lunes, 14 de marzo de 2011

J.D. Salinger,una vida oculta de Kenneth Slawenski en Revista de Letras


Loca cordura de un hombre: “J. D. Salinger. Una vida oculta”, de Kenneth Slawenski
Por Jordi Corominas i Julián | Reseñas | 11.03.11


J. D. Salinger. Una vida oculta. Kenneth Slawenski
Traducción de Jesús de Cos
Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores (Barcelona, 2011)


El 27 de enero de 2010 estaba tan tranquilo malgastando el tiempo en Facebook. Al cabo de unos segundos, algo muy típico bajo las premisas actuales de lamento cool, el muro principal se llenó de necrológicas dedicadas a la memoria de J. D. Salinger, escritor que con su obra y actitud vital removió conciencias hasta convertirse en paradigma, literato ermitaño que enarboló con suma ética y valentía su bandera de privacidad.

Mis recuerdos de su obra se limitan a una lectura adolescente de El guardián entre el centeno por obligación escolar. Abrí el libro a las tantas de la noche y lo devoré en mi cama, quedándome de ése instante un reflejo más bien borroso, y así seguimos, con la idea de Holden Caulfield entre ventanas de Nueva York, oscuridad viciosa, risas a tutiplén y la más que probable certeza de no haber captado su esencia. Quería terminar la novela y dormir, pero lo importante es que sus páginas perduraron sin caer en el pozo del olvido al que sepultamos tantas letras que circulan por nuestros ojos. Quizá por eso me hizo ilusión dar con la biografía que recién acaba de publicar Galaxia Gutenberg, volumen, y más al abordar un caso tan complejo, que no podemos calificar de definitivo pese a la ejemplar brillantez con que Kenneth Slawenski disecciona la existencia del neoyorquino.

Salinger nació el día en que el mundo se aprestaba a iniciar una nueva era. 1 de enero de 1919. Atrás quedaba la Primera Guerra Mundial y el dominio europeo, suplantado por la potencia norteamericana que rezumaba cambio desde la Gran Manzana. Los primeros años suelen ser claves para configurar la personalidad del individuo, y en el caso de nuestro protagonista su infancia y adolescencia ya ofrecen retales de la trilogía que caracterizará su actitud: disciplina, narrativa y egolatría.

No podemos entender al puntilloso Jerry sin su eterno alegato a favor de una más que metódica disciplina. Ser hijo de un hombre forjado a sí mismo le sirvió para ahondar en el amor materno y comprender la necesidad de trabajar con constancia para alcanzar sus objetivos, punto de vista sin duda reforzado por su estancia en una academia militar y el infierno de su carrera marcial durante la Segunda Guerra Mundial entre Inglaterra y Alemania. El soldado de aspecto exótico con la máquina de escribir a cuestas padeció lo indecible en el bosque de Hürtgen, salvó el pellejo y recibió otro letal puntapié al contemplar consternado la abominable carnicería programada de los campos nazis. Estas experiencias sepultaron su escasa ingenuidad y le ayudaron a concebir parte de su particular visión del universo.




El joven sociable se transformó hasta purificar su figura de inconveniencias. Quiso despojarse de lo superfluo, abrazó una intensa búsqueda espiritual y siguió a lo suyo. Desde 1940, gracias a un providencial curso en la Columbia University, tenía claro su destino y apostó todo para conseguirlo. Tanta era su voluntad que hasta preparaba sus relatos en función del tipo de revista y estipendio. Durante esa década entabló amistad con importantes editores, coincidió con Hemingway en París y alcanzó la cima soñada al mantener una relación privilegiada con The New Yorker, que se aseguró la exclusiva de sus textos creyendo en su indiscutible y extraña calidad. Cabe remarcar que el rumbo tomado por Salinger se debió a su irrompible creencia en su talento y un desdén al murmullo que sólo puede entenderse analizando desprecios, Oona lo abandonó por Charles Chaplin, y un ego desmedido que luchó hasta la extenuación por anular sus fragmentos ociosos, tentaciones de las que disfrutaba en grado sumo hasta que los palos rebasaron a las delicias.

Volvió de la arruinada Europa de 1945 casado y con un perro. Le exigían una novela. Se encerraba dieciséis horas al día y las invitaciones se acumulaban en su buzón. Su nombre estaba en boca de todos. Sus relatos, que aturdían por diferencia, triunfaban. Él, hastiado tras otro fracaso amoroso, optó por emigrar al campo como consecuencia de aspirar a una paz que lo urbano no consentía, menos aún tras el apabullante éxito de El guardián entre el centeno, anhelado hasta que se presentó con ropajes que anticipaban la modernidad por el fanático estruendo que generó en el conformismo de los cincuenta, furor inextinguible aupado por lo corrosivo de las expresiones vertidas en el manuscrito, afrentas léxicas que clamaban por otra América que se desprendiera del pestilente hedor consumista que la carcomía en su gloria. Los polos opuestos se atraen. No podemos sacralizar una figura de tal envergadura sin apreciar sus contradicciones. Salinger era dogmático y privilegiaba su alma, y lo mismo vendía la sociedad donde desarrollaba su profesión. La discordia radica en el modo de aplicar ambas cosas. Su país imponía, él se alejaba emitiendo contundentes voces que ataran bien todos los cabos. Al ser desoídas el sentimiento de traición se acentuaba y el desapego florecía con estrépito.

Cornish y lo medieval. El artista como un eremita que acepta ciertas normas del mercado hasta que éste se desnaturaliza y propicia el acoso a la intimidad, la tergiversación y el íncubo de una exposición mediática no requerida que favoreció su silencio. Marujeen que algo queda. Jerome David sometió sus obras al veredicto del público hasta 1965, cuando optó por proseguir su singladura en un oasis inaccesible de narrativa, oración y recogimiento. Dijo basta. Vivió conforme a sus principios en una comunidad sin las ínfulas de lo contemporáneo, desde el respeto y la calma de quien es querido sin tanto aspaviento. Error en la cronología, mente del siglo XX. Hoy daría gracias a Dios por librarse de bitácoras, crispaciones y frivolidades tan típicas de nuestra época, aunque pensándolo fríamente uno de los motivos que le hizo despedirse de lo mundano fue el mezquino artículo que Tom Wolfe lanzó como una andanada contra Brian Shawn, editor de The New Yorker y uno de los mejores amigos del autor de A perfect day for the bananafish. Calculen, miren atrás, vuelvan su cabeza al presente e interpreten.

Holden y Phoebe. Franny y Zooey. Caulfield y Glass. La familia, paraíso perdido en el empecinamiento de su rebelión, fue la piedra miliar que articuló sus dinámicas tanto en vida como en literatura, si bien en la primera su matrimonio con Claire Douglas, entregada a la causa durante una larga década, constituyó una derrota a la que se sobrepondría desde una pasmosa ataraxia basada en hacer lo que su rigor imponía en esa habitación donde no cejaba en su empeño de acumular creaciones por el mero placer de perfeccionar su técnica, apuntalada mediante una serie de sagas con las que hacía suyos, quizá demasiado, unos personajes a los que confesaba amar con devoción religiosa.

Pese a su logrado estudio de la obra, la biografía de Slawenski, administrador del sitio www.deadcaulfields.com, se centra en los hechos, contrasta datos en abundancia hasta la fecha bisagra de 1965 y en el último tramo no especula con informaciones útiles para rellenar el vacío documental que el mutismo del mito engendró hasta levantar un muro sólo quebrado cuando atentaban contra sus derechos elementales de su ser y sus manuscritos fomentados con creces por un género que rehúye aceptar el aislamiento de un semejante y hasta le atribuye, véase el nefando asesinato de John Lennon y el frustrado homicidio de Ronald Reagan, dones malignos para dañar su reputación. Esta objetividad se agradece porque, si bien notamos simpatía hacia el autor, en ninguna circunstancia se percibe un atisbo hagiográfico. Salinger es plasmado desde un claroscuro nada barroco, el propio y elemental de cualquier individuo, dimes y diretes, textos y mujeres, urbe y campo, presencia y ausencia, suceso y crítica estéril, luz y enigma acompañará su estela hasta que el paso del tiempo nos regale el hipotético manantial que aclare esa pared silenciosa que el escriba tejió con flemática e indignada sabiduría a lo largo de media centuria.

3 comentarios:

Carlos González Peón dijo...

Lo dicho: lo cogí el otro día en la biblioteca porque estaba en el expositor y casi tropiezo con él. Lo empecé anoche y leí poco (era tarde) pero me dio buenas vibraciones.

Lo dije hace poco pero no me importa repetirme: no soy soy Salingeriano. Es más, hasta hace poco odiaba a Salinger. Mi experiencia con él fue "el guardián entre en centeno", novela que odie a muerte durante años porque me obligaron a leerla en gallego en el colegio.
El mes pasado me enamoré de muchos de los Nueve Cuentos y pronto me pondré con el resto. Seguramente después de esta biografía porque supongo que me pasará lo mismo que con Tolstoi, que disfruté más el una vez que hube leído sus diarios.

Jordi dijo...

Carlos,es una bio que no engaña, no pretende ser hagiográfica, y eso, tratándose del autor en cuestión se agradece mucho. Yo tampoco soy salingeriano,pero mira,ojala todo el mundo fuera más como Salinger en actitud ética y social en relación a la literatura, sin necesidad de figurar a saco ni tomar el mundo de los libros como un desfile de moda, y eso que el tipo tenia un ego descomunal

Carlos González Peón dijo...

Pues tienes razón. No soy mucho de biografías (es mentira, en realidad no soy nada de biografías) pero esta está muy entretenida. Supongo que por el encanto de la época de sus primeros años como escritor, justo antes de la segunda guerra mundial. Me encanta cuando decide ser escritor. Lo hace así: decide ser escritor. Punto. Y, no contento con eso, ¡¡vivir de la literatura!! Hoy eso es impensable (casi) pero claro, entonces no había televisión y el primer hobby era la lectura. Brutal, me entanta. Decide vivir de la literatura. Su lucha con las revistas y los periódios, su frustración, el eterno caballo de batalla. Es fascinante descubrir que por un simple relato, el primero, se hacía una presentación oficial..
Mira si me gusta que hoy fui a la librería a recoger el último Pynchon y hubiese comprado "El guardian...", pero no lo tenían.