viernes, 17 de diciembre de 2010

¿Nights in white satin? en Bcn Week


¿Nights in white satin?
Nieve, Barcelona, y otros derivados


by Jean Martin du Bruit

Los pueblos mediterráneos tienen una tendencia innata al catolicismo por su plácida climatología. Ello explicaría por qué el papa Liberio decidió construir Santa Maria Maggiore en Roma tras una nevada acaecida el 5 de agosto de 358. Ahora ese templo es una de las cuatro basílicas de la Ciudad Eterna, capital de un país donde el cine ha demostrado al mundo entero cómo nuestra mentalidad enfoca la felicidad mediante epifanías. Y en Barcelona la nieve es una de ellas porque estamos demasiado bien acostumbrados a temperaturas que raramente descienden de los diez grados centígrados. Cuando ello sucede las típicas conversaciones para romper el hielo, quin fred que fa avui y otras clásicas perlas inmortales, ganan legitimidad y se convierten en dignos acicates para alentar la esperanza coital.

Cero metros, cero grados. De repente, el viento cesa y la atmosfera se somete al juego del congelamiento. El reloj se para y los hombres miran al cielo, expectantes y enmudecidos. Leves partículas aterrizan en la superficie. El paso de los minutos las agrandará, y la leve pausa de asunción del milagro dará paso a la algarabía. Las estadísticas y nuestra propia experiencia hablan alto y claro: en Barcelona escasean las grandes nevadas, un poco como las victorias del Real Madrid en el Camp Nou, lo que confirmaría mi primer recuerdo infantil de ambos fenómenos. En 1981 tenía dos años y unas fotos tomadas por mi abuela mientras leía el Ulysses de Joyce en su traducción soviética lo corroboran. La ventana de mi habitación lucía prístina por la irrupción de la cellisca. El niño que era batía palmas sin Carlinhos Brown, anonadado y patidifuso por aquel don caído de arriba. La hemeroteca de La Vanguardia informa que en 1985 se repitió el magno acontecimiento, pero mi mente lo recupera el 2 de marzo de 1993, y lo hace porque en aquella ocasión pude disfrutar de la exclusiva sensación de tirar bolas y hasta de intentar construir un muñeco como los de las películas, con zanahoria y todo el atrezzo adecuado. Ese lunes el adolescente que fui hizo el capullo a lo grande, sumergiéndose en la mera alteración cromática del asfalto, pues créanme, en ningún instante percibí congelación ni abundancia, el suelo se enmarañó y los copos no permitieron trineos ni Curling urbano como en 2010, cuando saqué fotos desde el balcón y procedí a matar mi tarde actualizando cada dos por tres los periódicos, más lentos que Facebook en el aporte directo que los usuarios realizaban para amigos, conocidos y pervertidos de la red social. Otra vez lunes y una metamorfosis revolucionaria. Internet copó el evento incluso antes de la efeméride. Los aficionados a isobaras, anticiclones y Francesc Mauri, aunque las yayas son más de Rodríguez Picó, se reúnen en foros especializados donde comentan anticiclones con entusiasmo desmedido. Es entrañable visualizar a un señor de mediana edad bebiendo una cerveza delante del ordenador, ebrio de satisfacción por intercambiar opiniones de algo que le fascina, sin tener que ir a bares mirando de reojo las facciones de los parroquianos para verificar que quizá sienten interés por oscilaciones térmicas o inestabilizaciones generalizadas del manto nivoso.

1, 2, 3, responda otra vez. ¿Cuál fue la mayor nevada de la historia reciente de la Ciudad Condal? ¿Usará el comodín del público? No, ésta me la sé. 25 de diciembre de 1962. Fum, fum, fum. Ni minyonet ros i blanquet ni hostias. La misa del gallo dio el pistoletazo de salida a un día simbólico que rompía con la zozobra franquista y palió lo precario de unas navidades que ya olían a dinero americano y tecnocracia gubernamental. La dictadura luchaba por modernizarse y la otrora princesa del mare nostrum aplaudió la nieve porque no produjo el caos y sirvió para volver la vista atrás, como bien hizo la teleserie de TV3, Temps de Silenci, que optó por abordar el suceso desde lo trágico con la muerte del hijo de los inmigrantes, papel interpretado por Julio Manrique, actual director del Teatro Romea.

Quien rebusque entre viejos papeles hallará más fechas y podrá jugar a calcular frecuencias. La última década ofrece tres nevadas, pero los medios de comunicación obvian la más trascendental, cargada de vicio y mercado negro. En mayo de 2005 tuve la oportunidad de entrevistar a Roberto Saviano, perseguido por la Camorra tras poner los cojones sobre la mesa con la publicación de su libro Gomorra, donde desgrana sin tapujos toda la perfidia mafiosa del sur de Italia. Durante nuestro diálogo le pregunté sobre lo que iba siendo una constante en mis visitas a los lavabos de los bares de Barcelona: el hallazgo de pequeñas motas de polvo blanco sospechosamente parecidas a restos de cocaína. El napolitano esbozó una sonrisa y respondió satisfecho. Sí, desde 2003 existe en Barcelona una potente alianza entre varios grupos criminales que controlan el negocio de la droga en la zona. Por eso has visto más cantidad, están invadiendo muy sutilmente, y hasta te podría decir dónde opera el sector transalpino, en el Paralelo, y se come muy bien, o eso dicen todos. La nieve viola los principios de Newton, adopta pose de Groucho Marx y del mármol accede a la nariz porque la época prefiere otro tipo de apariciones marianas, relegando el capricho celestial al baúl de lo borroso, espejismo en la uniformada normalidad que aprieta, ahoga y antes concedía respiros cuando la madre naturaleza resucitaba paganismos que hemos sepultado en una lápida sin nombre por el tétrico gusto de aceptar ser esclavos de las múltiples alienaciones que exhibe el escaparate de la posmodernidad.


foto: Jordi Corominas i Julián