lunes, 27 de diciembre de 2010

Dicen que estás muerta de María Zaragoza en Revista de Letras




Laberintos délficos en Madrid: “Dicen que estás muerta”, de María Zaragoza
Por Jordi Corominas i Julián | Reseñas | 25.12.10


Dicen que estás muerta. María Zaragoza
XV Premio Ateneo Joven de Sevilla
Algaida (Sevilla, 2010)


Viernes 3 de diciembre de 2010. Quedo con Maria Zaragoza al lado del Ministerio de Justicia. Nos abrazamos y acto seguido guía mis pasos hacia Casa Federica. Bebemos un vino blanco y le pregunto por su novela Dicen que estás muerta. A medida que el licor desciende por nuestras gargantas me desvela algunos secretos y juega con lo que me falta por leer. La lectura, pese a las casi quinientas páginas perfectamente estructuradas, es agradable, un suspiro cotidiano entre las calles de Madrid. El restaurante es una de los lugares emblemáticos del volumen, XV Premio de novela Ateneo Joven de Sevilla. La editorial Algaida lo promociona desde lo negro, y negro podría ser si nos atenemos a los elementos que configuran la trama: un asesinato y una investigación, pareja siempre enlazada, clásica en su esquema, que sin embargo clama por respirar aires nuevos que sepulten una repetición demasiado conocida por los aficionados a cuchillos, sangre y detectives.

Conozco a María desde hace poco más de un año y sé que, a su manera, tiene una cierta afición a lo lúgubre, pero no desde un punto de vista monótono y previsible. Su querencia se engloba en una tendencia que asume un formato conocido hasta convertirlo en algo irreconocible, soberano en detalles que el pasado obviaba para centrarse en la resolución canónica. El criminal debe ser arrestado y penar sus crímenes en una celda oscura y nauseabunda.

Dicen que estás muerta altera el tópico yendo al interior de sus personajes. Una chica, actriz de medio pelo con ínfulas de diva decadente, aparece asesinada en un popular barrio madrileño. Su nombre irrumpe en los noticiarios y tanto sus allegados como la extraña pareja protagonista de la novela se sobresaltan. Luján Menéndez tiene un asombroso parecido a la ex de Sansprénom, un gigante francés con muchas dudas que afectan a su nuevo amor, Paula, una joven decidida que oculta una parte de su ser a través de los guantes que protegen sus manos. Ambos coincidieron con la víctima en un desastrado restaurante donde la vedette de pacotilla ha recibido un soberano plantón a instancias de su amiga Minerva, una Tiresias, cuidado con los Idus de marzo, envidiosa que, sin saberlo, ha firmado la sentencia definitiva de una desdichada incapaz de reconocer su amor por un profesor de literatura.

Y ahora viene cuando ustedes dicen, sí, vale, muy bien, esto se asemeja a un melodrama. No es así. El punto que articula los movimientos en Dicen que estás muerta es la ciudad. Cada capítulo es una calle de la capital de España, por lo que circulamos en un apasionante laberinto que reafirma los seis grados de separación. Paula denuncia a su novio porque durante la cena ha dicho que sería capaz de matar. La sospecha queda en agua de borrajas y se expía con una investigación privada que dé con el Asesino, así, en mayúsculas, malhechor que simboliza la búsqueda de la verdad porque todos y cada uno de los implicados en la trama luchan por un cambio que asiente sus existencias en pos de un excitado sosiego que anule malestares latentes que sólo se desvanecerán cuando las piezas encajen en la comprensión de la realidad.

Paula y Sansprénom son Sherlock y Watson sentados en la mesa de un bar con colaboradores de excepción y la casualidad elevada al altar de la bendita panacea por los cruces que avivan calles, rincones y amores ansiosos por desprenderse de la dispersión y abrazar la concreto. Pedro fue amante de Luján, es el tío de Paula y arde por una respuesta que disipe la confusión. Didier, camarero con vocación analítica, quiere olvidarse de tanto frenesí sexual y dar con la quimera de la estabilidad. Raúl y su tesis satánica como estéril combate de quien tiene el futuro resuelto y tiene la mente empapada de insatisfacción. Hay otros epígonos que saltan sin dificultad hacia el centro. Arthur, Rosa y Sibila conviven en una extraña guerra fría en el barullo del DF, contentos por reencontrarse pero con cuentas pendientes que quizá desaparezcan en sus vacaciones madrileñas. La convergencia de las fichas del tablero puede recordar a Fantasmas de Paul Auster, si bien la tensión es otra, la percibimos a cada paso, como una caricia de crecimiento personal donde Luján es una excusa y lo diario hace el resto mediante masturbaciones metropolitanas, charlas desenfadadas, seriedad reflexiva, piques ocasionales, sufrimientos interiorizados y una colectividad abocada a regenerarse mientras el cadáver permanece en la conciencia y se pudre en su tumba repleta de flores frescas.



Dicen que estás muerta no es una novela de iniciación por mucho que beba y asuma como máxima la inscripción que daba la bienvenida a los visitantes del Oráculo de Delfos: conócete a ti mismo y, añadimos, hazlo en compañía porque de otro modo la soledad acabará marchitándote en una desencantada pocilga. Lo polifónico brilla y se funde en una unidad propia de la obra bien hilvanada que ha elegido un espacio urbano como metáfora de la condición posmoderna donde cada individuo emprende un combate contra la nada al no recibir ningún tipo de protección que cobije o conceda tranquilidad. Esa excitación de los personajes brota desde un crimen que esconde sus principales preocupaciones, antiguas como la Humanidad. Amor, sortear los obstáculos del camino y reposar tras la continua batalla que en algún momento nos deparara asueto mental. El exterior se impone en la supuesta descripción, pero todo el recorrido es íntimo, con el cerebro cavilando porque quizá no hay tanta diferencia entre sinapsis y callejuelas.

Si nos ponemos solemnes podríamos lanzar estúpidas teorías sobre si estamos ante una falsa novela negra. Hay cuestiones más importantes para el lector. La prosa es un goce complejo por su simplicidad que da a las páginas un ritmo veloz que activa el ansia por seguir adelante al perpetuar el misterio con pequeñas y acertadas gotas de suspense que parten del asesinato hasta caer en un suelo donde la trama es la que engancha porque, sin quererlo, paseamos cogidos de la mano de los protagonistas por la empatía que nos da licencia de Madritauros hasta el último tramo del libro, donde la tensión se relaja porque el final es la recompensa a tanta agitación donde, y sin que sirva de precedente, un homicidio brinda más que un mero caso cerrado sin especulaciones ni voluntades de épater le bourgeois, simplemente escribiendo literatura, que ya es bastante.