miércoles, 29 de junio de 2011

Habladles de Batallas, reyes y elefantes en Sigueleyendo


Del estilo, el artefacto y la Historia

Publicado en 28 junio 2011 por sigueleyendo



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JORDI COROMINAS I JULIÁN


Dos fueron los pensamientos recurrentes mientras leía Habladles de batallas, de reyes y elefantes de Mathias Enard. El primero está relacionado con una anécdota de hace años en un bar con las paredes naranja, color que incita a beber a lo bruto, como bien hice esa misma noche. Hablaba con un amigo y nos enfrascamos en una charla surrealista sobre la vida de Vincent Van Gogh y sus múltiples desventuras. La conversación degeneró y terminamos comentando la posibilidad de una falsa muerte. Quizá el pintor no falleció y decidió adoptar la personalidad de su hermano para cimentar su éxito futuro en el mercado y triunfar para vengarse de tanta burla y desdén.

El segundo elemento que apareció una y otra vez mientras devoraba las páginas del escritor galo fue la de una visita a la Biblioteca Feltrinelli de Roma, templo del consumo a gran escala en mis años transcurridos en la Ciudad Eterna, antes del berlusconismo. Una tarde bajé al entresuelo y topé con El tormento y el éxtasis de Irving Stone. Siempre me fascinó la figura de Michelangelo, y la novela no hizo sino incrementar esa pasión que me llevó a la mayoría de lugares donde el genio florentino dejó su impronta, desde Santa Maria Sopra Minerva hasta la magnífica tumba de Lorenzo II.

Las dos ideas se asocian por lógica. Enard es michoniano, y la génesis de su última novela parte indudablemente de la influencia de su maestro, lo que se nota hasta en la cita de Kypling que constituye el punto de partida de una experiencia basada en la bestia que dominó todas las artes plásticas durante más de medio siglo. El autor de Zona parte de una efeméride recogida por Vasari y centra todo su relato en imaginar el supuesto viaje del florentino a la bárbara Estambul de 1506 para cumplir el encargo de la Sublime Puerta consistente en construir un puente que uniera el Cuerno de Oro con el barrio de Pera. Este proyecto tan ambicioso fue aceptado con anterioridad por Leonardo Da Vinci. Su diseño se conserva en el Museo de la Ciencia de Milán y fue rechazado por el Sultán, quien por lo que parece estaba dispuesto a ofrecer el oro y el moro a los más grandes artistas de su época con tal de ver cumplido su sueño.

Michelangelo no fue a Estambul, pero el siglo XXI entiende poco de verdades y prefiere imaginar ficciones, y no sólo en lo literario. Son legión los historiadores que en algún momento han usado la historia virtual, la que no existió, para lanzar osadas hipótesis. A todos, es algo comprensible en el ser humano, nos encanta elucubrar sobre el que hubiese sucedido si, es un juego que tanto sirve para nuestras propias experiencias como para los vericuetos de la musa Clío. En narrativa este tipo de argamasa goza de cierto prestigio al activar teclas filosóficas que dan al texto un aire reflexivo, excusa perfecta para inmiscuirse en eras pretéritas que de este modo pueden ser noveladas con un buen amasijo documental que justifique el esfuerzo y le confiera un mínimo de sentido.

Enard salva bien la papeleta por varios motivos. Sus vastos conocimientos sobre Oriente dan credibilidad al relato, siendo fundamental, contrapunto entre dos formas de entender la existencia, la presencia del poeta Mesihi de Prístina. Este personaje condensa en su interior las partículas hacia la ensoñación y la geografía de la capital otomana, pues sin él Buonarroti no frecuentaría tugurios de mala muerte en los barrios bajos ni caería en la andrógina tentación estética del baile y los efluvios que emanan del Bósforo.

Otro acierto que aumenta la complejidad psicológica de la trama es la fecha de los acontecimientos. La pérdida de la segunda Roma, acaecida el 29 de mayo de 1453, aún escocía en el ánimo de la cristiandad, por lo que la apuesta del artista era una auténtica afrenta a Julio II, uno de sus principales protectores, mal pagador pero henchido por la magna ambición de redecorar el Vaticano y magnificar su propio recuerdo con una tumba que finalmente recibió acomodo en San Pietro in Vincoli. La diatriba de la eterna lucha entre dos culturas se exalta a partir de detalles que más que generar incomprensión fascinan a Michelangelo, compleja personalidad que percibimos en minucias que van desde su innata curiosidad hasta su despreocupada atención a la higiene y, como es natural en este tipo de artificios, en la mezcla entre las virtudes del genio y las banales características de un hombre que siente, padece, ama y goza con las preocupaciones del día a día, si bien en el caso que nos concierne son excepcionales, por lo que el lector se dejará transportar por el mito y enfocará las páginas del volumen con otra mirada más sugerente que se incrementa con el uso del presente, treta perfecta para sumergirnos en la historia, veloz por sus capítulos cortos y el suspense de una anómala normalidad de la que intuimos el final aún desconociéndolo.

Ignoramos cómo valorará el futuro Habladles de batallas, de reyes y elefantes. Si optamos por la mala leche positiva calificaremos el intento desde una vertiente popular que puede acercar ilustres biografías a personas que sin este acicate quizá no osarían penetrar en estos universos otrora tan exclusivos por académicos. Desde una óptica más culta cabrá convenir que el fenómeno se extiende con muchas variantes. Ricardo Menéndez Salmón sería su exponente patrio con La luz es más antigua que el amor, donde la madurez del narrador reluce por su habilidad al combinar factores, roles y períodos de una larga cronología europea que encajan con naturalidad desde una intención bien diferente a la de Enard. El autor de La ofensa exhibe una complejidad narrativa que le da un toque diferencial. Su unidad parte de la diversidad, mientras su colega francés sigue los pasos de Pierre Michon a pies juntillas haciéndonos disfrutar e instalándolos en la benéfica duda de si hemos devorado un producto destinado al entretenimiento o un mero ejercicio de estilo. Que el tiempo, más sabio que todos nosotros, dicte sentencia.

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HABLADLES DE BATALLAS, DE REYES Y ELEFANTES

Mathias Enard

MONDADORI