miércoles, 10 de agosto de 2011

Criaturas abisales de Marina Perezagua en Revista de Letras




La inteligencia de lo fantástico: “Criaturas abisales”, de Marina Perezagua
Por Jordi Corominas i Julián | Críticas | 6.08.11

Criaturas abisales. Marina Perezagua
Libros del Lince (Barcelona, 2011)


No suelo hacer mucho caso a las portadas de los libros. Deberían ser anexos a la obra, imágenes que compusieran un ingrediente más en la búsqueda de una totalidad. La de Criaturas abisales de Marina Perezagua (Sevilla, 1978) bien podría ser una metáfora de su autora enfrentándose al reto de regalarnos una compilación de relatos tan heterodoxos como originales, y recalco la importancia de este vocablo que en nuestros tiempos se usa en demasía.

La chica de la cubierta mira al horizonte dubitativa, se agarra a una rama, carga con un petate y sostiene en la mano derecha una honda con la que disparará sus piedras en forma de texto. La narradora andaluza presenta una ópera prima en la que ya se advierten determinadas señas de identidad, desde la obsesión por determinadas temáticas hasta el gusto por espacios y situaciones que anuncian una conciencia muy fuerte de alienación y un gusto más que evidente por un erotismo anómalo que remite a la palabra que sintetiza el manuscrito editado por Libros del Lince: fantasía.

Fantasía que por otra parte ya detectamos en el primero de los relatos. En “Lengua foránea” todos y cada uno de los elementos mencionados en el párrafo anterior aparecen en mayor o menor medida. El avión como lugar de transito, una lengua despistada y lasciva despegada de un cuerpo exhibe la sexualidad medio surrealista y finalmente el horror de la revelación hace el resto. Si siguiera por estos derroteros destrozaría la lectura, y ese no es mi objetivo, por lo que reorientamos esta crítica para que todos entendáis por donde quiero ir.

El primer punto importante es la posibilidad de contemplar el conjunto de textos como una especie composición corporal. De la lengua pasamos al estatismo del coma y después flotamos por la delirante historia de un hombre con dones amamantadores que engarza con una mujer que retozando con su vecino se queda con medio pezón. El clímax de tanta materia, y en cierto sentido imposibilidad de la misma, llega en “Iluminaria” con la motivación de generar luz a partir de hacer el amor y con “La Impenetrable”, donde una mujer tiene una especie de himen irrompible que supone una verdadera revolución en el mundo circense. El sexo, como pueden apreciar, tiene su importancia y desarrolla con mucha habilidad un discurso mágico donde hasta los niños alientan una metamorfosis de las costumbres copulativas, y no hablo de verbos, por culpa un trastorno muñequil que alborota el patio a lo bestia.



Otra característica importante de Criaturas abisaleses un sentimiento de renuncia que abarca múltiples ámbitos. El caso más claro lo tenemos en “Gabrielle”, donde Perezagua renuncia a su inteligente y fluida prosa para adoptar una estructura epistolar donde el silencio absoluto del destinatario anuncia la tragedia del abandono y la soledad de una madre enloquecida en plenas vacaciones con un cuadro a cuestas y unas actitudes muy poco pudorosas que, como mínimo, enervan a sus cuidadores. En “El testamento” la locura preludio del desahucio emocional se manifiesta en dos sílabas. ‘Mamá’ es lo que quieren escuchar todas las mujeres con hijos, y tal placer no llega a quien lo requiere, sino a una abuela cochambrosa que reside con un matrimonio americano ejemplar hasta que las cosas se tuercen y el artefacto explota con sus golpes de efecto, muy presentes en un volumen donde advertimos una habilidad especial de la narradora para hilvanar sus tramas con una lógica ilógica que termina dando una vuelta de tuerca en las últimas líneas.


La renuncia asimismo flota en un magma de quiméricas parejas, como si el mundo real fuera una pesadilla donde conciliar el amor y la normalidad estuviese prohibido por decreto ley, tanto por incomunicación como por desacato a la ley natural. En “Rendición” el coito es un bálsamo que se torna en íncubo por el ansía de posesión y el tópico serás mío y sólo mío. En “Bodas de Oro” un engaño alimenta la ilusión de orden, y en “Desraíceme, por favor” el deseo de alejarse de la identidad paterna hasta desfigurarse centra el objetivo, que en “Jana y Jano” emprende el camino del incesto, pero no con el escándalo que esta situación podría suponer en la posmodernidad, sino con la inteligencia de resolver la situación desde un ángulo donde uno de los implicados desgrana su pasión hasta una inesperada conclusión que almacena en su interior buenas dosis de humor.

La elección de esta licenciada en Historia del Arte aporta dos notas que pueden deducirse de lo explicado. Sin ellas sería difícil entender al completo un estilo que casi está definido. La educación del escritor, un factor que solemos desdeñar porque estamos demasiado atareados en la velocidad del impacto mediático que pueda tener lo que se presenta, es fundamental, y aquí reluce en todo su esplendor. Es fácil leer entre líneas guiños a la tradición pictórica, y estos mismos guiños, aliñados con más estratagemas que no son otra cosa que dominio del oficio, traspasan lo estético y se instalan en la esfera de lo humorístico, porque si bien el contenido es muy serio y puede leerse desde las ideas no podemos olvidar que lo fantástico se nutre de la realidad hasta desdibujarla, algo que sólo puede lograrse desde la comicidad de lo absurdo, que no obstante siempre, si las cosas se hacen bien, se alía con lo solemne.

Poco más podemos decir. Marina Perezagua debuta en el mundo de las letras con un estruendo que no se estila, sin mucho ruido de fondo y sí mucho discurso que emana directamente del texto, como debería ser cuando hablamos de obras que apuntan a una dirección y permiten vislumbrar una trayectoria. De momento la primera piedra indica un edificio robusto con la capacidad de gustar más allá de las fronteras clásicas de quienes siguen la actualidad literaria. Eso es un valor que nos puede transportar con las palabras por el metro, una plácida tarde veraniego y hasta por la misma existencia. Y no es poco.