido artista norteamericano en un libro que debe ser considerado como la Biblia esperada, quinientas páginas con treinta y siete conversaciones que abarcan cinco intensos lustros en la cima de la vanguardia y lo camaleónico para no perder comba y ser siempre un referente de la escena cultural y social de Occidente.

Antes de concentrarnos en el asunto conviene destacar otro salto trascendental del libro. El mercado español parece tener cierto temor a publicar compilaciones de entrevistas, como si ése contenido fuera poco vendible, lo que desmiente el universo anglosajón, donde suelen ser consideradas fuentes clave para investigar los tejemanejes artísticos del siglo XX. Nuestra escasa tradición en este ámbito se confirma con la introducción de Reva Wolf, donde se expone la pluralidad de las charlas con Warhol y lo variado de las entrevistas que presenta el volumen. El auge de este método de conocimiento se extendió en los años cincuenta de la pasada centuria más allá de la política, y al ser una novedad tuvo la fortuna de poder vestirse con muchos velos. El lector dirá que lo más normal es la fórmula pregunta-respuesta. Efectivamente, pero también cuenta cómo se enfoca el diálogo y quien es la persona que atiende las cuestiones. En el caso de Warhol entramos en otra dimensión que enlaza con lo radical de su poliédrica actividad. Los años sesenta son el mejor ejemplo, desde meras contestaciones monosilábicas- ¿Qué es el arte Pop? Sí- pasando por encuentros inventados por sus colaboradores y aceptados por el retratista de América, hasta llegar a desvaríos surgidos de la nada, viajes en taxi o la ingeniosa entrevista sobre su película Empire, donde el poeta Gerard Malanga sacó las respuestas del folleto publicitario del Empire State.


La excentricidad sobrevuela el conjunto, sin que ello signifique una oda a lo banal, ni mucho menos. El género merece ser elevado a otra categoría. ¿Puede Warhol responder un formulario para conseguir trabajo y adaptarlo a su contexto? Sí, claro, y también puede ser él mismo en cualquier circunstancia, dejando que una miríada periodistas de toda clase y condición, entre los que se cuentan muchos amigos, se adentren en su templo y plasmen en sus manuscritos el ambiente que se respiraba en el motor del bullicio de Nueva York para saber de su pasado en la publicidad, automatismos, happenings, serigrafías, pintura, vídeo, la Velvet Underground, Nico, novelas, las películas experimentales, Chelsea Girls, las superstars, Edie Sedgwick y captar a Warhol en estado puro, reacio a ser acribillado, pero con la grabadora siempre preparada para registrar lo acaecido, pistolero de la tecnología capaz de dar la vuelta a la tortilla y erigirse en entrevistador, con lo que reafirmaba su ascendente y, de paso, lograba, otra vez, revolucionar desde lo simple con la aceptación de los demás, pues de otro modo no se puede entender cómo algunos pobres chupatintas cedían al embrujo del hombre de las gafas oscuras y le dejaban ocupar el centro de la escena con bastón de mando incluido. Warhol preguntaba sobre su actividad y en alguna que otra ocasión el invitado de turno respondía siguiéndole el juego, que mutó hacia otros derroteros en los setenta.



En junio de 1968 la feminista Valerie Solanas intentó matar a Warhol, y éste nunca se recuperó físicamente del golpe. Redujo su actividad fílmica, enamorándose de la práctica fotográfica mientras retomaba la senda pictórica y se erigía en gurú de la Gran Manzana multiplicando su célebre presencia en fiestas, saraos y hasta, perdónenme el chiste fácil, en la sopa. Durante su penúltima década de existencia las conversaciones con el hijo de inmigrantes checos mantienen su aire corrosivo y apuntalan una especie de recorrido por la memoria de manera muy disimulada. Hay que leer entrelíneas, porque muchas veces puede parecer que Andy esté aguantando la pesadez del formato, cuando en realidad lo está usando en beneficio propio para consolidar su mito, figura cercana e intocable, familiar e inmortal, cariñosa y distante. La fama incide en las preguntas de esa época y se transmite en magníficas efemérides que simbolizan el estatus adquirido. El encuentro con Man Ray, delicioso y delirante monólogo interior repleto de ironía y nerviosismo, sería un buen ejemplo que los ochenta amplían en esa cena pseudo pornográfica con otro monumento americano, William Burroughs. Ambos departen de manera más que distendida sobre sexo homosexual, tamaño de falos, experiencias erótico-festivas y otros mejunjes del acoplamiento entre humanos. La libertad que emanan sus palabras contrasta con lo pacato de hoy en día, donde sería utópico imaginar algo parecido entre dos bestias culturales, y no vale elucubrar con nombres de postín, pues las tres décadas transcurridas han instalado un clima decadente donde se ha demostrado que las ocurrencias de Warhol son irrepetibles, quienes intentan repetirlas no hacen sino caer, salvo honrosas excepciones que ahora no recuerdo, en la más profunda mediocridad desde su efectismo de mercadillo. El chico de Pittsburg ya había ganado la partida en los ochenta. Durante ese período las entrevistas alaban su reconocida influencia para con las nuevas hornadas y siguen regalándonos el excéntrico repertorio de su protagonista, interrogado mientras consume alocadamente en Bloomingdale’s, una de sus mayores aficiones era acumular objetos, se confiesa católico, amante de la televisión, fanático del té y visionario que con su sola imagen puede levantar cualquier producto, mago de las finanzas que se apasiona con la informática y pese a la enfermedad que iba mermando sus fuerzas aun tiene arrestos para desarrollar una colosal energía hasta sus últimos días, entregado a lo que se le daba mejor: trabajar y vender, con gran eficacia, su imagen para el presente y la posteridad.



Lo bueno de esta compilación de entrevistas realizada por Kenneth Goldsmith es que después de leerlas cierras el volumen habiéndote divertido y queriendo más. Es lo que tiene el género. Federico Fellini afirmaba ser un gran mentiroso, hasta el punto de recomendar creer a medias sus diálogos con afamados críticos ansiosos por revelar algún detalle exclusivo. Warhol no era menos. Quédense con su personalidad, recaben los datos de más interés, desterníllense con sus ocurrencias y pidan a los Reyes Magos ser profesores de Grease o que se editen más libros como éste en España. Todos saldremos ganando.