jueves, 27 de enero de 2011

De Molinos y casitas blancas en "Se fue al otro barrio" de Bcn Week


De molinos y casitas blancas

by Jordi Corominas i Julián


La zona posterior a plaza Lesseps es una subida poco angosta que cuando era más pequeño evocaba una cierta saturación a posguerra entre residuos de cocheras y una ascensión tortuosa cargada de silencio que ha perdido su encanto mediante una de tantas reformas municipales. Su aura tenía sentido por motivos burgueses en un doble sentido residencial y erótico-festivo. La calle Bolívar acogía, aún lo hace pero está pendiente de derribo, la Casita Blanca, templo de una Barcelona secreta donde los cuernos podían flotar libres en una privacidad que no se estila. Las parejas pagaban al contado, subían a su habitación sin ser vistos por nadie y practicaban sexo con la seguridad del plácido anonimato de cuatro paredes decoradas con barroca pomposidad, como si el coito fuera una retorcida celebración iluminada por espejos en forma de corazón, camas con muelles a prueba de bombas y la discreción por bandera.

Pude visitarla una vez. Tenía veintiún años y pasaba las vacaciones en mi ciudad a la espera de volver a Roma. Puede que la influencia felliniana se dejara sentir en mi deambular por bares perdidos, solitario, a la búsqueda de compañía sin compromiso. Bebí una copa, entablé charla con una cuarentona y la pobre mujer, un poco más ebria de lo normal, me invitó a subir a un taxi. Llegamos al recinto y una especie de mayordomo nos recibió. Podíamos pagar por horas o toda la noche. Elegimos la primera opción. Mis recuerdos de esa jornada están más que desdibujados, pero mi memoria conserva la impronta del ascensor y unos ceniceros sagrados. Era menester el cigarrillo postpolvo, una tradición que siempre será más antigua porque las futuras generaciones no navegarán en la cinefilia de nicotina entre sábanas blancas, y puede que las actuales tampoco ahora que el gobierno prohíbe el vicio en los bares. ¿Qué será de España sin tanto humo agitado? ¿Qué haremos con el paquete rubio? ¿Quién se quejará de lo infame del Ducados, con pelos en los lados?

Propongo soluciones optimistas. Una manera de ligar consistía en ofrecer un pitillo o pedir fuego para romper el hielo. En invierno pasaremos frío, si bien, analícenlo, puede que ganemos intimidad. Las bajas temperaturas permitirán un acercamiento más directo y quizá las almas solitarias sean más directas en el abordaje. Es una posibilidad que nuestros amigos del Ayuntamiento desmentirán. El meublé se convertirá en un verde solar para que jueguen los niños, ajenos a orgasmos, gemidos y prolegómenos que retumbarán en la esencia del sitio. A los adultos, sigo con la campaña made in BCN, nos quedará el Molino con sus plumas y vedettes, imagen carpetovetónica que algún listillo ha resucitado con la ilusión de dar energía al moribundo Paralelo. A principios del Novecientos esta arteria condal era la París del sur. Sus bares constituían un inolvidable fermento anarquista y los espectáculos animaban a la concurrencia, ansiosa por ver gozosas hembras desnudándose al son de la música. Su decadencia acaeció cuando los medios de comunicación modernos suplantaron el directo por la efectividad de lo instantáneo, idea fortalecida con la red, donde es muy sencillo ver pechugas, muslos y traseros apretando un botón para masturbarse o propiciar una excitación previa a la unión de la carne.

Dicen las crónicas que la Casita Blanca y el Molino eran hermanos de sangre en una época donde convenía, quién nos ha visto y quién nos ve, lavar los trapos sucios en casa desde lo políticamente correcto. Ahora, con el exhibicionismo copando un panorama hipócrita con tintes conservadores, su simbolismo cambia de tercio. Las casas de citas se han atomizado y los espectáculos son de otra pasta reacia al ocultamiento porque supuestamente nos hemos liberado del fardo que exigía decencia. No se equivoquen. El ser humano viste los mismos ropajes de antaño, y siempre, porque es parte de nuestra naturaleza, serán necesarios locales donde saciar nuestros instintos más elementales. La diferencia es que ahora el secretismo de lo disperso queda mejor. Pasear sin reconocer, caminar con la certeza de no topar con edificios reconocibles del pecado. Nacemos porque nuestros padres fornican. La muerte del emblema de la infidelidad, o una simple cana al aire, me llena de una infinita tristeza agravada por no poder mantener la tradición hispana del cigarrillo mientras dialogo de cualquier bobada con mis amigos con los que no iré, téngalo claro señor Hereu, al music-hall porque la vida ya me proporciona suficientes anécdotas para seguir hacia delante por mucho que ustedes quieran impregnarnos de un aire neutro que apesta.

Ilustración: Nil Bartolozzi