miércoles, 8 de junio de 2011

Diálogo con Laura Fernández en Literaturas






Diálogo con Laura Fernández, por Jordi Corominas i Julián




El tiempo pasa volando. En septiembre de 2009 quedé con Ana S. Pareja y los autores de Matar en Barcelona para promocionar el libro justo al lado de Santa María del Mar. Primero llegó un fotógrafo e hizo su trabajo a la perfección. Al cabo de unos minutos apareció una chica castaña, casi pelirroja, con una libreta. Preguntaba mucho, estaba atenta y demostraba ejercer magistralmente su profesión. Por aquel entonces ignoraba que también escribía narrativa, y hace un par de meses la jefe de prensa de Seix Barral me propuso entrevistarla porque Laura Fernández (Terrassa, 1981), ese y no otro es su nombre, publicaba Wendolin Kramer, una historia de superhéroes, supervillanos y un chucho deprimido. La leí del tirón, me divertí y lo mismo sucedió en el CCCB cuando nos encontramos, procedimos a sentarnos en una mesa apartada y dialogamos durante más de cincuenta minutos sobre todos los matices posibles que encierra su segunda novela.



Jordi Corominas i Julián: Antes me has dicho que tú eres todos los personajes. ¿Cómo surge esta extraña amalgama de yoes?



Laura Fernández: Tiro del hilo a través del personaje principal que es Wendolin, pero a través de ese hilo me van surgiendo todos los otros personajes. Si tengo que crear un periodista crearé uno como Clay Gómez que es lector de Knut Hamsun, que me gusta mucho. Darin es una tía deprimida que mira series por la noche y tiene un pez de colores que se está muriendo, y yo de pequeña tenía peces de colores. Todo son detalles míos.



Es coger varias facetas de tu personalidad y convertirlas en la parte preponderante de un personaje.




Exacto. Por eso sé cómo hablan todos, porque en el fondo todos son yo. Antes me han preguntado por los diálogos, que siempre suelen ser vistos como la parte más complicada. Para mí es lo contrario. He disfrutado haciéndolos.



Es fundamental que en una novela así haya agilidad en el diálogo, bien por ritmo, bien por su división en capítulos más bien breves.




Sí, lo que pasa es que escribo cuando puedo. Suelo llevar el ordenador encima y si tengo media hora lo saco y escribo donde esté. No hay momentos de transición porque siempre que me pongo quiero divertirme y que pase algo. En este sentido soy muy lectora de ciencia ficción, es lo que más leo, y en la ciencia ficción siempre pasan cosas. La trama es lo importante, como en Philip K. Dick, donde todo el tiempo pasa algo y todo siempre avanza hacia algo y rápido. Poca descripciones, pocas transiciones. Prefiero detalles que puedan captar hasta los niños.



Es novela pero por el mismo tema uno puede imaginarse su traslación al cómic.

Sí, pero seria un cómic muy largo. Doy mucho valor a la elipsis en general y he aprendido mucho de series de televisión al estilo de Mujeres desesperadas, que a nivel narrativo es perfecta. Cada capítulo empieza con una manía del personaje y antes de la canción hacen una especie de cortometraje de esa manía.



El conjunto no es casual. ¿Lo estructuraste mucho?




No, en absoluto. Escribo y sólo sé lo que pasa en ese capítulo. Sé cómo acabará, conozco las coordenadas básicas, pero no sé cómo las voy a resolver. Pienso en secuencias lógicas, y cuando veo que algo chirría lo borro entero, no tengo piedad con eso.



No deja de ser una técnica más bien periodística.



Sí, es como si estuviera pasando en tu cabeza. Soy muy fan de Stephen King, leí todos sus libros cuando era adolescente, y él siempre dejaba una escena en mitad de una acción, porque si la dejas acabada cuesta mucho volverte a meter. Estás tres días sin volver a escribir, vas dándole vueltas, anotas en la libreta, piensas y al final encuentras la solución, como si yo mismo leyera la historia mientras escribo, y me lo paso muy bien.



¿Te llevó mucho tiempo escribir la novela?



Un año, pero hay una versión previa que tenía más personajes. Hasta había un personaje clave que al final descarté. Hice una criba enorme porque había muchos personajes que no iban a ninguna parte y simplemente arrastraba.



A veces abarcar tanto no va bien.



No sé tiene que meter todo. Hice limpieza y estoy contenta con ella. La primera versión era demasiado atiborrada, con demasiados personajes especiales.



Hay una protagonista clara, pero el resto de personajes, pese a ser secundarios no lo son porque se cierran todas sus tramas.




Y lo hice sin darme cuenta. Sale la agente editora con éxito, el escritor que quiere la fama, la periodista que quiere la exclusiva…



Todo acaba convergiendo en el final.



Sí, todo es mentira pero sigamos viviendo.



Todos los nombres están anglosajonizados y el contexto es barcelonés. ¿Cuál es el motivo?



Quiero escribir si puedo de forma universal, y ello implica que todo es posible, lo que incluye el nombre de los personajes. Sus nombres son especiales porque sobresalen por encima de la gran masa que vive en Barcelona. Wendolin no se llama así, no se dice nunca su nombre real porque no es necesario. Andreu Martín cuenta que no podía escribir una historia con un Juan que fuera detective o vaquero, porque es un nombre que tienes asociado a tu vecino al que te vende la carne. En cambio si se llama Larry puede hacer cualquier cosa. Además tengo vocación de escritora de Ciencia ficción, me gusta el punto fantástico.



Pero Wendolin Kramer no es Ciencia ficción.



No, pero lo es porque puedo meter un perro que habla y no me da miedo.



En la novela sabemos cual es el contexto. Sucede en Barcelona, la criticas, pero no es imprescindible la ubicación, no determina la trama.



Te voy a contar un secreto.



Dispara.



Antes ocurría en un lugar inventado. Al situarla en un lugar reconocible le confiero más crueldad a la historia. Yo vivía en el piso de Francis, exactamente en el mismo lugar, y en la calle Vidrio vivía una muy buena amiga.



¿Y los bares son inventados?



El Fantástico existe. La tetería tiene el nombre inventado pero me inspiré en una cerca de la Calle Avinyó.



Y el Fantástico se transforma en el Invencible.




Pero es el Fantástico. Todo está inspirado en la realidad, lo único es que los tergiverso. Me gusta tomar un detalle y exagerarlo. Por ejemplo, la propia vida del pequeño Earl está basada en Flush de Virginia Woolf. Me parecía delirante que un perro se enamorara de su dueña y tuviera celos de otro, sobre todo con una dueña tan amorfa.



La novela respira un cierto aire de peli indie.




Y peli de los ochenta rollo Teen Wolf. Respira así porque es lo que he vivido. Los personajes son unos perdedores.



Y la gente desde un punto de vista mainstream los vería como unos frikazos.



Absolutamente. Son perdedores en su vida real, pero tienen su mundo paralelo en el que ellos son los protagonistas.



Ya que están excluidos crean una plataforma en la que tener un protagonismo.



En la que ellos son algo importante y encajan. En realidad es una novela sobre el no encajar en la sociedad. Si tú tienes la más mínima rareza ya no eres bienvenido. Wendolin es un poco Quijote. Si quiere saber cómo trabaja un detective va a la tienda y compra un cómic.






Y hasta el tipo de la tienda de cómics, Marvin, es un completo enajenado.

Cree que es Spiderman. (risas)



Y otro que tampoco está muy bien de la cabeza es Clay. La gente tiene otra imagen del periodista.



Sí, busca la super noticia, cree que puede salvar a la chica en plan Super Mario salvando a la princesa. Es un poco Peter Parker, que en realidad era un quejica a diferencia de muchos otros superhéroes.



Todos los personajes buscan el amor.



Soy una chica de los noventa y me fascinan las pelis románticas. El amor es encontrar a alguien que te comprenda en este mundo enajenado. Marvin encuentra a Wendolin, la primera chica que entra en su tienda en años, y dice que es ella, es ella, y además es pelirroja. ¡Es ella!



No tienen un contacto real con lo qué es el amor.



Exacto, ninguno de ellos. Quieren encontrar al otro que los complete y les haga sentir que no están locos.



Vayamos por partes. Hagamos un decálogo. Wendolin es veinteañera, vive con sus padres, no trabaja, habla en alemán y tiene una madre cómplice que seguramente, en plan freudiano, es una psicópata que catapulta la personalidad de la hija.



Totalmente. Es una madre cruel, porque no la escucha nunca y sólo quiere su propio beneficio, el masaje de los miércoles, y hasta le pide dinero. En el fondo Wendolin es igual porque nunca escucha a Marvin, sólo actúa para lo que le interesa. Asimismo, pese a que es mala, la madre ha beneficiado que tenga una vida más feliz porque le hace creer que todo es posible.



Está como una regadera pero es buena para su hija.




La vida como un teatro donde podemos ser superhéroes.



Y el padre es la conciencia real.



Sí, trabaja en el bar y le da pena su hija cuando la ve con el traje de superhéroe.



La otra cara de la misma moneda es Marvin.




Sí, pero ella lo ve en plan Robin, no como su chico. En cambio ella sí lo ve como su chica ideal. Es todo lo contrario de Wendolin. Sabe de la inexistencia de los superhéroes, sabe que el mundo es un lugar horrible, pero monta la tienda de cómics para imitar lo que le gustaría que existiese. Es un perdedor, agrio y huraño.



El enlace es el veterinario, que lleva a las otras conexiones, como por ejemplo Vendolin Woolfin.



El ídolo que no existe. Un dios pagano que es pura ficción, pero hay gente viviendo a través de ella. La relación de Don con Erlin es Hamsuniana, una relación contradictoria de amor que también hallamos en Pregúntale al polvo de John Fante.



Todos los personajes tienen un malestar muy fuerte con la realidad y buscan un camino que palie su soledad.




Y cuando descubren la falacia sienten alivio, porque aprenden a volar sin necesidad de ayuda externa, algo basado en la cultura que tenemos, sin religión. Todo el mundo tiene sus ídolos, personas que son como tú pero que está en algún lugar de poder y te hacen sentir menos solo.



Un espejo que te inspira. Ahora en Facebook añadieron la opción gente que te inspira, increíble. (risas)




Soy hija única y muchas veces me sentí sola, y el hecho de saber que había gente que se sentía como yo me aliviaba.



También soy hijo único, y recuerdo frikadas en plan comprar un manual de detective y notar que me miraban raro. Aquí entramos en la segunda parte de la novela, que es cuando Wendolin decide convertirse en detective de verdad creando una agencia.



Y cree que esa es la única manera de convertirse en superhéroe en la actualidad. Piensa que si monta un despacho de detectives podrá ayudar a la gente. El problema es que luego se pone nerviosa, habla en alemán y eso repele a los clientes. Sólo triunfa con Rex Nogueiro, que en vez de acudir al despacho le escribe una carta.



Me encantan los nombres. (risas)



Son muy de Superpop. (más risas)



A partir de lo del detective parodias géneros. Quedan en el bar Capitán Avena Loca y recuerda a las pelis de los cincuenta, ridiculización del género negro.



Sí. Leí todo Chandler, creí que podía ser escritora de novela negra, y es un género muy complicado, de estructura perfecta, con pistas…



Es un género a reventar.




Y lo hago en parte porque no puedo ceñirme a las normas, y me da rabia, me cuesta mucho. Soy fan de las novelas que lo han reventado como Detective en Babilonia de Brautigan o Iras celestiales de Douglas Adams.



Tiene una estructura cuadrada en un doble sentido, y se necesita aire si quieres hacer algo fuerte en este tema.



Es muy difícil que todo sea verosímil y todas las piezas encajen. Es un género matemático.



Y en el caso concreto de tu libro se nota la americanización, pero no deja de tener un aire muy español.




Sí, en lo paródico hasta es torrentiano, con humor castizo. El hombre del bar es muy castizo, pero al mismo tiempo toma un batido de fresa y va a un bar donde nadie acude porque asesinaron a alguien.



Todos los personajes son muy serios en sus propósitos. Hay algunos muy ingenuos, pero por otra parte hay roles amargos y que por su profesión serían más respetables, y estos tienen un punto ridículo del que no se dan cuenta.



Sí, quizá menos explicitado. Francis Domino se cree muy importante, a lo Bandini.



Es el típico tío del mundillo que está resentido con los demás porque no encuentra el éxito que cree merecer.



Y tiene una profesión ridícula que es escribir novelas románticas. Por eso la editora le pregunta si realmente quiere ser conocido por eso o prefiere el dinero. La gente no quiere eso, es mejor idolatrar a una mujer deprimida.



Y la misma editora, a partir de ese engaño, vive del fraude.



Y no quiere que se acabe, pero luego se da cuenta que quería a Francis, un caradura.



Tras los personajes de la parte editorial tenemos la periodística. Muestras el periodismo desde dentro. Clay es el comprometido y el luchador, mientras Liz representa lo frívolo.



En Bienvenidos a Welcome ( ndlr: primera novela de Laura Fernández) el periodismo es frivolidad, y hay mucha reflexión sobre el periodismo en plan cadena de favores donde el entrevistador hace un favor al entrevistado, que es quien decide qué es lo importante. Liz se siente el ombligo del mundo y en mi vida de periodista me he encontrado una barbaridad de personas así.



Liz se siente un motor de la sociedad.




Es a lo Mad Men, y en realidad escribe para Mi perro y yo o Nuevo Vale. Si vas a una redacción pequeña todo el mundo se siente muy importante, y eso es un defecto de muchos periodistas. Liz es ridícula.



Pero ella tiene una cosa muy de Barcelona. Los personajes están muy alienados de la realidad pero tienen mucho que ver con ella. En este sentido Liz es mucho del mundillo literario y periodístico.




Necesita el reconocimiento de los demás. Es un prototipo de periodista muy concreto.



Clay es el tipo que escribe su crónica, se lo curra, busca la perfección y quiere encontrar la noticia bomba, y es tan complicado.



Lo es. Imagínate que ahora viene un tipo y nos dice que nunca existió Virginia Woolf, y sólo lo sabes tú porque tienes la exclusiva.



Y el personaje de Vendolin Woolfin es un fraude que se puede pillar si tocas las teclas justas.



El mundo real no se da cuenta, eso es lo más chulo. Nació el mismo día que ella y en el mismo lugar, tiene títulos iguales, pero claro, nadie lee a Virginia Woolf y por eso no se descubre la trampa aunque sea muy evidente. También me gusta mucho el personaje de la bibliotecaria.



Está todo el mundo del libro metido en la novela.



La bibliotecaria es la única más cínica porque directamente dice que Vendolin Woolfin no existe.



Pero está escondida en la biblioteca y el mundo no puede entender la verdad, está encerrada en su caverna.



Sí, y vive aislada, claro, realmente por mucho que hable nadie escuchará sus verdades.

No sé si es correcto mi pensamiento, pero tu libro, sin que haya ninguna relación clara entre ellos, me recuerda un poco a Hilo musical de Miqui Otero.




Un poco por la ingenuidad, comparten espíritu naïf y sus personajes se enfrentan al mundo. Los ochenta nos han hecho más vulnerables de lo normal, y los niños de ahora no son así; todo era muy fantástico y había niños que se podían convertir en hombres lobo, gente que cazaba fantasmas y hasta podías regresar al futuro. Escribimos en plan naïf porque en realidad plasmas lo que eres, es un tú eres muy tonto. Al final todo es muy agrio.



Tanto en Hilo musical como en Wendolin Kramer se parte de lo ingenuo para atar cabos, para crear una especie de nuevo mundo.




Entender porqué no encajas en el mundo. Son blandos para la sociedad que nos ha tocado vivir. En la novela cada uno va a lo suyo excepto Wendolin que se deja llevar y se lleva la hostia del siglo. Marvin también ayuda, pero tiene dudas.






La plasmación de la ingenuidad tiene un matiz crítico que podemos relacionar con nuestra generación por cómo nos ha tratado el mundo.




Gente que quiere sentirse auténtica, pero la vida nos va dando palos y te das cuenta que eso sólo te da malestar, un poco como Kurt Cobain, sentir que hay algo que no va bien y eres tú, no es sólo el mundo.



Son representaciones que están insertadas en la realidad y quieren alejarse de ella por el mismo malestar.



Que nos viene intrínseco por algo que forma parte de nuestra cultura popular, con la que hemos crecido y de la que no tenemos culpa alguna. Nos hemos creído cosas que los niños de ahora alucinan. Queríamos ser superhéroes, teníamos una bondad tonta que en realidad nos acomuna.



Hay dos vías. La de crear el universo paralelo o la de ceñirte a un realismo muy puro.



Como hija única cuesta más hacer amigos, con lo cual creces más en la irrealidad. Siempre era la que creaba las historias y los demás me seguían.



Así hemos acabado. (risas)




Ellos eran más básicos y tú inventabas, jugábamos más con la fantasía.






Últimamente hay una cierta tendencia de literatura de superhéroes.



Algo hay, pero tampoco es tan normal. Es una tendencia más de películas, me parece que más bien está en extinción, ahora predominan los zombies. En los cuarenta surgieron los superhéroes porque la gente creía más en el espíritu de comunidad. Queríamos creer que todo el mundo merecía ser salvado y que alguien cuidaba de nosotros. Ahora en cambio la masa que se podía salvar entonces ha enfermado, es consumista y te quieres distanciar de ella. Matando bichos te reafirmas. Los otros son el cáncer que te come la personalidad. Antes había un ser especial que salvaba a todos porque éramos iguales y merecíamos la vida. Si sobreviven los superhéroes serán frágiles y con defectos, quizá porque ya no tienen sentido y son muy ingenuos para lo que se estila en nuestros días, por eso, entre otras cosas, se han cargado al Capitán América, un nacionalista empedernido.



Cuando escribiste no enfocabas la novela para ningún sector de edad concreto.

No, pero quizá me salen cosas para niños grandes, un poco a lo Vonnegut.



¿Después de esta novela tienes algún nuevo proyecto?



Sí, el estilo es idéntico pero he cambiado la forma de estructurarla. Hay capítulos más largos, pero es una novela de instituto. La idea es una mezcla entre La metamorfosis, Carrie y Grease. Empecé a escribirla en 2008 y va de una chica que se levanta una mañana y se convierte en zombie, lo que refleja muy bien esa época de la vida. Hay una amiga que la obliga a hacer algo que no quiere hacer, chupar una polla, y desde entonces se transforma en zombie. Conserva su cerebro, pero se le cae el pelo y va al instituto maquillada, huele mal…hasta que se reafirma en el baile de fin de curso.



Una línea parecida, pero si cabe más enloquecida.



Muy dura, con mucho sexo. En el instituto la gente va muy salida, los insultos son muy bestias. Es una época que ahora la vives como marciana, pues todo es muy cordial.



Y al mismo tiempo para el lector es la posibilidad de recuperar un tiempo perdido.




Verse reflejado y pensar que yo también fui una chica zombie. También sale un genio de la lámpara que concede oportunidades…



¿Si tú eres todos los personajes, todos podemos ser Wendolin Kramer?




Creo que sí, todos hemos sido alguna vez Wendolin Kramer y hemos sentido que no encajábamos en algún momento de nuestra vida, que el mundo no estaba hecho para nosotros tal y como nosotros nos habíamos creído que éramos.