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lunes, 29 de mayo de 2017
jueves, 5 de mayo de 2011
El maleficio de la mariposa en "Se fue al otro barrio" de Bcn Week

El maleficio de la mariposa, por Jordi Corominas i Julián
“In their eyes there's something lacking
What they need's a damn good whacking.”
(The Beatles, Piggies, The White Album)
En 1924 Benito Mussolini decidió cargarse una serie de barrios medievales romanos para abrir una recta avenida imperial que uniera visualmente el Altar de la Patria y el Coliseo. Los habitantes de la zona fueron desplazados a la periferia, donde recibieron como contrapartida pútridas casuchas sin luz ni agua corriente. Malvivir por imposición y destrucción estética.
En 1912 el arquitecto Josep Graner i Prat construyó la Casa Fajol en el número veinte de la calle Llançà, justo en las estribaciones de Montjuich. Coronó su obra con una mariposa policroma ejecutada mediante la técnica del trencadís. El insecto constituyó durante más de un siglo la puerta de entrada a un mundo mágico típico de Barcelona, dama que sabe seducir repartiendo pequeños detalles que sorprenden al viandante cuando menos se lo espera, epifanía cotidiana surgida de la nada, magia fugaz con dirección fija para deleite del espectador deseoso de repetir encuentro.
El jueves 24 de marzo de 2011 circulaba por Plaza España. La vía se alargo y comprendí que Las Arenas de la Ciudad Condal ya habían mutado para mayor gloria del capitalismo, que siempre las usó para entretener a la plebe. En 1900 nacieron para suplir a la caduca Plaza de Toros de la Barceloneta, empequeñecida por el creciente apego popular a la lidia. Las nuevas dinámicas culturales sepultaron su coso en un olvido que también sufrieron otros lugares emblemáticos de la capital catalana. El ocio se trasladó a la caja tonta y a otros espectáculos más gratos y menos sangrientos. Una época moría. Se cerraron las luces del Paralelo y el tendido que acogió tanto Miura decretó el adiós para que la Monumental enarbolara la bandera de la fiesta. Ahora el beneficio y la idiotez se juntan en un gran centro comercial que preserva la antigua estructura. El día de la inauguración la zona estaba infestada de policías que desviaban a la plebe. Ya llegaría su oportunidad de comprar y endeudarse.
Sorteé el inmenso dispositivo de seguridad, pisé el asfalto de la Gran Vía, miré hacia arriba y divisé dos torres tubulares. En ellas han instalado las oficinas de un complejo que aúna lo viejo y lo nuevo para no levantar polémica y perpetuar la falacia municipal de preservar la memoria reinventándola de manera útil. Las maldita verticalidad de despachos y ordenadores donde los empleados, y bien que hacen, matan sus horas en Facebook ocultaba la mariposa. Me enfadé, no respiré, me quedé anonadado y maldije la madre que parió al ideólogo del engendro, y eso que la pobre poca culpa tiene del desbarajuste aniquilador de su retoño, un sinvergüenza que vende eficiencia para destronar bellezas.
Las Olimpiadas de 1992 sirvieron para modernizar la urbe y darle un cariz uniforme. La gran mayoría de las plazas, fíjense cuando las pisen, tienen un suelo duro, gris, impersonal. Sólo alguna excepción de arena resiste al desastre, aliñado por los jerifaltes con innecesarios rascacielos, plazas privadas, velas hosteleras que finiquitan vistas marítimas y la represión para el residente, víctima de multas al que creen satisfacer organizando mediocres embolaos que incluyen Foros de las torturas, carnavales de compañías telefónicas con brasileños dando palmas, películas publicitarias pagadas con nuestros impuestos y múltiples tomaduras de pelo a las que, por desgracia, ya nos hemos acostumbrado. Balance de una gestión.
El maleficio de la mariposa es una pieza teatral de Federico García Lorca que estrenó en Madrid y fracasó totalmente. Su clima se ha trasladado a Barcelona y promete demolición que provoque urticaria en la piel de esos cínicos que nos gobiernan desde hace treinta y dos años. El espacio influye en nuestro comportamiento y modela un modo de afrontar las peripecias urbanas y el resto de la jornada. Si nos quitan fragmentos de deleite deberemos buscarlos en la casualidad porque ellos quieren matar lo eterno a favor del grasiento y soporífero fast food que tanto les embriaga. Velocidad consumista, atraco a la sensibilidad. Vayan por la calle y estén alerta. Sujetadores alineados, armarios desterrados que colocados sin ningún tipo de intención son una obra de arte, zapatitos infantiles colgando del hilo eléctrico, el tres en raya de la Vía Julia. Lo efímero puede ser eterno si permanece en nuestra memoria.
Jordi Hereu, Artur Trías. ¿Os gustaría que fuera a vuestro hogar y levantara un muro que imposibilitara ver más allá de vuestras ventanas? ¿Verdad que no? Tanta soberbia será castigada. El 22 de mayo hay elecciones. Ojalá os hundáis y muchos voten en blanco. Cada hora que pasa la indignación es mayor y amamos el aire magrebí con viento islandés. Aquí las dictaduras visten marketing y culminan obra pública para presumir en campañas electorales. El seny se fue al otro barrio en una fecha indeterminada. Nunca fuisteis nada, ni nunca lo seréis.
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jueves, 27 de enero de 2011
De Molinos y casitas blancas en "Se fue al otro barrio" de Bcn Week

De molinos y casitas blancas
by Jordi Corominas i Julián
La zona posterior a plaza Lesseps es una subida poco angosta que cuando era más pequeño evocaba una cierta saturación a posguerra entre residuos de cocheras y una ascensión tortuosa cargada de silencio que ha perdido su encanto mediante una de tantas reformas municipales. Su aura tenía sentido por motivos burgueses en un doble sentido residencial y erótico-festivo. La calle Bolívar acogía, aún lo hace pero está pendiente de derribo, la Casita Blanca, templo de una Barcelona secreta donde los cuernos podían flotar libres en una privacidad que no se estila. Las parejas pagaban al contado, subían a su habitación sin ser vistos por nadie y practicaban sexo con la seguridad del plácido anonimato de cuatro paredes decoradas con barroca pomposidad, como si el coito fuera una retorcida celebración iluminada por espejos en forma de corazón, camas con muelles a prueba de bombas y la discreción por bandera.
Pude visitarla una vez. Tenía veintiún años y pasaba las vacaciones en mi ciudad a la espera de volver a Roma. Puede que la influencia felliniana se dejara sentir en mi deambular por bares perdidos, solitario, a la búsqueda de compañía sin compromiso. Bebí una copa, entablé charla con una cuarentona y la pobre mujer, un poco más ebria de lo normal, me invitó a subir a un taxi. Llegamos al recinto y una especie de mayordomo nos recibió. Podíamos pagar por horas o toda la noche. Elegimos la primera opción. Mis recuerdos de esa jornada están más que desdibujados, pero mi memoria conserva la impronta del ascensor y unos ceniceros sagrados. Era menester el cigarrillo postpolvo, una tradición que siempre será más antigua porque las futuras generaciones no navegarán en la cinefilia de nicotina entre sábanas blancas, y puede que las actuales tampoco ahora que el gobierno prohíbe el vicio en los bares. ¿Qué será de España sin tanto humo agitado? ¿Qué haremos con el paquete rubio? ¿Quién se quejará de lo infame del Ducados, con pelos en los lados?
Propongo soluciones optimistas. Una manera de ligar consistía en ofrecer un pitillo o pedir fuego para romper el hielo. En invierno pasaremos frío, si bien, analícenlo, puede que ganemos intimidad. Las bajas temperaturas permitirán un acercamiento más directo y quizá las almas solitarias sean más directas en el abordaje. Es una posibilidad que nuestros amigos del Ayuntamiento desmentirán. El meublé se convertirá en un verde solar para que jueguen los niños, ajenos a orgasmos, gemidos y prolegómenos que retumbarán en la esencia del sitio. A los adultos, sigo con la campaña made in BCN, nos quedará el Molino con sus plumas y vedettes, imagen carpetovetónica que algún listillo ha resucitado con la ilusión de dar energía al moribundo Paralelo. A principios del Novecientos esta arteria condal era la París del sur. Sus bares constituían un inolvidable fermento anarquista y los espectáculos animaban a la concurrencia, ansiosa por ver gozosas hembras desnudándose al son de la música. Su decadencia acaeció cuando los medios de comunicación modernos suplantaron el directo por la efectividad de lo instantáneo, idea fortalecida con la red, donde es muy sencillo ver pechugas, muslos y traseros apretando un botón para masturbarse o propiciar una excitación previa a la unión de la carne.
Dicen las crónicas que la Casita Blanca y el Molino eran hermanos de sangre en una época donde convenía, quién nos ha visto y quién nos ve, lavar los trapos sucios en casa desde lo políticamente correcto. Ahora, con el exhibicionismo copando un panorama hipócrita con tintes conservadores, su simbolismo cambia de tercio. Las casas de citas se han atomizado y los espectáculos son de otra pasta reacia al ocultamiento porque supuestamente nos hemos liberado del fardo que exigía decencia. No se equivoquen. El ser humano viste los mismos ropajes de antaño, y siempre, porque es parte de nuestra naturaleza, serán necesarios locales donde saciar nuestros instintos más elementales. La diferencia es que ahora el secretismo de lo disperso queda mejor. Pasear sin reconocer, caminar con la certeza de no topar con edificios reconocibles del pecado. Nacemos porque nuestros padres fornican. La muerte del emblema de la infidelidad, o una simple cana al aire, me llena de una infinita tristeza agravada por no poder mantener la tradición hispana del cigarrillo mientras dialogo de cualquier bobada con mis amigos con los que no iré, téngalo claro señor Hereu, al music-hall porque la vida ya me proporciona suficientes anécdotas para seguir hacia delante por mucho que ustedes quieran impregnarnos de un aire neutro que apesta.
Ilustración: Nil Bartolozzi
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lunes, 20 de diciembre de 2010
Los urinarios, BCN y la crisis
En 1900 Jean Sauvage, alemán pese a sus apellidos, visitó la Exposición Universal de París. La ciudad de la luz era la reina del mundo. Sin embargo, nuestro cronista se fijó en un detalle muy particular: "Me llamaron la atención los numerosos urinoires que hay por todas partes, colocados con gran falta de recato. También hay montones de cabinets d'aisance (lavabos públicos): cerca del Palais Royal hay un edificio atravesado por un largo pasaje con un gran número de ellos, y se usan con asiduidad. Los urinoires de los bulevares suelen estar ubicados alrededor de las columnas publicitarias,que, entre otras cosas, anuncian: l'extrait de la viande, liebig indispensable dans toute bonne cuisine o Bec Auer, o Tendeur pour pantalons."
Fragmento de Philipp Blom, Años de vértigo. Cultura y cambio en Occidente 1900-1914, Barcelona, Anagrama, 2010
Hacía ya mucho tiempo que no escribía una entrada del blog sobre problemas municipales, pero hay cosas que no se pueden tolerar. Vivo en Barcelona, donde el civismo es una bandera enarbolada por el Ayuntamiento para recaudar dinero a costa del ciudadano. Ya saben. Todo para defenderlo sin defenderlo. En julio de 2010 fui multado a las tres de la mañana mientras me disponía a realizar mis necesidades. Todos los bares habían cerrado y la inexistencia de urinarios me empujó a buscar una cloaca para no ensuciar la calle. De repente, un señor sacó una placa y me la empotró en la cara. Debió resultarle una experiencia fascinante, el poder de la insignia para multar a un pobre desgraciado que no tiene más recursos porque el Municipio ignora la lógica más elemental en pos de ingresar beneficios. Pasaron los meses y llegó la sorpresa en forma de doble multa. La primera era obvia, la segunda una invención: "beber en la calle". Me quedé anonadado y patidifuso, aunque no tanto cómo puede parecer porque el agente, que me amenazó con multarme por ir indocumentado cuando le enseñé mi DNI, tenía ganas de gresca.
Vayamos por partes. Me indigna que se saquen de la manga una sanción, como me indigna que nadie lea mi recurso y encima ignoren mi auténtico nombre por afán catalanizador. En noviembre me llegó el segundo aviso. Lo encontré en mi buzón cuando lo normal es que te hagan firmar el acuse de recibo. La carta era escueta y no daba opción de réplica. Fantástico, como lo es ésta patraña de invalidar el espacio público y no prestar la mínima asistencia para hechos elementales del día a día de cada ser humano. No hay urinarios porque no conviene, cómo tampoco quieren tu autógrafo porque así anulan cualquier posibilidad de defensa.
Quizá deberían pensar menos en imposibles reelecciones, la credibilidad de un señor como Hereu es nula, y apostar más por la tan cacareada cercanía y construir argumentos válidos que subsanen el odio que van generando a base de patrañas. Sabemos que adoran la publicidad, tanto que Barcelona ahora es BCN. ¿Por qué no imitan a los franceses del Novecientos? ¿Por qué no edifican una Urbe destinada al bienestar y no al rédito directo?
El concepto de carcasa es propio de nuestra época. Mientras la imagen sea positiva poco importará el interior.
foto:JCJ
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