miércoles, 3 de noviembre de 2010

Crimen de Irvine Welsh en Revista de Letras



Expiaciones en la posmodernidad: “Crimen”, de Irvine Welsh
Por Jordi Corominas i Julián | Reseñas | 1.11.10

Crimen. Irvine Welsh
Traducción de Federico Corriente
Anagrama (Barcelona, 2010)


Somos seres que vivimos en unas coordenadas espacio-temporales muy concretas. El ciclo de la vida parece marcar fechas señaladas, pero las verdaderas son caprichos del calendario, vuelcos inesperados que sellan la mente de quien padece el imprevisto calculado por malhechores con sangre fría y prístinas ideas, de escalofriante lucidez. En Crimen, última novela de Irvine Welsh, Britney tiene siete años y recorre las calles de Edimburgo tranquila, conociendo el camino, ignorante del mal aparcado en las postrimerías. Un hombre sale de una furgoneta blanca y ejecuta su macabro plan. Secuestra, viola y asesina a la niña.

El caso cae en manos de Ray Lennox, un perfecto antihéroe de vacaciones en Miami junto a su futura mujer para intentar superar la desazón de no haber evitado la muerte de otra persona inocente. El martilleo en la cabeza es constante. La depresión prosigue su curso y no da tregua, lo que podemos entender mediante la argucia del narrador, voz que se dirige directamente al protagonista, conciencia que nos acompaña en la senda una expiación para retornar a la normalidad. El viaje al otro lado del Atlántico estaba ideado para el contraste positivo. Florida y su sol, dolce far niente ocioso con Trudi, emocionada con los preparativos de la boda, antesala de un cambio hacia lo nuevo que sepulte fantasmas, que sin embargo, atenazan a Ray por secretos en principio inconfesables que provocan terremotos en la superficie. Las erecciones se desvanecen entre medicamentos, aunque lo peor radica en el desasosiego y la indiferencia que todo le produce. Quiere coca y alcohol para sobrellevar la pesadilla instalada en su cuerpo, muralla que impide progresos y le transforma en un monstruo capaz de soltar un que te den a la prometida y provocar una tormenta sentimental que no es sino otro paso en su búsqueda de dar con las cartas que le permitan vencer su partida interior.

Los movimientos se ejecutan con aplastante lógica. El cerebro del poli aficionado a los Hearts bulle a mil por hora, analizando el presente y volviendo la vista atrás, dándonos datos para encuadrar su íncubo. El vodka corre por su garganta y las sinapsis lloran por un túnel de su infancia y la deriva de los acontecimientos. Hay música, mucho qué hará Trudi y, naturalmente, las tentaciones de la noche a las que sucumbe el treintañero. Dos mujeres, polvo blanco y una fiesta borrosa tras atravesar la ciudad estadounidense y su idónea estructura de asfalto. De repente irrumpen extraños. Robyn y Starry, lascivas anfitrionas de mercadillo, le han llevado al piso de la locura, seduciéndole con rayas, sin avisarle del peligro y una niña, Tianna, advertencia que encenderá luces de alarma cuando los recién llegados flirteen con ella y se desate el golpe que sitúe las piezas de la trama en su lugar tras esta fase inicial donde luchábamos por descubrir las bifurcaciones de la historia. Citas inatendidas. Lennox no tiene ninguna obligación de protegerla, pero se verá reflejado en la niña desvalida que se las da de dura usando estruendosos vocablos mientras realza una feminidad prematura, erigiéndose en ángel guardián de la pequeña al tiempo que mantiene las antenas sintonizadas a un obsesivo canal en que la pederastia reposa en el pedestal de un atroz reino, neblina demasiado profunda que le bloquea. Y hay que decir basta.





Otro escritor hubiese planteado el segundo tramo de la novela como un relato rosa sin mucha chicha. Podemos imaginar cómo Hollywood habría apostado por la amistad entre el escocés y la niña, felices por alejar el infierno a base de tiernos diálogos y bonitos sucesos. Otro literato hubiese traspasado las fronteras de lo lúgubre para sorprendernos con un final cruel y mezquino. Irvine Welsh ha madurado, lo que es una excelente noticia en un autor que sabe combinar muy bien la bestialidad con lo social. En este sentido nuestra época y determinadas interpretaciones surgidas del impacto de Trainspotting le han situado como un icono de lo transgresivo, algo muy sencillo de decir si se toma su prosa como un banal conglomerado de temas para encandilar a quienes buscan sexo, drogas y rock and roll, como si estos tres tópicos fueran la maquinaria que sostiene su obra, cuando en realidad, a diferencia del último Easton Ellis, son elementos que vertebran la construcción y dan vigor a la acción impregnada en una materia por donde flotan las ideas y un hondo sentido crítico. Quizá por eso Crimen engancha, porque sus páginas narran una atribulada aventura en la que siempre prima la introspección psicológica. Los mamporros, roces, espejitos y piruetas son excusas que nos desplazan al meollo de la cuestión, la recuperación vital de un buen tipo atosigado que no sabe cómo recuperar el tiempo perdido hasta que, y asistimos a otro sutil pero contundente cambio de voz narrativa, toma las riendas y entonces entramos en el vértigo de la resolución en sus múltiples capas del puzzle, única salida posible para clausurar un texto de impecable estructura narrativa al saber cuándo ubicar cada migaja para darle sentido en relación al todo, saltando de Edimburgo a Miami, de la madurez a la infancia según requieran las circunstancias de la trama, con lo que se mantiene la tensión narrativa sin pretensiones epatantes, sólo con la coherencia de encajar las partes verosímilmente, cuidando cada uno de los estratos de una existencia que claman por una armonía: trabajo, traumas y amor.

Asimismo cabe recalcar otro acierto. Al situar los hechos fundamentales en territorio desconocido, Welsh concede a su protagonista una clásica válvula de escape. El mito nos ha enseñado que es más sencillo comprender errores si pisamos tierras que no nos pertenecen porque lo inhóspito lleva a escarbar más en nuestro interior. En la antigüedad las revelaciones de este tipo de experiencia conducían a proezas gloriosas. En el mundo del siglo XXI una urbe deshumanizada, larga autopista con apeaderos marítimos, sirve de escenario para la gran gesta de lo mínimo una vez han desaparecido leyendas y épicas guerreras. Las nuevas batallas, hijas del siglo XX y un revolucionario señor vienés, se juegan en campo propio a partir de efectos exteriores. El contraste, resolver el conflicto en las antípodas, refuerza la angustia del desbarajuste que acucia a Lennox, quien como su creador sabe muy bien que la supuesta fachada de paz por la que circulamos no es sino un decorado donde la normalidad vierte invisibles excrementos sin solución de continuidad en las esquinas por las que tú, yo y cualquier hijo de vecino pasamos cada día antes de desarrollar nuestras actividades cotidianas. Las del protagonista tienen carácter policial, y eso hace que desmenuce su calvario desde un doble prisma personal e investigativo, acierto clave que confiere a Crimen tono de novela detectivesca en una órbita que la trasciende.