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miércoles, 28 de enero de 2015
Diálogo con Carlos Pardo en NúmeroCero
La semana pasada apareció en Número Cero mi diálogo con Carlos Pardo en torno a su última novela, El viaje a pie de Johann Sebastian. Puedes leerla
aquí su primera parte
aquí la segunda entrega
sábado, 10 de mayo de 2014
Los domingos de un burgués en París, de Guy de Maupassant
Los domingos de un burgués en
París, de Guy de Maupassant, por Jordi Corominas i Julián
Guy
de Maupassant, Los domingos de un burgués en París, Periférica, Cáceres, 2014
Traducción
de Manuel Arranz
Iba
a empezar este texto con una mención al curioso contraste entre el autor y su
personaje, pero veo que las diferencias que existen entre ambos obedecen a una
lógica esencial. Guy de Maupassant nunca podría ser el señor Patissot, pero
precisamente eso es lo que le empujó a publicar, entre mayo y junio de 1880,
las aventuras del fiel funcionario en el periódico Le Gaulois, diez entregas
donde el heredero de Flaubert reflejaba con mucha sorna la vida de un servidor
de la cosa pública.
Por
aquel entonces una figura como la de Patissot era más que fascinante, entre
otras cosas porque, tras muchas décadas, los funcionarios no obedecían a ningún
mandatario imbuido de una autoridad. La derrota de Luis Napoleón en la guerra franco-prusiana
supuso la caída del segundo Imperio y el advenimiento de la tercera República,
ente abstracto y mucho más democrático que, sin embargo, costaba de entender
por su juventud y supuesta libertad.
Maupassant
siente pasión por Patissot porque su idea en la serie que se publicó como libro
en 1901 es la de reflejar al hombre normal que tiene ciertas ínfulas mundanas y
aspira, desde su mediocridad, a destacar entre sus semejantes, igualmente
plomizos, previsibles y oportunistas.
El
último tercio del siglo XIX consolidó a una nueva burguesía ansiosa por mostrar
su poder económico mediante una serie de rituales que configurarían la visión
que aun tenemos de esa clase, por aquel entonces en plena efervescencia. La
capacidad adquisitiva, el cambio de modelo económico y el crecimiento urbano
propiciaron el nacimiento de un ocio que se vestía de distintas formas para
acrecentar su importancia y determinar una cierta idea de modernidad.
Patissot
es un estereotipo. Chaquetero, hasta el punto de imitar el look de los
gobernantes, se siente perdido en esta nueva etapa de la Historia y decide
fundirse con la masa. Los domingos, y para muestra están el sinfín de lienzos
dedicados al tema, eran el gran día donde todo era posible. Los ciudadanos
parisinos optaban por ir al campo para airearse. Las virtudes de la naturaleza,
su mitificación, están presentes en el camino del protagonista, quien se
acercará a la periferia para sacudirse la soledad y seguir la moda que
recomendaba pasear.
Las
rutas del funcionario, sus andares, nada tienen qué ver con el flaneurismo de
Baudelaire. El poeta vagaba por las calles perdido, con la voluntad de
encontrarse desde el caos. Por su parte Patissot se equipa para sus acciones. Coge
el tren, sale a la superficie y es incapaz de ir sin su mapa militar, metáfora
perfecta de la burguesía más previsible, inútil sin un asidero al que
agarrarse. La desorientación del primer domingo nos muestra a las claras la
torpeza del antihéroe de Maupassant, un arribista más bien ignorante que pierde
los papeles cuando le presentan a Zola, porque sus complejos son tan enormes
que no sabe cómo comportarse ante el genio. En su pensamiento para con el
escritor no figuran las letras ni las sagas, sólo un umbral mental de envidia,
preguntas sobre la propiedad y el ansía de volver al ferrocarril para gritar
bien fuerte una sarta de mentiras para exagerar su jornada ante pasajeros
asombrados por sus palabras.
Porque
el aspirante a buen burgués es un bocazas. Si Walter Benjamin comentaba la
extrañeza de esos largos viajes en tercera, donde por vez primera las personas
tenían que pasar minutos mirando a un desconocido desde la incomodidad, da la
sensación que en 1880 el malestar se había desvanecido por la hilaridad que
empapa todos los retratos del pobre desgraciado, parlanchín hasta con las
piedras por obra y gracia de su titiritero, un joven Maupassant que ve en
Patissot la excusa perfecta para desnudar las ridiculeces más elementales de
esa incipiente clase media, siempre tan acólita de la fachada, reina de la
apariencia a toda costa sin importar el matiz. En una ocasión vemos cómo la
principal preocupación es decorar bien la casa para la fiesta nacional. En otra
nos carcajeamos con la impostura de la pesca y la nula pericia seductora del
empleado público, zoquete sin alguna conciencia política que si opina es desde
el tópico y la rutina, valores fijos y hábitos cotidianos.
Lo
mejor es que, pese a todos sus defectos, amamos al pobre Patissot, líder cómico
de la normalidad, carácter que en su periodo histórico era ideal para una prosa
por entregas que en la era inicial del cine de buen seguro hubiese servido para
infinitos gags del slapstick que aquí cobran fuerza por el estilo veloz e
impresionista del autor, quien a través de una admirable economía de medios,
nunca dice nada más que lo imprescindible y es austero pero muy certero en su
descripción del espacio, ahonda en el interior de todo el tejido social,
radiografiándolo mediante una sola célula capaz de aglutinar al conjunto por
una igualdad que, entonces como ahora, abundaba en la estrechez de miras,
conformismo a granel y un claro deseo de no complicarse la existencia y
disfrutarla desde las convenciones imperantes.
Era
el triunfo absoluto de la burguesía, ufana al imponer su estilo e hilvanar el
lenguaje de la era. La naturalidad con que lo plasma Maupassant muestra cómo
existían excepciones capaces de ser críticas sin caer en la petulancia al usar
la inteligencia literaria como un bastión desde el que poner el dedo en la
llaga sin necesidad de muchos fuegos artificiales. Quizá nosotros, viendo el
panorama de metamorfosis social y la inoperancia absoluta de muchos escritores
obsesionados con la novela de crisis, nos hemos mimetizado demasiado con el
traje y la corbata o hemos extraviado en algún sendero la figura del burgués
contestatario con los suyos, como si hubiéramos desechado la coherencia del
análisis y la lucidez de la risa para extirpar la bruma. Al fin y al cabo el
devenir de los acontecimientos nos ha enseñado que a lo largo de la Historia
sólo han cambiado los nombres de las cosas, por lo que no está de más ver esta
pequeña joya francesa como una advertencia del pasado para comprender un poco
mejor nuestra condición presente.
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siglo XIX
jueves, 21 de abril de 2011
Sobre la felicidad a ultranza de Ugo Cornia en Revista de Letras

¿Pessimismo della ragione, ottimismo della volontà?: “Sobre la felicidad a ultranza”, de Ugo Cornia
Por Jordi Corominas i Julián | Reseñas | 20.04.11
Sobre la felicidad a ultranza. Ugo Cornia
Traducción de Julio Carrobles
Editorial Periférica (Cáceres, 2011)
El lunes 29 de mayo de 1995 murió mi abuela. Fue una gran mujer que me inculcó ideales desde pequeñito. Sin ella mi castellano seria peor y mi mente probablemente no tendría tanta mala leche. Era aragonesa, de genes luchadores y ojos preciosos. Sentí mucho su pérdida y durante más de tres meses vagué, deprimido, sin entender a mis dieciséis años el porqué me la quitaban cuando aún podía dar tanto a los demás.
Al cabo de tres meses mi madre compró unos billetes para ir a París. Me apasionaba el ciclismo y vimos en directo la quinta victoria de Miguel Indurain en el Tour de Francia. El viaje duró nueve días que me hicieron entender que todo lo malo termina canalizando en algo bueno. Los recuerdos permanecen y la esencia de los muertos nos acompaña positivamente.
Desde entonces soy un ser optimista, de esos que transmiten alegría a su paso, o eso dice la mayoría. Parte de culpa es de los que me precedieron en esta tierra, porque me enseñaron valores a los que me aferro cada día con mucha convicción y pocos miedos. Por eso he disfrutado y compartido los pensamientos de Ugo Cornia en Sobre la felicidad a ultranza, magnífico libro que todos deberían leer para quitarse complejos y aceptar que la existencia se compone de pequeños momentos y partículas que bastan para llenar el vacío, nada pesimista, hueco reprimido que nos impide avanzar por la proliferación de obsesiones que nublan nuestro horizonte.
Estamos demasiado acostumbrados a la espectacularidad, como si fuera la única piedra filosofal a la que agarrarse para sentir felicidad. Lo excepcional parece un reducto imposible de palpar. No sé si la culpa es de Hollywood, pero las epifanías de la normalidad cada vez son más desdeñadas. Los pequeños actos de la cotidianidad son un bálsamo impagable, y en ellos se basa el escritor transalpino para armar una obra que desde el clan, la familia, alcanza de lleno lo universal.
Sobre la felicidad a ultranza no es una novela, sino más bien una autobiografía forjada con retales que a menudo preferimos olvidar. Sus páginas consiguen, casi sin querer, una empatía con el lector basada en la naturalidad de lo narrado, siendo la muerte su vector principal. Desde el inicio asistimos al drama de fallecimientos cercanos. El óbito de la tía marca el pistoletazo de salida de una carrera que evita lo trágico porque de la pena extrae conclusiones útiles para seguir adelante y constatar el crecimiento interior que nos proporciona el transcurrir de los años. La disposición de las luces caseras desde la calle muestra que una vida se ha apagado, no así el bagaje que los finados nos han dado al acompañarnos mediante vivencias comunes, desde el fin de semana en la segunda y vetusta residencia hasta las confesiones sexuales tras perder la virginidad, maravilla de maravillas que le proporciona una felicidad que debe ser compartida.
Tenemos demasiado sentimiento de culpa cristiano. Cornia se permite, lo que para los defensores de la tradición será una ofensa, jugar con la urna que contiene las cenizas de su madre y hasta apoyarse en el cadáver de su padre mientras lee el periódico y atiende el sinfín de pésames propios del momento. Relativiza el adiós de los seres queridos y transforma el dolor adoptando la sana visión de quien no renuncia a sorprenderse con los avatares del destino, conduciendo su coche para disfrutar al toparse con una curva conocida al tiempo que reflexiona sobre la utilidad de una nueva carretera que le permitirá ahorrarse diez minutos de recorrido cada día, economía del reloj válida porque a través de su acumulación durante meses permite ganar instantes para otros menesteres.
El escritor italiano inserta en su texto otra virtud digna de elogio: la ausencia de solemnidad, otro mal que nos atenaza e impide que respiremos con la debida libertad el aire que no sobra, y no me refiero sólo al de la atmósfera. ¿El amor? Sí, ya lo decían los clásicos: Omnia vincit, aunque no desde una perspectiva actual, donde casi percibimos el estigma del culebrón y los seriales que desbaratan nuestro cerebro. Cornia lo tiene claro. No debemos complicarnos nuestras horas en el Planeta. ¿Te gusta la chica? Mírala, sonríe y proponle salir a tomar algo. De este modo pasó tres gloriosos años con una mujer de rostro inigualable que cocinaba unos spaghetti all’amatriciana de aúpa. El único defecto, por no querer entorpecer la magia que ignora lo convencional, fue no proclamarle de manera prístina lo que le daba, amalgama que la ruptura no esfumó por la estupenda permanencia de la memoria.
Hay una cierta línea italiana que se remonta a Horacio. El poeta de la era de Augusto describe en una de sus composiciones el breve lapso en que él y su amigo Virgilio llegan a Brindisi con Augusto, Mecenas y compañía. Dan patadas a un balón y tras el esfuerzo físico hacen la siesta apoyados en el tronco de un árbol. La Antigüedad nos brinda ejemplos de esta exaltación vital, aunque quizá deberíamos trasladarnos a 1957 para entender la filosofía de Sobre la felicidad a ultranza. Más que Woody Allen, con quien se ha comparado el pensamiento de Cornia, deberíamos movernos con Federico Fellini. Nos situamos cerca de Roma, en una insana periferia. Cabiria, una prostituta de poca monta, ha visto truncado su sueño matrimonial. El prometido le ha robado todas sus pertenencias y la ha dejado tirada, al borde del precipicio. La desdichada sale a la carretera. Es negra noche y una ligera bruma inunda el espacio. De repente, irrumpen varios niños con guitarras y bicicletas. Cantan, la siguen y finalmente una de las chiquillas se dirige a Cabiria. Buona sera. Giulietta Masina sonríe, la música desgrana intensidad y aparecen los títulos de crédito. La canción que acompaña la escena es del maestro Nino Rota y se titula E la vita continua. El final de Le notti di Cabiria resume el mensaje de este libro inolvidable. Nos darán palos, recibiremos hostias por doquier porque así lo exige el guión, pero siempre tendremos fuerzas para levantarnos porque la vida es una experiencia maravillosa de la que podemos extraer positividad hasta en sus aspectos más turbios. Eso, y no otra cosa, se llama poesía de lo cotidiano, vehículo del que nunca deberíamos bajarnos si lo que deseamos es vivir sin la eterna amargura que a tantos corroe.
lunes, 3 de enero de 2011
Literatura de izquierda de Damián Tabarovsky en Revista de Letras

Algunos apuntes sobre Literatura de izquierda de Damián Tabarovsky, por Jordi Corominas i Julián
Recomiendo vivamente a cualquier escritor del orbe leer Literatura de izquierda de Damián Tabarovsky. Cabe aplaudir la valentía del argentino al trazar un cuadro completo de los límites del oficio de escribir y sus encasillamientos críticos entre esos dos ríos llamados Academia y Mercado. La obra parte de los idealizados sesenta y concluye con el célebre juicio de 1857 contra Gustave Flaubert y los excesos que esa época vio en Madame Bovary. Entremedias el contenido es denso y útil, un mapa fácil de navegar que exige tener las neuronas muy frescas y una voluntad de hierro para asimilar todos los conceptos e ideas que esgrime con naturalidad, poniendo los puntos sobre las ies sin dejar títere con cabeza desde una perspectiva sumamente mordaz que va desgranando varios estados de la cuestión. Ruego de antemano que disculpen mi insuficiencia para plasmar en esta breve reseña todos los puntos tratados por el autor, que pese a centrar su análisis en su tierra consigue hacerlo válido también para España o cualquier otra Nación.
I
Siempre existirá un canon fundacional. En el caso argentino los ochenta engendraron una santa trilogía- Libertilla, Fogwill y Aira- que cargó contra sus antecesores y planteó el campo de batalla para que otros les atacaran a posteriori. La década de los noventa vio nacer una política literaria que se asimilaba a la política de su tiempo, con Menem vendiendo parabienes para las clases medias, que rápidamente desearon éxito y notoriedad. En el campo de nuestro interés eso se plasmó, y ruego que comparen la situación con la España de la burbuja y el crédito a diestro y siniestro, en el surgimiento de jóvenes mediáticos que vendían sus textos desde la actitud, literatura convertida en comunicación. Ningún escritor debería preocuparse de la popularidad, pero esta nueva escuela basó su impronta en fórmulas publicitarias, imagen corporativa y el triunfo por encima de cualquier otra opción, eso sí, anunciando una supuesta vanguardia pop que desde una estrategia agresiva se hermanaba con el capitalismo salvaje de su época. Envejecieron rápido.
II
En todo sistema de valores se pretende crear un orden; los grupos se enfrentan sin chocar porque hay espacio para casi todos salvo para quien, desde el atrevimiento, hace saltar la banca y cae en el ostracismo pese a su rupturismo. El escritor sin público no se encuadra en ningún bando y desde un no lugar habla: ése es el sitio de la literatura de izquierda.
III
Gran parte de la literatura argentina no conoce el fracaso porque tampoco conoce el riesgo. Aplíquenlo a la geografía que prefieran: es una ecuación perfecta. En ello incide que el aburguesamiento de la sociedad se ha hecho completo y es fácil satisfacer al lector desde elecciones que no turban porque siguen esquemas determinados como la primacía de la trama, la búsqueda del texto bien escrito y la burocracia del relato con su introducción, nudo y desenlace. Violar esos principios es remar en contra de la complacencia generalizada que contenta a los que recibieron instrucción estatal y quieren presumir de leer obras inteligentes con aliños experimentales. Auster, Saramago, Kundera y otros satisfacen ese anhelo sin ensuciar el patio, dejándolo impoluto porque su uso de la anécdota no supone ninguna amenaza ni desestabiliza el tinglado.
IV
Dickens sigue entre nosotros y lleva las riendas. Tabarovsky no entra al trapo porque sus reflexiones son de 2004. En tiempos de crisis puede resultar interesante calibrar la funcionalidad del realismo en literatura, pero esta idea, si bien válida, es inútil en el discurso por el que circulamos. El problema se centra en ignorar las vanguardias, paréntesis excepcional que por una parte impone demasiado respeto y, por la otra, ha sido asimilado por la sociedad de consumo, quien las banaliza incluyéndolas en la publicidad y las artes para vanagloriarse de una sabiduría fútil. ¿Es posible experimentar con autenticidad?
V
La respuesta es afirmativa. Si el autor acepta las coordenadas del mercado y la academia pero presenta una obra que no piense en su recepción puede prevalecer en su postura vanguardista al burlar la máxima del producto ofrecido al consumidor. Algunas novelas de Camilo José Cela serían un buen ejemplo. Tabavarovsky opta por abordar el caso Flaubert por el exceso: “Si la literatura fuese inútil, si fuese lo que sobra, lo que está de más, si no tuviese ningún otro fin más que sí misma, si no fuese más que la escritura de su escritura, perdería su inocencia, perdería el juicio.”
VI
Volvamos a las vanguardias. Tenían alegría y sus artífices estaban entregados a la causa en una fiesta entre cabarets, estudios monacales, experimentos con licencia para el atrevimiento y una vocación transformadora que hoy siquiera atisbamos porque la convención prevalece y las cartas están demasiado marcadas para que nadie, por suerte siempre existirán poblados de irreductibles galos, se aventure a caer en el destierro de la nada.
VII
Para hacerlo conviene follar con el lenguaje: “En la fractura, la literatura se escribe fuera de la voluntad, más allá del yo-posición centrada del mundo de la armonía-, se escribe en la incomodidad, en un sin lugar: en la comunidad inoperante de los que no tienen comunidad.” La locura de revisar cada frase como si fuera una novela, la demencia de la trágica soledad, perfecta trampa del arte que nunca termina y exige una finalización.
IX
Librarse de la metafísica y ser consciente de la imposibilidad de narrar. Hemos perdido la inocencia y tenemos demasiado interiorizados los modos de representación. Hay teclas capaces de cancelar lo consabido. Aflorar otra materia conlleva desafíos. La cuestión es saber si somos capaces de afrontarlos.
X
No tengo claro si sé qué es la literatura de izquierda. Aún así he meditado y aprendido con un ensayo, y eso demuestra su envergadura.
Damián Tabaravosky, Literatura de izquierda, Cáceres, Periférica, 2010
domingo, 19 de septiembre de 2010
A toda vela de C.H.B Kitchin en Revista de Letra

Esquizofrenias en la agonía de lo victoriano: “A toda vela”, de C.H.B. Kitchin
Por Jordi Corominas i Julián | Reseñas | 14.09.10
A toda vela. C. H. B. Kitchin
Traducción de Laura Salas Rodríguez
Periférica (Cáceres, 2010)
“Se estaba volviendo demasiado normal, menos moderna, cada vez revelaba más la dama victoriana que era. Pero tenía momentos de insatisfacción cuando deseaba ser excelsa, implacable, siniestra, una verdadera vampiresa”.
(C.H.B. Kitchin, A toda vela)
Los cambios de ciclo suelen anunciarse por fechas simbólicas que sólo marcan un antes y después. Enterrar lo antiguo y abrazar lo nuevo no aviene de repente porque durante años, como seguramente ocurra con nuestra época, las viejas formas siguen arraigadas y resisten las arremetidas de las que piden ocupar su sitio. En Inglaterra la muerte de la Reina Victoria en 1901 clausuró una etapa y supuso una relativa liberación para la venidera, desprovista de una figura tutelar y por lo tanto limitada porque las metamorfosis paulatinamente introducidas en la sociedad no tenían un claro referente y se bifurcaban en varios caminos que alteraban los hábitos y costumbres impuestos por la tradición, reformas sin padre, modificaciones de progreso generacional. El problema es que mientras esto ocurre se produce un choque de trenes entre las personas que han aceptado la transformación y las que siguen con la cantinela de siempre por su incapacidad de aceptar evoluciones. En A toda vela, novela publicada en la legendaria Hogarth Press de Leonard y Virginia Wolf en 1924, esta situación reluce en la figura de su protagonista. Lydia Clame tiene treinta años y goza de su joven madurez, deleitándose con los pequeños placeres que ha ido aprendiendo con el tiempo. Escribe poesía, adora conversar y se siente cómoda en su apartamento que comparte con dos chicas en Beam Square, en las estribaciones de Tottenham Court Road. Londres le supone un estímulo que si agobia puede abandonarse por el campo, donde muchos conocidos suelen tener residencias en las que la frivolidad se instala en el ambiente con ingenuidad, té y más té, luchas de grado clasista y la sempiterna ironía del inglés enfrascado en un diálogo. Hagan juego, sean rápidos con sus respuestas y triunfarán. Todos se divierten y comentan jocosos las próximas propuestas de la temporada. La agenda es el dios de los burgueses, péndulo que agita su calendario y desestabiliza el de otros. El paso de jornadas y reuniones intuye dos encrucijadas en la vida de Lydia.
La primera es su precariedad económica. Es una heredera integrada en un círculo de lujo y oropel con el que no puede competir por escasez de fondos. La segunda obedece al corazón. Ella, la resistente, bandera del feminismo por su despreocupada actitud y casi ninguneo del matrimonio, conoce a su polo opuesto y, claro está, se enamora con los clásicos síntomas, posiblemente agravados por su excesivo consumo de literatura. Enferma, padece y atiende inquieta el momento de coincidir con Geoffrey Remington, a quien saca varios años. Qué importa la edad. Como tampoco tiene mayor trascendencia lo divergente de sus estilos ni la disparidad que sitúa sus cuentas corrientes en Boston y California. Cupido disparó con tino y nada puede hacerse ante sus flechas.El jugador de críquet muestra interés. Lydia se derrite y hasta osa plantearse si su modernidad no era simplemente la antesala de la normalidad, lo victoriano, casarse, procrear, educar y esperar al maridito al lado de la chimenea. Geoffrey acepta sus propuestas. Quedan a menudo y ella gana confianza para soltarse el pelo y hablar alto y claro, hastiada del cotilleo intensivo de sus allegados. Las vacaciones congelan el amor. El aficionado al casino parte para Suiza con otras amistades. Otras preocupaciones se perfilan en el horizonte de la poetisa que guarda sus versos en el cajón. Vivir y comerse el mundo por curiosidad salva el alma, no el bolsillo.
Un narrador sorprendente: Kitchin y el tratamiento de la psique femenina.
No se preocupen, estamos en la reentré y no desvelaré la resolución de la trama. Aturde pensar que hasta ahora, y ha pasado casi un siglo desde la primera edición de A toda vela, nadie en nuestro país hubiese reparado en C. H. B. Kitchin. Hombre poliédrico, alabado por T. S. Eliot y otros contemporáneos, su prosa es ágil y en el caso que nos concierne destaca por su tratamiento de la psique femenina hasta el punto de estructurar la novela en función del estado de ánimo de la protagonista, que del inicial trajín festivo languidece y se instala en una constante huida de soledad donde el malestar vence la partida porque la inseguridad aflora, los fantasmas son contundentes y el cauce del río depara cursos de gran caudal. Toda la agitación de la soltera se desvanece en la lucha entre dos mundos integrados en una sola persona. La noble chica que fuma y bebe alcohol queda derrotada, y lo curioso es expresarlo en sendas de bullicio absoluto y silencio letal. La pesada compañía de sus amigas de la primera fase era la vida en mayúsculas, la verdadera y sufrida independencia de una dama contenta y valiente al frenar las rémoras sociales que imponen determinadas conductas. Cuando cede el cielo se nubla y las invisibles cadenas ejercen su labor, desgastando desde su labor de desequilibrio abismal hacia el precipicio.
Me gustaría saber cual fue la reacción de los lectores cuando se publicó A toda vela. Las obras que leen bien su contexto histórico suelen ser alabadas hasta cierto punto. Pueden elogiarse por destreza estilística, construcción del personaje y otros aspectos, pero la mayoría de críticas contemporáneas suelen obviar el factor fundamental de dar en el clavo de la época porque muchos olvidan la importancia de la literatura, su decisiva función de empaparse de los signos del presente e intentar comprenderlos para diagnosticar desde un modesto pedestal males ignorados en las noticias porque sólo pueden divisarse pisando la calle, reflejando actitudes visibles en la superficie de la cotidianidad, auténtico pulso para quien quiera ir más allá de una narración al uso y alcanzar la plena comprensión del instante en que se escribe, sin que ello deba etiquetarse como costumbrista. No, la fuerza de A toda vela va desde el magnífico análisis psicológico hasta el esbozo de esos años veinte donde los estertores de lo pretérito aguantaban el envite de lo moderno en un universo tan esquizofrénico como el inglés, cultura exportadora de vanguardia que, sin embargo, cohabita en el interior con el férreo control de los custodios de un muerto viviente que siempre da mucha guerra. En este sentido hay otra novela que hay una novela reciente que conjuga y se interesa por ambos mundos: Chesil Beach, de Ian McEwan. La diferencia es que el multipremiado escritor concibió su texto desde las ventajas de poder mirar retrospectivamente, sabiendo que 1961 fue la bisagra entre lo pacato de los cincuenta y el boom del Swinging London y los sesenta. Como lector de 2010, considero A toda vela un perfecto testimonio de su etapa histórica, lo que me exalta y exaspera a partes iguales, pues me gustaría que, al menos en España, surgiera un novelista que supiera dar a sus obras ese ingrediente tan necesario de implicación para lo que acontece hoy en día en mentes, grupos y avenidas.
lunes, 30 de agosto de 2010
Formas del amor de David Garnett en Revista de Letras

Ce sera un souvenir léger pour toi: “Formas del amor”, de David Garnett
Por Jordi Corominas i Julián | Reseñas | 30.08.10
Formas del amor. David Garnett
Traducción de Marian Womack
Periférica (Cáceres, 2010)
Hay hombres que desde su inteligencia saben leer su tiempo y anunciar futuras improntas. David Garnett nació en 1892 y tuvo una atribulada existencia personal y literaria. Formó parte del grupo de Bloomsbury, tuvo éxito con tan sólo treinta años, manifestó públicamente su homosexualidad y mantuvo durante años una relación con el pintor Duncan Grant. Más tarde se casaría con la hija de su pareja y tendría cuatro hijos hasta hastiarse y solicitar el divorcio. Garnett murió en 1981. Veintiséis años antes escribió Formas del amor, novela de posguerra donde parece anticipar el choque generacional europeo e inglés que estallaría en los sesenta, si bien su visión no deja de mantener rasgos antiguos, como si no quisiera que el mundo de antaño sucumbiera demasiado ante el impulso de la juventud, presente ya desde las primeras y embelesadoras páginas, cuando un jovenzuelo llamado Alexis invita a Rose, una actriz frustrada por el fracaso de su compañía en Montpellier, a pasar dos semanas en la finca de su tío en Pau.
En ningún momento sabemos el año en que se inicia la trama, pero uno gusta de imaginarlo y hay un indicio. Me decanto, así lo exprimiría el fragmento de Ciro el gato, por 1948. El aire tiene respiro de esa Francia tranquila, recuperándose de las heridas, y doliente de la posguerra. Tanto sufrimiento merece ser aplacado con diversión, y a ello se dedica la pareja apenas cruza la puerta de la enorme casa donde fomentan su amor con gran inocencia, felices con lo que tienen, sintiéndose en una sala de juegos donde poder campar a sus anchas y servirse el postre de la carne en la cama, fundidos los cuerpos con sexo y una pasión que enloquece al anfitrión, pillo incorregible que va cargando facturas al jardinero, quien con buen criterio avisa al tío de las travesuras del sobrino. Sí, pueden esperarlo. Sir Georges, Baronet del Imperio británico, acude raudo y veloz desde París para ver qué sucede en sus dominios. Al penetrar en el recinto el corazón se le para, humo oracular. Rose, hermosa como pocas mujeres porque ya destila el aroma que deja al pasado en una vitrina conservando alguna gotita del perfume añejo, más hermosa si cabe por llevar un vestido de la primera mujer del poeta británico que contempla la representación que Alexis y esa desconocida hacen de una pieza de Merimée. El impacto se mantiene en la cena. Hay una despedida y una nota escasas horas después. Rose adelanta su partida. La reclaman en Albi y su amante cae en el desespero y la sospecha.
Los tejemanejes de la persistencia de la memoria: flechas de todos los colores
Un par de años más tarde Alexis ha crecido y está plenamente incorporado a la disciplina del ejército de su majestad. Aprovecha una pausa guerrera y acude a la casa de su tío en París, donde todo resucita porque Sir Georges vive con Rose. El golpe es duro. Ambos quieren a la misma mujer, y ella se decanta por la experiencia, que también sabe latín en asuntos del corazón. La situación se agrava cuando el sobrinito pierde los nervios y la cabeza. Dispara a su objeto de deseo y genera un cataclismo. Su ya anciano tío abandona Francia y huye hacia Venecia, donde en su silencio espera retomar su romance con Giulietta, una joyosa italiana que habla inglés a la perfección. Alea Jacta est. Rose, asentadísima en su rol de prima donna de la dramaturgia, lo seguirá y sus sentimientos se solidificarán hasta pasar por la vicaría y dar a luz a Jeanne, una criatura excepcional, sabia prematura que se criara entre viñedos cercanos al pueblo natal de Rabelais, algo que a su padre, fanático de las vistas y la literatura, placerá y revigorizará entre Baco, versos y la sensación de acariciar una nueva singladura con más de seis décadas a sus espaldas.

Y el efecto de Cupido no termina aquí, pero si contara el resto sería ruin por arruinaros una pequeña gran joya de la literatura contemporánea, intensa a cada instante y con un narrador en estado de gracia que domina a la perfección el difícil arte de dar con pocas pinceladas un entramado psicológico creíble -y siempre en transformación, lo lógico en un ser humano- a sus personajes, sobre todo al desdichado Alexis, de quien sólo diremos que sentirá una cierta atracción por la pequeña de la familia, lo que hará de él un ser odiado. No avancemos acontecimientos. No deis nada por supuesto. Garnett además consigue el más difícil todavía, porque su tratamiento psicológico de la feminidad es excepcional. Rose evoluciona en función de su edad y sus experiencias. Sí, eso es lo que suele ocurrir y sería deseable que los caracteres de ficción siguieran ese camino, pero no siempre es así, raramente acaece, y por eso hallar en las páginas de Las formas del amor estos progresos emociona, entre otras cosas porque el autor lo consigue con suma naturalidad, como asimismo demuestra con Sir George, un hombre elegante al que el transcurrir de las primaveras le irá pesando sin que pierda sus puntos fundamentales, las esencias que configuran una personalidad noble, viajada, catador de la existencia que en cada cuerpo de mujer prueba un estado de ánimo y una legítima aspiración a conocerse mejor y tener estabilidad mediante lo opuesto en varios espacios, como si cada movimiento fuera una melodía poética que la Europa de entonces aun era capaz de revelar para quien fuera avispado. Esta actitud contrasta con lo obstinado de Alexis, menos refinado que su tío y con la lacra, virtud del mañana, de tener pendiente un aprendizaje que sólo otorga la arena que cae de la clepsidra.
La velocidad de los diálogos, inteligentes y de una pasmosa claridad, aporta el otro ingrediente extra que da tanta brillantez al conjunto, donde cada localidad es una etapa con París de epicentro, encrucijada, íncubo donde toca estar sin que nadie lo anhele verdaderamente. Uno intuye que Garnett la sitúa como punto clave porque sabe que los ángulos de la narración son metáforas de cada personaje. Pau es Alexis y su empecinamiento. La ciudad de la luz la meca de Rose, truncada por desórdenes inesperados. Las viñas son George y la paz adquirida en la senectud. Venecia un refugio con truco y la unión de los elementos una magnífica trama que adquiere aún más sentido cuando Jeanne pasa a ser Jenny y su cerebrito empieza a empaparse de una fuerza que resultará determinante para cerrar la cosecha y beber el vino que nos ofrece Periférica en uno de los mejores libros publicados en España a lo largo de 2010.
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