sábado, 11 de junio de 2011

Matemática Beatle (y IX) en Panfleto Calidoscopio






Abbey Road y la mejor despedida posible para la Historia de la música.

Por Jordi Corominas i Julián


“Let's try to make a record like we used to. Would you come and produce like you used to? I said ´Well, I'll produce it like I used to if you'll let me´. So, Paul rounded up John, George and Ringo we started work on Abbey Road. It really was very happy, very pleasant, and it went frightfully well.”

(George Martin sobre el proceso que llevó a grabar Abbey Road)

John was definitely very odd by this point, and his involvement in all the Abbey Road sessions would be sporadic. For the most part, if we weren't working on one of his songs, he just didn't seem interested.”


(Geoff Emerick sobre la implicación de John Lennon en las sesiones de Abbey Road)

“The one side that Paul and I worked on mainly was the connected one, side two, and that had, slighlty, reluctant, contributions from John. He never liked production; he liked good old rock'n roll. So, one side was to please John, a collection of songs, and the other was to please Paul.”

(George Martin sobre la estructura de Abbey Road)

“My God, those three guys were the ones entertaining him for so long. Now I have to be the one to take the load.”

(Pensamientos de Yoko Ono tras saber que John Lennon iba a dejar The Beatles.)



La historia de The Beatles aúna en su seno elementos que la convierten en un prototipo de relato inolvidable. Unos chicos jóvenes e ilusionados por el Rock and Roll se conocen y forman una banda. Con el paso del tiempo encuentran las tuercas justas para que la máquina funcione. Trabajan duro, actúan en locales de mala muerte, crecen, viajan al extranjero, se curten, dan con un garito idóneo y finalmente un manager les ayuda en su búsqueda hacia el estrellato. Irrumpen en el panorama con fuerza, deslumbran por su look, crecen y ofrecen al mundo un inolvidable repertorio que alcanza su cenit con la madurez de su juventud que les lleva, por lógica y desgracia, a la separación para que sus egos caminen en solitario hacia otras sendas que engrandecieron la leyenda de su colaboración.

El último baile de su singladura fue Abbey Road. Tras el fracaso de las Get Back sessions nada hacía presagiar que los cuatro volvieran a reunirse para grabar un nuevo disco, pero Paul McCartney seguía llevando bien alta la bandera del sueño. Habló con George Martin, le prometió que registrarían las canciones a la vieja usanza y el productor aceptó encantado porque recibió garantías de que hasta John Lennon aprobaba la idea. El otrora líder del conjunto volaba en órbitas de desquicio y perdición clamando por ser escuchado. Era un ser a la deriva que creía, sin duda influido por su esposa, haber finiquitado una etapa que debería abrir un ciclo donde él sería el protagonista indiscutible sin que nadie le tosiera ni limitara. Quizá por eso su actitud durante Abbey Road fue sumamente negativa, como si el grupo que él mismo había creado fuera una molestia, un mero expediente a solventar para ingresar cuantiosas esterlinas y proseguir con su excesivo tren de vida de megalomanía, drogas y mucho despropósito camuflado con pretensiones vanguardistas.

Todos los componentes del cuarteto evolucionaron tras casi un decenio de intenso fervor creativo y mucha presión mediática. George Harrison, movido por espiritualidades y una creciente fe en sus capacidades compositivas, avanzaba hacia la independencia y sentía que ya no podía ser comandado por los dos monstruos que alteraron el panorama de la Historia de la música popular. Tenía muchas letras guardadas en el cajón y quería presentarlas al mundo. Asimismo, galvanizado por Eric Clapton, iba desarrollando una técnica personal en la guitarra. Su fraseo se llenaba de Slide y con él imponía rasgos propios que emergerían a lo largo de sus primeros discos en solitario, cuando llegó a ser el ex Beatle más exitoso con All Things Must Pass, triple Lp que supuso el cenit de su carrera.

Ringo, el fiel batería, atendía acontecimientos. Fue pionero en abandonar la formación, y los demás sabían de su importancia para cohesionar lo que siempre se iba pareciendo más y más a una lucha de egos muy difícil de controlar. En 1969 su labor era más sólida y en Abbey Road ofrecería, con permiso de algunas canciones de Revolver, lo mejor de su repertorio con la banda, a lo que sin duda ayudó la novedad, ya existente en América, en forma de consolas de ocho pistas que dieron a su sonido matices muy especiales.




Paul McCartney seguía siendo el mismo de siempre. De las tensiones previas aprendió varias lecciones. No podía seguir siendo el jefe absolutista de antaño, no convenía para la estabilidad que pretendía lograr con sus compañeros, siempre más proclives al método individual que emergió descarado a lo largo del White Album, cuando abandonaron la idea grupal para centrarse en fórmulas donde cada uno exprimía su talento privilegiando su terreno y usando a los demás como músicos que complementaban el mosaico sonoro. Harrison ya no era un niño, Lennon era irascible y Starr, más comprensivo, podía aceptar consejos que dieran a sus redobles más magia y efectividad en función del tema. Pese a esta comprensible tolerancia el bajista tenía las ideas muy claras, y ello se demostró desde el momento en que volvió a pisar el estudio junto a Ringo y George el 2 de julio de 1969 para retomar lo que sus primaverales discusiones habían dejado interrumpido.

Es importante recalcar que la ausencia de John por el accidente escocés durante la primera semana de trabajo propició un clima laboral idóneo donde se gestó buena parte de la estructura que enhebraría la famosa suite de la cara B de Abbey Road compuesta por You Never Give Me Your Money, Sun King, Mean Mister Mustard, Polythene Pam, She Came in Trough The Bathroom Window, Golden Slumbers, Carry That Weight y The End. En este sentido el hecho que en la jornada inicial McCartney grabara Her Majesty, que debía ir entre Mean Mister Mustard y Polythene Pam, y presentara a los demás Golden Slumbers y Carry That Weight, con Ringo acompañando de manera excepcional en las armonías vocales, indica que el músico tenía bien instaladas en su mente las ideas para crear una suite sinfónica que cerrara el álbum. Durante esas jornadas Harrison ofreció a sus socios la que en mi opinión es la canción más sobrevalorada del conjunto, Here Comes The Sun, alegre e inusual melodía que se le ocurrió después de pasar unas soleadas y anómalas horas junto a su gran amigo, hasta que le robó a su mujer, Eric Clapton. En el tema no participó Lennon, quien una vez se recuperó de sus lesiones irrumpió en el estudio con toda la fanfarria y excentricidad posibles, alquilando una cama en Harrods para que Yoko Ono, a la que se le colocó un micro cerca de la boca para que expusiera sus opiniones, reposara como una reina en medio de la vorágine, con el consiguiente disgusto de los demás.



La llegada del artífice de a Hard Day's Night, su punto álgido de dominio en la banda, enturbió la atmósfera y exhibió fricciones ciertamente innecesarias que en parte explican la división definitiva del disco en dos mitades. La cara A, de Come Together a I Want You, es la clásica colección de canciones, mientras el segundo segmento apuesta con claridad por una continuidad mediante el enlace de varios temas que configuran una unidad. La discusión sobre este punto alcanzó su culminación el 9 de julio, cuando Lennon declinó participar en Maxwell's Silver Hammer, ingenioso vaudeville de McCartney que su antiguo partner compositivo detestaba, y es probable que odiara otros temas o bien se dejara llevar por un egoísmo nada conveniente cuando trabajas en equipo, pues su presencia también es nula en Octopus's Garden, Here Comes The Sun y también, aunque aquí no podemos corroborarlo plenamente, en Golden Slumbers y Carry that Weight. La tensión entre los líderes del cuarteto alcanzó cotas ridículas, con Paul abandonando los estudios de Abbey Road entre lágrimas y John yendo a su casa para destrozar una pintura que el bajista amaba con locura, sin tampoco omitir un nada inocente golpe a la encinta Linda Eastman. Por suerte para la convivencia, estos lances fueron puntuales y durante el mes y medio de elaboración del Lp se mantuvieron las formas pese a ciertas brusquedades entre las que cabe mencionar la exclusión del bajista de las armonías de Come Together o la rabieta del guitarrista rítmico por no poder cantar Oh! Darling, canción que consideraba idónea para su estilo vocal.

Dejando de lado estos desagradables desencuentros, Abbey Road es un disco diferente donde The Beatles no buscaron lo imposible, sino más bien hallar un sonido natural, ciertamente bien producido por George Martin, que reflejara su impronta pop-rock al máximo de sus capacidades donde todos los instrumentos sonaran como tales, sin distorsiones ni rarezas vanguardistas que sólo recibieron acomodo por la destreza de Harrison con el recién adquirido sintetizador Moog. Atrás quedaron los alardes del Pepper, sacrificados por un sonido prístino donde pese a todo aún cabían efectos y una experimentación que se orientó hacia otras brillantes latitudes con un cierto tono oscuro que preludian la separación de los de Liverpool, cuestión que nadie puso sobre la mesa durante aquel intenso y prolífico verano.

Cara A: Seis gemas de cuatro monstruos


Además de lo dicho, hay otros matices que debemos abordar si queremos trazar un cuadro completo antes de entrar propiamente en materia. Si analizamos las letras de las canciones de Abbey Road, comprobaremos cómo Lennon es más bien escueto. Su grifo compositivo se había cerrado por sus devaneos con la heroína y la exageración de su imagen pública que catapultaría hasta límites grotescos en los meses posteriores, recibiendo en diciembre el título de personaje ridículo del año, lo que contrasta con la quizá excesiva exhuberancia de McCartney y la solidez de Harrison en Something, pilar de su trayecto con el conjunto que le hizo célebre. A nivel musical el disco se sostiene sobremanera en la adecuada coordinación entre el bajo, que recorre los temas con pasmosa versatilidad, la batería, más potente que en ninguno de los anteriores Lp's, y el ejemplar y polivalente fraseo, con algún que otro solo nada gratuito, de George con la guitarra. Todos estos factores convergen a la perfección en Come Together, pieza inaugural, ralentizada a sugerencia de McCartney, en la que John a ritmo de Blues da su última gran contribución lírica con un intento de composición a la Walrus a la que añade mala leche, rabia y hasta una sugerencia de suicidio, shoot me, capeada en las primeras cuatro barras por el sonoro bajo de Paul, magistral a lo largo de toda la melodía que domina con envidiable desparpajo hasta en el segundo previo a la irrupción del riff de piano eléctrico, fragmento que hasta Lennon se dignó a aplaudir al ser el perfecto intermedio entre la parte inicial y una conclusión donde la guitarra de Harrison borda su parte con destellos que anticipan la gloria de Something. Durante la primera cara del disco las canciones no están enlazadas y cada músico da rienda suelta a su propia estrella. Considerada por Frank Sinatra como la mejor composición de amor del último medio siglo, Something sintetiza en sus poco más de tres minutos lo que debe ser una sentida canción de amor que alcanza universalidad a través de las palabras que exprime, la adecuada producción sinfónica de George Martin, el subterráneo y rico bajo de Paul -criticado a posteriori por Harrison, quien intentó dirigir a su colega a lo largo de las varias sesiones que dieron luz a esta maravilla- y una contenida batería con aires nostálgicos que no encoge una guitarra que efectúa el solo de rigor cuando corresponde y puntea cuando es preciso para generar algo inolvidable.

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