miércoles, 29 de diciembre de 2010

El oro de Cajamarca de Jakob Wassermann en Revista de Letras



Cruces, crisis, genocidio: El oro de Cajamarca de Jakob Wassermann, por Jordi Corominas i Julián


Dice la leyenda que el techo de la Basílica romana de Santa Maria Maggiore contiene parte del primer oro procedente del Nuevo Mundo. Si visitan el templo quedarán deslumbrados, pero estoy harto de insistir en que todo tiene un motivo, y si el artesonado es áureo es porque hubo un descubrimiento que a posteriori, por eso de expandirse y crear un Imperio, derivó en matanza y genocidio. Los españoles nunca pedimos perdón, y no será este artículo el que insista en tan peliaguda materia. Hoy en día hay otros problemas más graves con los que lidiar. Sin embargo es bueno revisitar el pasado para intentar entender algunas pautas básicas del comportamiento humano.

Hace algunos meses navegaba por el monstruo Facebook, una magnífica pérdida de tiempo que tiene mucha utilidad para quien sepa aprovecharlo como dios manda. Recomiendo al bibliófilo agregar a la mayoría de editoriales independientes de nuevo cuño. Actualizan con frecuencia sus estados e informan de sus últimas publicaciones. Ese día Navona, bella por diseño y contenido, anunció la inminente edición de El oro de Cajamarca de Jakob Wassermann y pensé en una de sus obras, Golowin, donde narra relata el caos de la Guerra Civil rusa a partir de un viaje y una trascendental conversación entre cuatro paredes de un otrora lujoso hotel. Es una suerte tener sellos como el barcelonés. Recupera textos que tuvieron aceptación y que los años han sepultado en un injusto olvido. Wassermann fue considerado uno de los más brillantes narradores del panorama teutón de principios del Novecientos. Su desgracia fue ser judío, lo que implicaba no gozar con plenitud de su nacionalidad alemana, hecho que se agravó cuando Adolf Hitler subió al poder en 1933. Su condición de extraño en su propia tierra le llevó a interesarse por temas históricos donde la destrucción de una cultura predominante a manos de extranjeros exhibía la crueldad del devenir, ese río cambiante que erosiona, impredecible ruleta rusa con balas apuntando al poder para suplantarlo e instaurar órdenes desnaturalizados amantes de la codicia.



La aniquilación de los Incas es el tema del Oro de Cajamarca. El narrador es el caballero Domingo Sora Luce, quien cuenta la experiencia treinta años después en la calma de un convento donde se ha retirado hastiado, reconcomido por pretéritas acciones que quiere, pero no puede extirpar de su cerebro, imbuido del mal de 1532, cuando los españoles capitaneados por Francisco Pizarro terminaron con el esplendor de un sistema igualitario donde la pobreza era imposible porque el gobernante procuraba que sus posesiones fueran democráticas, quizá demasiado humanas. Los incas no valoraban el oro, parte de una naturaleza común en la zona, y en cambio los recién llegados lo idolatraban como un maná caído del cielo. La confesión de este individuo a los órdenes del analfabeto comandante extremeño no le exime de sus pecados, aunque logra atenuar el dolor por lo perpetrado al aceptar el error cometido con Atahualpa, soberano generoso que tras ser apresado claudicó para salvar su vida aceptando todas las imposiciones de nuestros antepasados. Éstas consistían en llenar dos habitaciones con plata y oro hasta donde alcanzará su mano. El gobernante pidió permiso para movilizar a sus súbditos para que mandaran la mayor cantidad posible de metales preciosos, lo que hicieron con celeridad guiados por un hondo sentido del deber hacia su jefe, quien mientras tanto atendía confiando en sus captores, obsesionados con la recompensa y la manera de traicionar el acuerdo.
Si hay remordimiento pueden imaginar cómo termina el relato. La crítica del monarca Inca tiene sentido en el presente. Todos los objetos depositados en el suelo de esas dos estancias eran obra de artesanos que habían trabajado concienzudamente para dar forma a esa nada tan valiosa. Los españoles los fundieron en lingotes despreciando una labor de siglos porque querían repartirse el botín. La avaricia rompió el saco, se aprovechó de la incomunicación entre pueblos abismales y llenó las arcas de la Península Ibérica a costa de sacrificar una civilización más avanzada que la nuestra. No es que nosotros, ciudadanos que penamos la crisis, seamos indígenas con otra cultura, tampoco es eso, aunque si se fijan la realidad actual tiene similitudes con el presente. Ya lo dice Miriam Dauster en su prólogo: Da igual dónde, da igual cuando…los destellos de oro siempre producen ceguera, y en el siglo XXI las posibilidades de enriquecerse sin esfuerzo han ocasionado una situación que aún no tiene fecha de caducidad y sigue lastimando a los ilusos que se fiaron de aquellos carcamales entregados a vendernos un paraíso que se ha revelado el infierno de la resignación, impotencia colectiva, inexistente furia hacia la esclavitud de la libertad, si es que alguna vez este hermoso vocablo tuvo sentido en Occidente.
Jakob Wassermann usó a lo largo de su carrera el recurso del pasado para ilustrar los males de su época. El oro de Cajamarca apareció en las librerías del mundo teutón en 1923, justo cuando la barra de pan costaba la friolera de 4 billones de marcos porque la inflación caminaba desbocada y la deuda crecía vertiginosamente. Por aquel entonces la opinión generalizada era culpabilizar al tratado de Versalles de la miseria de la República de Weimar. El autor de El hombrecillo de los gansos paragonó el expolio hispano con la ruina que los ganadores de la Primera Guerra Mundial propiciaron a su país en un paréntesis donde el odio antisemita desapareció antes de volver a irrumpir tras la crisis de octubre de 1929. Ya saben el resto. Los libros suelen narrar historias con una intencionalidad. Diviértanse con la lectura, cierren el volumen, siéntense en su sofá y mediten. El sol sale cada mañana para brindarnos una sonrisa de luz que oculta el ocaso de la esperanza porque aún no localizamos la caja de Pandora y siempre tropezamos con la misma piedra.


Jakob Wassermann, El oro de Cajamarca, Barcelona, Navona, 2010
Traducción y prólogo de Miriam Dauster

5 comentarios:

Carlos González Peón dijo...

La idea de suscribirse por facebook a editoriales "menores" sería fantástica si no fuese porque algunas de ellas (pienso en Navona, pienso Melusina) tiene restringido el acceso a "ciertos navegantes". Pero si, es cierto, algunas de ellas hacen una labor publicitaria fantástica.

Jordi dijo...

¿Cómo es eso del acceso restringido? ¿No será que han pasado de 5000 amigos y toca ir a la página de "fans?

puta locura de red

Carlos González Peón dijo...

No sé, Jordi, esto me supera. Soy "nuevo" en facebook y le dedico tan poco tiempo que no me entero de la misa la media. Cuando quiero entrar en algunas (editoriales) me dice que sólo puedo acceder a ellos si los conozco, si soy su amigo, a lo que respondo que sí (mentira cochina) y ahí queda todo, en una advertencia del propio facebook de que me tengo que leer las normas, que vienen a decir que puedo estar mintiendo (hablo de memoria) o que quizá tengo demasiadas peticiones hechas (falso) o en espera (falto también). Quizá simplemente tienen un tope o algún filtro. Da igual. Me vale con la web. Era sólo por comodidad.

Jordi dijo...

No hagas caso a esas advertencias,las ponen ocasionalmente. Luego, ya te comenté, está lo de los 5000 amigos...en fin,que todo da asco,jajaja

Benedicto Palacios dijo...

El oro de Cajamarca, es una "novelita" que se vende como historia.Soraluce no estuvo en Cajamarca (sí en la isla del Gallo) y murió en 1536...lo del arrepentimiento y el convento es mentira de toda falsedad. Jakob Wassermann construyó una bonita historia pero inventada basada en otra que había leido. La Historia cada cual la interpreta como bien le cuadra...¿como Atahualpa se dejó capturar por un analfabeto ciudador de cerdos y 164 soldados teniendo un ejército de 80.000 guerreros? Lo que les duele es que FP era ananfabeto pero ¿quien no lo era en la España y la Europa del siglo XV? ¿Cómo andaba la bastardía?. Pizarro fue un genio militar, disciplinado, valiente, intrépido. Atahualpa pudo comérselo con patatas y lo despreció y pagó las consecuencias. Pachacútec, Tupac Yupanqui y Huaina Capac fueron mas sanguinarios que Pizarro