sábado, 30 de julio de 2011

Glenn Gould, epístolas e iconoclastia en Panfleto Calidoscopio



Glenn Gould: Epístolas e iconoclastia Por Jordi Corominas i Julián



Cara de niño. No saben que hay más que eso. En la esencia de todos seguimos siendo pueriles, y es una suerte. Cuando era muy pequeño volvía a casa y siempre preguntaba si había alguna carta para mí. Naturalmente el buzón no me quería porque por mi edad nadie podía estar interesado en escribirme. Algunas felicitaciones de Navidad, de esas que guardas hasta la muerte, alegraban la espera y perpetuaban el deseo de recibir. Porque la correspondencia es una prueba de interés, de amar y ser amado. La otra cosa que me fascinaba en la infancia eran las fotografías. Una de las grandes preguntas de esa etapa consistió en interrogar a mi madre sobre porqué las películas en blanco y negro eran mejores que el Technicolor. Supongo que la respuesta estaba en el tipo de historias y en la posibilidad de comprender un mundo más humano donde la luz de lo clásico me permitía entender esencias, pues lo real estaba a mi alcance desde un cierto veto de movimiento. El barrio era mi universo y mi cuarto de hijo único una sala de conocimiento y juego en la que los libros ejercían un papel pedagógico que preparaba el ingreso a la normalidad y sus imágenes cotidianas, que aún siguen atrapándome por completo.

Por eso no me extrañó caer en la trampa del libro que acaba de editar Global Rhythim con más de 180 cartas de Glenn Gould, insigne pianista de corta vida y mucha excentricidad. La foto de portada lo muestra en un estudio de grabación. Dos técnicos observan desde la cabina. El joven vestido a la inglesa y con un flequillo que casi le llega a la nariz toca al piano alrededor de un ordenado desorden con tintes surrealistas. Hay dos pares de zapatos, él ensaya descalzo y su chaqueta cuelga de un improvisado perchero que finaliza en el micro que capta el sonido que los dedos dotan a las teclas. Puede que sean las nueve de la noche, aunque las tres manecillas del reloj indican un desbarajuste de confusión que sólo desmentiría la afición del canadiense, propia de aquellos que aman el silencio de la soledad para crear, por trabajar de noche y dormir de día.

Esa instantánea y la temática de la obra me animaron a comprarla, y ciertamente, pese a lo justito de la edición y la pésima calidad del papel empleado, estoy muy contento con mi adquisición. Otro factor que me empujó a devorar esas selectas páginas fue saber que en ellas hallaría un acercamiento auténtico al personaje. No sé cómo será después de nuestra época, pero hasta hace bien poco las compilaciones epistolares eran una fuente primordial en lo biográfico. Puede que en un futuro saqueen nuestros correos electrónicos o incluyamos en nuestro testamento una cláusula con nuestra contraseña digital para que propios y extraños accedan a nuestra privacidad absoluta, en la que expresamos confidencias y abrimos nuestros vocablos a seres de todo tipo que nos escriben por muy distintos motivos, desde desmemorias etílicas hasta para cerrar contratos o comentar un gol del equipo de nuestros amores.

De todos modos el e-mail ha derrotado el proverbial encanto que nos transformaba a los esforzados redactores de sesudas hojas en las que no existía el miedo al vacío. Al principio los renglones se alineaban perfectos y a medida que avanzaba el relato las desviaciones y la letra siempre más grande invadían el terreno hasta la firma definitiva. Ahora la tecnología nos ahorra el bonito detalle de precisión de fechar los documentos y ubicarlos geográficamente, algo que sigue siendo de nuestra competencia. Enviar el texto y atender contestación. Era maravilloso y mucho más natural. No soy un viejo cascarrabias que piensa eso de cualquier tiempo pasado fue mejor. El encanto de esos papeles radica en un modo de comunicación y en lo concreto de esos fragmentos vitales donde, al menos ése era mi caso, uno se extendía en una crónica que alternaba la mera narración de los hechos acaecidos con la plasmación de impresiones, algo que hoy en día es complicado porque la síntesis marca otros parámetros que remiten al fast food y lo ocupados que estamos, como si con anterioridad nuestros ancestros no tuvieran la agenda a tope.

Perdemos muchos recuerdos con el teléfono. Colgar el aparato es la desaparición de la voz. Gould sabía lo que vale un peine. Usaba el dichoso chisme con insana constancia porque tenía amigos a lo largo y ancho del mundo. Con sus cartas copiaba tanto las enviadas como las recibidas para mantener actualizado su archivo. Las que componen el volumen que leí entre camas, trenes y descansos pasean por el calidoscopio de su cerebro, amalgama de sapiencia, inteligencia y quehaceres de un hiperactivo que prefirió recluirse sin dar nunca la espalda al público pese a abandonar los conciertos en directo en 1964, pasó que dos años más tarde emularon, en otro contexto, The Beatles.

En cierto sentido las ideas que el pianista vierte en sus misivas demuestran su condición de bisagra entre la tradición y la modernidad. Gould interpretaba a los clásicos, algunas veces casi por cumplir el ritual, y meditaba desde una óptica muy moderna. Su interés por la tecnología y las increíbles oportunidades que confería la televisión desde un punto de vista pedagógico nos acercan a un avanzado para el que el contrapunto no sólo volaba entre notas, sino que podía exprimirse en grabaciones radiofónicas que sirvieran para explorar lo desconocido de su país. Asimismo, y es un punto fundamental, creía firmemente en programas que no fueran el típico usar y tirar que la velocidad del siglo XXI ha consagrado tanto en el cine como en la caja tonta. El compositor e intérprete se hermanaba en este asunto con Roberto Rossellini, quien tras agotar su periplo en el celuloide destinó parte de sus energías a ambiciosos proyectos documentales que, al igual que el variopinto Glenn con sus propuestas, aspiraban a convertir uno de los más determinantes inventos del siglo XX en una herramienta pedagógica de incalculable valor, todo ello antes de la aparición del vídeo, del que ambos intuían su extraordinario potencial revolucionario.




La actitud del profanador de Mozart y del recuperador de un realismo útil se asemeja por una inagotable caudal de curiosidad que les llevó a recorrer kilómetros y más kilómetros. Las giras de Gould, valientes hasta el extremo de visitar la URSS en plena Guerra Fría, agotaron su paciencia y le impulsaron a centrar su actividad en un recogimiento que rehuía aviones. En los años posteriores al abandono de los conciertos desarrolló una aguda reflexión personal que de los gestos vira a la música y de la música a los secretos del oficio. Quien aspire a la genialidad ha de convivir con la obsesión, y esta se nutre de minucias muy relevantes. La selección epistolar recoge la casi sempiterna fidelidad de Gould a la marca Steinway, sin importarle demasiado que un empleado de esa empresa le causara una importante lesión, un encendido amor a Arnold Schönberg y sobre todo un apasionado romance con la partitura y los caminos que conducen a lo magistral sin limitarse al haber descubierto que las fronteras son frágiles, como si en nuestra batalla por superarnos nos alimentáramos de fases que llevan a la conclusión de determinadas ideas que conducen a otras más complejas y nos dan la libertad.

Al hablar de la grabación Gould tenía muy claro el concepto. ¿Qué sentido tenía dar tanta importancia a la primera toma? El inicio de la década de los setenta reivindicó en la música popular la pureza sin aditivos ni distorsiones. La verdadera autenticidad, y eso es de mi cosecha, se gesta en el proceso. La musa no actúa por ciencia infusa y el canadiense lo explica mejor.

"No coincido con los defensores de la filosofía de la primera toma, artistas que consideran una falta de honradez basar la creación de una estructura musical trabajando a partir de distintas tomas o de múltiples inserciones. En mi opinión, el proceso cobra vida precisamente cuando aprovechamos, sin avergonzarnos por ello, todo lo que convierte al disco en algo más que un mero proceso fotográfico de captura de las virtudes y los defectos de la interpretación en directo y lo transforma en una contribución original a la tradición musical".

Y lo viejo cabalga con lo nuevo y lo nuevo asimila lo viejo. Gould dominaba las técnicas más modernas de grabación y las usaba en beneficio de lo pretérito, para expandirlo y darle un aire diferente proponiendo piezas fuera del habitual canon e interpretándolas con inédita originalidad. Además de eso nuestro protagonista desmiente una de las mayores tonterías que he leído en los últimos tiempos, la que encumbra las redes sociales al ser un magnífico escaparate que equipara al pueblo con el creador y normaliza la épica del mismo. Volvamos a la comunicación. Siempre se ha visto al artista en su torre de marfil, aislado del mundanal ruido. El monje de Toronto parece cumplir la máxima. No nos equivoquemos. Gran parte de sus epístolas responden a las inquietudes de admiradores y ello da al pedestal del héroe una categoría en la que deberíamos mirarnos para matar tanta apariencia y fachada en pos de ejecutar nuestra labor con seriedad sin olvidar nunca que uno nace con un talento que puede crecer si la fortuna y el esfuerzo se aúnan de manera adecuada, y lo mismo acaece con el escritor y el panadero, cada uno aportando su granito de arena en la rueda, por lo que estas posturas de complicidad posmodernas suenan más a horteras bagatelas que disimulan una supuesta superioridad tras un manto de igualdad que nadie se cree porque el descaro es demasiado prepotente cómo para ser ignorado. El equilibrio se mide con otros parámetros en los que Gould dictó cátedra. Concentración y devoción a Terencio. Humanos somos y nada de nuestra especie debe sernos ajeno.