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martes, 16 de agosto de 2016

Muerte de un hombre feliz e Informe sobre la víctima en Anem de Tarda



Ayer en mi sección veraniega de Anem de Tarda hablé de dos libros donde la muerte planea con insistencia, Muerte de un hombre feliz de Giorgio Fontana (Libros del Asteroide) e Informe sobre la víctima, de Marina Sanmartin (Principal de los libros). Si quieres puedes escuchar la charla clickando aquí

martes, 24 de julio de 2012

El duelo y la fiesta de Jenn Díaz en Revista de Letras





Superar el reto de la segunda novela: “El duelo y la fiesta”, de Jenn Díaz

El duelo y la fiesta. Jenn Díaz
Principal de los Libros (Barcelona, 2012)




Si nos dieran los libros con una portada blanca todo sería muy diferente. En la actualidad la literatura española está representada por un amplio abanico de generaciones que van desde los veinte años hasta figuras casi centenarias como José Luis Sampedro. Los más jóvenes oscilan entre una actitud fotogénica y la solvencia de dedicarse a escribir con una profesionalidad sumamente adulta. Entre este último sector destaca sin lugar a dudas la figura de Jenn Díaz, quien a sus veinticuatro primaveras escribe con una envidiable madurez que ya apuntó en su primera novela, Belfondo, un texto coral con una trama ubicada en un pueblo ficticio que resumía con su esencia el conjunto de oficios y caracteres de la sociedad. El mérito de su ópera prima radicaba en un lirismo narrativo de alto voltaje y un fuerte dominio de la estructura, algo ciertamente al alcance de poca gente, pues no resulta sencillo encajar tantos cabos sueltos y convertirlos en un todo.

La autora barcelonesa ha evolucionado, y así lo demuestra su último manuscrito, El duelo y la fiesta, donde abandona lo utópico y se sumerge en la realidad. El salto de gigante es sutil, un progreso suave aunque contundente. De lo rural y la fantasía viramos a lo urbano encerrado en pequeños habitáculos, espacios cerrados que poco a poco convergen hasta crear una polifonía que sería imposible sin la abeja reina que vehicula el relato, la poetisa Blanca Valente, quien desde su lecho de muerte parece tener un poder supremo que hace bailar al resto de personajes, encabezados por su criada Luisa y Julio, un joven bibliotecario que desde su pasión por los versos de la agónica protagonista, muda en su cuarto y rimbombante por su resonancia, hará lo posible por acercársele mientras contagia con su pasión a su alumna adolescente, Candela. La dramatis personae se completa con Elías, un jovenzuelo que por orden del carismático Padre Damián acude al domicilio de la moribunda con el objetivo de darle confesión, Rosario, el marido de la sirvienta y un sinfín de voces anónimas que permanecen en escena pese a guardar silencio durante la mayor parte del relato.

Son presencias casi invisibles con un sentido que las hermana. El vínculo no sólo es la poetisa, sino más bien la figura materna que determina de un modo u otro la existencia de estos peones de la trama. Ya dice el refranero, y Rafa Nadal, que madre no hay más que una. Aquí Luisa lo es y sufre por ello, Blanca Valente lo es y atiende a la última, la que siempre nos lleva. Julio tiene una que corre por el barrio y la de Candela se preocupa por los trastornos de su retoña. Elías la tiene lejos, muy lejos, sobre todo en la conciencia del abandono. Todas influyen y han desbaratado la normalidad. Algunas han pagado el pato y lo saben. Otras siguen con la rutina, ajenas al dolor, ciegas al ignorar los mecanismos que generan una causa y un efecto en la doble intimidad de la relación materno filial y la carga que conlleva para los implicados.

Blanca Valente se inspira en la poetisa peruana Blanca Varela, quien expiró en 2009 y no concedía entrevistas. Aventuro que la anécdota puede haber ayudado a Jenn Díaz en la configuración de ese hermetismo simbolizado por la puerta de una habitación que divide a su inquilina de los que esperan con nerviosa parsimonia a escasos metros de distancia. El espacio está bien expresado porque cada pedacito del mismo contiene una clave interpretativa, y ello no se limita a la casa de la protagonista, centro neurálgico del relato, sino que se extiende por todo el perímetro del texto hasta generar una muñeca rusa de pisos que a su vez propulsan a sus ocupantes a otros sitios a través de palabras, fotos, casualidades y el capricho del destino.



Sería fácil hablar de vidas rotas que confluyen en una carretera trágica. Fácil y cierto, pero ahórrense lo lacrimógeno. El duelo y la fiesta es un ejercicio de pericia al servicio de la literatura que toma su modelo de referencias clásicas de las letras españolas, desde Ana María Matute hasta Carmen Martín Gaite con un punto de Delibes, buenas referencias para armar una prosa que tanto sabe usar la ironía enmascarándola de solemnidad y viceversa. Las situaciones humorísticas no aparecen de la nada, llegan porque así lo exige el transcurrir de los hechos y en ocasiones, sin ser gags de carcajada, nos arrancan buenas risas porque la autora ha sabido captar lo absurdo de ciertas situaciones de la cotidianidad, desde dudas maritales hasta señoras que se transforman por arte de birlibirloque en críticas de postín.

Jenn Díaz deja que sus creaciones hablen solas, que es lo que debería hacer cualquier escritor: trabajar mientras los hijos siembran sus frutos. Seré demasiado optimista, pero una actitud así me parece una excelente noticia de esperanza, un signo de inteligencia que gana enteros al cobijarse en el manto de la tradición para intentar generar novedad. No creo que El duelo y la fiesta sea, ni mucho menos, la novela definitiva de la barcelonesa, sino simplemente una piedrecita más en una senda que auguro larga y exitosa.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Belfondo de Jenn Díaz en Literaturas.com


Belfondo de Jenn Díaz, por Jordi Corominas i Julián


El proceso por el que transita un libro antes de ser abierto por el lector tiene su miga. Belfondo llegó a mi casa hace meses, lo coloqué en un castillo espontáneo de lecturas pendientes y dejé que el tiempo le diera su oportunidad. El título de esta ópera prima de Jenn Díaz evocaba en mi mente desprovista de información la figura de Jean Paul Belmondo, pero las críticas indicaban otra cosa. No se trataba de Pierrot le fou, sino de una novela joven sin los típicos aspavientos y ademanes que en nuestra actualidad literaria implica la promoción de un veinteañero. La acogida era excelente por carecer de estruendo, instalándose su repercusión en una óptica positiva por sincera, como si el libro gustara sin ningún dañino añadido de cara a la galería.

Una tarde de la semana pasada procedí a penetrar en Belfondo y me comí mi magdalena de Proust. Recordé un verano de 2005 que empleé en escribir una novela centrada en un pueblo inventado, con personajes simbólicos, espacios poéticos y gestos que resumían un mundo imaginario que sintetizaba la realidad. Los niños comían verdura cruda por pureza y las chicas guapas desaparecían en la nada mientras la taberna acogía estatismos de almas petrificadas y moscas zumbando en un tiempo congelado, atemporal por caduca parálisis. La principal voz narrativa era un observador externo, marioneta de los habitantes, víctima de un pensamiento cartesiano que provocaba su sorpresa por la estructura social del villorrio.
Jenn Díaz ha cruzado la misma frontera abordándola con sabias maniobras. En vez de introducir una primera persona que domine el curso del relato ha elegido un tono de narradora clásica que hace de Belfondo un magma uniforme, donde el protagonismo recae en todos y cada uno de los aldeanos. Estamos ante una construcción utópica donde el malvado podría ser el amo, supremo creador y artífice de un enclave ubicado en desconocidos parajes, demiurgo que desde su kilómetro cero posee la magia de generar algo propiamente suyo en un gran tablero con seres humanos, polichinelas con cerebro y una lenta adquisición de conciencia.

Lo quimérico y la inexistencia de un punto en el mapa confieren empatía al texto con el lector y un positivo apremio a su imaginación, también a la de la autora, que de este modo, pues ella es la parca que hila la trama, saca de su chistera otro requisito básico en este tipo de experimentos iniciáticos: una poética que aproveche el descalabro de la visión tradicional de la imago mundi para formular pequeñas epifanías, milagritos que en la narración son viables porque los personajes son bebés en una especie de caverna donde su luz es sombra. Sus pasos son balbuceos. Es un Génesis de libertad vigilada, donde el mandamás es visible e invisible, un hombre que pasea, ordena y manda mientras impregna el aire de su esencia y condiciona la escena. Sus decretos tienen el lirismo de lo improvisado. El ciego del pueblo será el cura. El que redacte mejores epitafios el enterrador. Cuca, que lee los labios y es estudiosa, recibirá el encargo de marcar las horas con las campanas. Los pianos se concederán a los más interesados. La esposa del profesor es analfabeta. Cada oficio da pie a un episodio, cada designio activa una celda de la casa de muñecas hasta configurar un conjunto donde los problemas, tensiones y citas secretas de cualquier civilización salvo en la relatividad de lo establecido.

Belfondo evoluciona como un edificio que de la base escala cimientos que advierten de sus límites temporales, precarios porque a nadie le gusta estar en una nube sin ver el sol. Es un pueblo con inicio y finitud simultánea con muros de cartón piedra que se respetan seguramente porque desde la prostituta Beremunda hasta la mujer del amo crecen en la marea que supone cumplir un ciclo de descubrimiento. De la infancia a un estado adulto. Cobrar identidad y madurar, educarse y confirmar en el instante justo el valor de la experiencia.

La alegoría y la sentencia conclusiva, que quizá lleve a la carretera de la parábola, son arquetípicos en una narración con estas características. Su mejor ejemplo es italiano y lleva el nombre de Cesare Pavese, que en sus diálogos con Leucó supo trazar una insuperable línea mediante diálogos que perfilaban horizontes conceptuales con un toma y daca cancelado con una frase letal que finaliza la partida. En el caso del volumen editado por Principal de los libros el umbral entre su cuadratura del círculo o un mero buen intento se cifra en la consecución de una virtud indispensable. Crear un universo y contarlo es un reto que debe complementarse con un mensaje metafórico para que el pueblo se aposente en la realidad que analiza sin mencionar, y sí esto se consigue el lector hará sus cábalas sobre lo que el libro nos ha transmitido, meditándolo desde su globalidad, juntando sus cachitos para encontrar su filosofía que no pretende ser definitiva, por lo que su campo interpretativo se expande hasta el infinito desde unas coordenadas de inconformismo y esperanza cargadas de racionalidad.

domingo, 9 de enero de 2011

Breve Historia del culo en Revista de Letras


Traseros hasta en la sopa: “Breve historia del culo”, de Jean-Luc Henning
Por Jordi Corominas i Julián | Reseñas | 8.01.11


Breve historia del culo. Jean-Luc Henning
Traducción de José Miguel González Marcén
Principal de los Libros (Barcelona, 2010)


Son las nueve y media de un frío sábado decembrino. Mad men en la tele. Me encanta la serie y me cautiva Christina Hendricks. Sale del despacho. Se contonea. Silencio. Suspiro. ¡Madre del amor hermoso! Termina el episodio y cambio de canal. Blanco y negro italiano con ribetes dorados. Monica Bellucci, digna sucesora del animal más bello del mundo. Tiemblan los adoquines de Roma. ¡Mamma mia, mamma mia let me go! Cuando visito el Louvre siempre me detengo para contemplar La muerte de Sardanápalo del inmortal Delacroix. Me fascina la esclava desnuda, con su inolvidable as de oros, sagrado cuadril pictórico. No, no soy un culópata, sólo un ser humano normal y corriente que adora las posaderas. Caminar por la calle y voltearse está mal visto, pero oigan, vivimos una maldita vez, así que lo reconozco, cuando observo belleza, por mucho que sea trasera, me gusta admirarla, quizá desaparezca para siempre jamás, y los ojos se crearon para mirar e intentar deleitarse.

El culo es una parte corporal oculta y fascinante, casi prohibida porque durante siglos fue considerada inmoral, un oprobio basado en parte en la sodomía, prohibida por ley en Francia hasta 1791. Jean- Luc Henning le ha dedicado una breve historia que sorprenderá a propios y a extraños. Las mentes sensibles podrán leerlo sin escandalizarse, y espero que suceda lo mismo con aquellas personas maniáticas que consideren el tratamiento de su texto algo machista, no hagan como la sufragista que acuchilló en 1914 a la inocente Venus del espejo de Velázquez. No es sexismo, simplemente el autor repasa la milenaria tradición de las callanas y deduce que las femeninas han sido mucho más representadas, y nadie debe rasgarse las vestiduras. El antifonario de las mujeres tiene el doble de células adiposas que el del hombre, dándole un volumen más carnoso que provocará el delirio hasta que las estrellas se apaguen y el Planeta desaparezca. Sin embargo, es bien sabido que los griegos tenían una cierta querencia por el salvohonor masculino, pero si nos quedáramos en lo conocido deshonraríamos la magnífica investigación del autor galo, brillante al detectar la escasez de estudios sobre el tema y desarrollar una tesis que desde el fragmento se mete de lleno en el agujero, perdón, en el meollo de la cuestión.



¿Quieren saciar su curiosidad? Volvamos a lo helénico. Admiramos las estatuas marmóreas de la Antigüedad. Les recomiendo prescindir de catálogos e ir directamente al museo, pues de otro modo no podrán admirar esas nalgas de piedra tan bien esculpidas, perfección que es amor por la anatomía humana perpetuada en el arte por pintores, bailarines, cineastas, escritores y lo que ustedes quieran. El tabalario causó pavor desde la noche de los tiempos. En Roma, los encargados de la vigilancia de las costumbres eran conocidos como inspectores del culo, parte muy desdeñada, útil para faltar al respeto cuando queremos protestar. Los hooligans lo enseñan y la gente crea insultos que lo mencionan cada dos por tres. Por otra parte, creo que todos hemos sido niños. Las amigas de nuestras madres se arremolinaban a nuestro alrededor y admiraban lo inmaculado de nuestra puerta trasera, única al no causar estupor ni, dios nos libre, deseo carnal de ningún tipo. Cuando crecemos nuestra mente evoluciona y se fija en el tamaño. Sí, en la variedad reside el gusto. Los hay pequeños, de melocotón, grandes, respingones, estrechos, aficionados al contoneo, discretos, caídos y duros como una roca. El trascorral tiene gran cantidad de devotos. Dirán que sus funciones son limitadas, que no tiene ni voz ni voto. De acuerdo, pero si se paran a pensar las veces que lo admiran durante la jornada o las ocasiones en que acude a su mente concluirán que tiene su importancia.




Yoko Ono hizo un corto de siete minutos con trescientos sesenta nalgatorios ilustres. Su experiencia pertenece a la época audiovisual. Antes, los pinceles llevaban las de ganar y la mitología, aturde reflexionar y darse cuenta que hasta hace bien poco era el paradigma que resumía el comportamiento humano, se representaba hasta la saciedad. Las tres gracias de Rubens ocupan el lienzo y desbordan exhuberancia por el exceso con una rotundidad que Ingres repite en el baño turco, pero con más sutileza al repartir sus alargadas féminas en ese maravilloso tondo de 1862. No es que los enfants de la patrie tengan la primicia sobre tan noble parte. El autor barre para casa en sus apreciaciones sobre la grupa, y es bien normal. Géricault amaba las de los caballos, Edgar Degas frecuentaba los burdeles en busca de inspiración y el Marqués de Sade rompió tabúes en la desenfrenada locura del siglo XVIII, donde Occidente se dio a la lujuria y no sólo con Casanova, sino con el jolgorio típico de las épocas que amenazan ruina y exigen destapar vergüenzas para aliviar el dolor de la pérdida. El sufrimiento también está en el culo. Uno de los grandes personajes del Setecientos, el filósofo Rousseau, confesó disfrutar de los azotes, sadomaso light indemne a la tortura por eso de la piel regenerada del trasero. Las condenas por el ano eran terribles. Una rata entubada circulaba por su interior y los reos pedían el fin del suplicio hasta desangrarse.

Dejémonos de malos olores. Henning no menciona mucho los pedos, aunque su escaparate del orificio es interminable. Pellizcarlo produce sobresaltos y un leve dolor agradable, casi gracioso. Magrear y ser magreado. Partirse el culo. La expresión tiene tela marinera. ¿Cómo fraccionar algo dividido simétricamente? Gómez de la Serna quiso hallar igualdades pectorales porque con las nalgas no podía jugar y Buñuel poetizó la similitud de esas zonas erógenas en Un perro andaluz en la escena donde un ciego palpa los senos de una mujer desnuda que se metamorfosean en el protagonista del ensayo publicado por Principal de los Libros, a quien damos la bienvenida y auguramos más éxitos cargados de atrevimiento y originalidad. Al menos han conseguido que los que hemos leído su libro pensemos en ellos cuando acariciamos el tabalario de alguien a la luz de la luna, que, fíjense bien, también remite al culo. No se obsesionen.