domingo, 17 de julio de 2011

Goethe en el manicomio en el fanzine ¡Organización! dedicado al 15M


Goethe en el manicomio, por Jordi Corominas i Julián

La plaza es un estado mental al que algunos intentaron desprender de su esencia. Lo demuestran algunos ejemplos contemporáneos. En Barcelona la Plaza de les dones del 36 cierra sus puertas a las ocho de la noche para permitir la tranquilidad de los vecinos, fomentar un supuesto civismo meramente monetario y aumentar el control ciudadano hasta con la prohibición de jugar a pelota, es mejor verla por la tele, en esos recintos que tan bien simbolizan la convivencia humana. El 15M ha resucitado la idea de espacio con cuatro esquinas abiertas a todo el mundo para facilitar el debate y la comunicación entre iguales. El ágora y el foro de la Antigüedad han vuelto, pero los tiempos han cambiado y el ritmo de los acontecimientos aconseja medir los pasos para que ciertas iniciativas no caigan en el saco del despropósito.
Los devotos que llegaban a Delfos para consultar a la Pitia quedaban impresionados con la máxima que presidía el recinto: conócete a ti mismo, punto de partida, y eso es de nuestra cosecha, para poder comprender mejor a los demás. Los primeros días de las múltiples acampadas repartidas a lo largo y ancho del Estado Español siguieron el consejo oracular hasta que sucumbieron al delirio del ombliguismo, olvidando el porqué de su cometido para centrarse en la necesidad de permanecer estacionados en una nube que de la esperanza pasó a lo tóxico hasta que amaneció el 19J y se demostró que era posible pasar del entusiasmo inicial a la concreción de acciones válidas para ampliar el consenso social del movimiento.

Sin embargo algunos defectos oscurecen el horizonte. Toda aventura debe transmitir bien su relato para llegar mejor al espectador. De nada sirve que las encuestas manifiesten un apoyo mayoritario, porque no siempre llegarán policías que aticen ni políticos que intenten engañar con su paranoia. Conviene explicarse bien, y durante las primeras semanas de la revuelta se discutió mucho en las redes sociales sobre la conveniencia de alcanzar un consenso de mínimos entre todas las asambleas que articulara mejor los objetivos. Sí, en las redes sociales. Las infinitas comisiones de los acampados ignoraban en muchos casos la cuestión, pues casi importaba más figurar y cumplir comportamientos contemporáneos de feroz egocentrismo y protagonismo de pacotilla propio de cualquier hijo de papá que de repente se despierta revolucionario. Es bonito llevar un cartelito con la pertenencia al núcleo que discute contenidos, pero aún lo es más avanzar hacia propuestas y no empantanarse en si es necesario plantar huertos o discutir utopías que en nada cambiaran el sistema.

Escribo lo anterior desde el clima que he respirado en la Ciudad Condal. El domingo 22 de mayo se convocó un recital poético en Plaza Catalunya. Acudimos cuatro rapsodas. Recitamos, recibimos el apoyo de la concurrencia y nos fuimos a casa frustrados por la nula respuesta de nuestros semejantes, más interesados en dormir la resaca que en reivindicar metamorfosis que a todos nos conciernen. ¿Dónde están los intelectuales de mi generación? Tengo treinta y dos años, por lo que supongo estar englobado en un grupo que llega hasta las cuarenta y cinco primaveras. También creo que este colectivo disperso es el mejor preparado de la Historia de mi país, por lo que me cuesta mucho entender cómo pocos son los que reaccionan ante la que está cayendo, un tristísimo espectáculo de cinismo y arrogancia de unos pocos que perjudican a muchos.

Una posibilidad sería que su actitud fuera un suicidio que certificara la muerte del intelectual comprometido, aquel personaje que sí pisaba la calle y emitía juicios de valor útiles para comprender el contexto en que se enmarcaba su actividad cultural. Ahora esas opiniones destacan por su ausencia entre un sector joven más preocupado en etiquetar sus fotos en Facebook para recibir ovaciones en forma de me gusta, vacuo honor que demuestra lo efímero de su arte, abocado hacia la fachada, y su nulo apego a la realidad, pues de ahí parte la clave que asemeja su figura con la de ciertos elementos del 15M. El capitalismo es una bestia que sabe muy bien el proceso para devorar y anular a sus hijos, un Saturno posmoderno que dirige la orquesta con infinita mala leche. En los cincuenta surgió la cultura adolescente y las amas de casa norteamericanas se emocionaron con un impresionante surtido de electrodomésticos. En Europa tal algarabía fue completada en 1975, justo cuando empezó a declinar el Estado del Bienestar. Ya tenéis lavadoras y demás utensilios, ahora toca mimaros, y por eso hemos inventado el consumo específico, para que la masa pueda ser feliz en la especialización del gusto, que también afectará a lo laboral. De este modo, vuelvo a ser yo, la exclusividad se erigió en una bandera que enarbolar, un imbécil toque de distinción que afectó al tejido social hiriéndolo y enajenándolo como bien avisó en su trilogía de la alienación Michelangelo Antonioni. Las avenidas quedaron desiertas mientras las luces seguían en su puesto, amenazantes.

Al fin y al cabo no deberíamos extrañarnos de la pasividad de los intelectuales jóvenes. Nacieron entre mayo de 1968 y el pútrido ascenso al poder de Juan Pablo II, Margaret Thatcher y Ronald Reagan. Nuestros criticados son hijos de su tiempo. Eso no es excusa para su comportamiento. Sus predecesores también lo fueron y supieron manifestar su descontento y ayudar a los desfavorecidos con sus textos y pensamientos. A nivel crítico podríamos esgrimir el abandono de la realidad por la disertación sobre periferias virtuales que demostrarían su aislamiento del meollo. No estamos sólo en esas, hay más y de más calado porque se trata de comprometerse y expresar un apoyo con trascendencia, pero quizá su reino ya no sea de este mundo. Tienen a su disposición infinitos métodos para hacer oír su voz, desde la clásica columna periodística hasta tweets con los que agitar el cotarro y erigirse en firme apoyo de millones de indignados. Quizá no se den cuenta que con su actitud potencian su marginación de un sistema que también les toma el pelo porque ellos mismos han desdeñado una de las más importantes funciones de su trabajo para acomodarse en las cálidas habitaciones del manicomio creativo. Contentarse con palmaditas en la espalda es de necios. El fast food no sabe de permanencias. Se lucha con la palabra y la palabra ego cobra sentido cuando abandona el cuerpo y apuesta parte de su talento en beneficio de los demás.

Este artículo está publicado en el Fanzine ¡Organización!, dedicado al análisis del 15M