sábado, 27 de agosto de 2011

Rescates veraniegos (VI): Ese chico guapo que sale en las películas en Panfleto Calidoscopio ( 2007)



Ese chico guapo que sale en las películas: Alain Delon y el duro camino del actor símbolo erótico, por Jordi Corominas i Julián

El espectador que visualiza una película puede pensar en muchas cosas al tiempo que olvida muchas otras. Una de ellas, a la que se tendría que prestar más y mejor atención, es la imagen del protagonista masculino en contraposición con su partenaire del sexo opuesto. La reflexión es necesaria. Desde la conclusión de la Segunda Guerra Mundial se habla de mayor libertad de la mujer, de nuevos tiempos donde el cerebro brille por encima del cuerpo. Sin embargo, siempre hay excepciones que confirman la regla, el mundo del cine no camina por esos derroteros. La mayoría de actrices son bellas y nadie pone en duda su presencia, mientras que un varón guapo corre el riesgo de ser denostado por su simple y profunda combinación genética, fortuna natalicia, vamos.

En el siglo veintiuno Jude Law, Brad Pitt, Gael García Bernal, dejen los suspiros, y un largo etcétera son los encargados de lidiar con esa particular cruz. “Sí, yo sé que soy buen actor, pero resulta que los hombres me envidian por ser guapo y las mujeres me adoran sin valorar mis capacidades interpretativas”. ¿Qué hago? La Doctora Francis tiene la respuesta a sus problemas trabajar no sólo en tus actuaciones, sino también en el rumbo que le das a tu carrera en el celuloide.

Un ejemplo cabal es el caso Alain Delon. El francés no pasó por una infancia sencilla, llegó a luchar en Indochina y su vida parecía un vaivén con punto y final condenatorio. El joven aprovechó su oportunidad en el Festival de Cannes de 1957. No participaba en ninguna producción, sólo se dedicaba a pasear en limousina con su amigo Jean Claude Brialy. Dio la casualidad que David Selzsnick, productor de Gone with the wind, lo vio, se prendó y le propuso, ¿intuición masculina?, un suculento contrato de siete años en la Metro Goldwin Mayer. Delón rechazó y espero su oportunidad en Francia. Cuando llegó estaba preparado para cualquier circunstancia.

Sus inicios fueron típicos y resultones. En su segunda película, Soit belle et tais toi (1958, Yves Allegret) compartió cartel con otro joven destacado: Jean Paul Belmondo, muy diferente a su nuevo amigo. El futuro protagonista de Pierrot le fou tenía una fuerte preparación teatral y el cine parecía, a la espera de tiempos mejores, una solución económica con el añadido de la fama. Por su parte Delon fue calificado desde esta película como un beau garçon, sin más. El público veía en él un continuador de la tradición de guapos con oficio, al estilo Gerard Philippe. Un año después obtendrían una respuesta de rumbo. Belmondo aterrizó de casualidad en la Nouvelle Vague, mientras Delon, dando un puñetazo de autoridad en la mesa, llegaba directamente al gran cine con Plein soleil( adaptación de El talento de mr. Ripley de Patricia Highsmith) de Renè Clement y Rocco e i suoi fratelli del inmortal Luchino Visconti. Muy diferente hubiera sido la historia de nuestro protagonista de no haber protestado en una reunión donde le confirmaron que le correspondía el rol de Greenlief. Delon se plantó, dijo que quería el personaje de Ripley y, sorprendentemente, sus deseos fueron órdenes.

Esa película empezó a configurar una tipología de creación interpretativa propia. Muchos de los mejores papeles de Delon corresponden a tipos fríos, duros, calculadores, sin atisbo de sentimientos en el aire, que luchan por conseguir sus objetivos a toda costa. No obstante, el francés demostró lo bueno que podía llegar a ser al bordar su papel de Rocco, basado en el protagonista del Idiota de Dostoievski, y mostrar al gran público que su belleza no era un obstáculo para brillar en obras de directores como Visconti, considerado por aquel entonces como uno de los máximos renovadores del teatro en Europa sin olvidar su don estético en cualquier tipo de actividad artística. El papel en la novela fílmica del italiano le permitió una nueva jugada genial al irrumpir con fuerza en la que era la segunda cinematografía mundial a nivel productivo y comercial. Su nombre se internacionalizaba a pasos agigantados y ya estaba en disposición, siempre con el sambenito colgando, de acometer retos impensables años atrás.

Sus opciones fueron sabias. Se decantaron inicialmente por dos vertientes. La primera consistía en acrecentar su popularidad en el Hexágono para combatir, visto que la Nouvelle Vague no requería sus servicios, las amenazas internas y ser el número uno en su País. Lo logró participando en películas de estrellas, aquellas en que el cartel sufre la invasión de nombres famosos, como Les amours cèlebres (con Brigitte Bardot) o Mèlodies en sous soul (con Jean Gabin), donde por otra parte asumió el riesgo de no cobrar un sueldo a cambio de llevarse la recaudación del filme en tres países, entre ellos La Unión Soviética y Brasil. Estos largometrajes suelen recaudar mucho en taquilla y no pretenden ofrecer cine de autor, son cintas comerciales con intención ociosa, cine popular que logra el cariño del espectador y, por consiguiente, consolida la reputación de sus participantes. Esta senda sirvió para que Delon nunca abandonará esta necesidad de estar en contacto con el público, consciente de la necesidad de gustar a quien paga la entrada para ser tenido en cuenta por una parte concreta de la industria.

La otra parte, segunda opción, es el prestigio, trabajar con autores de pies a cabeza. Para hacerlo necesitaba retomar la aventura italiana y, como Napoleón, obtener victorias decisivas. Estas llegaron como si de una Blitzkrieg se tratara. 1962 le vio participar con el director más filosófico de la segunda mitad del siglo XX, Michelangelo Antonioni, en la magistral L’eclisse, donde interpretó a Piero, un joven agente bursátil prototipo avant lettre del hombre postmoderno, alienado, devoto del dinero y ajeno al resto de la humanidad, simple instrumento de placer y negocio. Su interpretación no le reportó ningún premio individual, pero el filme ganó, como ya había hecho L’avventura en 1960, el premio especial del jurado del Festival de Cannes.
En 1963 consolidó su mariscalato transalpino con Il Gattopardo; es imposible leer las páginas de la novela Lampedusiana y no pensar en Delon cuando aparece el nombre Tancredi. Su construcción del gran oportunista, buen lector de la nueva época, le reportó aún más prestigio, siempre al alza. La película ganó la Palma de Oro en el Festival de Cannes. En sólo 3 años Delon había hundido, en parte, la fama del guapo y punto.

En 1964 su estrategia se vio consolidada. Ya podía participar en operetas internacionales como The Yellow Rolls Royce (filme con más estrellas que en el cielo), producciones comerciales ( La tulipe Noire) y aspirar a dar el salto a Hollywood, donde penó durante tres años en los que participó en producciones de todo tipo, consiguiendo la admiración de un futuro mito, Sam Peckinpah, y salvando el pabellón francófono con su papel en Once a Thief, noir de altísima categoría que merece ser revisitado, no cómo, elecciones comerciales muy oportunas, Lost Command o Paris Brule-t-il?, largometrajes de pasarela ideales para recaudar mucho dinero y dar más fama a la fama.

Cuando vuelve a Francia Delon es un mito. Sólo le queda un reto: lograr una interpretación cumbre, algo que llegará en 1967 con Le samourai de Jean Pierre Melvilla, clásico del género negro que aún impacta como el día de su estreno tanto en cuerpo como en forma.

La última muestra del poder deloniano, la belleza vence a la belleza, es su faceta de productor. Quizá algún día la contemos.