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martes, 24 de abril de 2012
Cristina Fallarás en el Laberint de Wonderland
Tras el especial Wonderland de Sant Jordi recopilamos muchos temas,personas y contenidos. Fue un programa muy especial que por la intensidad de la jornada se estructuró en clips que merecen ser ampliados.
Por ello, tener mañana a Cristina Fallarás para hablar de últimos días en el puesto del Este y de su proyecto Sigueleyendo harán del laberint de este miércoles una magnífica oportunidad para seguir en una especie de día del libro perpetuo.
Cada miércoles a partir de las 15h
Radio Nacional- Rne4
100.8 fm Barcelona
En directo:Rne4
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jueves, 1 de diciembre de 2011
Diálogo con Gonzalo Suárez en Sigueleyendo

Diálogo con Gonzalo Suárez, por Jordi Corominas i Julián
El síndrome de albatros de Gonzalo Suárez me acompaña entre Barcelona y Madrid, entre aeropuertos, vuelos y temor a las gaviotas. Lo leo y sonrío en mis adentros por su experimentación, atrevida, arriesgada y cabal en un hombre de setenta y siete años que puede hacer lo que quiera con las palabras sin tener que vender un producto ni colgarse medallas de falsa revolución. El director de cine asturiano escribe literatura de calidad, divierte con las palabras y genera intriga a cada página sin dar excesiva importancia a la trama, sacudida por una estructura de alto voltaje que completan una serie de personajes que desde un supuesto estereotipo se mueven por el tablero con afán de cambiar lo previsible, plantear preguntas y encontrar la caja que desvele un sinfín de interrogantes esparcidos por casas y cerebros.
Es lunes. Llueve en la Rambla. Llego antes de lo previsto al hotel del diálogo. Finalmente aparecen Gonzalo y Elena Blanco, jefa de prensa de Seix Barral. Charlamos un rato, pedimos unas bebidas, jugamos con la mesa como si fuera una ruleta y optamos, pues es lo que nos ha citado en el lugar donde una señora resbala y se da de bruces sin mayores consecuencias, por encender la grabadora, aparcar los paraguas y comentar durante cuarenta minutos los entresijos de El síndrome del albatros.
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Por conocimiento y desconocimiento, mientras leía el libro pensaba mucho en su vertiente fílmica, por lo que buscaba cada dos por tres referencias cinematográficas en los personajes. ¿Qué relación tiene la novela con el cine?
Ésa no me la sé. Y es por una razón. En el fondo es un libro que me parece absolutamente imposible de adaptar al cine. Por otro lado debo decir que a la hora de escribir nunca pienso en la relación del texto con el cine. Desde luego a la hora de escribir no pienso en esa relación, sino más bien en la pulsión que me generan las palabras. Imagina que un productor me encarga hacer una película sobre el libro. Me ofrece treinta millones de Euros. ¿Te parece bien?
Sí, me parece bien.
Pues para tu sorpresa diría que sí. (Risas)
¿Y harías muchos cambios?
Siempre he hecho muchos cambios, hasta cuando he hecho adaptaciones de otros. No soy fiel. Si uno fuera fiel en la vida, todo se parecería lo más posible a un árbol, con raíces y un hogar sin moverte del sitio que te corresponde. Me gusta la aventura, y en literatura eso corresponde al tecleo de palabras que te transportan. En el cine es diferente, está la cuestión económica y no eres tan libre. Lo que sí es muy apetitoso es que te mueves, lo haces con otras personas, manejas elementos físicamente existentes para la ficción… Antes del libro existía la obra de teatro y sí que se me pasó por la cabeza rodarla.
¿Cuándo escribes piensas en imágenes?
No. Cuando escribo para el cine sí lo veo en imágenes, que son una consecuencia de las palabras.
Lo que más me inspiró este pensamiento cinematográfico del libro fue la casa de Ludivina. Me recuerda a la mansión de Gloria Swanson en Sunset Boulevard por su atmósfera sombría. Asimismo Zóster guarda cierto parecido con el protagonista de esa película.
Eso es cinematográfico o literario, Raymond Chandler, por ejemplo. Al no partir de una descripción de la realidad, algo que me ocurre con frecuencia al no ser costumbrista, inevitablemente utilizo los géneros. Lo de Sunset Boulevard está bien visto.
La casa medio abandonada, la atmósfera turbulenta, Zóster que llega y se encuentra el panorama decrépito. Sigamos con los géneros. Los mezclas constantemente.
Es por mi temperamento, un género degenerado.
Que termina siendo tu estilo.
Desde hace años me aburre la literatura de la que, sin embargo, me he nutrido. Me aburre la literatura decimonónica, que en un momento determinado de mi vida fue fundamental. El idiota, de Dostoievski, me impresionó. Me identifico con el personaje, no necesito a la novela. Sucede con los grandes libros. Los personajes se salen de la novela y no la necesitan para deambular por el inconsciente colectivo. En ese aspecto cuando empiezo una novela y me describen el entorno y sobre todo esa persuasión para parecer como si fuera verdad me aburro. Quiero una novela que empiece diciéndome que es mentira. Entonces me lo creo, porque es su nexo de realidad. Me gusta teclear las palabras como si fueran una melodía de jazz.
Y en tu novela no hay ninguna certeza.
Es mentira, toda la concepción de la vida desarrollada cronológicamente con un antes y un después lógico. Puede que sea así para algún notario que lo vaya registrando, pero en nuestra memoria, la vida, sin saber qué es, no es así. Si tuviéramos que reconstruirla de manera fidedigna lo haríamos mediante momentos e instantes que sobrevienen por un olor o sensación que nada tienen que ver con la ordenación de la novela, una convención superada por los medios y la tecnología. El instante ha invadido la realidad de tal manera que lo que pasa es un aquí y ahora continuo. En cierta manera obedezco un poco a ese síndrome de albatros. Podría construir una novela a lo Agatha Christie jugando a averiguar quién es el asesino. Quiero invitar el lector, sobre todo si es mujer, a una aventura. Es verdad que una novela está tan trucada como los videojuegos. Tienes varias opciones, todas trucadas.
A partir de la obra de teatro Lujuria los personajes del libro se dejan llevar por el texto hasta crear el suyo propio.
Eso es, y nada hay más realista que eso. No quiero una ficción que date todo con una cronología precisa ni nada por el estilo, eso me recuerda a los museos de Ciencias Naturales.
Una vez un escritor me dijo que no tenía sentido escribir un libro a lo Madame Bovary porque ya lo podía leer en cualquier librería. En este sentido El síndrome de albatros reivindica que la narrativa es un artificio puro y duro.
¿Y qué no es un artificio? No inventamos la realidad, siempre muta. El destino, la realidad y la novela sólo existen a posteriori. Partamos de una base. La vida es un sitio raro, algo que empieza con una carrera de espermatozoides no es normal. Y nos lo parece. Es excitante ver cómo a partir de vueltas de tuerca todo cambia. La novela es un juego con palabras que me descubre cosas.

Si me dan tu novela sin tu nombre y la leo así, por el simple placer de la lectura, concluiría que es una de las obras más experimentales de la literatura española reciente, y me parece que tienes más de veintisiete años.
Siempre sospeché tener más de veintisiete años. La voluntad de experimentar es como en el fútbol o en el boxeo. A la hora de pegar no debe verse tu intención, simplemente debes plantear la posibilidad de que pase algo. El tecleo literario activa resortes que evitan la rutina. No lo hago, obviamente, con voluntad rupturista ni vanguardista. Es cuestión de darte cuenta que estás vivo. Insisto en que en gran parte se trata de recuperar el instante.
Leyendo el libro lo veía como una caja con varias cajas dentro, parecidas entre ellas, con repeticiones queridas. ¿Ya tenías la estructura pensada o fue surgiendo mientras la escribías?
El inicio es la obra de teatro, Lujuria. Me dio motivo para construir algo sobre ello, pero luego propuse otras cosas que fueron pincelada a pincelada. No sabía adónde iba, ni tampoco sé donde he llegado.
Los dos personajes que recogen la madeja son Zóster y el psicólogo.
El psicólogo es un poco un jugador que sale del banquillo para dar aire al equipo.
Pues eso me serviría para encajar piezas. Leí la primera parte viéndola como un viaje interior, como si leyera el proceso mental de una persona. Y en cambio en la segunda parte se palpa más el exterior.
Es una teoría posible, pero nunca supe cuál es la historia exterior, que es decorado, porque en el fondo la perspectiva nunca son los otros, no existen. Siempre el emplazamiento de cámara está en la persona, es un interior que se proyecta hacia el exterior. Los datos exteriores son una proyección del yo.
Y en la novela se inicia la segunda parte contando el significado médico del síndrome de albatros, lo que puede dar a entender que en la primera parte hemos presenciado el delirio de Zóster, aunque lo que sigue no nos alivia mucho: el psicólogo también está loquísimo.
En la segunda parte se altera la estructura reconocible, pero en realidad hay un giro sobre el giro. El síndrome de albatros no es una historia seria, pero es serio entenderla. Hay que dejarse llevar por la trama.
Al principio también me costó reconocer e identificar bien al personaje del Ausente, con el que conectamos otra vez con el género y el cine negro de los cincuenta.
Totalmente. Todo eso está integrado en un deambular que no es el álbum de cromos con los cromos pegados en su sitio. Tienes un referente, un leitmotiv que vuelve y te ayuda a seguir, al estilo del jazz.
Al fin y al cabo es como si tuvieras unos elementos y arquetipos en la cabeza que no son inamovibles. Los puedes situar donde quieras, eres el creador. Puedes disponer de ellos y experimentar.
En el libro, muchas historias vividas parecen de mentira, y sin embargo todas son reales. No he leído mi libro, pero recuerdo una historia de una chica que se casa en Roma con un italiano. Más tarde muere su madre y la entierran con una cucharilla en un jardín. Olerá a fantasía, pero no es así. La imaginación me aburre tanto como la realidad. No necesito imaginar.
Y precisamente el eje que vertebra a los demás personajes es Paris, que flota entre la fantasía y la realidad, durante muchos instantes no sabemos si existe o es producto de la imaginación de los caracteres que desfilan por la trama.
Es una entelequia, es una chica ideal. Con la novela tengo relaciones muy diferentes en lo que a sus interpretaciones se refiere. De repente está claro, y seguramente es así en la novela, que la investigación que encarga la viuda, buscar a esa chica estupenda y maravillosa, está trucada porque lo que Ludivina quiere es que a través del tiempo se recupere lo que ella fue.
Volvemos a Gloria Swanson.
Exacto. Encargar a alguien una investigación porque su marido ha escrito una obra de teatro donde sale ese personaje. Si el libro tratara sólo de eso, si yo fuera capaz de disciplinarme, y siguiera con esa senda, quizá tendría un best-seller. Una mujer mayor encarga a un investigador privado que busque un personaje que es ella misma en otro tiempo, Cronos que se come a sus hijos, el terror.
Esa señora ya de por sí es fantástica, porque es capaz de llamar con un teléfono móvil desde su mausoleo.
Un amigo mío se quedó encerrado en un ascensor. No había nadie en la casa. Tenía el móvil para una sola llamada, casi sin batería. Llamó a una chica de Burdeos, se apagó el teléfono y pese a tanta desgracia fue rescatado. Siempre hay que llevar el móvil al mausoleo.
Supongo que uno tiene que ir con el dichoso teléfono hasta a L.A.; al ver la meca del cine en tu novela pensé, aunque ya he visto mi error, más en su posible adaptación fílmica.
No, pero quiero hacer otra película. No vuelvo nunca sobre terreno conocido. Por otro lado odio L.A., estuve el tiempo suficiente para odiarlo, antes que fuera un territorio accesible. Pasé seis meses en la ciudad con Peckinpah.
Hay un momento en que el productor le dice a Zóster que desea una película mezcla de La Dolce Vita y Antonioni con el aliciente del caso de Amanda Knox, el crimen de Perugia.
Y aquí servidor se metería en un problema gordo. Absolvieron hace poco a la chica. Defectos míos por no apostar por nombres ficticios. Otro crimen que aparece en la novela es el de Neuilly, con Marc Machin.
Y con el crimen de Neuilly volvemos a como un texto genera otro texto, porque a partir de leer sobre el crimen Machin inventa su propia versión.
Machin de repente cuenta la manera en que ha asesinado a una mujer en el puente pese a no haberla asesinado. Lo cogí de la realidad. Mi libro es un libro pop, extraigo las cosas de la realidad, haciéndolo de tal manera que todo el mundo cree que las invento. Repito. Un día tendré un problema gordo porque no he cambiado ni un nombre. Quizá un buen día un señor lea la novela y me denuncie. El médico es un psiquiatra con el que jugué un partido de futbol en UCLA. Hace tiempo me mandó estos dos casos. Con el paso de los años los meto en una novela y no le cito. No creo que me meta en la cárcel, pero los dos personajes que salen con sus nombres son reales.
Puedes decir lo de Vila-Matas. Al fin y al cabo todo es literatura.
Lo más sensato sería echarle la culpa a Carmen.
Buscamos una Carmen a la que echarle la culpa, terminamos nuestros brebajes, apagamos la grabadora y conversamos un rato más. Lo transcrito no puede igualar, y aquí enlazaríamos con lo dicho por Gonzalo Suárez a lo largo del diálogo, el momento vivido en el bar de un hotel. El autor de El síndrome de albatros no puede dejar a nadie indiferente, tampoco su novela.
sábado, 20 de agosto de 2011
Acicates veraniegos en Sigueleyendo
Acicates veraniegos, por Jordi Corominas i Julián
Publicado en 19 agosto 2011 por sigueleyendo
El verano es una estación absurda. Cuando era pequeño, y este año el clima parece confirmar mis peores sospechas, la identificaba con el surrealismo de los dibujos donde siempre brillaba el sol. En estos meses de supuesto calor me trasladaba al Montseny y el mes de Julio César me recibía con leves precipitaciones, fantásticas tormentas y algún regalo en forma de astro rey, factor que en mi adolescencia me preocupaba en plan altruista con la vista puesta en Francia. Quería calor para el ciclismo y buen tiempo para la piscina, y quizá sigue siendo así. ¿Qué habrá sido de Stéphane Heulot, maillot amarillo en un trágico sábado lluvioso de 1996? Esos recuerdos son oro, minucias que nuestro cerebro conserva para sorprendernos, literatura al fin y al cabo, libros abiertos de la realidad de nuestro pasado individual.
La única diferencia con mis años mozos es que ahora identifico mi retiro de la ciudad como una gran ocasión para trabajar a gusto y escribir sin tanta tentación urbana, pues la verdad es que en el pueblo apenas salgo, soy otro Jordi porque aprovecho mucho mejor las horas, más pausadas y silenciosas. La música no me abandona, pero la casa, el espacio y las sensaciones son una especie de bálsamo que me ayuda a escribir con pasmosa facilidad, como si las ideas hubiesen esperado ese instante para explotar, consolidarse y plantar su campamento en el papel.
Ello sería quimérico sin determinadas lecturas, lo compruebo cada vez que releo esporádicamente mis textos, que aportan inolvidables matices que con toda probabilidad me acompañarán hasta que desaparezca de este mundo. Sonia Antón Ríos, directora junto a un servidor del Panfleto Calidoscopio, opina que pasé por una profunda fase italiana y que en la actualidad, no lo negaré, estoy más metido en lo inglés. Si analizo mi summertime por libros de cabecera le daré parte de razón.
El primero de esta modesta serie de favoritos es Conversación en Sicilia de Elio Vittorini, un autor de bandera que merecería mucho más reconocimiento en nuestras tierras. Lo compré por la portada con la irresistible Virgen de la Anunciación de Antonello da Messina. Esa imagen me catapultó a una lectura impresionante. El italiano escribió su obra cumbre harto de la situación internacional y la injusticia de la Guerra Civil Española. Para sortear la censura fascista usó un lenguaje alegórico que pasados más de setenta años sigue capturándonos con arte hipnótico. Abrí el manuscrito y me embobé.
“Io ero, quell’inverno, in preda ad astratti furori. Non dirò quali, non di questo mi son messo a raccontare. Ma bisogna dica ch’erano astratti, non eroici, non vivi; furori, in qualche modo, per il genere umano perduto. Da molto tempo questo, ed ero col capo chino. Vedevo manifesti di giornali squillanti e chinavo il capo; vedevo amici, per un’ora, due ore, e stavo con loro senza dire una parola, chinavo il capo; e avevo una ragazza o moglie che mi aspettava ma neanche con lei dicevo una parola, anche con lei chinavo il capo. Pioveva intanto e passavano i giorni, i mesi, e io avevo le scarpe rotte, l’acqua che mi entrava nelle scarpe, e non vi era più altro che questo: pioggia, massacri sui manifesti dei giornali, e acqua nelle mie scarpe rotte, muti amici, la vita in me come un sordo sogno, e non speranza, quiete.”
Un hechizo y la identificación. El protagonista viajaba a Sicilia para reencontrarse con su madre, volvía al origen, topándose con personajes congelados en la cronología. Las naranjas eran buenas y el queso incomparable, al igual que el arenque, aceitoso hasta el punto de colmar el plato y derramarse por el suelo. Luego estaba el afilador. Lloraba por el dolor del mundo ofendido, compadreaba con medio pueblo y generaba ataques de risa, mérito del gran Elio, sólo con acercar su boca al oído de un amigo y carcajearse con simplicidad rural. Vittorini, del que también es absolutamente recomendable Uomini e no, dio el pistoletazo de salida de un rompecabezas que durante esa ya lejana estación completó el volumen más heterodoxo de Cesare Pavese. El turinés es un autor difícil, tanto que durante un período compré compulsivamente sus novelas y reconozco que al acercarme a su estantería meticulosamente ordenada y reservada me entraba un miedo casi ancestral. Quería devorar Il compagno, Tra donne sole o La bella estate y algo lograba paralizarme. No fue así con mi debut en sus redes. Dialoghi con Leucò, diálogos entre dioses y mortales que descienden hasta la raíz del mito a la búsqueda de la esencia primigenia, pureza de tierra y sangre en un intento de comprender al género humano tras la experiencia de la Segunda Guerra Mundial, como si con esa completa desnudez repleta de memorables sentencias, el lenguaje en forma de cuchilla afilada a la perfección, trazadas con un arado que quiere escapar de la oscuridad en el desolado paraje donde todo está por construir y la nada ha reemplazado al caos. Sin estas dos lecturas nunca hubiese completado Colors, novela en catalán, sepultada en el pozo de una lamentable y quebrada distribuidora, donde un hombre sin nombre llegaba de pura casualidad al pueblo de pueblos tras extraviar voluntariamente un mapa. La escritura prosiguió y surgieron personajes y escenarios simbólicos en un 14 de julio que tomé por su obvio canto de libertad y por ser el cumpleaños de Domingo Blanco, un viejo del barrio de Gràcia que escandalizaba a la muchachada con su épico toma castaña, un hit de los bares de la zona hasta que un resfriado le retiró a sus cuarteles de invierno, de los que sólo vuelve para emborracharse con sus allegados en la literaria Plaça del Diamant.
1922 y lo inglés: Joyce, Eliot y hasta lo austrohúngaro
2008, me siento un auténtico pesado contando una y mil veces esta historia, amaneció crítico. Terminé un relato que verá la luz en breve y enfermé por culpa de mi obsesión por captar cualquier detalle del paseo de una asesina. La luz del Diamant desaparece en la Calle Asturias, en las estribaciones de Torrent d’en Vidalet y así prosigue hasta que las narcóticas farolas de la Plaza Rovira brindan la justa ambientación para una masacre que resultó ser doble: la de unos pobres que maté en mi texto y la mía en Roma, con fiebre por vez primera en una década y una confusión mental que bloqueó completamente cualquier atisbo de escritura coherente, hasta que descubrí el sentido de mis anotaciones desperdigadas en libretas donde recogía frases ajenas, pensamientos callejeros y ocurrencias que ya no desdeñaba. Entendí que quizá había rebasado una frontera, y del malestar pasé a la alegría de saber con certeza que autocensurarse e imponerse límites era ridículo y perjudicial para mi salud. Renacer es una expresión osada y falaz, porque al fin y al cabo cuando inauguramos una nueva etapa llevamos con nosotros un bagaje que no desaparece.
Lo italiano siempre estará merodeando en los alrededores, pero desde aquel entonces usé más la música para comprender mis procesos y viré hacia terrenos más satisfactorios, menos estresantes, lo que resulta paradójico porque incrementé mi actividad, dedicando muchísimo tiempo a llenar huecos con caprichos que me pedían compañía a gritos. Uno de ellos fue James Joyce. La lectura de su mítico Ulysses, una de esas obras que todos mencionan pero nadie lee, ocupó un mes y medio de ese verano, y si bien creo que transcurrirá el infinito hasta que lo retome debo decir que sus dieciocho novelas en una fueron un aprendizaje inmenso que me reafirmó más si cabe en la obsesión por captar la totalidad y para ello usar mil formas y cuerpos. Ya desde la torre Martello sientes que estás flotando, tocando lo especial, y ése pálpito se expande in crescendo por las calles de Dublín, verdadera protagonista de la trama en una tradición muy en boga a principios del Novecientos, desde Manhattan Transfer de John Dos Passos hasta Berlín, sinfonía de una ciudad de Walter Ruttman.
Sin embargo mi memoria se para en lo concreto. Los fuegos artificiales y la masturbación en la playa. La genial catequesis del capítulo quince. El funeral. El riñón. El monólogo final es una obra de arte, pero prefiero otras partes de ese conjunto segmentado que debería ser obligatorio para todos aquellos que osen llamarse escritores. El irlandés era un tipo de armas tomar, un loco ególatra, una mala persona que mediante la conciencia de su brillantez esclavizó a sus semejantes. Si quieren comprobarlo les recomiendo Mi hermano James Joyce, relato autobiográfico escrito por Stanislaus Joyce, otro abnegado que también aparece en Los años de Esplendor, James Joyce en Trieste, magnífico ensayo donde John McCourt desgrana la experiencia babélica y alcohólica del autor de Dublineses, otra obra que leí en estío con la consiguiente depresión que desprende tanta decrepitud cotidiana, en la urbe fronteriza, patria natal de Italo Svevo, otra bestia con la que gocé durante horas con sus tres novelas y sobre todo con sus relatos, entre los que destaco L’assassinio di Via Belpoggio, una perla que, espero equivocarme, aún no tradujeron al castellano.
En 2009 entregué parte de julio y agosto a lo austrohúngaro. Sí, ya lo sé, Berlanga y el humor barato que trasciende esa esfera y nos introduce en un ciclo casi perfecto, una edad de oro que marca las primeras décadas del siglo XX desde cualquier ventana de la antigua sastrería Goldman&Salatsch de Adolf Loos. Podría mentir y decir que me empapé de Hofmannsthal y Weininger. No. Mi favorito es Arthur Schnitzler. Una vez superé su tópico Kubrick me maravillé por su hermandad psicológica con Freud en novelas como La señorita Else, Apuesta al amanecer o El teniente Gustl, historias de pavor e incertidumbre que van de la mano con Veinticuatro horas en la vida de la mujer de Stefan Zweig, monstruo voraz, ejemplo de hiperactividad, a quien admiro por versatilidad, cosmopolitismo y ojo clínico.
La noria de Viena y las mil setecientas páginas de Los demonios de Heimitio von Doderer siguen en mi mesa y algún día serán devorados. Ocurre lo mismo con Proust, algún que otro Dostoievski -El idiota y, curiosamente, Los demonios- y las memorias de Carlos Barral. Sé que caerán, sé con garantías que me reservan estupendas veladas.
Otro must de mis vacaciones es Martin Amis, de quien recomiendo, ¿por qué lo inmiscuyen a la babalà tantos literatos españoles en sus obras?, Experiencia, ligero, ácido, sarcástico y superior, sólo comparable en calidad con sus primeras novelas, en especial El libro de Rachel.
Toca ir cerrando este artículo, y lo haré con otra anécdota que condensa el porqué los libros veraniegos tienen tanta importancia en mi singladura.
En 2009 intentaba concentrarme en una suite poética, un descenso desde Sarriá al barrio de Gràcia. Mi bloqueo era monumental. De repente, husmeé en mi biblioteca y mi mirada me transportó a La tierra baldía de T.S. Eliot. Abril será el mes más cruel. Destierren lo manido. Abran el volumen. Su efecto es destructivo por benéfico, un imán que todo lo cubre, un verdadero río lírico de libertad, contundencia y empatía. Sus cinco partes, publicadas en el milagroso año de 1922, son un alud de sugerencias y estímulos que siempre me generan una irresistible necesidad de escribir, como si esas valientes palabras políglotas que circulan por un delirio muy racional supieran darme el impulso que enciende lo que guardo dentro y soy incapaz de sacar sin eso ligera ayuda casi espiritual. Naturalmente, aunque siempre habrá alguien dispuesto a trollear y opinar lo contrario, no siempre acaece así, pero reconozco que el poeta anglosajón siempre acude a mi vera cuando estoy apurado en un atasco, es mi superhéroe, y en la misma categoría podría englobar gran parte de los textos que han surcado estas líneas, acicates que demuestran su valía por su apoyo al ánimo y la mejora de mis capacidades.
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LIBROS CITADOS EN EL ARTÍCULO:
Conversación en Sicilia, de Elio Vittorini (Gadir, 2004)
Il compagno, de Cesare Pavese, (Einaudi, 1947)
Tra donne sole, de Cesare Pavese (Einaudi, 1949)
La bella estate, de Cesare Pavese (Einaudi, 1949)
Dialoghi con Leucò, de Cesare Pavese (Einaudi, 1947)
Ulises, de James Joyce (Lumen, 2010)
Manhattan Transfer, de John Dos Passos (Debolsillo, 2004)
Mi hermano James Joyce, de Stanislaus Joyce (Adriana Hidalgo ed., 2000)
Los años de Esplendor, James Joyce en Trieste, de John McCourt (Turner, 2002)
L’assassinio di Via Belpoggio, de Italo Svevo, 18990.
Dublineses, James Joyce, 1914
La señorita Else, de Arthur Schnitzler (El Acantilado, 2001)
Apuesta al amanecer, de Arthur Schnitzler (El Acantilado, 2004)
El teniente Gustl, de Arthur Schnitzler (El Acantilado, 2006)
Veinticuatro horas en la vida de la mujer, de Stefan Zweig (El Acantilado, 2010 – 11ª ed.)
Los demonios, de Heimitio von Doderer (El Acantilado, 2009)
El idiota, Dostoievski (Alianza, 2003)
Memorias, de Carlos Barral (Península, 2001)
Experiencia, de Martin Amis (Anagrama, 2000)
El libro de Rachel, de Martin Amis (Anagrama, 1985)
La tierra baldía, de T.S. Eliot (Cátedra, 2006)
martes, 21 de junio de 2011
El fin de semana de Bernhard Schlink en Sigue Leyendo

Intimidad teatralizada de la Historia por Jordi Corominas i Julián
Publicado en 15 junio 2011 por sigueleyendo
Los libros suelen gustar porque recuerdan metáforas pasadas y activan claves para el futuro. Leí El fin de semana de Bernhard Schlink a primeros de mayo, cuando el día del trabajo fue tapado por el de la madre y el 15M parecía una utopía. Aún lo es en parte, pero esa es otra cuestión a tratar en otras líneas. El autor alemán suele dotar sus textos de tensión, algo lógico si se tiene en cuenta que El lector, su obra más celebrada, cumple a rajatabla un esquema canónico. Kammerspiel suena muy bien. Interiores, concentración y diálogo. Este tipo de relato lleva consigo una lacra histórica que sobrevuela el conjunto en forma de amenaza y resolución. Se impone el ajuste de cuentas, íntimamente entrelazado con lo moral, clave que articula un pensamiento sólido que quizá, sólo quizá, peque de didactismo, clásico de un juez que dicta sentencia.
La dualidad penetra por todos los poros y gradúa escalas de interpretación y percepción de la lectura. Siempre tuve interés por el terrorismo urbano en la Europa de los setenta. Saber que el protagonista fue miembro de la Baader-Meinhof me hace abrir el libro con apetito. Resulta que Jörg asesinó a cuatro personas a lo largo de sus años de prolija actividad guerrillera de desencanto sesentayochesco, penando sus pecados en prisión. La Alemania del dos mil es un ejemplo en lo que concierne el manido tema de la memoria histórica, y buena parte de culpa es de las autoridades. El presidente del país decide indultar a nuestro protagonista. Se impone el perdón y un retorno a la normalidad que empezará en una casa de campo donde vive una amiga de esas que tanto han cambiado. Treinta años sí son y más si el aperitivo de bienvenida es un reencuentro con una serie de viejos camaradas que de lo hippie han abrazado lo yuppie hasta metamorfosearse en respetables profesionales con cincuenta primaveras a sus espaldas.
Naturalmente, un manuscrito de estas características es un puzzle donde todo debe encajar a la perfección, el genio de la dramatis personae es una mezcla explosiva para generar conflictos de distinto pelaje. Henner es un periodista de éxito, fiel desde la infancia. Christiane es la hermana, protectora, empecinada en no abandonar ni por un instante la sombra de Jörg, hastiado y esperanzado con la presencia de Ulrich, propietario de un laboratorio dental, quizá el negocio perfecto para apretar el botón de reinicio con tranquilidad. Al afamado empresario le acompañan su mujer y su hija, una adolescente que al descubrir lo que vale un peine tiene las hormonas más que desatadas, con lo cual imaginen, además de política, intrigas que emergen de la tumba y la controvertida adaptación del héroe resulta que tenemos matices sexuales que hasta pueden dar un toque cómico a la par que filosófico a la trama.
¿Quieren más? Ilse es una profesora de secundaria que quiere ser escritora, mientras Karin es una resabiada pastora protestante, la religión, a la que se añade su marido. El plato fuerte de la sesión se compone del abogado Andreas y Marko, un revolucionario del siglo XXI que pretende enrolar al ídolo para el movimiento, adaptado a la contemporaneidad transnacional con vistas al mundo árabe.
Las novelas teatralizadas tienen dos virtudes. Visualizas su contenido y lo piensas sin la velocidad de las tablas, con la paz requerida para mascarlo y asumirlo. El fin de semana nada por un simposio omnipresente, porque no sólo se basa en la mesa y transcurre a lo largo y ancho de la mansión rural, en aguas turbulentas. La esquizofrenia es múltiple y crispada. El pasado lidiando por adaptarse al presente y viceversa. La culpa y la libertad. Lo legal y lo cínico. La ingenuidad y la experiencia. Coordenadas que en su contrapunto amenizan la lectura, ágil porque los diálogos, lastrados por lo imperioso del concepto, se hilvanan y saben muy bien la dirección marcada en el guión tejido por Schlink.
El resumen de tantas moralejas es el sentido de la lucha, y no sólo desde un ámbito armado. Las dos caras de la moneda de los antisistema son la apuesta mayor al alternar sobre las transformaciones acaecidas desde la caída del muro de Berlín. El terrorista del paleolítico es testarudo en sus convicciones, alentadas por Marko, que aspira a ser el Virgilio que guie a su Dante por una senda de despreciable falseamiento de datos para pervertir el verdadero estado de la realidad histórica.
Normalmente cierro el volumen, me relajo unas horas y procedo a la crítica. En el caso que nos concierne tardé algo más de la cuenta. Tres semanas. Volví a pensar en mayo de 1968 para paragonarlo con el de 2011. Es prematuro emitir máximas. Jörg fue abducido por la derrota de pedir lo imposible. La izquierda europea perdió su hechizo y nacieron grupos extremistas que desde fábricas y universidades sembraron plomo por la frustración de la esperanza. Brigate Rosse. Baader-Meinhof. Nuestros prismáticos de Clío no tienen mucha potencia. En junio de 1968 no existió un Oráculo de Delfos que sintetizara lo venidero de la Revolución. En este sentido el protagonista de El fin de semana es un fantasma que retorna para anunciar que no se deben cometer los mismos errores de las generaciones que nos precedieron.
Este último párrafo demuestra cómo obtener un libro en un momento u otro determina seriamente la interpretación de la lectura desde lo privado. En lo público, el libro de Schlink no es sino un heredero algo disminuido, porque adolece de mordiente y sacudidas neuronales, de la venerada tradición teutona de una narrativa filosófica sobre la Historia, contemplada desde el puerto de la experiencia para ser ecuánime y no derivar en lo grotesco del panfleto.
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