lunes, 17 de enero de 2011

Diálogo con Albert Lladó en Literaturas




Dialogo con Albert Llado
Por Jordi Corominas


Es viernes por la tarde y lo normal sería descansar tras una ajetreada semana. Quedar con Albert Lladó (Barcelona, 1980) es un placer por amistad, afinidad generacional y nuestro gusto compartido por la literatura desde una extraña hiperactividad que no busca el exhibicionismo puro y duro, sino el trabajo bien hecho típico de la hormiguita, que poco a poco aprende a moverse por el mundo hasta encontrar su lugar en el sol. Quedamos en su casa, y eso es un verdadero privilegio al preparar mi anfitrión unos gin-tonics extraordinarios, de los mejores que he probado en mi vida. Albert acaricia la copa, la repasa con limón y añade los ingredientes. La exquisita preparación del brebaje es comparable a los vocablos que vertió en esta larga charla con motivo de la publicación de su novela La puerta, editada por CultivaLibros, sello pequeño que merece un lugar en el panorama literario al publicar obras de calidad de nombres que un día, cuando pase el furor de la inmediatez, merecerán consideración por lo sólido de su propuesta. De momento vayamos al líquido, y a las palabras.

Jordi Corominas i Julián: ¿Cúando escribiste La puerta?

Albert Lladó:
Lo inicié muy joven, con veinte o veintiún años. En ése momento redacté las veinte primeros páginas, que después modifiqué mucho.

¿Al principio era un relato?

No, era el principio de una novela que se quedó en una carpeta del ordenador.

¿Te sentías incapaz de continuarla o simplemente le tocaba reposar para que maduraran las ideas?

Fue una mezcla de pereza y la necesidad que por aquel entonces tenía que vivir la vida un poco más.

Y eso realmente encaja con lo que es la novela.

Sí, porque las veinte primeras páginas son formativas y luego el relato ya coge otros caminos. Me fui de casa de mis padres para vivir en un piso de estudiantes en Barcelona, y en la novela quería hablar de ése momento, pero para narrar bien uno debe adquirir experiencia vital. Además es muy difícil concentrarse para escribir una novela, siempre hay algo más instantáneo, pero quería acabarla porque creía que merecía la pena narrar una atmósfera concreta, la del Raval de principios del siglo XXI. En 2008 me propuse dedicar cada lunes a publicar un capítulo en un blog, por lo que me obligué a escribir al tiempo que me desnudaba totalmente. Sabía que luego me tocaría retocar esos capítulos, era una escritura muy a lo bestia.

Con lo que por fuerza los capítulos salieron cortos y surgía un doble enlace entre tu método de escritura y la recepción por parte del lector, habituado a un ritmo rápido que propicia el suspense por lo que vendrá.

Este tipo de escritura se adapta a nuestro mundo por la velocidad. En julio de 2008 tuve mucho trabajo y paré la producción durante tres meses. En otoño la retomé, terminando la segunda parte en dos meses, que disfruté mucho más que todo lo escrito anteriormente.

¿Y a qué se debió el goce de escribir la segunda parte?

Me dejé llevar. La primera parte es la construcción muy meditada de la estructura, mientras en la segunda creo que hice literatura.

¿Una primera parte de escritor ingenuo que mediante la estructura cree hallar la seguridad de lo sólido y una segunda donde predomina el estilo?


Totalmente. La primera parte era arquitectónica, con miedos de novato. En la segunda me sentí libre y creo que empezó a salir mi estilo, aunque seguramente eso es difícil de conseguir en una Ópera prima.

¿Cómo juzgas la novela? ¿Un ejercicio de nostalgia? ¿Un autopsiconálisis?

Creo que es una novela con muchas posibles lecturas. Es una historia de amor por Blanca, un personaje que coge la forma de mi obsesión de aquel momento, donde preparaba una tesina sobre Nadja de André Breton y la Maga de Rayuela.

Todo el mundo coincide en que La puerta es una novela de iniciación, y si eres hombre es casi inevitable que aparezca una mujer.

Sí, pero ahora escribo otras cosas y la mujer sigue pululando por las páginas.

Sí, siempre está presente, pero en una novela de iniciación la mujer juega un rol revelador, y en el caso que nos concierne es claro porque se llama Blanca, es la luz en medio del laberinto urbano.


Sí, además no soy un escritor posmoderno…

Gracias a Dios. ( risas)

Es una novela clásica. Hay una mujer que abre puertas, de ahí el título, que es casi Barojiano. Hay una segunda lectura basada en los símbolos, algunos muy ocultos, pero yo los percibí y me gustaron.

Los símbolos son pistas…

Y una canción es una pista. Luego la tercera novela dentro de la novela es la lucha brutal entre dos formas de entender el mundo. Por una parte tenemos lo racional- la libertad y los ideales de la Revolución Francesa- y lo poético que representa Jesús Lizano.

En nuestra época universitaria lo francés nos marcaba, teníamos dieciocho años y estábamos imbuidos de ideales que hoy en día muchos, por desgracia, ya consideran superados.


Él vive la ciudad cómo si fuera una película de Godard. Lo demás es circunstancial.

Una novela de iniciación sin ideales no es posible. Quizá la primera fue Werther, pero en la tuya el esfuerzo del narrador por intentar comprender el personaje es uno de los rasgos distintivos.

Es un personaje que sufre. Tiene agorafobia y hasta pasa unos días en el hospital de Sant Pau.

¿Y por qué crees que sufre?

Porque el proceso de asimilación del mundo es muy complicado.

Cómo si saliera de la caverna…

La putada no es sólo salir de la caverna, es que en la superficie tampoco hay luz. Platón es un estafador, el protagonista se da cuenta y por eso sufre en todos los sentidos. Barcelona es fantástica, pero de repente va a un súper y conoce a una vieja que no puede pagar el pan. El amor es genial, pero su novia se va a Berlín y conoce a otro. No he escrito nada nuevo, pero al fin y al cabo es mi novela de iniciación, un trance por el que debemos pasar para crecer.

Las cosas que más valor tienen son las que se revisten de esta actitud. Tuve un profe que siempre decía que las formas no cambian, sólo se transforman los nombres. Si expresas algo y la gente lo entiende significa que has comprendido la época en la que vives.

Todos hemos descubierto cosas increíbles, y no importa nuestra condición cultural. Desde el primer beso hasta la muerte. Estos hallazgos son comunes. Albert, el protagonista, no para de sorprenderse, pero también se desilusiona porque las cosas no son cómo espera, y de los veinte a los veintinueve pasan una barbaridad de cosas.

Y sufrimos en la veintena, maduramos intelectualmente. Cuando tienes veintidós y piensas en tus veinte concluyes que antes eras un capullo, y así sucesivamente. De todos modos, la labor de ordenar toda esa singladura es increíble. ¿Fue duro lograr que no se superpusieran los varios egos que van de los veinte a los veintiocho años?

No tenía un guión de la obra, sólo la atmósfera y el escenario. Cada parte de la novela es diferente, sólo son dos años, pero la metamorfosis es brutal.

Hay un colapso. Resucita de las cenizas y pierde exaltación.

Pasa del descubrimiento continuo a una mayor racionalidad. Se siente decepcionado de tanta lógica, en realidad su evolución es relativa, simplemente acepta más el mundo.



Hacemos una pequeña pausa. Llevamos veinte minutos, las copas se han vacíado y quiero fumar un cigarrillo en el balcón para contemplar el ambiente de la plaza al lado de la casa donde vive Albert. Al cabo de cinco minutos volvemos a acercarnos a la grabadora y la conversación vira completamente hacia otros derroteros.



¿Sabes? Me harta mucho todo este rollo de listas y tendencias. ¿No crees que hoy en día considerarte un escritor clásico es trasgresor?

Hace poco Matías Néspolo escribió un artículo donde más o menos esgrimía que ahora casi tienes que pedir perdón por escribir algo clásico. La puerta sigue unos parámetros clásicos. No debería decir esto siendo editor de Revista de Letras, pero en este momento no me interesa cómo se trata la actualidad literaria. Para mi la actualidad es compartir algo que me sorprenda, el desvelo. Las tendencias son peligrosas.




Más la permanencia que el impacto directo.

Está muy bien informar de la actualidad, pero hay que ir con cuidado en no convertirse en un portavoz promocional. Está muy bien hablar de lo último, pero también hablar de una obra de Schopenhauer.

Tu novela desde un teórico clasicismo también juega con lo moderno entendido cómo algo con lo que uno se identifica.


Sí, porque vivo así la literatura, puedo tener la última novedad y un libro antiguo que me llena igual. Puedo informarte de lo que acaba de salir, pero a nivel literario no me ciño a lo rabiosamente moderno. Cuando escribí no pensé en esos términos, salió que tenía dentro, en mi caso es imposible pensar en redactar algo con intencionalidad impactante. Soy un freak de Cortázar, que para muchos está superadísimo.

Hemos hablado de esto muchas veces. En la literatura española hay varias tendencias. Una de ellas no busca la supuesta vanguardia por la vanguardia, va más hacia una cultura europea basada en la tradición, sin necesidad de sorprender con supuestas innovaciones.


Nuestra tradición es la más rompedora de la Historia. Naturalmente reinventamos la tradición.

Y tus fuentes beben del jazz, el cine de los sesenta, novela española…


Me encanta Umbral.

Que siempre se afirma más como un referente.

Ves, eso no lo sabía. Soy un ingenuo. Mi primer contacto con Umbral fue porque con veinticinco años mi madre rescató un libro suyo de la basura. Pensaba en Umbral como el freak que salía en la tele, no lo conocía de nada. Leí Las ninfas, y aluciné. Es barroco. Mortal y Rosa es brutal. En un mes devoré casi toda su obra. Para mi eso es la actualidad.

La puerta tiene el ideal del protagonista. Sus fuentes son callejeras, no es la realidad digital, se pueden tocar con los dedos, y con naturalidad.


Para vivir lo mágico hay que salir a la calle y encontrar los símbolos. Empaparte de calle. Cortázar lo hizo adoptando esa idea surrealista. Abrir bien los ojos y absorber lo que nos rodea. Es maravilloso. Barcelona está impregnada de mil historias, tiene experiencia y la ciudad siempre aporta.

La ciudad tiene una extraordinaria capacidad de aturdirnos con el detalle y desequilibrarnos.


La ciudad nos habla. El problema es que muchas veces no la escuchamos.

El protagonista de La puerta pasea, vemos reflejado el exterior pero al mismo tiempo captamos lo que piensa. Asimismo el estilo de la novela es sintético pero busca una poética de manera continua.


Sí, es un ejercicio de estilo. Le di el manuscrito a Fernando Clemot y me enseñó lo que denominó las tríadas, que es cuando hay tres adjetivos juntos. Era intencionado. Me gustan las frases cortas, pero también recrearme en la descripción.

Te importa la trama, pero el estilo debe tener poesía.

No sé escribir de otro modo. Sé que nunca seré un narrador de historias a lo Mendoza, que relatan a la perfección. Es un escritor práctico con mucho oficio. Ni sé hacerlo ni quiero hacerlo. Cuando dice que Kafka era un mal escritor…pues ojalá llegue a ser tan malo. En La puerta me arriesgué. Albert, el protagonista, es pedante, pero Blanca lo desvanece porque se ríe constantemente de esta característica.

Y Blanca también es una excusa que te permite desarrollar tu visión de la ciudad
.

La tiene en ocasiones como el objeto de deseo, y es donde descarga su pedantería. Al mismo tiempo supone una cura de humildad a su exceso de barroquismo. En la segunda parte se libera y hay mayor precisión. No me di cuenta y el personaje creció porque dejé de controlar a Blanca.

Todas las piezas deben encajar. Cuando terminas una novela mucha gente suele decirte cosas que cuando escribimos no podemos percibir.


La mejor sensación es no poder controlar a mis personajes. Me encantó. Cobran vida, hacen lo que les da la gana y casi ni te enteras. La gente que no escribe no sabe el esfuerzo que supone hacerlo, y tampoco conoce la sensación de perder el orden porque los personajes casi cobran vida propia.

¿El Albert de La puerta es un personaje de una sola novela?

Creo que irá saliendo. Es autoficción, es un yo poético. En una nueva novela el personaje también se llama Albert y recupera su infancia. Ha escrito, ha publicado y a través del Facebook reencuentra a las personas de cuando tenía doce años. No es el mismo de La puerta, pero sin duda se acerca. No me interesan los astronautas.

Es comprensible escribir de lo que uno conoce.

Si, pero el Albert de mis novelas es una creación artificial de mi mismo. La gente que no sabe de mi existencia me pregunta si yo soy Albert o si mi chica es Blanca. Se genera una tensión absurda, es divertido. Blanca tiene cosas mías y Albert tendrá de otras personas.

Además de escribir novelas desarrollas una labor literaria que va más allá e incluye greguerías, instalaciones, ensayo, edición… ¿Cómo encajas todo en un solo cuerpo?

Quizá eres tú quien debería responder a esa pregunta. (risas). No lo sé, es muy difícil de explicar, pero cada vez soy más así. Cuando tienes veinticuatro años piensas que haces muchas cosas. A los treinta te das cuenta que eres de hacer muchas cosas. Son formas de ser, y cuesta mucho concentrarse porque estás en algo y piensas en lo siguiente.

Es algo positivo.


E implica riesgos. Me ducho y aparece otro Albert. Es mi forma de vestirme.

¿Qué conexión estableces entre todos tus campos de acción?


Creemos hacer cosas diferentes, pero en realidad son la misma. Las greguerías las hago en el metro. No hace tanto que conozco a Gómez de la Serna y con el tiempo lo relacioné con Cortázar, que fue uno de sus grandes valedores. Las conexiones las descubre la vida. La puerta se enlaza con mi tesina.

Toda novela de Barcelona muestra los cambios de la ciudad, y con los años termina siendo documental. ¿La puerta muestra una Barcelona que aún existe o una que ya desapareció?


Todos tenemos el peligro de ser jóvenes abuelos con nostalgia del pasado, pero si que es cierto que la ciudad ha padecido dos tragedias posteriores al contexto en el que se enmarca La puerta: el alcalde Hereu y la masacre de la SGAE que simboliza el London Bar, donde hay una conexión artística muy fuerte entre pasado y presente.

¿No crees que quizá faltan novelas de Barcelona con un espíritu más crítico?

Si, porque o se idealiza o se pone a caldo.

Sí, porque tampoco hay que ser políticamente incorrecto porque toca. La crítica debe ser sutil a partir de lo que se muestra.

Sí, y en Barcelona hemos perdido mucho. Tú y yo hemos ido al Jazzman, música en directo los lunes, era mágico.

Con ése Barman que nos saludaba diciendo “Hola, company”. Ése señor ya no existe y quizá habrá otros que cojan el testigo, pero aún no aparecen.

Puede que estemos envejeciendo y no sepamos encontrar nuevos lugares.

Bueno, tenemos treinta años… (risas)


Sí, pero no puede ser tan complicado dar con conciertos en directo en Barcelona. Antes no los buscaba, llegaba al London y la música me recibía. No era necesario consultar guías. La SGAE y la cultura Hereu han perjudicado mucho.

Ellos venden la cultura alternativa desde lo institucional, por lo que anulan la posibilidad de aire fresco. Sólo existe lo suyo desde la estafa, el engaño del ocio.


Debería replantearse qué es política cultural. Es un reto muy complicado.

Y lo es más porque la parte que no apoya el Ayuntamiento tiene mucha vitalidad.


La otra cuestión es cómo no prostituir la cultura subterránea si la propulsas a la superficie.




Puede que colapsen ambos trenes.

O que lo que ellos venden salga en todos los medios y no vaya nadie.

Su fracaso encaja con lo que comentábamos de lo que quieren que leamos y lo que en realidad la gente lee.

¿Qué lee la gente? ¿No nos hacían leer a Gustavo Adolfo Bécquer?

Me intriga el desnivel entre lo que se vende en plan comercial y lo que realmente tiene valor literario.

Y mucha gente desafía esas imposiciones. Tú lo sabes. Sales a la calle y hay gente que aplaude lo subterráneo, es un poco como lo que ocurre entre la crítica digital y la de papel. La mayoría siempre lee más la digital, siempre más actualizada, siempre más fresca.

Ese proceso es delicado con la crisis. Ellos cobran y nosotros no vemos un duro.

Sí, es delicado…

Venga, que ya llevamos una hora. Penúltima pregunta. ¿Qué puertas abre La puerta para el futuro?


Perdí el miedo a escribir una novela y descubrí que no soy sólo un novelista.

Este año publicarás tres libros.


No se lo aconsejo a nadie.

¿Sales perjudicado con la distribución? ¿No crees que deberías buscar sitios con mejor distribución?


Soy un inconsciente, nadie saca tres libros en un año. Uno de entrevistas (ndlr: Paraules, publicado en Abadía Editors), otro es la novela y otro es el de greguerías, La realidad es otra. No vivo de lo que produzco, no me obsesiono.

¿Y no te gustaría vivir de ello?

Me da miedo, ahora mismo soy independiente y escribo lo que quiero. Lo ideal sería tener más tiempo para escribir. Quizá lo mejor sería que me tocara la lotería.









literaturas.com

http://literaturas.info/revista_int.php?IdElement=10&IdSubElement=8&IdSubSubElement=108 | 13.01.2011