miércoles, 12 de septiembre de 2012

Miércoles 12: El retorno en el Laberint de Wonderland




Tras la pausa veraniega hoy vuelve a Rne4 el Laberint, y lo hace con fuerzas renovadas. Para inaugurar el año abordaremos el tema del retorno desde varios puntos de vista.


1.- Odiseo y la invención del género

2.- El retorno del hijo pródigo en las artes

3.- Retorno a Brideshead de Evelyn Waugh

4.- La tregua de Primo Levi









Cada miércoles a partir de las 15h

Radio Nacional- Rne4

100.8 fm Barcelona

En directo:Rne4

martes, 11 de septiembre de 2012

Entrevista en el Blog Sake Literario






CONVERSACIONES LITERARIAS CON JORDI COROMINAS

Después de conversar con Jordi Corominas uno se siente inspirado por sus principios, palabras, proyectos y su forma de ser multidisciplinar. Caemos en la certeza de que creer en nosotros mismos y hacer lo que sentimos en cada momento es una de las llaves para abrir la puerta del éxito y salir ante los demás por la puerta grande. Este joven barcelonés, además de ser poeta y escritor, es también crítico literario y se he hecho un hueco en RNE4 con una sección radiofónica dedicada a la literatura. No hay ninguna duda de que estamos ante un creador con un futuro brillante y un presente lleno de abundancia creativa.

Su práctica de la palabra es inspiradora, creativa, renovadora y muy descubridora. Su mayor inspiración lo recibe en sus paseos; como testigo de ello uno puede leer Paseos simultáneos (Vitruvio). En esta partida de pingpong verbal hablamos de diferentes temas, de entre los cuales su proyecto personal, que dirige desde el 2009: Loopoesía. Una perfomance constante donde recoge los elementos que nos rodean con la intención de innovar, mezclando poesía, imágenes, audiovisuales, escenografía y actuación. Un proyecto donde sufre y se divierte a partes iguales y que va llenándose de novedades con vistas al año venidero.

Actúa bajo la creencia de que es imposible estar parado mentalmente y reconoce que el mundo literario debe mirar más allá de su ombligo para poder trascender más allá del diminuto mundo donde existe.

Jordi muestra un compromiso intelectual con la renovación literaria, lo cual se nota en sus arriesgadas apuestas literarias. Él también tiene miedos, lo reconoce, pero siempre acaba soltándolos y se atreve a experimentar.

José García es su último trabajo arriesgado; la calle y la mente se funden, dos paisajes que nos permiten dar los paseos que nos inspiran. La estructura de la novela es novedosa, rompe con lo que estamos acostumbrados, lo que exige al lector un grado de compromiso con la historia para poder entenderla. Una novela imprescindible para aquellos que quieran conocer una nueva forma de escritura innovadora. Una novela donde lo oscuro sobrevuela la vida de los personajes, donde la muerte es como un pájaro que vuela por encima y mata al lugar donde decide reposar sus alas.

Para mí ha sido una conversación inspiradora, lo cual me motiva a seguir en este camino, me hace sentir la esperanza de cumplir los sueños, porque el autor inspira presencia como escritor, respeto como poeta y encanto como persona.

Podéis disfrutar de sus poemarios, de su última novela y de sus publicaciones en medios de entre los que destacan Revista de Letras, Literaturas.com, Sigueleyendo, Culturamas, Serra d’Or, Quimera y Benzina, entre tantos otros. Yo me quedo a la espera de que en 2013 nos visite en Palma con Loopoesía, será un verdadero placer.

P: Para presentar la entrevista y poder poner un adjetivo al entrevistado, yo escogería la palabra “transmisor”, aunque he leído de ti que eres un humanista. ¿Con qué palabra se identifica Jordi y con cuál de las que le etiquetan a veces no se siente nada cómodo?

R: Lo de humanista será por mi licenciatura, aunque podríamos verlo desde la perspectiva de una persona que intenta ser multidisciplinar hasta cierto punto. La parte transmisora me viene, supongo, porque tanto en Loopoesía como en la radio me gusta que mis propuestas pasen del oído al cerebro, que no se pierdan por el camino como ocurre con la infinita cantidad de productos culturales fast-food que invaden el mercado, una tendencia horrible a la que no debemos acostumbrarnos. No me identifico con ninguna palabra en concreto, me gustan demasiadas. Al fin y al cabo siempre soy Jordi, esa está bien.

Tu novela José García ha sido una lectura intensa, que me ha exigido tener una actitud de máxima atención para asimilar la historia, vivirla y recorrer a la misma velocidad que tienen los sucesos en esta novela. ¿Esa velocidad acelerada es la que tuviste a la hora de escribir, es una forma de atrapar al lector o es un fiel reflejo de la relación que has tenido con los “Joses” a la hora de escribir sobre ellos?

Ambas cosas. José García abarca un año discontinuo de escritura en el cual cambié repetidas veces la estructura de la novela. Cada parte nació con determinados grados de separación que luego se unieron mediante la geografía del barrio y las relaciones casuales y no tanto entre los personajes que pueblan la trama. Este método de escribir –recuerdo que a lo largo de ese período nació el poemario Paseos simultáneos, que para mí fue una especie de antes y después– comportó una escritura rápida, que asimismo surgió porque con las frases cortas creí reflejar mejor la intensidad interna y externa de los personajes. La calle y la mente tienen la misma importancia en la novela. Puede que la forma de escribir el libro fuera un intento por reflejar su importancia, su fusión; al fin y al cabo no dejan de ser dos paisajes.




¿Qué crees que viene antes, el estado emocional o un tipo de lectura o viceversa? Es decir: ¿según como nos sintamos consumimos un tipo de literatura o es la literatura quién nos debe hacer sentir de la manera que buscamos…?

Esa es una pregunta psicológica. No sé si el estado de ánimo determina lecturas concretas; con toda probabilidad así es. Esto se puede ver a partir de una cronología de libros leídos, que tanto puede obedecer a un interés concreto por determinadas temáticas o bien a cómo se encuentre uno durante ese período de tiempo. Lo curioso es que mientras leía la pregunta tenía más claro que la literatura, en una de sus misiones, debería propiciar emociones capaces de alterarnos el ánimo, tiene demasiadas piezas buenas, eso sí, muy difíciles de encajar en el engranaje.

Tal y como está el mundo que nos rodea, cada vez nos sentimos más vulnerables ante todo lo que ocurre; en esa vulnerabilidad a veces crecen nuestros compromisos con el entorno con la intención de mejorar: compromiso medioambiental, para que la madre naturaleza estire su existencia; el compromiso social, para defender nuestros derechos como trabajadores, como personas en diferentes roles sociales… pero ¿no crees que falta un compromiso intelectual?, y ¿cómo crees que los que llegáis a la gente con vuestras palabras podéis motivar ese compromiso?

Estoy de acuerdo en lo de la ausencia de compromiso intelectual, bien detectable en el sector de la literatura. No detecto un compromiso, por textos o actitud pública, en escritores españoles. Hay novelas sociales que quizá sí demuestren un interés genuino por la sociedad que comporta una crítica, directa o indirecta, pero en la vertiente de apoyar o expresar con textos un pensamiento crítico no percibo ningún tipo de afán de protesta, sólo pataletas de Facebook y poemas oportunistas bastante lamentables.
Por otra parte lo que más desespera es pensar que esto se ha logrado –ya han aparecido artículos sobre el tema– por una voluntad del sistema de anular la figura del intelectual, considerada inútil tras la caída del Muro de Berlín. Por otra parte a veces siento que el mundo literario es demasiado pequeño y se mira demasiado al ombligo como para trascender más allá.




Siempre he pensado que además de ese grito que escuchas de la ciudad de Barcelona para que sea una y otra vez descrita, que en ti hay una parte que se siente atraído hacia lo oscuro, lo trágico y lo doloroso. ¿Es simplemente una percepción de un lector tuyo o hay algo de verdad en esa suposición?

Podría ser, pero a veces pienso que mi interés por la crónica negra viene por cómo percibí la estructura y desarrollo de ese tipo de noticias en la prensa. Me atraía darle un enfoque diferente y más humano, de periodista-escritor que piensa en el antes del crimen para entender cómo eran asesino y víctima, una segunda fase desenlace y una tercera conclusiva, con el juicio y el veredicto. Por otra parte en José García hay un flirteo intenso con la muerte, que sobrevuela la trama en todo momento y es una especie de personaje principal oculto.

Creo que en alguna ocasión he recordado que en mis principios me sentía incapaz de escribir sobre la muerte, y ahora estoy enfrascado en un poemario donde está muy presente, aunque en sentido histórico, para hablar del olvido. No suelo representarla, salvo en un fragmento muy bestia de la novela; es más eso: un espíritu que acompaña las palabras.

Los paseos son una de tus mayores fuentes de inspiración. Me pregunto si es indiferente el escenario de tus pasos y si tienes algún paseo pendiente con alguien, que vaya acompañado con una conversación inspiradora. ¿Cuándo paseas, te gusta que te hablen los elementos del escenario que recorres o los humanos que te acompañan?

Prefiero caminar solo, ir sin cascos y combinar lo que antes decía de fundir mente y calle. Me paso horas paseando y me sorprendo cada dos por tres con personas, objetos, ruidos o conjunciones de mis imágenes sugeridas por lo que veo. Con algunas amistades sí me gusta pasear e ir charlando, pero es porque compartimos curiosidad por lo que nos rodea mientras estamos de cháchara y avanzamos. Lo bonito de esas caminatas al alimón es que se genera un partido de pingpong verbal. El socio de correrías debe conocer anécdotas, preguntarse detalles y no tener ninguna prisa para dialogar sobre todo aquello que vemos. En la novela hay un guiño homenaje a este tipo de seres con la estatua del Señor Rovira de Gràcia, porque está en un banco sentado como si esperara la llegada de ese tipo de amigo.




Tu compromiso con una renovación literaria se siente en tu modo de escribir, siempre parece que te arriesgas, es que uno llega a pensar que “Jordi no tiene miedos”.

Miedos tiene todo el mundo. Una vez me pasó algo muy extraño que tiene sentido contar aquí. Tras escribir la parte dedicada a Caterina Jaén –la principal protagonista femenina de la novela– y recorrer mil veces sus pasos para captar detalles que contenían los símbolos que quería para el texto, me fui de viaje y enfermé. En realidad fue una tontería de fiebre en Roma, pero después pasé como tres meses en los que no me sentía capaz de escribir como antes, Caterina me agotó y me dediqué durante un período a escribir notas desordenadas en una libreta con ideas, charlas, objetos o metáforas que se me ocurrían en la calle, en bares o en casa. Esos apuntes parecían no tener ningún tipo de sentido hasta que en otro viaje descubrí que eran la nueva forma en la que deseaba retratar la realidad, porque el tipo de escritura de Caterina se había cargado un límite y el cuerpo me pedía catar otro, que dio como resultado Paseos Simultáneos, que me parece lo más arriesgado que he escrito.
Luego hay otras cosas, claro. Me aburre lo monolítico, sobre todo si es en artes paralizadas con muchas posibilidades, no aprovechadas, de quebrar esa rutina de la costumbre. Me siento mucho más libre de experimentar y soltarme con la poesía, por lo dicho y porque creo que tenemos muchos elementos a nuestra disposición para dejar de aburrirnos e innovar un poco. En Loopoesía la mezcla de poesía, imágenes, audiovisuales, escenografía y actuación quiere acercar el verso al público a través de lo multidisciplinar, que no me parece en absoluto moderno, porque los medios usados existen desde hace siglos, más bien un aprovechamiento de recursos para lo que uno desea hacer y transmitir.
Toda experimentación o proceso debe ser lento, con manía artesanal.

Hay un sentido generalizado entre la gente de que la literatura (y todos sus componentes) son aburridos, hemos entrado en una pereza intelectual globalizada, parece. ¿Cómo te motivas tú cuando la pereza entra en ti?

No me suele dar pereza, me gusta mucho llenar mi tiempo a todas horas y, en caso de entrarme, suelo ser optimista porque siempre hago algo, me parece imposible estar parado mentalmente.

Loopoesía ha ido avanzando y hemos disfrutado de los momentos de teclas armoniosas, poesía reivindicativa y rostros sin expresión, etc. ¿Qué podemos esperar para Loopoesía 2013?

Loopoesía tiene una estructura muy definida que me permite jugar dentro y evolucionar. El poemario es la parte que coordina las demás y les da forma, porque sin el texto no existe el conjunto. Para 2013 tengo muy avanzado el poemario y ya tengo estructurados sus elementos, en realidad desde este año dedico mi vertiente poética a pensar en el proyecto y a reposarme de escribir versos durante muchos meses, porque sé que luego lo pensado saldrá en la suite loopoética. La de 2013 tiene el riesgo, que para mí es un reto con el que sufro y me divierto a partes iguales, de ser más extensa, de unos 600 versos, lo que implica una mayor dificultad, y ya me imagino una elaboración más compleja, en la mezcla musical, el montaje de los audiovisuales, los objetos del escenario y la mezcla de recitar e interpretar el poemario en el escenario. Todo parte del texto y por eso es lo que más esfuerzo genera, es el pilar del proyecto, y desde 2012 lo edita a las mil maravillas Versos&Reversos. El poemario de 2013 se titulará Los lotófagos.




Después de leer el libro me pregunté sobre el autor: ¿cuál será su creencia sobre el destino, sobre la simultaneidad y las casualidades de la vida?

Suelo creer que las casualidades no existen, frase falaz porque la pronunciamos tras una serie de hechos conectados entre sí a los que denominamos con esa palabra. El número de personas que conozcas influye en eso, es lógico, como también lo es el hecho de pensar en nuestra insignificancia a través del giro constante del mundo y las infinitas historias que acaecen al mismo tiempo. Del destino no tengo ni idea, sólo sé que todos solemos preguntar qué nos deparará, y de mientras no está de más pasárselo bien, escribir, leer, comer y todas las cosas buenas que tiene la vida.

lunes, 10 de septiembre de 2012

De Rusia a América en Sigueleyendo






De Rusia a América, por Jordi Corominas i Julián

En verano soy un viajero pendular, quizá siempre lo he sido. La diferencia estriba es que en época de canícula mis desplazamientos son relativamente placenteros en el tren, que siempre va peor por culpa de los recortes, pero que no deja de tener el encanto de la Humanidad concentrada en lo minúsculo, desde los niños que cantan de manera robótica canciones de campamento hasta los ancianos que protestan por cualquier tontería y permanecen ajenos al paisaje de la periferia.

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Del pueblo a Barcelona hay cincuenta minutos que son cuarenta y pico kilómetros muy útiles para devorar libros. Además, este verano me ha dado por obras dedicadas al viaje. La culpa, todo hay que decirlo, la tiene Anthony Beevor con su magnífico ensayo sobre la caída de Berlín. De las ruinas de la capital del Reich pasé a lo ruso por la conexión lógica de los triunfadores y su carácter hasta que en un momento de pausa se me encendió la lucecita y decidí preparar un breve artículo sobre dos itinerarios opuestos de dos personalidades que deberían ser más conocidas por el público español. La coincidencia de ambas mentes, Maiakovski y Chaves Nogales, radica en su infinita curiosidad por lo desconocido en un mundo que iba empequeñeciéndose pese a conservar la magia de la distancia de antaño, cuando visitar países no era cuestión de ofertas de agencias y sí una operación delicada al alcance de muy pocos.

En la segunda mitad de los años veinte Europa ya no era la de Stefan Zweig y su libre circulación sin pasaportes. La Primera Guerra Mundial y el desmembramiento del Imperio Austrohúngaro provocaron un brutal auge del proteccionismo económico y un mayor control de fronteras que dificultó aún más la tarea para los intrépidos aventureros que osaban ir más allá de la convención en forma de provincia y terruño.

En 1925 Maiakovski era poeta, publicista y recibía parabienes que le llevaron de julio a octubre a recorrer América. Su experiencia, editada en 2011 en España por Gallo Nero, está supeditada a su afiliación bolchevique. El cronista es crítico con lo estadounidense aún estando, como por otra parte era comprensible dada la dominación económica de los de las barras y estrellas, en Cuba o México, pero en ocasiones da la sensación que calla la boca para no lanzar halagos a tanto progreso y opulencia. Sin embargo, los vítores son puntuales y flotan en una vertiente estética de profunda admiración ante lo gigantesco de Nueva York y sus rascacielos. El modelo de vida capitalista es criticado por la penuria de los trabajadores en comparación con las clases privilegiadas, y siempre que puede el revolucionario saca a relucir de su chistera una anécdota, real o inventada, para dar ritmo a un texto bastante ágil donde las impresiones prevalecen sobre la teoría, y aquí la lírica es una vía de escape al control político y a la mirada de Stalin a la espera de un diagnóstico.

Si comparara a Maiakovski con García Lorca, que en Nueva York dejó de ver el cielo y se sorprendió con la locura del crack del 29, hallaría una afinidad electiva del extranjero con una capacidad exclusiva para captar epifanías. El georgiano es frío y debe acompañar su prosa de mecanismos reguladores del entusiasmo. El granadino se revoluciona y juega a hilvanar metáforas espectaculares, como la de los negros de Harlem y los gitanos de Sacromonte en su apuesta musical como método de identificación grupal. El poeta del Romancero volaba libre, sin ninguna traba expresiva y su experiencia fue impagable para desplegar unas alas vanguardistas que ya poseía en grado sumo.

Maiakovski se suicidó, o lo asesinaron, justo un año antes de la proclamación en España de la Segunda República. Por lo que sabemos no se cruzó en la Unión Soviética con Manuel Chaves Nogales, periodista que más de media centuria después de su fallecimiento se ha puesto repentinamente de moda entre la élite cultural, y la razón de tanto aprecio no es otra que la recuperación de muchos de sus escritos por parte de Libros del Asteroide, una editorial que merecería mucho más reconocimiento en el universo de las editoriales independientes.




En ocasiones no veo muertos, sólo aprecio que la revalorizada reputación de Chaves Nogales enlaza con el aire de ausencia de libertad que respiramos, y lo más chocante es que el hispalense realizó su iter europeo con destino a la tierra de los Soviets durante la dictadura de Primo de Rivera, que para algunos asuntos era muy restrictiva y para otros exhibía una cierta tolerancia que con toda probabilidad se enfocaba a generar una imagen que descartara lo absolutista.

El enviado especial del Heraldo de Madrid inició un periplo que de Madrid a Moscú le llevó por las principales capitales europeas en un instante decisivo, donde nadie fue capaz de vislumbrar la que se avecinaba. En agosto de 1928 el Viejo Mundo rebosaba optimismo. Atrás quedaba la tortura de la posguerra. El crédito fluía, París era una fiesta y Alemania marcaba la pauta en lo novedoso a través de su República de Weimar. Chaves Nogales accedió a ese falso esplendor, hundido poco después tras el jueves negro de la bolsa neoyorquina, y lo escribió para sus lectores con ojos atentos, pupilas que pese a su brillantez no escapaban de un cierto aroma hispano propio de su época al no comprender muy bien la creciente mezcla de negros y chinos en el barullo urbano. Su Occidente para los occidentales, además de denotar una estrechez de miras más que notable, es la única tacha de un volumen extraordinario, donde el reportero se preocupa por reunir un mosaico que a buen seguro creó un fuerte impacto en la opinión pública nacional, poco acostumbrada al nudismo berlinés, lo multirracial de sus cabarets o las certeras pinceladas de lo cotidiano en el Estado Comunista.

El periodista sevillano no se contenta con narrar lo vivido, sino que, como debería hacer todo profesional incluso en nuestros días, enfoca las cuestiones tratadas con un exquisito contesto que cumple su función informativa, pues de otro modo entender los varios procesos sería utópico, y no importa la ubicación de su pluma. Sea en Leningrado, Praga o Venecia sabe cómo seleccionar sus contenidos y alimentarlos con la nota justa que alterna la efeméride con lo trascendental sin apartar la belleza, que no sólo percibe en monumentos. Mientras escribo este texto imagino la velocidad de los vetustos trenes rusos y la odisea de cruzar un continente bajo la bandera de la hoz del martillo, y también recuerdo la conversación del articulista con Ramón Casanellas, el asesino de Eduardo Dato, exiliado en Moscú. Estas dos menciones no son las más importantes del volumen. Es una suerte gozar de una crónica total que tiene su valor en no imponerse barreras físicas de ningún tipo. Un País no se conoce con dos o tres ciudades, conviene pisar montañas, barrancos, plantaciones petrolíferas y conversar hasta con las piedras si es necesario. Chaves Nogales lo hace y con su testimonio da lustre a un oficio maravilloso, siempre a reivindicar, sobre todo ahora que la manipulación ya ha traspasado el horizonte y se planta en cada casa con desmedida arrogancia.




Mi aproximación a Estados Unidos y la Unión Soviética se ha centrado en los años veinte, y por lo tanto no pretende ser completa al cien por cien. Me faltan, por ejemplo, el Diario de un viaje a Rusia de Lewis Carroll, editado en 2010 por Nocturna, a buen seguro imprescindible porque el autor de Alicia en el país de las maravillas sólo salió esa vez de la Gran Bretaña, por lo que sus opiniones sobre los dominios zaristas, en el alba de su desarrollo industrial, deben ser oro puro. Lo mismo puede decirse del Diario de Rusia realizado al alimón por dos monstruos del siglo XX como John Steinbeck y Robert Capa. Ambos hombres transitaron por la contradicción de una Unión Soviética que había vencido al nazismo y que presentaba su candidatura a máxima potencia del Planeta con permiso de los Estados Unidos, pero que estaba arruinada por el esfuerzo de la guerra patriótica para derrotar a la bestia fascista. Con veinticinco millones de habitantes menos y las urbes desoladas, es normal hallar en el volumen editado por Capitan Swing, otro sello que siempre se supera en la selección de lo publicado, mucha poesía tanto visual como escrita a partir de la ruina de 1948, con Stalingrado como paradigma de una reconstrucción obligada a conservar el pasado reciente, los vestigios de la destrucción y la famosa fuente, y erigir un nuevo futuro al lado de montones de hierros oxidados que simbolizaban el esfuerzo consagrado a terminar con la amenaza hitleriana.

La idea de viajar con los libros es eterna, y 2012 nos brinda la oportunidad de hacerlo en castellano y a través de una extensa cronología que por la diversidad de sus firmas puede ocupar todo el verano. I’m back in the USSR. You don’t know how you lucky you are, boy. Back in the USSR, yeah. Anímense. No será por falta de oportunidades.

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jueves, 6 de septiembre de 2012

Lunes 10, 19 horas: Loopoesía en Fnac Triangle



Este lunes 10 Loopoesía 2012 vuelve a la carga tras el descanso veraniego. Y lo hacemos en Fnac Triangle, completando la tetralogía de visitas a sus instalaciones tras La Castellana, Callao y Diagonal Mar.

Ya estamos montando el show de 2013, pero el de este año aún tiene fuerza y así esperamos mostrarlo el lunes, día perfecto porque el martes es festivo, otra excusa más para acercarse a Plaza Catalunya.



Loopoesía en Fnac Triangle

Plaça Catalunya


Lunes 10, 19 horas

Entrada gratuita

domingo, 2 de septiembre de 2012

Miércoles 5 de septiembre, 20h 30minutos: Recital en el Bar Malverde



Vuelve septiembre, empieza el año y volvemos al lío de recitales y bichos raros. Retomamos la dinámica en el Bar Malverde, donde el miércoles cinco a partir de las 20h 30 minutos leeré algunos poemas de Oceanografías mientras Claudia Apablaza, de breve paso por Barcelona antes de irse a las Italias, recitará fragmentos de algunas de sus obras en prosa.

¡Os esperamos!

sábado, 1 de septiembre de 2012

Diálogo con Agustín Fernández Mallo en Sigueleyendo





Es miércoles y la calle me taladra con la previa barcelonesa de San Juan, con esa serie de petardos, que aumentan los ya existentes en la cotidianidad, efímeros, molestas explosiones que retumban en el asfalto y convierten el centro de la ciudad en un campo de batalla estéril, como siempre.

Cruzo la puerta giratoria del hotel y el aire acondicionado me avasalla. Tomo acomodo en un asiento de recepción. Llega la jefa de prensa, y al cabo de unos minutos aparece Agustín Fernández Mallo, sonriente y poco agobiado por el carrusel de entrevistas con motivo de la necesaria reedición de Yo siempre regreso a los pezones y al punto 7 del Tractatus y la publicación de su poemario Antibiótico. Durante breves segundos debatimos sobre si hablar en unas butacas bastante neutras o en el jardín con piscina, y este último se lleva la palma por tranquilidad y poder fumar sin paranoias de ningún tipo. El único estorbo en nuestras palabras será un nadador chino que se zambulle a lo bruto, pero esa ya es otra historia. Comentamos cuatro cosas y decidimos que el tiempo apremia. Enciendo la grabadora.


—Jordi Corominas i Julián: Casi me da por pensar que hemos retrocedido once años en el tiempo. Estamos en 2001, que es cuando sacaste el libro. ¿Cómo fueron tus inicios en esto de la literatura?

—Agustín Fernández Mallo: El primer libro que escribí fue Creta Lateral Travelling en 1998 y Yo siempre regreso a los pezones un año después. Era el momento en que crees que tienes algo que decir y aportar interesante a la literatura y sin embargo no tienes ni idea de cómo se articula eso en la medida en que se pueda sacar a la luz, a quién llamar, a quién enviarlo. Lo mandé a sitios, me dieron buenos informes, pero nadie se decidía, así que decidí publicarlo yo mismo. Lo edité con Edición personal, una de esas editoriales donde tú pagabas y ellos hacían el resto.

J.C. –Y montaste una gira.

A.F.M. —Primero lo repartí por librerías de A Coruña, Palma, Madrid y Barcelona. Eso fue jodido. Un tío que nadie conocía entrando por la puerta. La mayoría de libreros decían que no. También se lo hice llegar a críticos a través de Eduardo Moga. En definitiva, era un salto al vacío absoluto. Luego para la presentación hice algo que nadie hacía: hice al televisor y las presentaciones eran alguien que pasaba un carro con imágenes, la música y yo leyendo fragmentos. Era un chorro, información… hice ese periplo por diferentes ciudades. Tuve mucha fe para currarme eso solo, que es tiempo y dinero. Esa es la parte bonita, pero hubo partes chungas con desplantes, rechazos, soledad.

J.C. —El mundo literario era mucho más pequeño.

A.F.M. —Mucho más. Yo en Barcelona estaba muy ligado al entorno de la revista Lateral. Acogieron bien el libro.

J.C. —¿De cuántos ejemplares era la edición?

A.F.M. —Quinientos. Aún tengo algunos en casa.

J.C. —¿Y desaparecieron fácil?

A.F.M. —Sí. Vendí en las presentaciones y alguna gente me lo pedía por correo, y entonces los regalaba a la peña, sin más.

J.C. —Siempre me has hablado de Yo siempre regreso con mucho cariño.

A.F.M. —Mucho, es un libro en que se perfilan muchas cosas que hice luego, no todas, porque en verdad mi libro medular y de inflexión real es Joan Fontaine Odisea, que prefigura lo que hubo luego, pero en Yo siempre regreso identifico mi voz. Lo escribí en Mallorca y me acuerdo perfectamente de cómo me venían las ideas: en una cala, viendo una peli, yendo en coche por la isla en círculo. Escribía eso y no sabía para qué. Fue un hallazgo estético, de crecimiento estético personal, como escritor, leer un día todas esas notas azarosas, como caóticas, llenas de ideas a medio hacer y saber que eso ya era el libro. Tardé mucho tiempo en darme cuenta.






J.C. —De repente un día encontraste que tenía un orden y una lógica absoluta.

A.F.M. —Una lógica absoluta, un punto de locura poética y de investigación que me interesaba aludiendo a las cosas, con frases lógicas y muy abiertas.

J.C. —Y el detalle. Cada fragmento condensa un pequeño detalle que es una parte del todo.

A.F.M. —Por ejemplo. Ese detalle se revela, que es algo que luego he ampliado, como epifánico.



J.C. —Te gustan mucho los no lugares, como la habitación de hotel…

A.F.M. —Donde puedes ser otro o resucitar. No hay marcas, todo está borrado, es un lugar casi zen…

J.C. —Es como un juego de cajas, como lo que dices que un hombre es una isla dentro de otra isla y la habitación de hotel es una isla dentro de otra isla, como las muñecas rusas.

A.F.M. —Eso es. Le tengo cariño al libro por muchas cosas, pero también porque hay puntos de investigación muy metafísica donde se cuestionan muchos límites. Tanto sea del yo como de cosas reales, como del propio sonido, los objetos, los símbolos.

J.C. —Hay algún momento, además de la portada de Nocilla Lab con Monica Vitti, en que Yo siempre regreso me recuerda a cosas de la trilogía de Antonioni, como el final de L’eclisse, donde termina la relación y solo quedan los espacios.

A.F.M. —Pues puede ser, aunque no lo había pensado. En aquel momento de Antonioni había visto L’avventura.

J.C. —Que también recuerda al libro por la isla.

A.F.M. —Pero fíjate como son cosas en las que no había pensado, y es un motivo que volvió luego.

J.C. —Quizá simplemente coincide por lo de captar la alienación del mundo moderno a través de los objetos, que están ahí inanimados pero algo nos dicen siempre.

A.F.M. —Eso es importante, lo de la gente se va, pero los objetos quedan. No sé si es nostalgia, que también, pero es crear una ficción a través de elementos nostálgicos, porque cuando reescribes algo lo que haces es inventarlo, y es la clave de cualquier acto creativo. De lo anodino, como de las relaciones que se rompen cada día, o de este cenicero, de este barro, recrear a través de una nostalgia muy potenciada.






J.C. —¿Y la idea del monigote?

A.F.M. –Fue una visión. Estaba metido en la atmósfera del libro, como abducido por su mundo y mientras cenaba en un bar de Palma, fui al baño y al ver al monigote al fondo de la puerta lo vi como un tipo muerto, que me podía contar cosas, nada psicodélico, simplemente me dijo algo, me dio una idea que en este caso fue que ese monigote abrió un foco de visión brutal para ir a otro lugar.

J.C. —Una especie de mensajero…

A.F.M. —Sí. La primera vez que aparece el monigote la frase es “El monigote al verlo me anunció su estado: muerto.”. Lo percibía así, pero al mismo tiempo podía hablar. Visto en perspectiva me parece importante eso de que un muerto te hable, pero no es la persona querida, solo un objeto ligado a un lugar de consumo. La metafísica, por decirlo de alguna manera, está en todo, está en el ojo que mira.

J.C. —Todo puede ser epifánico.

A.F.M. —Y el concepto que de repente un muerto habla al yo poético. Y además es un muerto que asume que no puede resucitar y el otro del libro quiere hacerlo y va hacia la luz. Empezó así y tomó una potencialidad que no esperaba.

J.C. —Porque a partir de esos apuntes diseminados y otros links le viste una coherencia.

A.F.M. —Aún conservo esas notas, si las vieras comprobarías que la mayoría de ellas ya estaban estructuradas. En algunos casos modifiqué pequeñas cosas, pero la mayoría las escribí del tirón. Lo que sí que está es muy barajado, cosa que no hice nunca en las Nocillas.

J.C. —¿Cómo si fuera lo de Marc Saporta y su Composición n1?

A.F.M. —Podría ser, pero no quería eso, las hojas están pegadas por algo.

J.C. —Y es lo que dice Moga en el prólogo, que la fragmentación al final, con el monólogo del monigote, se rompe totalmente, con lo que hay una intencionalidad clara.

A.F.M. –No es que en ese momento la fragmentación adquiera sentido, pero sí que hay algo que pretende unir el conjunto. Y termina con el eco blanco. Que casi te lo puedes imaginar como una proyección mental.

J.C. – En Yo siempre regreso se percibe la evolución futura. Arriesgas, pero menos que a posteriori, cobras confianza en las Nocillas y otros textos.

A.F.M. –Siempre se tantea, pero en ese primer momento todavía más. En 1999 no se hacían en España este tipo de cosas, me sentía en una especie de vacío. Ese tanteo que se percibe en el libro lo veo muy natural.






J.C. –Hoy buscando cosas por Internet me ha hecho mucha gracia, y lo relaciono con lo que hablamos, ver que muchas librerías catalogan el libro en narrativa. Aún genera confusión, y sorprende porque tú siempre has dicho muy claro que es poesía.

A.F.M. –Siempre tuve muy claro que era una colección de poemas en prosa. Y en las biografías así aparece.

J.C. –Y pese al transcurso de los años puede que el libro siga siendo innovador, y en parte es porque en la poesía española todavía hay muchos adeptos a la línea que criticabas en Postpoesía.

A.F.M. –Evidentemente, pero por suerte se ha abierto mucho el campo.

Los vaivenes de la charla provocan que Agustín sienta necesario enseñarme su nuevo poemario, Antibiótico. La jefa de prensa, advertida ante el peligro del monigote, sube a buscarlo.

J.C. – Ahora mismo la gente aprecia que se exponga la poesía desde un punto de vista diferente, pero aún así les cuesta mucho aceptar ese cambio, es un proceso largo el de cambiar la percepción de la gente, y no hablo sólo desde lo performativo, que debe tener el texto como esencia y base.

A.F.M. –Con las primeras performances de Yo siempre regreso la gente flipaba, sobre todo los del mundo poético puro, para que nos entendamos. Pero luego hubo mucha gente, incluso poetas muy clásicos, que lo alabó, y personas en principio más progresistas se quejaban más.

J.C. –¿Las imágenes y la música bailaban al son del texto?

A.F.M. –Sí, el texto era lo más importante, pero las imágenes y la música le daban un ritmo, aportaban una atmósfera necesaria, si bien no hice el libro para hacer performances. En Antibiótico, que creo que es donde he llevado mi idea de postpoesía a un punto importante dentro de mis posibilidades, es un poema de cien páginas en verso donde quizá está todo, es muy conceptual y es la evolución natural de Joan Fontaine Odisea.

J.C. –Y siempre se tiende más, al menos en un determinado sector poético, a arriesgar, a apostar por el todo y prescindir del poema de toda la vida, de algunos versos, la pieza simple e individual, se privilegia el conjunto.

A.F.M. –Mira, ya está aquí el libro. Es probable que en un sector reducido exista esta tendencia. Con Antibiótico el proceso fue el siguiente. En diciembre de 2005, terminadas las Nocillas y sin saber si se publicarían, me fui a León a un pueblo donde sólo vivía otra persona, a la que nunca vi por otra parte. Quería ver qué ocurría yendo a un lugar tan apartado de lo urbano, en la montaña leonesa, sin cobertura móvil ni teléfono fijo. Fui solo con un ordenador y mi cámara de fotos, y para colmo nevó y me quedé incomunicado. Y ahí en veinte días me salió el poemario. Es un lugar ligado a mis lugares de infancia, y quizá por eso aparece mucho el tema de la muerte, un tema que por algún motivo, totalmente inconsciente, no abandono, pero tanto en Yo siempre regreso como en Antibiótico aparece, y vuelven a coincidir en la mención a la sociedad de consumo, la mística y la metafísica.

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J.C. –Me da la sensación que crees que cuando se te lee, el lector no capta estos aspectos.

A.F.M. –Bueno, el lector atento siempre los ha tenido en cuenta, pero sí que es verdad que mucha gente que ha leído la trilogía se ha quedado con una parte más superficial. E incluso hay gente que en los poemarios se queda en la anécdota, pero con Antibiótico o Yo siempre regreso es inevitable fijarse.

Agustín hojea el libro y se para en unos versos que transcriben un anuncio de Neutrex.

J.C. –El anuncio encaja en un juego poético muy válido que es meter las cosas cotidianas en los versos y darles una trascendencia, como si antes fuera algo prohibido.

A.F.M. –Cosa absurda, porque no se entiende cómo, hasta siendo muy clásico, puedes encomiar que Proust hiciera algo tan importante con una magdalena. ¿Por qué no puede hacerse ahora con un detergente?

J.C. –Y es curioso cómo a partir de un punto tan concreto creo que tú eres de los pocos en España que concibes tu literatura como un proyecto, como un todo estructurado.

A.F.M. –Sí, pero cuidado, que también es engañoso: puede que sea un proyecto, pero eso no implica que yo sepa hacia dónde va.




J.C. –Pero teorizas sobre él, como en Postpoesía.

A.F.M. –Esto tiene que quedar súper claro. Teorizo sobre él, pero a posteriori. Cuando escribo no estoy pensando en mis teorías, me sale solo, y luego a posteriori le veo un sentido. Si editas un libro y no estás un poco arrepentido de haberlo editado es malo. Todo libro tiene que tener esa aparente imperfección que da el riesgo, eso es importante.



J.C. –Cuándo lo terminas reflexionas sobre lo hecho.

A.F.M. –Reflexiono o comparo como ahora.

J.C. –Aquí no has reescrito nada.

A.F.M. –Cero.

J.C. –Aquí sólo ha reescrito Eduardo Moga con su prólogo.

A.F.M. –Ni me había fijado. Yo solo quité una palabra y un par de erratas, y ahora he detectado un par más, pero nada.

J.C. –¿Qué evolución crees que está tomando el panorama poético español? ¿Mirará más hacia lo transversal o seguirá anclada en una tónica clásica?

A.F.M. –Siempre existirá una poesía de toda la vida, y también habrá espacio para lo nuevo. Si sales a la calle verás edificios al estilo del siglo XIX, pero también encontrarás nuevas construcciones. La poesía está dando pasos importantes hacia una evolución y una transversalidad.

J.C. –Y tiene que dar el paso de adaptarse a su tiempo.

A.F.M. –Evidentemente, pero no siempre ocurre.

J.C. –Es una de las artes que más le cuesta dar ese salto.

A.F.M. –Y misteriosamente es así. ¿Por qué escribí las Nocillas? Porque sólo escribía poesía, que es escribir algo que nadie lee, de modo que te puedes permitir experimentar y hacer lo que te da la gana sin ninguna cortapisa, por lo que no entiendo como en poesía no se da ese ámbito de libertad mucho más que en otros lugares.

J.C. –Porque al no leerte nadie tienes una capacidad de riesgo mucho mayor.

A.F.M. –Como si hiciéramos pelis aquí con los colegas que nadie verá en un cine. El conservadurismo en la poesía es lo más antinatural, se da mucho y no lo comprendo. No entiendo eso, y me da igual si el poeta es joven o viejo. Hay gente pretendidamente conservadora, otra lo es porque inconscientemente le sale, y está bien: cada uno puede escribir lo que quiera. Pero otros se creen que transportan una llama y conservan el legado. ¿Qué legado, si tú naciste ayer? Hay que deformarlo y transformarlo.

miércoles, 29 de agosto de 2012

La Abadía de Tintern de William Wordsworth en Revista de Letras






La pérdida y la apertura: “La Abadía de Tintern”, de William Wordsworth, por Jordi Corominas i Julián | Destacados | 28.08.12


La Abadía de Tintern. William Wordsworth
Versión y edición de Gonzalo Torné
Lumen (Barcelona, 2012)



Hace unos meses visité una exposición fotográfica donde el autor rescataba el archivo de su abuelo e hilvanaba una especie de biografía sentimental que se sumergía a través de los negativos en acciones que olían a pasado imposible de recuperar, superado por el supuesto progreso y el cambio de las formas de ocio.

En una de las secciones de la muestra destacaba un panel con imágenes campestres del siglo XX. Las familias aprovechaban el fin de semana para ir de picnic, práctica que parecía eterna y gozaba de ejemplos pictóricos de gran calado. Manet equiparado con instantáneas de usar y tirar equiparadas por lo museístico y una visión concreta de la naturaleza, nada metafísica, muy funcional, de aprovechar el espacio y ser hipócrita con el canto de libertad que supone para el burgués contemporáneo la huida de lo urbano por un breve lapso de tiempo.

Y ello implica valorar el paisaje desde perspectivas que sonarían extrañas a cualquier hombre previo a la modernidad. Los pajaritos, el viento y los árboles son anécdotas del viaje, una excentricidad que para muchos es mero símbolo de la desaparición de un mundo engullido que en algún momento inició su mutación. Datarla no tiene sentido, pero la Historia sociocultural nos brinda intuiciones, y en ellas William Wordsworth (1770-1850) y su corpus poético juegan un interesante papel desde un romanticismo que muchos lectores de hoy en día no deberían desdeñar por mucho que los ambientes bucólico pastoriles no les parezcan rabiosamente modernos.

Es más que posible que Gonzalo Torné se planteara al editar La Abadía de Tintern estas problemáticas. Su selección es certera y el prólogo que la introduce una bomba de relojería que critica muchas dinámicas actuales al tiempo que ubica la labor y visión de Wordsworth desde la plena conciencia de quien entendió la Arcadia más allá de su belleza y la plasmó como una fuerza que desde su estatismo es capaz de mover pensamientos que alertan de nuestra finitud, reflexiones líricas que por otra parte hemos de relacionar directamente con la evolución de Occidente en el Ochocientos, con la industrialización en pos de destruir el eterno silencio de antaño en una noria que siempre giraba más deprisa, lo que no obstaculizaba un criticismo que el poeta capta en ligeros detalles cotidianos por los que asoma su perfil innovador.

“Así habló la naturaleza, la obra se llevó a cabo.

¡Qué deprisa se acabó la carrera de mi Lucy!

Murió, y me dejo a mí

este brezal, esta calma, este escenario silencioso;

la memoria de lo que fue

y nunca volverá a ser”.



El sentimiento de pérdida inunda toda la selección, desde la misteriosa Lucy hasta llegar al desconsuelo por la desaparición de los compañeros de viaje generacionales como sir Walter Scott, Samuel Taylor Coleridge, Charles Lamb o Felicia Hemanas. Además, la sensación de desamparo, de notar que la desaparición es la norma empapa el tejido poético con modalidades que exhiben la virtud del bardo laureado, capaz de denunciar leyes injustas en “El viejo mendigo de Cumberland”, y así abordar desde la elegancia la injusticia de tratar a un semejante como si fuera basura, y de volcarse en lo clásico con el ejemplo de Laodamia, la troyana que se suicidó después de que los dioses le concedieran un encuentro de tres horas con su marido Protesilao, primer muerto del mítico conflicto.

En cada una de las composiciones que figuran en el volumen, algo que debemos remarcar al tratarse de piezas que resumen una trayectoria bastante longeva, bebemos el trago de una desazón que parte de la edad temprana, caudal donde la ingenuidad y el asombro propiciaban una abundancia que se ha derretido por los caminos de la existencia, y así se asevera en los versos que inauguran la estupenda “Oda: insinuaciones de inmortalidad en los recuerdos de la temprana infancia”.

“Hubo un tiempo en que el prado, el huerto y los arroyos,

la tierra y cada paisaje corriente,

me parecían

ataviados de luz celestial,

con la gloria y la frescura de un sueño.

Ahora ya no sucede como en tiempos pasados;

vaya a donde vaya,

de día o de noche,

las cosas que solía ver ya no soy capaz de verlas”.

La nostalgia de Wordsworth es una mezcla entre ambición de alguien que aspiró a edificar una obra épica de dimensiones monumentales y la frustración de quien una vez pasaron los mayores fuegos vitales extravió la brújula y no supo dar con las indicaciones para proseguir por una senda que, a la postre, sirvió para esclarecer el panorama del bosque poético y proporcionar pistas a los que lo pisaron a sabiendas de transitar por una maleza que clamaba escapar de la repetición y vislumbrar el horizonte y sus aditivos con gafas adaptadas para desafiar tópicos y vencerlos. Siempre debe existir un pionero que abra la ruta y Wordsworth cumplió su papel con efectividad y sin estridencias.

lunes, 27 de agosto de 2012

Filósofo de la moral en política en El Mundo





Filósofo de la moral en política, de Jordi Corominas i Julián en El Mundo

OBITUARIOS

FRANCISCO FERNÁNDEZ-BUEY


Francisco Fernández-Buey falleció en Barcelona el pasado sábado tras una larga enfermedad. Su generación fue fundamental en la lucha contra el franquismo desde lo cultural con nombres como Carlos Barral, Jaime Gil de Biedma, Juan Marsé, Jorge Herralde, Gabriel Ferrater y un largo etcétera que recibía un complemento político y académico en su figura y sus tres grandes mentores: Manuel Sacristán, José María Valverde y Emilio Lledó, patriarcas universitarios que completaron una expansión intelectual que iba más allá de lo español y lograba europeizar unas aulas rancias y anquilosadas como el régimen falangista.

Nacido en Palencia en 1943, se trasladó a Barcelona en 1961. Como estudiante formó parte del Sindicato Democrático de Estudiantes Universitarios de Barcelona (SDEUB) y fue su representante en el encierro conocido como la capuchinada. Tras los hechos de marzo de 1966, ingresó por vez primera en la cárcel Modelo, hizo el servicio militar en el Sáhara y no fue hasta 1972 cuando pudo volver a la principal universidad de la Ciudad Condal.

Mientras tanto desarrolló una ingente labor como traductor al castellano de su amado Antonio Gramsci, Bordiga, Descartes, Touraine o Della Volpe, pensadores de izquierda hermanados con su filosofía, de marcado cariz marxista, un marxismo sin ismo, aunque con el don de saber actualizarse, como demostró en sus últimos años al defender los movimientos partidarios de una globalización alternativa.

Su retorno a las aulas como profesor fue el de un hombre incómodo para las autoridades, como todos aquellos que combinaban su actividad docente con el compromiso político, y aquí no sólo cabe mencionar su militancia hasta 1978 en el Partit Socialista Unificat de Catalunya (PSUC) y su papel como fundador de la coalición Izquierda Unida, sino su preocupación por democratizar la Universidad que plasmó en su apoyo decisivo al movimiento de los PNN, profesores no numerarios que aspiraban, entre otras cosas, a contratos docentes de tipo laboral para dignificar el trabajo del enseñante y valorarlo en su justa medida.

En esos años difíciles, este castellano viejo, amante de la lengua y reservado en su privacidad, continuó su militancia con artículos en revistas y periódicos como El viejo topo, El País, Zona abierta y Mientras tanto, textos que aunaban su afiliación política con un análisis objetivo de los temas tratados, y lo mismo percibí a finales de los 90 cuando coincidí con Fernández-Buey en la Universidad Pompeu Fabra, de la que fue catedrático en el Departamento de Humanidades desde 1993, última etapa académica tras su estancia en la Universidad de Valladolid.

Las clases de Fernández-Buey exhibían una serie de virtudes que deberían estar más presentes en nuestra sociedad. La política debe ser moral, y él lo exprimía mediante el diálogo, con una tranquilidad que era pasión y voluntad de transmitir los conceptos con serenidad, elegancia y la necesidad de unir ética con estética, fondo y forma, ideas y estilo.

Autor de obras significativas como Contribución a la crítica del marxismo cientifista (1983), La ilusión del método (1992) o Poliética (2003), la pérdida de este pensador de primera magnitud nos ofrece un legado para el futuro nada desdeñable: necesitamos mentes que integradas en la Universidad luchen para que ésta siga vigente en su papel de formador social, porque de nada sirve tener estudios sin usarlos para transformar el mundo que nos rodea y hacerlo mejor desde una perspectiva crítica basada en la razón.

Francisco Fernández-Buey, filósofo y ensayista, nació en Palencia en 1943 y murió en Barcelona el 25 de agosto de 2012.

jueves, 23 de agosto de 2012

Fernando Clemot habla de mi novela José García en Culturamas






En esta ocasión es Fernando Clemot quien habla de José García en la Revista Culturamas. Para leer sus reflexiones sobre mi novela puedes clickar aquí

martes, 21 de agosto de 2012

Entrevista a El millor de l'estiu de RNE4





Hoy participé junto a Cristina Fallarás en el Millor de l'estiu. Hablamos de todo un poco, desde John Wayne, pasando por José García hasta llegar a Loopoesía. Puedes escuchar la charla a partir del minuto 20 clickando aquí