lunes, 21 de marzo de 2011

Providència 77 en "Se fue al otro barrio" en Bcn Week


Providència 77, by Jordi Corominas i Julián

Viernes, cinco de la madrugada. Discuto con un amigo la conveniencia de ejecutar cambios en la Plaza Rovira para que el digno señor de bronce tenga un compañero de charla. El espacio lo propicia. Enrique Vila-Matas habló de sus constantes dualismos, perfectos salvo por la omisión de otra escultura que equilibre la balanza y fulmine la soledad del hombre, pasto de locos y palomas, que ganó el proyecto de reforma del Eixample hace ya más de 150 años. Rovira no dice ni por ahí te pudras, es silencioso e ignora la realidad adyacente a sus dominios, repleta de pequeñas trampas que suelen pasar inadvertidas hasta que la repetición ejerce su maléfico influjo y sitúa en el mapa rarezas que claman atención en su misterio.
Abandonamos las farolas, dejamos atrás la droguería del crimen de Carmen Broto y saludamos al invisible Marsé, omnipresente en el espacio, como si el lugar fuera suyo y nosotros unos simples peleles, peones de un tablero, marionetas que para dar con la libertad deben tejer redes propias, ganancia de pescadores que sólo intentan entender su entorno.

El barco se para cada noche, poco antes del abrazo con Morfeo, en Providència 77, una fachada lúgubre que intriga a mi amigo desde hace más de medio siglo. El edificio tiene una concepción arquitectónica sobria, casi racionalista, con ventanas sin adornos que emanan pavor por sus barrotes. La geometría proporcionada del asunto, aséptico en las paredes, daría para muchas elucubraciones, pero lo importante está en el acceso. Ya saben. Las puertas de los inmuebles suelen tener un interfono. El clásico posibilita contactar con los residentes llamando a su piso. En el caso de la anónima mansión que centra nuestras pesquisas sólo hay un timbre general que incita a sospechar la existencia de un portero en el interior, amo de llaves del palacio donde el común de los mortales tiene vetada la entrada al portal marrón ardilla con un pomo dorado que nadie franquea, al menos a la vista de los demás. Ése punto apabulla. ¿Quién vive en Providència 77? Cuando el Papa de Roma visitó Babilonia colgaban banderas vaticanas. Por lo tanto, ya sabemos que alguno de los habitantes de la casa cree en el Dios católico con ardorosa devoción. ¿Y qué? Podríamos pasarnos días enteros vigilando. Nuestra desesperación crecería por el vacío absoluto y la impotencia de la nada. Unos opinan que la clave está en una salida trasera oculta a nuestros ojos. Otros comentan que es una residencia religiosa que lleva en el más profundo de los secretos sus actividades. ¿Una secta? ¿Una conspiración judeo-masónica? ¿Un selecto club de albañiles ayurvédicos? ¿Un prostíbulo enmascarado? ¿El refugio de Batman? Emoción, intriga, dolor de barriga.
Este texto es un esbozo de investigación. En ningún momento pretendo descifrar la verdad porque carezco de información para acometer el reto. A veces me paro en el badulake que está enfrente y compro un aquarius, la bebida de los campeones. Seguro que el humilde pakistaní, entregado propietario de su negocio, conoce datos de vital trascendencia para aclarar el entuerto de esos imponentes muros que desafían la rutinaria dinámica de la ciudad, donde la mayoría de individuos nacen, crecen, se reproducen y mueren en la normalidad de unas habitaciones que a nadie preocupan por carecer de un destello que las diferencie, almas contentas, o resignadas, que desarrollan sus tareas cotidianas con la forzosa naturalidad que implica empaparse de aire contaminado y mezclarse en el bullicioso marasmo urbano.
El método para averiguar el enigma es simple. Basta con tener conocidos que se dediquen a la abogacía o tengan contactos en el registro de la propiedad, accesible para todo hijo de vecino que quiera esforzarse y acudir a consultar planos. No lo hago porque seguramente quiero sentirme, las frustraciones infantiles son lo peor, un Sherlock Holmes a la catalana y especular con el extraño bloque del privilegio. Providència 77 es una metáfora de nuestra época, donde los poderosos actúan en la superficie sin ser atisbados por ojos que padecen la miseria de cruzar los brazos al no poder atentar directamente contra los cínicos que impulsan la mierda que siempre más impregna nuestras carnes. Ellos están entre nosotros y marcan sus cartas con símbolos, fronteras impenetrables al alcance de una mano que, sin embargo, acata la prohibición de no tocar la fruta prohibida en un mundo que nos transforma en visitantes de un museo que desmiente la igualdad.



Ilustración: Nil Bartolozzi