domingo, 28 de noviembre de 2010

Goodbye,Barcelona de Alexis de Vilar en Revista de Letras


Una crítica pasada vendida en el presente: “Goodbye, Barcelona”, de Alexis de Vilar
Por Jordi Corominas i Julián | Críticas | 27.11.10


Goodbye, Barcelona. Alexis de Vilar
Funambulista (Madrid, 2010)

Llaman al timbre. ¿Quién es? Traigo un paquete para Jordi Corominas i Julián. Abro la puerta y escucho los latidos del ascensor. Firme aquí. Hasta luego. El sobre contiene Goodbye, Barcelona de Alexis de Vilar. Una de mis mayores preocupaciones existenciales es discutir sobre la farsa de BCN versus la riqueza de Barcelona, así que el titulo me seduce y decido devorar el volumen en menos que canta un gallo. El tema de mi ciudad en la literatura es un tópico eterno. ¿Existe un gran novelista de la Ciudad Condal, una mente privilegiada que haya retratado a la perfección a esa fulana de diseño? La respuesta es afirmativa, pero cada generación debe tomarle el pulso y diagnosticar su enfermedad en el marasmo de su constante metamorfosis, por lo que el mérito más que exclusivo e único debe ser progresivo. En los últimos años varios libros y publicaciones han intentado quitar la máscara a la capital catalana, pero como estamos demasiado acostumbrados a lo políticamente correcto topamos con el inconveniente de juzgar lo corrosivo con un autosuficiente “sí, muy bien, si eso ya lo decía yo”. La crítica existe, se tapa, dura dos telediarios y después los de la Plaça de Sant Jaume prosiguen con la despersonalización del tejido urbano. Quizá por eso, un error que cometo con demasiada frecuencia, me fijo en la contraportada y, ¡Oh cielos!, menciona que la novela fue finalista del Premio Planeta en 1988, siendo desde entonces marginada porque sus ataques contra la antigua potencia marítima son más que despiadados, por lo que no ha sido posible editarla hasta ahora. ¿Seguro? La nota añade que el libro fue, de otro modo no se entiende la demanda por plagio a Woody Allen, el embrión no reconocido de Vicky Cristina Barcelona, conocido celuloide postal para exportar la imagen de la urbe olímpica al Universo y más allá con la estimable colaboración de dos millones del presupuesto municipal. Barcelona posa’t maca.

Visc(a) BCN es lo que no dice nunca David Columbus, pintor neoyorquino que aterriza a finales de los ochenta en el aeropuerto del Prat, lleno de goteras y techos a la deriva. Llega a Cataluña tras sufrir esas clásicas crisis de los cuarentones. Ya saben, divorcio, dudas y la exigencia de un cambio. Su amiga y marchante Pat le ha recomendado Barcelona, llena de sol y alegría. El buen hombre contacta con cura, alquila un macroapartamento en la Plaça Reial y procura empaparse de la atmósfera mediterránea de la Rambla. Como siempre, surge un imprevisto. Se llama Beth, es una pija jovenzuela de Pedralbes y está más buena que el pan. El café de la ópera asiste silencioso al flechazo, consumado a la mañana siguiente de una fiesta donde se junta toda la fauna del Chino y aledaños: camellos, putas, vecinos, espontáneos y guiris que pasaban por ahí. El resto del libro es la crónica de un (des)amor aliñado con mucho sexo, algo de machismo, quejas continuas, intentos de reflexiones filosóficas sobre lo hipócrita de Barcelona y algunos errores, entre los que cabría añadir el postfacio, que demuestran cómo el texto se ha retocado, y mucho, después de 1988, por lo que asumimos que el autor ha introducido modificaciones para adecuar su mala leche a la rabiosa actualidad.

Pese a ello me he divertido mucho leyendo Goodbye, Barcelona. Destila ingenuidad, y eso más que un defecto es una ventaja. Las páginas pasan volando, la prosa no se anda con remilgos y la dinámica del tempo narrativo se acelera incesantemente, como si quisiera corresponder con su ritmo a los vaivenes del protagonista, un tipo esquizofrénico entre su dureza realista sucia y una ternura de héroe de pelis de los cincuenta. Su cabreo con los muros que acogen su arte es proporcional a la hinchazón de su miembro viril cuando se junta con la Escorpión de la terra, fiel retrato de lo peor de la burguesía catalana, caprichosa, individualista y obcecada en las apariencias para mantener su buen nombre. La vida es diversión y las calles un digno objeto de saqueo. Eso topa con la mentalidad cultural del estadounidense, quien derrocha dinero a mansalva pero se salva, o eso quiere hacernos creer, por su sensibilidad artística que asocia su mayor cultura a través de tópicos jazzie y puntos de vista apoyados en la excelencia del observador foráneo que además es creador. Como ven, el edificio se sostiene sobre bases bastante inestables, y puede que me haya enganchado por la simple voluntad de querer analizar si la rabia esgrimida hace dos décadas concuerda con la que sentimos hoy en día.

Los años posteriores a la elección como sede olímpica, algo comprensible por la preocupante continuidad histórica de una dinámica electoral, vieron el inicio de BCN mediante campañas publicitarias que insistían en una imagen que ocultara errores. Sin embargo, el evento mundial de 1992 si transformó carencias, pero dio paso a una enloquecida carrera de vacuidades que marginaban al ciudadano y potenciaban el beneficio turístico entre artificios y monumentos insignificantes que anularon muchos rasgos característicos de Barcelona en cuerpo y alma. Alexis de Vilar, que dedica sus horas a viajar por océanos e islas perdidas, parece captar el matiz, pero se obstina tanto en algunos aspectos que lo suyo más bien huele a asunto personal, convirtiendo su supuestamente polémica obra en un divertimento pasajero hermanado con el filme de Woody Allen por lo poco que aportan ambas propuestas.