jueves, 16 de diciembre de 2010

Las tres apariciones de Artur Mas en "Se fue al otro barrio" de Bcn Week


Puede que cuando lean este artículo Artur Mas haya ganado las elecciones del desconsuelo, unos comicios donde el pueblo ha elegido presidente casi por obligación, porque alguien debe llevar el título de Molt Honorable. El candidato de Convergència i Unió es otro más de los pésimos políticos que nos representan, pero ya se sabe, en Catalunya hay una extraña corriente popular que, sobre todo si la abstención consolida la indiferencia, apoya ese engendro llamado Convergència i Unió. Fíjense bien. Italia y Catalunya son de los pocos territorios del mundo que expresan su aquiescencia con la invisible burguesía dando su voto a siglas desprovistas de personalidad, lo que indudablemente indica deseo de anonimato para compartir los valores de esos cínicos que ocupan poltronas de mando y derrochan dinero a expensas del ciudadano, impunes por pútrida casta y crónico descaro de corruptela, seny y promesas.

El 28 de abril de 2004 era miércoles. Era un día maravilloso. Cumplí un cuarto de siglo, me regalaron muchas bobadas, el Albacete se mantenía en la zona templada de la clasificación, el PP había sucumbido un mes y medio antes y, per postres, estrenaba trabajo como profesor. Salí de casa con la camisa puesta y muchas ganas de dar clases. La dicha me envolvía, y cuando un hombre alcanza tal estado es difícil que se deje guiar por lo mesiánico, una de las premisas básicas de cualquier nacionalismo, donde el apremio por alcanzar la meta suele mezclarse con un providencialismo que causa estragos, y adhesiones, en tiempos de crisis. Quizá por eso no me alteré al cruzarme, a la altura de Pau Claris con la calle Valencia, con el sucesor de Jordi Pujol, el Arturito de Vilassar, el pijo engominado que ya por aquel entonces seguía a rajatabla la consigna de la barretina kennedyana por la que los futuros dirigentes del Principado, díganselo a Joan Laporta, nos venden una moto tuneada con decrépita juventud que la mercadotecnia arregla en un tres y no res. El antiguo Conseller en Cap, derrotado por Pascual Maragall y el tripartito en 2003, paseaba acompañado de dos acólitos, y la gente, que en Babilonia suele ser muy educada, ignoraba su presencia, y mientras mis ojos se distrajeron con su presencia no hubo ni lanzamiento de bragas ni gritos enfervorecidos de la concurrencia. Todos y cada uno de los transeúntes siguieron su camino, lo que demuestra que el catalán medio puede que sienta curiosidad por los famosos, pero nunca la manifiesta y menos si se trata de un representante de la cosa pública. La única agitación que producen se da en mercados y lugares estratégicos, escenarios teatrales para avivar la ilusión del vínculo entre mandamases y plebeyos.

Cuando terminé la clase salí disparado, like a Colajet. Tocaba celebrar mi efeméride en un bar de Gracia. Corrí entusiasmado y comí spaghetti con doce individuos, en plan santa cena de la borrachera. A eso de medianoche llegaron los dos hermanos Muniente. Raúl fijó su atención en una amiga italiana de nombre noble, conminándola a ir al baño para practicar sexo. La chica se rió en su cara, los demás correspondimos su carcajada, y el maño, sabio en sus tretas para escurrir el bulto, soltó con alegría aquello de ¿A que no sabéis con quien me topé esta tarde? No, no tenemos ni puñetera idea. Pues con Artur Mas. No jodas, ¿dónde estaba? En Bruc con Diagonal. Iba con un par de tipejos repugnantes, guardias pretorianos. Lo más fuerte del tema es que yo también me topé con su corbata. ¿Sí? Sí. Era una aparición mariana. Mariano Rajoy. Hombre, le falta la barba. Ya.

Al cabo de unos minutos Héctor, a quien por ésa época no lograba entender si conversábamos telefónicamente, rompió su tranquilidad y mencionó su coincidencia espacial con el líder convergente. El hecho acaeció cincuenta metros más arriba, al lado de la sede del partido en la calle Córcega. Los asistentes a la celebración brindaron exaltados. Según Google Earth entre el centro docente de mi debut académico y la sede oficial de CiU median 1.200 metros, por lo que nuestra santísima trinidad merodeó simultáneamente por una zona cercana durante un cuarto de hora, lo que aboca la conclusión de este texto hacia dos vertientes: somos animales de costumbres, ya comentamos en estas páginas cómo Gracia tiene una muralla que invita a lo sedentario, y el prócer de la terra sólo quedó grabado en nuestra retina porque es una mercancía recurrente en los medios de comunicación. Somos capaces de identificar su carcasa, pero como el interior nos repugna siempre será preferible pararse a admirar un contoneo u otra anomalía maravillosa del paisaje que sin querer ser soberana seduzca con simplicidad.

Dibuixos: Nil Bartolozzi