lunes, 4 de julio de 2011

Formas de volver a casa de Alejandro Zambra en Revista de Letras


La memoria y la repetición: “Formas de volver a casa”, de Alejandro Zambra
Por Jordi Corominas i Julián | Reseñas | 3.07.11


Formas de volver a casa. Alejandro Zambra
Anagrama (Barcelona, 2011)


“Todos los lugares, hechos y personas que aparecen en este libro son reales. Nada es ficticio. Siempre que, debido a mi costumbre de novelista, inventaba algo, me sentía obligada a destruirlo. Habría que ser capaz de eso. O de quedarse callado, simplemente”.

Tiembla la tierra, y tras doce años de silencio las personas se juntan para compartir el fuego del lamento y la tristeza. El 11 de septiembre de 1973 canceló cualquier atisbo de libertad en el pueblo chileno. La dictadura de Augusto Pinochet instauró un silencio que convirtió cada hogar en una fortaleza protegida y la palabra en un bien que emplear con suma discreción.

Y los niños observan y luchan por entender lo incomprensible. Bajar la cabeza y asentir es un fracaso. Ocultarse y esperar una condena. El pequeño protagonista de Formas de volver a casa tiene nueve años y asiste cariacontecido al espectáculo de desolación del terremoto de 1985, con la sorpresa de vislumbrar una novedad tras la tragedia. La vida abre caminos que para él son senderos que inauguran la vía al pensamiento que responda demasiados porqués.


En casa no se habla de política y un señor uniformado aparece en la televisión continuamente, sin avisar. El general que asesinó a Salvador Allende campa a sus anchas e impone el sopor la frustración, con la cotidianidad transformada en una farsa donde las verdades yacen enterradas por miedo a caer en unas redes que ahogan al pescar.

Los padres del chiquillo parecen contagiarse en parte del clima imperante. Órdenes, castigos y consejos sin posibilidad de réplica. La salvación está en la calle. Claudia es su vecina y un futuro objeto de deseo. Se conocerán y la niña le pedirá que vigile con atención a Raúl, un hombre que casi no sale de su hogar. Cuando ignoramos el todo gustamos de adentrarnos en la realidad investigando. El alter ego de Alejandro Zambra, poeta vestido de narrador, acepta el reto, y así inicia una historia que le conducirá a las profundidades de la lejanía en un autobús que deja atrás un horizonte y amplia miras mediante seguimientos y pesquisas marcadas por el anonimato. Lo urbano será un puzle tétrico que sólo cobrará coherencia cuando pase la adolescencia, se instale la edad adulta y el espacio adquiera un significado que despeje dudas de lo pretérito a través de reminiscencias, flashes cerebrales que dan en el clavo y resucitan la memoria de la puerta de un edificio, ingreso lírico a la memoria.

Y aquí, claro está, intervienen las coincidencias. Lo interesante es que Zambra no nos engaña y en todo momento proclama sutilmente que estamos ante un artefacto literario. La diferencia con otros, piezas fugaces de un tablero que busca el impacto, es que el escritor de Santiago lo hace porque mediante su relato quiere que reflexionemos sobre la realidad desde una perspectiva que necesita de un muy bien estructurado artificio para apuntalar la reflexión. Padres e hijos intervienen, y no sólo sus voces. Los objetos juegan un papel fundamental que mostrará la brecha generacional y el conflicto de un país que aún se rasga las heridas de ese penoso y lúgubre invierno.


El pipiolo que aguantaba el frío de los ochenta se ha convertido en un escritor con los típicos problemas de todo ser humano. Ya saben. Crisis de pareja, dudas y la insatisfacción de lo incompleto que pide a gritos recuperar lo perdido en el inconsciente, que de lo individual flota hacia lo colectivo.

Sí. La labor detectivesca puede resurgir en cualquier instante. Un rostro da una pista y afloran vivencias olvidadas. Claudia se fue y sólo volverá cuando el narrador perciba que el encargo infantil es de largo recorrido. El portal del autobús y la duda adquirirán sentido con las ideas claras. La hermana de la niña, la perseguida del transporte público, será brusca, pero aún así propiciará el encuentro de dos almas que en el siglo XXI se sumergirán en un doloroso viaje que desde lo minúsculo de la normalidad abarcará el padecer de toda una nación.

Nuestros pensamientos nunca son pueriles porque siempre canalizan cuando la fruta está madura. Parece que esté de moda criticar los libros de ficción que abordan períodos históricos complicados. En España algunos, con bastante desacierto, se llenan la boca lanzando improperios contra los que se atreven a meditar sobre la Guerra Civil o la Transición, zonas de las que aún podemos sacar mucho petróleo limpio que aclare la tierra. Cuando crecemos, cuando vamos a gatas a la espera de caminar con independencia, confiamos ciegamente en nuestros padres. Son la guía, una brújula a la que nos aferramos hasta que despertamos y se instala la sospecha. En el caso del protagonista de Formas de volver a casa ocurre tras el reencuentro con Claudia, fuente de emociones más allá de lo sentimental y la atracción física. Raúl. Estadios deportivos de muerte y risa. Tensión de mutismo. Banderas detestables que acogen inmigrantes desesperados. Resucitar algo que sucedió mientras vivíamos y no nos enterábamos de la crueldad de Clío con los nuestros, víctimas y cómplices, peones de un tablero que raramente, aunque todo puede cambiar, manejamos.

Este pulso es circular y se cierra con el terremoto de 2010, cuando otra vez la amenaza política se cernía en la frontera. De nada sirve el progreso si los que mandan oprimen y acallan con sus métodos nuestras esperanzas, siempre más disminuidas por ese cinismo que debemos combatir, cueste lo que cueste, y la literatura tiene en su seno armas muy válidas para hacerlo porque nos impulsa al análisis que puede derivar en acciones. Siento ser pesados, pero Alejandro Zambra coincide con el diagnóstico de Karl Marx: la Historia se repite, y raramente, esto es de nuestra cosecha, es para bien. El poeta chileno ha tejido una novela con una estructura admirable y un contenido asombroso por valiente, original y comprometido. Ojalá hubiera más como él, porque de nada sirve el virtuosismo sin ideas, de nada sirve rizar el rizo sin una melodía sólida que obligue al lector a esforzarse y dirigir su pupila a un lugar que trascienda la página cuando hemos cerrado el libro.