domingo, 16 de enero de 2011

Los infinitos de John Banville en Revista de Letras



Sitting in an english garden waiting for the sun: “Los infinitos”, de John Banville
Por Jordi Corominas i Julián | Críticas | 13.01.11


Los infinitos. John Banville
Traducción de Benito Gómez Ibáñez
Anagrama (Barcelona, 2010)


Es verano, pero en la nabokoviana finca de Arden el ambiente huele a Nocheviejas del Patriarca. Adam Gondley, matemático de renombre por dar con una fisura temporal que derrumba la frontera entre hombres y dioses, agoniza en la habitación astral. Los demás miembros de la familia aguardan el óbito e intentan matar las horas ajenas a las pesquisas del Olimpo. Hermes es el narrador de una historia humana, demasiado humana, a no ser por el punto de vista divino, que convierte una tragedia en una representación cómica de nuestra banalidad cotidiana.

Los personajes de la trama destacan por su pretenciosa nadería. Adam Junior es un gris pero entrañable personaje enamoradísimo de su mujer, la bella Helena a la que Zeus corteja en secreto, fornicándola en sueños y persiguiéndola por el bosque privado. Petra es la hermana menor, medio autista y desquiciada porque su novioRoddy, un trepa interesado en escribir la biografía oficial del reputado científico, la ignora y prefiere presumir de una elegancia desteñida por una insulsa modernidad que todos intuyen, desde Úrsula, alcohólica que se prepara para la viudedad, hasta Ivy y Duffy, la extraña pareja configurada por una noble venida a menos y un vaquero analfabeto que más bien parece un espontáneo que cobra un sueldo por figurar en el reparto. Aparecerán más nombres para liar la madeja, si bien con estos elementos ya hay bastante para que Mercurio y su padre perciban que en la anomalía de los mortales hay una energía que ellos perdieron en la noche de los tiempos, cuando el Universo estaba en ciernes y la animación cobraba fuerza al necesitar un orden que arreglaron entre metamorfosis, viajes y disputas que nosotros tomamos desde un inevitable cariz moral.



Banville, quien lo dude es condenable, es un maestro. Altera la lógica de la monotonía y da mística de la vulgaridad a la historia de esa jornada campestre de unos nobles aburridos demasiado pendientes de mirar su bonito ombligo mientras atienden el trágico desenlace que sepulte al célebre vegetal sumido en las tinieblas de su estancia desde donde, cuando los de arriba duermen, resucita para recordar los entresijos de su existencia. Se lamenta por el suicidio, a lo Virginia Woolf, de su primera esposa y rememora algún que otro coito veneciano que expone su aislamiento antes del último suspiro. Es un genial despojo abandonado por los suyos, más preocupados por preparar comida para los invitados, ajustar cuentas con sus envidias o calentar la cama con polvos esporádicos que remiten al mito de Anfitrión y Alcmena, papel que Helen debe interpretar en su próxima aparición teatral. La pobre no lo sabe, pero ser la favorita de Zeus no es moco de pavo. El señor de los cielos se ha encaprichado de ella hasta el punto de perjudicar a la Aurora de dedos rosados, postergando el amanecer para penetrarla y darle un placer que alegra su día y la propulsa a un inagotable estrellato de deseo, energía que llena la atmósfera de esa extraña felicidad previa a la tormenta.

Todos desarrollan sus actividades resignados porque aceptan despojarse a regañadientes de su ego al asumir que el centro de atención es otro, ese cuerpo estático al que visitan despidiéndose mostrando su fragilidad hasta que irrumpe, no podía faltar, el invitado de turno, que no es la gracia, sino un antiguo compañero académico del padre, Benny Grace, gordo irónico con el que nadie cómo actuar salvo el perro Rex, cancerbero de la mansión imbuido de piedad por lo patético de sus propietarios, dogo feliz sorprendido por la mansedumbre de un ritual único aunque repetitivo.

Sin dioses, la trama se encuadraría en un costumbrismo muy británico con lo rural ejerciendo de microcosmos donde los enredos sirven para retratar la insuficiencia de lo efímero y sus trapicheos de poca monta. Cada personaje cumple su rol y goza de presencia porque la omnipotencia celestial se preocupa por mostrarnos sus preocupaciones esenciales. Adam Junior quiere a su mujer y tiene un miedo inconsciente a ser incapaz de retenerla por su belleza. Petra sufre aceptando su triste destino de solterona con toques geniales. Úrsula le da la botella con despreocupación, como si escenificara una constante de desmemoria a la que nunca podrá acostumbrarse el pelele de Roddy, inferior a Ivy y al cowboy Duffy por carecer de autenticidad, puro artificio que divierte al mensajero y a su progenitor hasta el paroxismo del rayo. Sus majestades del Olimpo tienen en su mano el rumbo de los acontecimientos hasta el final, de nada sirve actuar en los virajes, la línea recta es decisión de los supremos titiriteros del más allá.



John Banville da una nueva vuelta de tuerca a lo común ridiculizando nuestros quehaceres con consistencia de ambrosía. La narración gana muchos enteros por su original enfoque, dirigido en todo momento desde la órbita que elimina el capricho humano y lo imbuye de parcial omnisciencia que desnuda miserias al uso dando a lo trágico la alegría de lo ridículo. La seriedad se desvanece, las marionetas flotan entre la hierba y lo cómico se impone riéndose a carcajada limpia sin forzar el acelerador porque la solidez de la estructura del relato es tan sutil que imanta al lector partiendo de una tranquilidad donde van sucediéndose las efemérides y la página se desliza con suavidad hasta la conclusión, guinda a un pastel que reflexiona sobre lo mortal desde la quietud de las alturas, cansadas de sosiego y con ganas de divertirse exhibiendo lo intrascendente de nuestra condición en una novela que sin quererlo adquiere condición teatral.