martes, 18 de enero de 2011

Black Bazar de Alain Mabanckou en Revista de Letras



El rompecabezas de un alegre marginado: “Black Bazar”, de Alain Mabanckou
Por Jordi Corominas i Julián | Críticas | 15.01.11


Black Bazar. Alain Mabanckou
Traducción de Mireia Porta Arnau
Alpha Decay (Barcelona, 2010)


Vive en un minúsculo estudio, viste los mejores trajes, vegeta trabajando en una imprenta y vierte conocimiento de caras b, y no son precisamente singles musicales. Es el culólogo, congoleño residente en París, dandi periférico con mucha gracia y algo de infortunio sentimental. Aspira a escribir desde que conoció a un haitiano versado en la literatura, y Black Bazar, publicado en España por Alpha Decay, es la trascripción del noble intento ideado por Alain Mabanckou, acelerado titiritero que confiere a su personaje una prosa afilada que desde el desorden genera armonías cotidianas, y no queridos lectores puntillosos, esa palabra no encierra un soporífero volumen con los problemas del día a día desgranados en plan catálogo de Ikea. Parece que en estos tiempos tan tecnológicos sea un pecado hablar de gente corriente, como si fueran apestados sin interés. Que yo sepa, y así lo recoge el escritor de Brazzaville, la mayoría formamos parte de este conjunto humano, y narrarlo es útil si se hace con agilidad y agudeza al recoger los aspectos que configuran lo comunitario porque ayudan a entender microcosmos con los que convivimos casi sin darnos cuenta.

El culólogo se enfadaría si mencionáramos que reside en un arrabal. Pues bien, así es, no hay que rasgarse las vestiduras por muy lujosas que sean. Sale de su casa y tiene el típico badulaque con un árabe obsesionado en sus prédicas políticas sobre la unión de los africanos, y también una tienda de ropa interior femenina donde trabaja su gran amor, color de origen, una chica con un trasero de aúpa, una joya de la corona que protege hasta que en su camino se cruza alguien que dice ser el primo del primor. ¡Mentira! La familia queda alejada, el tipo es un percusionista bajito y feo enviado por el demonio para romper tanta felicidad conyugal de esa trece rue del percebe de la ciudad de la luz que molesta sobremanera al vecino del quinto, un tal Hipócrates que esputa sapos por su boca al defender el honor gabacho en contra de la invasión negroide proveniente de las antiguas colonias, elementos que según su deleznable criterio han arruinado la credibilidad del Hexágono.

Y claro, la situación no es agradable, ni en Francia, incluidos Mónaco y Córcega, ni en Tegucigalpa. Hay que ahogar las penas, y para eso no hay mejor sitio que un bar donde charlar con los amigos y recibir demenciales consejos que llevan a la nada, vacío conversacional, pan nuestro de cada día; Desolación, chismorreos y opiniones de expertos tras beber muchas Pelfort, la cerveza de los campeones. El pobre culólogo sólo recibe el consuelo de una máquina de escribir comprada en unos encantes, y a través de ella recogerá este breve recorrido biográfico de apogeo, muerte y resurrección marcado por el amor, centro de gravedad porque el protagonista tiene habilidad al reconstruir un pasado donde ella tiene importancia primordial al ser la madre de su hija y el motivo fundamental de los cambios que le impulsan a teclear compulsivamente en parques y silencios.

Ya sabemos quién es el malo de la película. Otro autor se hubiese cebado con el demoníaco destructor del hogar, el ídolo del tam tam que engaña a los blancos con sonidos tribales arreglados por productores de pacotilla. En este caso el rival es sólo un ingrediente más que sirve para configurar un maniqueísmo muy real en este conglomerado de miseria y lujo ministerial escondido que el relato registra en un aparente caos, rompecabezas propio del novato que plasma sus pensamientos sin ton ni son con la velocidad característica de quien necesita expresarse para conseguir una catarsis, valga la redundancia, liberatoria.




El libro se lee de un tirón porque la cadencia de los vocablos tiene esencia oral, como si el atildado doliente nos explicara sus peripecias tomando una copa, mezclando la cronología, yendo arriba y abajo porque los recuerdos emergen en el presente y no hay ninguna voluntad de alinearlos esquemáticamente para facilitarnos la labor. Una de las mayores virtudes de Black Bazar es su estructura supuestamente deshilvanada que juega con mucho acierto al mostrar pequeños retablos urbanos que configuran un cuaderno de bitácora donde la acción lleva a un sólido cuerpo crítico en el que los diferentes roles exprimen sus ideas para que percibamos la diferencia de un oasis integrado en el gran bullicio capitolino como piedras que disturban, pero pueden llevar a término su propia experiencia al generar un reducto independiente a la homologación querida por los aborígenes franceses, y todo ello se plantea sin lamentaciones típicas y tópicas al orden del día. El llanto desaparece ante el optimismo antropológico que implica la alegría de vivir y dejar que las efemérides vayan sucediéndose hasta que los problemas se solucionen por la cíclica inercia que depara el camino, y si el humor participa de la fiesta nadie puede quejarse, sólo aplaudir por valentía y originalidad.

Alain Mabanckou, premio Renaudot 2006, sabe conjugar ironía con precisa observación de la realidad, y lo hace con una suavidad contundente en el laberinto, dándonos la mano para que viajemos en mil espacios que desde su insignificancia se revelan fundamentales para entender la idiosincrasia de la novela, en la que cada partícula tiene su importancia para descifrar la senda del culólogo, ser normal que cobra otro rango al navegar horizontes conocidos con otra mirada que quizá sea un indicio válido para renovar un costumbrismo que nunca debe desaparecer.