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domingo, 3 de noviembre de 2013

Berlín secreto, de Franz Hessel



La formación desde el triángulo: Berlín secreto de Franz Hessel, por Jordi Corominas i Julián
Franz Hessel, Berlín secreto, Madrid, Errata Naturae, 2013
Epílogo de Walter Benjamin
Traducción de Eva Scheuring

La lectura de un libro tiene muchos ingredientes esenciales que marcan el destino de la relación de las páginas con quien las devora. Cuando cerré Berlín secreto empecé a ver claro. La obra me formulaba preguntas, y eso seguramente indica su vigencia tras tantas décadas trascurridas desde su publicación.
Mientras lo leía pensaba en la descripción que Chaves Nogales, al que casi me sabe mal citar porque ahora está de moda hacerlo, hizo de la capital alemana en los años veinte, que es donde sitúa la acción Franz Hessel, algo más que el padre del hombre que acuñó el término indignado en sentido posmoderno para que la prensa pudiera ahorrarse mencionar a los ciudadanos al informar de protestas y malestar. El periodista español, moderno y pacato, describía la urbe prusiana como un aquelarre donde negros y judíos recitaban en bares poco aconsejables, inequívoco signo de modernidad que él, hombre de su tiempo por muchos halagos que le brindemos, temía desde una sagaz incomprensión.

Obviamente quien vive en el lugar sabe más, y eso se percibe en la novela de Hessel, intelectual a reivindicar por su influencia en Walter Benjamin, quien cierra el volumen con revelador epílogo, con quien tradujo La recherche proustiana. En este caso percibimos en el narrador de Stettin la impronta del flaneur baudeleriano por su obsesión en centrar la trama desde un paisaje urbano que domina con una mirada inusual y una serie de personajes que sirven de excusa para adaptar literariamente un hecho personal que marcó el matrimonio de Franz y Helen y culminó con el retorno de la mujer al hogar familiar tras un leve idilio viajero con el escritor Thankmar Münchhausen.



La esposa volvió disgustada porque su marido no actuó con virulencia ante su arrebato ni se rebeló con violencia. Simplemente esperó, aceptando que esa locura pasajera desaparecería para consumar el retorno a la normalidad, y más o menos es lo que hace el profesor Clemens de Berlín secreto con su Karola, apasionada del joven Wendelin, un rico sin rumbo que ha nacido para ser amado, una especie de Terence Stamp de Teorema de Pasolini pero sin la capacidad de seducción del actor británico. Lo suyo son las incertezas que permiten a la historia progresar por una senda donde el autor nos lleva de su mano por la capital alemana en ese instante de esplendor donde la calle mostraba una cosa y penetrar en el interior de los locales otra bien distinta.

La preocupación de Wendelin, amargado por el mar de dudas que taladra su cabeza ante la inminencia de partir y la posibilidad del amor, contrasta con la desenfadada alegría de sus compañeros de aventuras, frívolos y relajados, como si con su desparpajo bohemio reflejaran la calma de un país aliviado por haber superado la hiperinflación y toda la serie de peripecias que tanto dificultaron la vida de los germánicos tras la paz de Versalles.

En 1924 el ambiente que caracterizó aquellos años disparatados ya se instalaba en determinados sectores una sociedad ávida de fiesta y excentricidad. Ahondar en la literatura que habla de esa época desde una conciencia de presente es sumergirse en la voluntad de diversión para quebrantar las normas e imponer nuevas costumbres para remarcar el cambio de época que se vislumbraba y no se llegó a completar por culpa del crack del 29 y el ascenso de los fascismos en Europa.

La juventud de Berlín secreto se parece, aunque con pose más petulante, a la parisina que Cocteau plasmó en La gran separación, donde el movimiento entre ocio, amor y conflicto configuran un coctel explosivo quizá más intenso porque, como bien dice Walter Benjamin, la historia trazada por su amigo es una partida jugada por héroes griegos vestidos con trajes modernos. Wendelin quiere a Karola porque no sabe qué atajo tomar para llegar a la meta. Su ignorancia por inexperiencia le lleva a activar palancas erróneas, como si las prisas le hicieran tropezar con obstáculos que él juzga lógicos cuando sólo son confusiones de la ruta, piedras que surgen porque el paseante no sabe conducir su propio vehículo y por eso hasta comenta con el adversario los entresijos del duelo.



Al fin y al cabo Wendelin, como el resto de caracteres del relato, es una marioneta en manos de su inventor, que sigue unas constantes propias del período, bastante obsesionado en centrar la acción en una sola jornada, condensación de la existencia en veinticuatro horas para así mostrar como la aceleración de la modernidad propiciaba resoluciones histéricas, desde Veinticuatro horas en la vida de una mujer de Stefan Zweig hasta el celebérrimo, y seguramente poco leído, Ulises de James Joyce. El protagonista gozará de estos segundos del reloj para dilucidar su destino en medio de una numerosa compañía de almas solitarias que sucumben al bullicio de la gran ciudad donde el anonimato hace que la idea de integración suene más asequible cuando en realidad las circunstancias impulsan redes individuales de desconsuelo.


Wendelin en su bildungsroman de millonario esperara su oportunidad. Las cartas siempre se reciben al final y el amor, tan importante para todos, suele apuntar más allá de flechazos. 

lunes, 10 de septiembre de 2012

De Rusia a América en Sigueleyendo






De Rusia a América, por Jordi Corominas i Julián

En verano soy un viajero pendular, quizá siempre lo he sido. La diferencia estriba es que en época de canícula mis desplazamientos son relativamente placenteros en el tren, que siempre va peor por culpa de los recortes, pero que no deja de tener el encanto de la Humanidad concentrada en lo minúsculo, desde los niños que cantan de manera robótica canciones de campamento hasta los ancianos que protestan por cualquier tontería y permanecen ajenos al paisaje de la periferia.

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Del pueblo a Barcelona hay cincuenta minutos que son cuarenta y pico kilómetros muy útiles para devorar libros. Además, este verano me ha dado por obras dedicadas al viaje. La culpa, todo hay que decirlo, la tiene Anthony Beevor con su magnífico ensayo sobre la caída de Berlín. De las ruinas de la capital del Reich pasé a lo ruso por la conexión lógica de los triunfadores y su carácter hasta que en un momento de pausa se me encendió la lucecita y decidí preparar un breve artículo sobre dos itinerarios opuestos de dos personalidades que deberían ser más conocidas por el público español. La coincidencia de ambas mentes, Maiakovski y Chaves Nogales, radica en su infinita curiosidad por lo desconocido en un mundo que iba empequeñeciéndose pese a conservar la magia de la distancia de antaño, cuando visitar países no era cuestión de ofertas de agencias y sí una operación delicada al alcance de muy pocos.

En la segunda mitad de los años veinte Europa ya no era la de Stefan Zweig y su libre circulación sin pasaportes. La Primera Guerra Mundial y el desmembramiento del Imperio Austrohúngaro provocaron un brutal auge del proteccionismo económico y un mayor control de fronteras que dificultó aún más la tarea para los intrépidos aventureros que osaban ir más allá de la convención en forma de provincia y terruño.

En 1925 Maiakovski era poeta, publicista y recibía parabienes que le llevaron de julio a octubre a recorrer América. Su experiencia, editada en 2011 en España por Gallo Nero, está supeditada a su afiliación bolchevique. El cronista es crítico con lo estadounidense aún estando, como por otra parte era comprensible dada la dominación económica de los de las barras y estrellas, en Cuba o México, pero en ocasiones da la sensación que calla la boca para no lanzar halagos a tanto progreso y opulencia. Sin embargo, los vítores son puntuales y flotan en una vertiente estética de profunda admiración ante lo gigantesco de Nueva York y sus rascacielos. El modelo de vida capitalista es criticado por la penuria de los trabajadores en comparación con las clases privilegiadas, y siempre que puede el revolucionario saca a relucir de su chistera una anécdota, real o inventada, para dar ritmo a un texto bastante ágil donde las impresiones prevalecen sobre la teoría, y aquí la lírica es una vía de escape al control político y a la mirada de Stalin a la espera de un diagnóstico.

Si comparara a Maiakovski con García Lorca, que en Nueva York dejó de ver el cielo y se sorprendió con la locura del crack del 29, hallaría una afinidad electiva del extranjero con una capacidad exclusiva para captar epifanías. El georgiano es frío y debe acompañar su prosa de mecanismos reguladores del entusiasmo. El granadino se revoluciona y juega a hilvanar metáforas espectaculares, como la de los negros de Harlem y los gitanos de Sacromonte en su apuesta musical como método de identificación grupal. El poeta del Romancero volaba libre, sin ninguna traba expresiva y su experiencia fue impagable para desplegar unas alas vanguardistas que ya poseía en grado sumo.

Maiakovski se suicidó, o lo asesinaron, justo un año antes de la proclamación en España de la Segunda República. Por lo que sabemos no se cruzó en la Unión Soviética con Manuel Chaves Nogales, periodista que más de media centuria después de su fallecimiento se ha puesto repentinamente de moda entre la élite cultural, y la razón de tanto aprecio no es otra que la recuperación de muchos de sus escritos por parte de Libros del Asteroide, una editorial que merecería mucho más reconocimiento en el universo de las editoriales independientes.




En ocasiones no veo muertos, sólo aprecio que la revalorizada reputación de Chaves Nogales enlaza con el aire de ausencia de libertad que respiramos, y lo más chocante es que el hispalense realizó su iter europeo con destino a la tierra de los Soviets durante la dictadura de Primo de Rivera, que para algunos asuntos era muy restrictiva y para otros exhibía una cierta tolerancia que con toda probabilidad se enfocaba a generar una imagen que descartara lo absolutista.

El enviado especial del Heraldo de Madrid inició un periplo que de Madrid a Moscú le llevó por las principales capitales europeas en un instante decisivo, donde nadie fue capaz de vislumbrar la que se avecinaba. En agosto de 1928 el Viejo Mundo rebosaba optimismo. Atrás quedaba la tortura de la posguerra. El crédito fluía, París era una fiesta y Alemania marcaba la pauta en lo novedoso a través de su República de Weimar. Chaves Nogales accedió a ese falso esplendor, hundido poco después tras el jueves negro de la bolsa neoyorquina, y lo escribió para sus lectores con ojos atentos, pupilas que pese a su brillantez no escapaban de un cierto aroma hispano propio de su época al no comprender muy bien la creciente mezcla de negros y chinos en el barullo urbano. Su Occidente para los occidentales, además de denotar una estrechez de miras más que notable, es la única tacha de un volumen extraordinario, donde el reportero se preocupa por reunir un mosaico que a buen seguro creó un fuerte impacto en la opinión pública nacional, poco acostumbrada al nudismo berlinés, lo multirracial de sus cabarets o las certeras pinceladas de lo cotidiano en el Estado Comunista.

El periodista sevillano no se contenta con narrar lo vivido, sino que, como debería hacer todo profesional incluso en nuestros días, enfoca las cuestiones tratadas con un exquisito contesto que cumple su función informativa, pues de otro modo entender los varios procesos sería utópico, y no importa la ubicación de su pluma. Sea en Leningrado, Praga o Venecia sabe cómo seleccionar sus contenidos y alimentarlos con la nota justa que alterna la efeméride con lo trascendental sin apartar la belleza, que no sólo percibe en monumentos. Mientras escribo este texto imagino la velocidad de los vetustos trenes rusos y la odisea de cruzar un continente bajo la bandera de la hoz del martillo, y también recuerdo la conversación del articulista con Ramón Casanellas, el asesino de Eduardo Dato, exiliado en Moscú. Estas dos menciones no son las más importantes del volumen. Es una suerte gozar de una crónica total que tiene su valor en no imponerse barreras físicas de ningún tipo. Un País no se conoce con dos o tres ciudades, conviene pisar montañas, barrancos, plantaciones petrolíferas y conversar hasta con las piedras si es necesario. Chaves Nogales lo hace y con su testimonio da lustre a un oficio maravilloso, siempre a reivindicar, sobre todo ahora que la manipulación ya ha traspasado el horizonte y se planta en cada casa con desmedida arrogancia.




Mi aproximación a Estados Unidos y la Unión Soviética se ha centrado en los años veinte, y por lo tanto no pretende ser completa al cien por cien. Me faltan, por ejemplo, el Diario de un viaje a Rusia de Lewis Carroll, editado en 2010 por Nocturna, a buen seguro imprescindible porque el autor de Alicia en el país de las maravillas sólo salió esa vez de la Gran Bretaña, por lo que sus opiniones sobre los dominios zaristas, en el alba de su desarrollo industrial, deben ser oro puro. Lo mismo puede decirse del Diario de Rusia realizado al alimón por dos monstruos del siglo XX como John Steinbeck y Robert Capa. Ambos hombres transitaron por la contradicción de una Unión Soviética que había vencido al nazismo y que presentaba su candidatura a máxima potencia del Planeta con permiso de los Estados Unidos, pero que estaba arruinada por el esfuerzo de la guerra patriótica para derrotar a la bestia fascista. Con veinticinco millones de habitantes menos y las urbes desoladas, es normal hallar en el volumen editado por Capitan Swing, otro sello que siempre se supera en la selección de lo publicado, mucha poesía tanto visual como escrita a partir de la ruina de 1948, con Stalingrado como paradigma de una reconstrucción obligada a conservar el pasado reciente, los vestigios de la destrucción y la famosa fuente, y erigir un nuevo futuro al lado de montones de hierros oxidados que simbolizaban el esfuerzo consagrado a terminar con la amenaza hitleriana.

La idea de viajar con los libros es eterna, y 2012 nos brinda la oportunidad de hacerlo en castellano y a través de una extensa cronología que por la diversidad de sus firmas puede ocupar todo el verano. I’m back in the USSR. You don’t know how you lucky you are, boy. Back in the USSR, yeah. Anímense. No será por falta de oportunidades.

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