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lunes, 1 de octubre de 2018

Mircea Cartarescu, Premio Formentor de las Letras en El Confidencial


Esta semana tuve el placer de hablar con Mircea Cartarescu, de quien elaboré un perfil para El Confidencial Cultura con motivo de la concesión del Premio Formentor de las Letras 2018. Puedes leerlo aquí

lunes, 27 de abril de 2015

Diálogo con Mircea Cartarescu en Número Cero




Hará cosa de un par de semanas Xavier Vidal, librero de Nollegiu y periodista sin que importe mucho el orden porque hace ambas cosas de maravilla, y servidor tuvimos el placer de conversar con Mircea Cartarescu con motivo de la presentación en España de su libro El Levante. Esta semana la revista Número Cero ha publicado la charla en castellano. Puedes leerla aquí

sábado, 30 de noviembre de 2013

Las bellas extranjeras, de Mircea Cartarescu


Las bellas extranjeras de Mircea Cartarescu, por Jordi Corominas i Julián

Mircea Cartarescu, Las bellas extranjeras, Madrid, Impedimenta, 2013
Traducción de Marian Ochoa de Eribe

Me aburren soberanamente las discusiones que se generan en las redes sociales días antes de algún premio importante, entre otras cosas porque transforman a los escritores en caballos de carreras, como si la literatura se hubiera transformado en una especie de obscena quiniela hípica. En todo caso recuerdo que poco antes del Nobel sonó Cartarescu y además de sorprenderme me alegré porque la academia sueca raramente concede su tan preciado galardón a autores menores de sesenta años.
Por otra parte creo que el rumano es un narrador magnífico, versátil y con un profundo amor a mostrar la esencia de la vida cotidiana mediante matices absurdos que nos rodean a todas horas y que muchos, sin entender su verdadero significado, desprecian como si fueran meras anécdotas sin importancia. Están muy equivocados. Estas efemérides del día a día revelan una cadena de disparates que al estar insertados en la normalidad parecen no molestar a nadie pese a que son decisivos para desbaratarla y exhibir su auténtica faz detrás de la máscara.

En las bellas extranjeras, volumen que acaba de editar en España la editorial Impedimenta, Cartarescu pone toda la carne en el asador desde sus propias experiencias, aunque en este punto el lector puede desconfiar con una sonrisa porque el engaño es parte del proceso. El escritor nos cuenta sus peripecias en tres momentos distintos. La primera historia, Ántrax, parte del contagio de la paranoia que inundó a más de medio mundo en otoño de 2001. Los atentados del once de septiembre siguieron en forma de envíos postales con sobres repletos de una mortal sustancia. Una mañana nuestro hombre recibe un aviso, va a buscarlo y al abrir su contenido se imbuye de la locura del mal. La carta es el mal y en su interior unos misteriosos polvos activan el mecanismo del temor. Cartarescu habla con su mujer y decide acudir a la policía, y aquí es donde el relato cobra sentido desde la crítica a un sistema anquilosado que tras la caída del Comunismo no ha logrado superar el estúpido y riguroso corsé de una eterna burocracia que alarga las horas hasta la extenuación entre esperas a ser atendido, pesquisas de pacotilla y una hilarante resolución que a su vez es un demoledor ataque al arte contemporáneo y sus múltiples astracanadas.

La segunda parte, que da título al volumen, es la apoteosis de los desbarajustes desde el árido asunto de la percepción del otro y la inevitable torpeza de los seres humanos. Cada año un país es seleccionado para pasear, nunca mejor dicho, por Francia lo más granado de sus letras. Sólo falta Jesucristo, porque el evento reúne a doce representantes de la afortunada nación de visita al Hexágono. Cartarescu figura entre los rumanos seleccionados y acoge el viaje con una mezcla de entusiasmo y precaución. Sabe que reencontrarse con París, más un estado de ánimo global que una ciudad, será hermoso, pero también es consciente que no es nada agradable transitar durante dos semanas con colegas que cuando no te ven clavan cuchillos verbales en tu corazón.



Las bellas extranjeras puede analizarse desde muchos prismas. Quien guste de verlo como una mera disección de lo patético del mundillo literario se quedará corto pese a lo divertido que resulta toparse con tanta sinceridad encubierta, porque el autor tiene mucho que decir al tiempo que sabe guardar la ropa. Lo interesante del texto consiste en su estilo, donde las elucubraciones, digresiones que cortan lo narrado para darle un nuevo sentido de relación desde lo vivido, aportan frescura y refuerzan las teselas de un alocado mosaico donde nada es estable, ni siquiera la habitación del Boulevard Raspail, espacio físico que ejerce de eterno retorno mientras la comitiva circula por una Francia donde identifican lo rumano desde lo tópico entre comidas y una manifiesta ausencia de traductores capaces. Los galos se contentan con exhibir sus tradiciones y cumplir con el expediente encomendado mientras sus huéspedes se preocupan por superar o agravar rencillas propias de los que se dedican a llenar páginas, leitmotiv que llena de surrealismo “El viaje del hambre”, última estación de la travesía. Aquí el joven poeta de la Rumania de los años ochenta ve una oportunidad para superar el sopor de la rutina gracias a un recital en una ciudad de provincias. La lectura es un desastre en una sala media vacía que se vuelve enorme porque el bardo lleva más de una jornada sin comer, necesitándolo con una premura que se vuelve cómica cuando los acontecimientos, varias sorpresas que los organizadores le han preparado, se vuelven en su contra en una odisea entre conmemoraciones bélicas, prostitutas eruditas y una olla con setas que anticipa el broche de oro, perfecta síntesis de la duda entre la fantasía y la realidad, fundidas en el universo de un narrador que yendo a su aire nada deja al azar, tanto en la forma como en el fondo desde una prosa que divierte e incita a la reflexión con naturalidad, sin barroquismos ni infumables aliños.

domingo, 27 de febrero de 2011

El ruletista de Mircea Cartarescu en Revista de Letras



Metáforas de poder: “El ruletista”, de Mircea Cărtărescu
Por Jordi Corominas i Julián | Reseñas | 22.02.11


El ruletista. Mircea Cărtărescu
Traducción e introducción de Marian Ochoa de Eribe
Impedimenta (Madrid, 2010)


No creo que debamos ceñirnos a lo simple, pero claro, cuando evoco una Rumania cultural acuden a mi cabeza datos aparentemente inconexos que van desde Trajano hasta Drácula pasando por Tristan Tzara y Eugène Ionesco. Sí, es una especie de educación general básica de lo dacio, válida porque sitúa pocas piezas que pueden entenderse con la historia del país y su relación con la literatura. Mircea Cărtărescu nació en 1956, en pleno régimen comunista. Por aquel entonces los ciudadanos debían declarar la posesión de una máquina de escribir. La censura era fuerte, las posibilidades escasas. Quizá ése fue el motivo que empujó a una serie de escritores a volver la vista atrás y fijarse en las argucias ideadas por sus predecesores. El dadaísmo de Tzara escapa de la realidad al tiempo que la critica desde el absurdo, tomándosela muy en serio esparciendo claves interpretativas difíciles de capturar. Lo mismo acaece en Ionesco, y es innegable que ambos artistas estuvieron condicionados por lo onírico, magnífico subterfugio para hablar de la superficie distorsionándola.

El juego de la ruleta rusa aúna los dos elementos. Sabemos que existe, y sin embargo juzgamos harto improbable hallarnos en la tensión macabra del disparo o el vacío. En 2005 el director francés de origen georgiano Géla Babluani lo plasmó a la perfección en 13 Tzameti, película que narraba las desventuras de un pobre joven que acude a su destino ignorante del reto del revólver con una bala en el tambor. Participa en un concurso con varios aspirantes y sale vencedor, vivito y coleando. El nerviosismo es un buen amigo de la quietud y los ambientes donde se desarrollan este tipo de lances suelen ser estar cargada de tenebrosa geometría con un extra de oscuridad que les proporciona un aire irreal, ficción orquestada en la esquina de tu casa.

No hay que ir tan lejos. El ruletista de Mircea Cărtărescu tiene una curiosa historia editorial. Abría el compendio de relatos El sueño, textos interrelacionados que vieron la luz dos meses antes de la caída de Ceaucescu. El contexto puede ayudarnos a perfilar mejor la agonía que supone adentrarse en esos tugurios congelados donde los espectadores apuestan dinerales para ver cómo algunos miserables se sacrifican entre el miedo al derrame encefálico y la tristeza de ser el conejillo de indias de los poderosos. El narrador, un escritor de dilatada trayectoria, se siente fascinado y reconoce haber apostado por lo impagable de la experiencia, llena de morbo lúgubre y misterio para valientes cobardes que acarician los cartuchos con un deleite que apesta a privilegio.

Un buen día el ritual del tugurio dignificado se transforma. Normalmente, el centro de atención era cualquier pedigüeño captado para el supremo ocio. Los criminales son matemáticos y lo expresan con la elección de la víctima, bella por su anonimato no reclamable que allana el camino de la desaparición silenciosa hasta que aparece el ruletista con mayúsculas y desbarata lo establecido.

“Una figura hosca, un rostro triangular sobre un cuello largo, pálido y delgado, de piel seca y cabellos rojizos. Ojos de mono amargado, asimétricos, creo que de diferente tamaño. Causaba una cierta impresión de desaliño, de suciedad. Ese mismo aspecto presentaba tanto con sus harapos de granja como con los esmóquines que se vestiría más adelante”.



El observador imagina una hagiografía de su héroe, y datos tiene para ello. Lo conoció en su infancia, cuando ya era un ludópata empedernido. Perdía hasta a las canicas y demostraba un carácter de rebelde sin causa, maltratado de la nada hasta dar con su golpe de suerte en un elitista escenario. La velada inaugural de su exitosa carrera tiene los épicos tintes típicos. La concurrencia permanece expectante, con la respiración entrecortada. Click. Ha ganado y se desmaya, derrotado psíquicamente por su victoria. La escena se repetirá en un sinfín de ocasiones y el restringido mundo que admira su performance mutará hacia un monoteísmo absoluto. El ídolo de la rivoltella organiza sesiones, se lucra con sus hazañas y profesa la religión del rien ne va plus. Dos, tres, cuatro, cinco, seis cartuchos. La quimera del atrevimiento sin esperanza. Su monopolio del negocio aturde, máxime cuando descubrimos el final, especie de epílogo que reflexiona sobre si lo narrado es palpable o mero artificio. Nos aseguran lo primero. Esta es la otra partida que plantea Cărtărescu, el doble filo de la trama y la emoción que pueda suscitar en el lector, atrapado en una muda maraña psicológica, pues lo relatado se vislumbra de manera diáfana en su acción y concepción espacial, pero resalta e impacta en lo psicológico.

El ruletista tiene, en mi modesta opinión, un claro significado político que matizaría su paradoja de inmortalidad y autodestrucción. El desprecio de los derrochadores, frívolos que malgastan sus energías en lo anómalo para auto complacerse, hacia los actores de la función es equiparable al ninguneo gubernamental en Rumania entre 1945 y 1989, con el pueblo amilanado con rabia contenida que debía encontrar la mecha justa para estallar. En este sentido, el triunfal jugador sería la metáfora que sintetizaría las condiciones ideales para un mejor porvenir nacional. Plantarse en medio, aguantar, ser constante y aceptar el daño interno para terminar dominando la situación. Es el artista quien debe mover los hilos. En caso contrario, el dinero ejecutará su palanca y todo seguirá igual, lo que desde múltiples lecturas vale tanto para los avatares de Clío como para la literatura, donde siempre urgen voces que no se conformen con la pauta marcada y apuesten por la diferencia con sentido en el límite del precipicio.