lunes, 13 de diciembre de 2010

Diálogo con Valter Hugo Mae en Revista de Letras



Diálogo con Valter Hugo Mãe, por Jordi Corominas i Julián
Por Jordi Corominas i Julián | Destacados | 30.11.10


Lunes, diez de la mañana. Mientras me desperezo quitándome las legañas del fin de semana, aturdido por una aglomeración en el metro y unas puertas que tardan más de la cuenta en cerrarse para acompasarse con el progresivo despertar de mi cerebro. El pobre tiene extraños brotes asociativos. Valter Hugo Mãe es un alemán expresionista de principios del Novecientos. No, el hombre que charla de política lusa con la jefa de prensa de Alpha Decay es portugués, nació en Angola hace 39 años y acaba de publicar el apocalipsis de los trabajadores, así, en minúsculas, una novela con personajes reales, instalados en una cotidianidad tragicómica donde la desgracia y la frustración se aplacan con sueños, esperanzas y brotes verdes, analgésicos para un desconsuelo profundo de los ninguneados de nuestra sociedad.

¿Por qué el apocalipsis de los trabajadores? Es un título fuerte, sugerente.

Me parece que viendo las cosas desde abajo las podemos entender mejor. Las empleadas de limpieza no tienen derechos, sólo obligaciones y ni siquiera están incluidas en el sistema. Son un colectivo que permite explicar y entender con facilidad lo que hicimos con el trabajo y la idea que tenemos del mismo. Trabajar debería ofrecer mérito. Quien trabaja merece el derecho a la dignidad, lo que ahora mismo no ocurre, se ha generado una entropía de los valores…

Además los personajes del libro- las señoras de limpieza y el inmigrante ucraniano- son elementos invisibles para la sociedad.

Son importantes, todo el mundo reclama su presencia, pero no cuentan para nada, nadie quiere hacer su trabajo. ¿Cómo vamos a dignificarnos si excluimos? Por eso veo su situación como el inicio de una Apocalipsis del trabajo, cambiamos todo por hipocresía. El título también alude a la idea de la gente que debe abandonar su país para abrazar una condición de mera supervivencia en el extranjero, que es lo que sucede con Andriy. Cuando aparece en la novela también vemos que sucede con sus padres. Los portugueses, por tradición, sabemos lo duro que es ser inmigrante. Estamos acostumbrados a salir, pero no a recibir, y en los últimos diez años hemos acogido a cincuenta mil ucranianos, suficientes para una revolución negativa de las mentalidades. Muchos los veían como la causa de todas las fatalidades…

Aquí en España ha sucedido exactamente lo mismo con marroquíes y ecuatorianos.


En nuestro caso es todo muy simbólico. El PIB portugués la mayor aportación es la del trabajo inmigrante, que depositan su dinero en nuestros bancos.

Los personajes- Maria da Graça, Quitéria y Andriy- empiezan su recorrido por la novela desde una situación trágica, como si una muerte cercana fuera el acicate para emprender una nueva vida.

Sí. Todos ellos cometen un error, toman decisiones que el buen juicio desaconseja, pero el error se transforma en una libertad que posibilita ser feliz. Y esta idea permanente de la muerte es básica para enseñar que somos vulnerables. Las cosas deberían tener otra peso.

Porque ellos al principio, aunque luego la cosa cambia, son muertos en vida. Maria da Graça se resigna a dejarse tocar por el señor que la emplea en el hogar.


No tiene dignidad, no puede hacer, decir ni querer nada, sólo puede sujetarse y aguantar. En el caso de Andriy podemos verlo aún más claro porque es un extranjero que no puede comunicarse verbalmente. Su función en Portugal es trabajar, por lo que adopta un modelo que le lleva a querer la felicidad de una máquina, totalmente despersonalizado. En cambio tanto con Maria da Graça como con Quitéria podemos sentir que su malestar podría encontrarse en nuestras familias o en la casa de al lado.

Clamas Humanidad, o al menos buscas comprenderla.

No intento tanto que la gente pueda estar de acuerdo o en desacuerdo conmigo, intento que la gente tenga que decidir, que lean el libro y piensen.

Además la novela marca un fuerte contraste peninsular. En España cada vez hay menos escritores que traten la realidad con los pies en el suelo, se basan mucho en las nuevas tecnologías, pero considero que en estos tiempos tan críticos es importante que la literatura aborde la normalidad.

Tienes que ir atrás, no empezar todo, pero iniciar algo que incite a la reflexión. Abordando las cosas sencillas puedes entender mejor lo que te rodea. A veces las personas, sobre todo a partir del título de mi novela, piensan más en huelgas y conflictos laborales. Me parece que podemos crear emociones más reales desde las cosas pequeñas, porque así luego podemos imaginar como crecen.

Una afirmación muy valiente en una época donde, lo digo desde una visión española de los acontecimientos, el proletariado parecía haber desaparecido del mapa, ya nadie habla de lucha de clases.

Trabajar no es sexy. Sexy es tener dinero, hagas lo que hagas.

Y todos estamos siempre más en la situación de Maria da Graça y Quitéria, no somos ejecutivos ni ricos rebosantes de billetes.


Sí. Ahora en Portugal existe la necesidad de cambiar cosas y producir otra vez. Lo hablaba hace poco con unos alumnos. ¿Quién aquí produce lo que come? ¡Nadie! ¿De dónde viene lo que comemos? Si un engranaje de la cadena se rompe estamos perdidos.

Somos bestias dependientes del mercado.

Queremos producir ilusiones que sustenten la vida.

El hombre de la UE no sabe trabajar con las manos.


Es un hombre de servicios, no sabe hacer nada, sólo pasar adelante.

Los personajes del libro, desde esta visión que comparto plenamente, son los neoesclavos del siglo XXI.


Sí, son esclavos. No tengo empleada de la limpieza porque no tengo dinero para pagar sus servicios ni dignificar su condición. Si yo pudiera darle un contrato con derechos y subsidios seria diferente, porque entonces habría justicia en su condición.

Tanto Maria da Graça como Quitéria y Andriy comparten otro rasgo esencial: tienen profundamente arraigada la conciencia de su soledad.


Y todos cuando eligen la opción del error es para huir de la soledad.

Gritan en silencio la necesidad de un contacto.


De alguna cosa que sea verdadera, aunque no la entiendan muy bien, como Quitéria cuando se entrega a Andriy pagándole un viaje a Ucrania. No sabe lo qué va a acaecer, yéndose con un hombre con el que se entiende más allá de las palabras. Se juega todo a la posibilidad de la existencia de la suerte, creer, tener esperanza, saber que el estatismo es conformarse, algo pésimo, por lo que conviene arriesgar.

Y siempre, metáfora que habrá levantado ampollas en tu país, llevan al perro Portugal siempre entre las piernas. Es un can raquítico que acogen porque son solidarias, pero quizá él no lo es tanto.

Y es un animal que observa, es tierno pero tiene un pensamiento inútil, ése es mi país. A veces escuchamos las glorias marítimas del pasado y sentimos ternura, como por el pueblo, pero la ilusión no sirve, estamos profundamente estancados.



Y lo mismo se puede decir de Ucrania, punto que captamos en los fragmentos donde aparecen los padres de Andriy, que a su vez es un buen contrapunto. No hablará bien portugués, pero su rol es mesiánico, se atrevió a escapar de lo inmóvil.

Y esta condición mesiánica la ves mucho en los diálogos de sus padres. Hay un pasaje significativo, la verdadera acusación, que es cuando su madre Ekaterina habla con su marido Sasha preguntándose por la situación de Andriy. Sasha cree que su hijo estará bien porque Portugal es un país donde se hizo la revolución con flores, es como un jardín donde vive buena gente que quiere que los demás sean felices. La madre obtiene esperanza con esa respuesta porque intuye que Andriy ha recalado en una tierra hermosa, y en Portugal somos conscientes de nuestra belleza, pero la vemos como una prueba de nuestra frustración. ¿Si treinta y cinco años atrás creamos la revolución con flores, por qué no hacemos ahora lo mismo? ¿Dónde ha ido la belleza? ¿Por qué no volvemos a crearla?

Es algo común, por desgracia, a todo Occidente, prisionero de una horrible parálisis donde muchos atienden su hora y los mayores cobran sueldos astronómicos, inalcanzables para un sinfín de colectivos acuciados por la precariedad.

En Portugal tenemos casi los peores sueldos de Europa, el salario mínimo obligatorio es de 400 y pocos euros, pero en las tiendas pagamos precios europeos. Es una tragedia que impide cualquier tipo de evolución.

¿Los portugueses identifican a los personajes de tu libro desde lo trágico?


La gente también puede leer el libro desde lo cómico, porque la tragedia puede ser ridícula. Ya que poco podemos hacer reaccionamos con la risa, lo triste es que la novela aborda situaciones muy reales.

Podemos ver a Maria da Graça y Quitéria como personajes de Commedia all’italiana.


Debo confesar que me gusta mucho Fellini(risas). Comparto con él la sintonía de lo cotidiano, pero creo que el libro es un retrato del Portugal de hoy, y así ha sido recibido desde muchos sectores sociales.

El portugués medio puede en cierto sentido identificarse la espiral negativa de los personajes, que se ganan la vida hasta con la muerte. Maria da Graça y Quitéria acuden al tanatorio como mercenarias plañideras, la historia de Etelvina, la muerte de Ferreira, Augusto que puede morir intoxicado…


La muerte es una decisión, una incitación a la vida para estos personajes. Hay cosas que naturalmente no podemos decir en una entrevista. La muerte de Ferreira aboca a Maria da Graça a tomar una decisión, que es la aparición de una urgencia.

Otra urgencia bien diferente, inevitable para quien pregunta, es saber porqué escribes en minúsculas.

Es sencillo, no tiene un secreto ni nada de eso. Intento llegar a una oralidad, a la manera cómo de facto hablamos y pensamos, no lo hacemos con mayúsculas ni con interrogaciones y comas, sólo con las palabras y la respiración, dando cierta cadencia a las palabras. Quito todo lo que no sea natural en la lengua que tenemos en la cabeza.

Lo pensé incluso antes de empezar a leer el libro, pero eliminando lo superfluo haces que las clases sociales desaparezcan.


Esto viene de un poeta portugués que me encanta desde joven, Ruy Belo, que tiene unos versos que dicen lo siguiente: en un poema ninguna palabra debe poner su cabeza arriba de las otras. Lo leí con quince años, y me pareció que podía llevar su expresión más allá e intentar crear una democracia perfecta de las palabras. En la literatura los nombres suelen ser más importantes que las sillas, pero también puede que no sea así, quien decide es el lector.

Además de las minúsculas casi no hay puntos y a parte, prima la continuidad textual.

Es la afluencia normal de las palabras en la cabeza, y las historias siempre avanzan, no deberían existir tantos semáforos que paren el trayecto, los textos deben derramarse al lector.

Y transmitir que la realidad, como ya hicieron muchos autores italianos de los cuarenta, puede tener magia hasta en sus aspectos más grises.

Me parece que la vida de toda la gente puede ser una aventura. La épica está en cualquier parte, no sólo en James Bond. Debemos ver las cosas pequeñas como grandes y quitarnos prejuicios marcados por visiones comunes.

Todos los personajes- desde Maria da Graça pasando por Quitéria hasta llegar a Andriy -que se apellida Shevchenko como el futbolista- hacen una revolución interior silenciosa, de pequeños cambios que permiten avanzar. ¿Crees que podemos hacer una revolución a gran escala para alterar el orden establecido?


Sí, algo tiene que ocurrir, no podemos seguir así. En los ochenta leí un artículo de American Scientist donde se decía que durante el siglo XXI se reduciría la población mundial. ¿Qué ocurrirá? Me quedé muy impresionado. No llegaré al siglo XXII, pero me parece que si nosotros seguimos mostrándonos incapaces de cambiar las cosas lo hará la naturaleza.

2 comentarios:

Carlos González Peón dijo...

Cuando dices:

"una novela con personajes reales, instalados en una cotidianidad tragicómica donde la desgracia y la frustración se aplacan con sueños, esperanzas y brotes verdes, analgésicos para un desconsuelo profundo de los ninguneados de nuestra sociedad.

pareces olvidarte del humor, que es con lo que mas a menudo se consuelan algunos personajes de la novela. De todos modos estos "analgésicos" son como todos y duran lo que duran y además no curan nada, ni el desamor. Son unos analgésicos de mierda.

Acabé de leerla el otro día y me dejó bastante frío, la verdad. Me dio un poco de rabia hasta que caí en la cuenta que no había llegado a comprarla y entonces me alegré un montón. Y en ello estamos.

Jordi dijo...

ya te digo si son analgésicos de mierda. La novela me gustó, pero bueno, en condiciones normales no sé la hubiera reseñado, siempre es mejor hablar con el autor si se puede, te abre los ojos, y el tío arriesga,que es de agradecer,sin divismos ni tonterias tan típicas de nuestra tierra