Mostrando entradas con la etiqueta Anagrama. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Anagrama. Mostrar todas las entradas

viernes, 14 de junio de 2019

Josep Lluís Sert en 24 horas de RNE



Esta noche Antonio Delgado y servidor hemos dedicado la sección de cultura del 24 horas a Josep Lluís Sert, protagonista de la biografía escrita por María del Mar Arnús y publicada en Anagrama. Si quieres puedes escucharlo a partir de 1:03:30 del enlace clickando aquí

lunes, 10 de diciembre de 2018

Diálogo con Cristina Morales en El Confidencial


Ayer entrevisté a Cristina Morales en El Confidencial Cultura con motivo de la publicación de su Lectura fácil, Premio Herralde de novela. Si quieres puedes leer el diálogo aquí

sábado, 22 de septiembre de 2018

Al Capone en Todos somos sospechosos



El pasado martes dedicamos las noches en la Tierra de Todos somos sospechosos a la vida y obra de Al Capone. Si quieres puedes escucharlo aquí

lunes, 28 de diciembre de 2015

Una juventud y Tan buenos chicos, de Patrick Modiano





Díptico de búsqueda: Una juventud y Tan buenos chicos, de Patrick Modiano, por Jordi Corominas i Julián
Patrick Modiano, Una Juventud y Tan Buenos Chicos, Anagrama, Barcelona, 2015
Traducción de María Teresa Gallego Urrutia
La prosa de Patrick Modiano está impregnada de partículas aéreas aliadas con el recuerdo. Cuando el pasado otoño ganó el Premio Nobel se produjo en España ese extraño fenómeno consistente en la proliferación de súbitos expertos que sin contextualizar su obra se atrevían a juzgarla desde bases muy endebles. Entre las perlas de aquellos días recuerdo el tópico del autor que siempre repite la misma novela, como si la textura de sus palabras fuera un viaje en bucle hacia un mismo punto, una senda laberíntica imposible de desentrañar centrada en París y sus alrededores. Esta podría llegar a ser cierto, pero olvida parcelas fundamentales de un territorio muy especial donde la obsesión espacial se aúna con la memoria desde el detalle y una precisión quirúrgica propia de un detective de la cotidianidad.

Desde este punto de vista Modiano sería una especie de Flâneur de la segunda mitad del siglo XX con una particularidad: sus paseos son reconstrucciones que parten del cerebro y vuelven a instalarse en la superficie cuando ha transcurrido suficiente tiempo para que lo vivido canalice en lo escrito. Tras su inicial Trilogía de la ocupación dio un salto que le acercó a la obtención de su estilo en Villa Triste y Libro de Familia. La primera mostraba un gusto por ciertos ambientes turbios que chocan al protagonista, fascinado por lo extraño mientras ansía la obtención de un amor que le acerque a una paz obstaculizada por las situaciones acaecidas en un breve lapso cronológico. En cambio la segunda ya exhibe una marcada querencia por reconstruir el pasado personal desde la ficción entre calles, registros y la lenta labor de hilvanar piezas para que el puzzle de la comprensión encaje, pues gran parte de sus novelas son una búsqueda inexacta basadas en preguntas simples que devienen complejas precisamente por esa sencillez.



Una juventud y Tan buenos chicos fueran publicadas en 1981 y 1982. Pueden entenderse como una quête a la espera de dar con la tecla adecuada de un gran libro. Tras la consagración que supuso en 1978 el Premio Goncourt por Calle de las tiendas oscuras Modiano tuvo un largo período prolijo que, sin embargo, no termino de contentarle si se observa la selección de diez novelas que hizo en 2013 para la editorial Gallimard. En este volumen se aprecia un salto de un decenio desde su galardonada novela hasta Reducción de condena, que vio la luz en 1988. ¿Consideraba el Nobel su década de los ochenta como un campo de experimentos para pulir su material y darle un cuerpo más sólido? Este interrogante es el que me permite imaginarlo como cualquier escritor, entre dudas que nos asaltan y conducen a la acción, que en el caso que nos concierne derivó en un díptico encuadrado en un mecanismo estructural con similitudes por la evocación y diferencias bien marcadas por la trama.

Una juventud empieza con una pareja que a punto de cumplir los treinta y cinco años disfruta de una vida acomodada al lado de una estación de esquí. Este inicio desemboca en la necesidad de volver al origen y contar cómo se conocieron Louis y Odile, dos desesperados que, apenas salidos de la adolescencia, intentaban abrirse camino en el París de mediados de los años sesenta, fechas fundamentales en la trayectoria del narrador, arquitrabes de una arquitectura interior que se funde con la geografía de la ciudad de la luz para depararnos una historia donde la pareja protagonista circula entre míseros trabajos, sueños truncados en el espectáculo y la compañía de dos oscuros secundarios que mueven los hilos del relato con sus decisiones. La ambigüedad de esos acompañantes es un clásico modianesco, quien gusta de situar figuras experimentadas porque de este modo puede abrazar más trechos que tracen líneas temporales del paisaje y la Historia, convertida en la suma de pequeñas biografías que suman y restan desde intimidades que nunca mencionarán los periódicos desde esa perspectiva.




La tristeza de esos jóvenes en una estación de tren encaja con la pena de los antiguos internados de Valvert, esos Tan buenos chicos del título de la novela, hombres curtidos, derrotados sin saberlo por el destino, que coinciden con el narrador a lo largo de un período indeterminado. El pasado se plasma en el presente mediante la casualidad y unos pasos que convergen porque todos los implicados del relato saltaron a la realidad desde los muros de una escuela desquiciada con el deporte por premisa y la clausura como virtud. El trayecto colectivo que se dibuja en estas páginas es el de la riqueza que no ha sabido nadar en las aguas de la normalidad, el de la esperanza truncada que se resigna a transitar sin lucir ningún destello, y así, tras cerrar el libro, como siempre en Modiano, pensamos que quizá ellos podríamos ser nosotros. 

viernes, 4 de diciembre de 2015

El Reino, de Emmanuel Carrère




No es casual empezar por el número 1 bis de la rue Vaneau. En ese edificio vivió André Gide, excelso escritor autobiográfico, férreo protestante por tradición familiar y buen conocedor de los evangelios. Años más tarde esa casa con una extraña fachada curvilínea irrumpe de nuevo en la literatura francesa de la mano de El Reino de Emmanuel Carrère, digno sucesor del autor de Los sótanos del Vaticano.

La relación entre ambos debe cifrarse desde la inevitable evolución del género novelístico. Gide lo tocó en ciertos momentos de su existencia y consiguió cumbres como Los monederos falsos, obra en que su presencia personal es constante porque en sus páginas no oculta brindarnos un roman à clef con rostros bien reconocibles. El mayor hito del premio Nobel de 1947 fueron sus diarios, inclasificables más allá de su valor testimonial.

Por su parte Càrrere ha demostrado desde El adversario ser un valiosísimo apóstol de una literatura  diferente del yo que reformula la novela desde unas coordenadas donde el narrador es un detective de sí mismo capaz de aprovechar cualquier material para reflexionar, investigar y sacar una serie de conclusiones muy relativas. Su método deberá ser recordado como un cierto giro copernicano de principios de nuestro siglo que le ha conferido el honor, bien extraño en nuestra época, de poder presumir de originalidad bien aliado con un estilo propio que, además, ha influenciado a colegas de muchas y variadas latitudes.

En esta ocasión la excusa para su nueva creación surge de la transformación de su yo pasados veinte años. Creo que en Carrère es importante delimitar como frontera la caída del muro de Berlín. Sin el derrumbe de los comunismos su mundo sería otro y la influencia rusa quizá no podría formularse con tanto esplendor. Nos situamos en 1990. El novelista se encuentra perdido en una crisis sentimental y alcohólica. Una tarde, casi un presagio, acude al piso de su madrina en el número 1 bis de la rue Vaneau. Ya he dicho que las casualidades no existen.

Esta mujer es católica y ha insistido durante mucho tiempo en la importancia de la fe. El Carrère escritor emergente considera absurda la cuestión, pero en su desorientación se asesora, conoce al muy cristiano Hervé y un día la eucaristía le concede unas palabras para la gran sacudida: “pero cuando seas viejo, extenderás las manos y otro te la ceñirá y te llevará a donde tú no quieras”.
Se convierte y durante tres años cultivará su amor para con el señor a través de apuntes sobre el Evangelio de Juan en dieciocho libretas. El entusiasmo se desvanecerá entre la escritura de una biografía de Philip K. Dick y el retorno a una cierta normalidad.

Carrère es un hombre curioso. Tras Limónov debió costarle dar con un tema potente y lo localizó por un matiz filológico. En Los Hechos de los Apóstoles, supuesta segunda parte del Evangelio de Lucas, hay un pasaje decisivo. El narrador, hasta entonces bastante aséptico, menciona la súplica de un macedonio. Pablo, que aún no era santo e ignoraba transitar por el año 50 después de Cristo, se decide a ayudarle. Muy bien. El punto de inflexión es hallar en este fragmento un “inmediatamente intentamos partir a Macedonia, persuadidos de que Dios nos había llamado para evangelizarlos”.

Lucas está presente, luego cuenta la historia con conocimiento de causa y Los Hechos de los Apóstoles devienen un relato en primera persona, como la gran mayoría de los textos de Carrère, quien se interesa y se aventura a intentar trazar una biografía del patrón de los pintores s a partir de esa pequeña apertura de la puerta del Nuevo Testamento.

No importa mucho si lo consigue y el mismo es consciente de la dificultad del envite. Por eso aprovecha el mismo para trazar su peculiar visión de los orígenes del Cristianismo leyéndolos como si fueran una novela vista desde distintas vertientes. La primera es la suya de exégeta, una confesión de sus pesquisas inmersas en su día a día entre vídeos porno, enamoramientos y el desarrollo comprensible de toda investigación, plagada de saltos y sorpresas. La segunda tiene al autor del material como protagonista en la sombra porque, ahí accedemos a la tercera, Pablo es el héroe absoluto por su lucha contracorriente en su interpretación de la fe. Carrère entiende la magnitud del protagonista y los obstáculos del reto. Lo considera un trotskista de la secta, un outsider empecinado en desmontar el tinglado de los padres fundadores para expandir la palabra de Jesús en sentido ecuménico, y ese punto le da juego para plantearse cómo las creencias son desmentidos de la realidad, ilusiones del desprenderse de las exigencias de la razón para instalarse en mundo allende el mundo: el Reino de los cielos.

La narración fluye en su desorden ordenado de una sinceridad aplastante. Por principio todo narrador es un farsante, un manipulador incuestionable y el francés no lo oculta en ningún momento. Sin embargo expone a las claras sus intenciones. No pretende ninguna verdad definitiva, navega por el mar que él mismo ha generado y se deja llevar por el viento de la Historia sine ira et studio, con la objetividad subjetiva de quien contrasta fuentes, viaja con sus personajes y termina por conocerse mejor entre el mundo globalizado de la Antigüedad con Asia como punto de lanza, la Roma neroniana y la resaca de los Flavios, antesala de una consolidación hacia el lento estallido corroborado por Constantino.


El tiempo histórico se funde con el tiempo personal de este autodenominado Bobo, bourgeois bohème,  parisino. Sus teorías se hilvanan con el deseo de entender su propia  transformación y, con un toque sutil, sirven al lector para comparar lo remoto con lo presente, no desde la máxima marxista, sino desde el libre albedrío de la novela, bestia poliforme que se resiste a morir por el poder bautismal de algunos escritores. 

martes, 23 de junio de 2015

lunes, 26 de enero de 2015

Expo 58, de Jonathan Coe






La virtud del tiempo congelado: Expo 58, de Jonathan Coe, por Jordi Corominas i Julián

Jonathan Coe, Expo 58, Anagrama, Barcelona, 2015 
Traducción de Mauricio Bach

Hay vida más allá de la santísima trinidad encarnada por Martin Amis, Ian McEwan y Julian Barnes. Alan Hollinghurst, Edward St. Aubyn, John Lanchester o Zadie Smith lo demuestran. Todos estos nombres tienen una narrativa que tanto por forma como por temática puede definirse como muy británica, pero quizá ninguno de ellos refleja de un modo más concreto este sentido de pertenencia a las islas como Jonathan Coe, quien a lo largo de su trayectoria se ha revelado como un pequeño gran maestro a la hora de pintar frescos de Historia contemporánea a partir de minucias cotidianas que adquieren carácter universal y muestran la evolución de la sociedad inglesa, sus virtudes y miserias.
La obra del novelista de Birmingham tiene está obsesión en la modernidad de su país, como si a partir del detalle de las vidas anónimas aspirara a captar los constantes estados de ánimo a través de las décadas. En Expo 58 repite la operación al tiempo que altera la estabilidad territorial porque así lo requiere la idea conceptual que se trae entre manos, donde el viaje de Thomas Foley de Londres a Bruselas traza la superación de fronteras individuales y colectivas.

Resulta interesante comparar la última entrega de Coe con Chesil Beach de McEwan desde una perspectiva que encaja a las mil maravillas en la elección de un mundo para poder exprimir una serie de ideas. La Inglaterra previa a The Beatles, la que dicen falleció con el funeral de Winston Churchill, era un lugar que no había superado el adiós a su pasado imperial y seguía sin intuir esos sesenta gloriosos que le confirieron un puesto privilegiado en el podio de enhebrar modernidad. Tanto McEwan como Coe coinciden en sus novelas al plantear su retrato de esos años de impasse desde las parejas, pero uno lo centra en la monotonía de un matrimonio apenas estrenado que transcurre sus horas en la mediocridad programada de las vacaciones y el otro elige a una pareja consolidada invadida por una monotonía que rompe la llamada para la capital belga con la misión de supervisar el buen funcionamiento del pub Britannia, uno de los mayores atractivos de la presencia de los de la Union Jack en la Expo famosa por el Atomium.



Thomas Foley avanza a medida que se acerca el momento de partir. De sentirse muy del terruño empieza a sentir un cosquilleo por la responsabilidad que le han encomendado. Su punto de vista personal, plagado de inseguridades y de la nostalgia de un pasado no vivido porque su madre es belga, se mezcla con la euforia general que preside el ambiente del certamen internacional, donde el tutti frutti de nacionalidades crea una atmósfera bien distinta a la de las oficinas de Baker Street, repletas de discursos anquilosados y un hedor caduco que impregna todas las estancias desde una extraordinaria resistencia a la renovación.

El evento de ese ya lejano 1958, con Europa aun lamiéndose las heridas de la Segunda Guerra Mundial pese a la esperanza de la concordia entre los pueblos, se configura en la novela como espacio donde desarrollar una trama que desde la normalidad más absoluta permite a Coe armar una metáfora del miedo al dualismo URSS-USA mediante los personajes centrales del relato, desde el misterioso ruso que come patatas Smith hasta la actriz norteamericana. Estos amigos del protagonista son la excusa para introducir el espionaje desde una vertiente seria aunque paródica, con esa especie de Hernández y Fernández que son Wayne y Radford, encargados de velar por la estabilidad de ciertas relaciones internacionales en las que intervienen secretos de Estado, la energía atómica y otras cuestiones vitales para la seguridad en plena Guerra Fría y el enfrentamiento entre los dos bloques.
De este modo el hombre sin atributos que es Thomas Foley se verá empujado a una esquizofrenia entre mantener su cordura rutinaria de Ulises fuera del hogar y defender la integridad querida por su gobierno. Las tentaciones surgen para ahondar en lo cómico de una medianía condicionada por las prácticas británicas, un pudor crónico y el temor a perder la magia de algo excepcional, otro factor que resume muy bien el porqué el autor ha ambientado Expo 58 en un recinto cerrado que sin embargo rinde muy bien como metáfora de ingenuidad del protagonista, que de las cuatro paredes de su domicilio pasa sin solución de continuidad a la miniatura de feria. Entre ambos, única salida a la verdadera libertad, sólo media un avión que avanza y retrasa la hora para que nada cambie y el conformismo domine aunque parezca lo contrario.



Quien haya leído con atención esta reseña habrá observado un cierto gusto por cajas chinas bien diminutas que desencadenan tormentas, calmas tempestades que dejan sus semillas y provocan reacciones en cadena. Pese a ellas el conjunto sigue congelado y una máscara se impone pese al deseo de progresar de una generación muy pendiente de las bondades estatales, maná que aprieta mientras suelta migas de pan. Pocos años más tarde serían los más jóvenes quienes romperían con esa tendencia y apostarían por insertarse en el sistema a través de rupturas contundentes que si revolucionaron el mapa fue porque la quietud ni siquiera las contemplaba, y el color que emanó de esa metamorfosis es atractivo por emoción, pero para determinados prosistas los tonos grises son idóneos para desarrollar lienzos que desde un grano de arena llenan enteras playas.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

sábado, 4 de octubre de 2014

El bigote y Una semana en la nieve, de Emmanuel Carrère




El bigote y Una semana en la nieve, de Emmanuel Carrère, por Jordi Corominas i Julián
Emmanuel Carrère, El bigote, Anagrama, Barcelona, 2014
Traducción de Esther Benítez
Emmanuel Carrère, Una semana en la nieve, Anagrama, Barcelona, 2014
Traducción de Javier Albiñana

Con el paso de los años Emmanuel Carrère se ha labrado una carrera sólida que ha recibido varias consolidaciones. La primera a ojos del lector español llegó con El adversario, novela de no ficción que inauguraba un ciclo completado con Una novela rusa, De vidas ajenas y su segunda gran consagración. Limónov traza el periplo del escritor y político ruso desde coordenadas reales que, sin embargo, bien podrían compararse con las de personajes como Julien Sorel, pero en la encrucijada entre nuestro siglo y el pasado.

Antes de esta prolífica etapa Carrère fue un outsider que se atrevió, como tantos otros, con la ficción pura y dura mientras buscaba una voz propia que, en realidad, siempre tuvo. Lo comprobamos este otoño mediante la publicación de dos novelas escritas en 1985 y 1995, obras surgidas de una absoluta necesidad de verterlas al papel como demuestra que ambas se redactaron en menos de dos meses, como si el autor las tuviera en la cabeza y necesitara expulsarlas, como si esos hijos fueran un malestar que sólo se esfumaría en forma de libro.

La primera de ellas es demoledora e indica una serie de intenciones que han cuajado con el tiempo. El bigote, publicada en catalán por Labreu Edicions, las muestra desde una óptica que aun mantiene su vigencia, pues los tres decenios que han pasado desde su publicación no han desgastado su argamasa paranoica encuadrada en una tradición donde Kafka es evidente, Maupassant un recuerdo lejano y Buñuel un punto de referencialidad que Carrère transforma por completo en esta historia donde un hombre que siempre cree haber lucido un nutrido mostacho decide afeitárselo para sorprender a su mujer.



Cuando los seres humanos realizamos actos tan absurdos, palabra fundamental en el tejido narrativo que nos concierne, buscamos saber qué opinan los demás. La ausencia de comentarios escandaliza al pobre protagonista, quien termina por interrogar a sus allegados. De este modo empieza una locura que revolucionará su existencia, desestabilizará su relación conyugal y le llevará a plantearse su propia identidad en una vertiginosa lucha interior que el Carrère deja fluir con mucha habilidad por espacios cerrados y exteriores, escenarios simbólicos de una descomposición que en realidad se produce dentro de este antihéroe que parece notar la velocidad de los ochenta y el cambio de un mundo que se acerca a la globalización actual sin terminar de avistarla por completo.

Aun quedan recuerdos que se desvanecen, certezas caídas en un pozo sin fondo y una normalidad quebrantada por una anécdota que es la gota que colma un vaso repleto de tonterías que afectan nuestro devenir, trastocándolo con saña por nuestra propia impotencia para entender lo que es esencial.



La imagen es un factor determinante en este relato de un hundimiento adulto. El de Una semana en la nieve, asimismo cargado de introspección psicológica, centra su planteamiento en Nicolás, un niño inseguro y ultraprotegido que acude a un campamento de esquí junto a sus compañeros de clase. Si en El bigote veíamos cómo la desaparición de un supuesto trazo reconocible desencadenaba la tormenta aquí el motivo que apunta una serie de catastróficas desdichas es el descuido del equipaje en la bolsa del padre, quien en su desconfianza para con el mundo ha acompañado al pequeño hasta el sitio donde, en principio, debería empezar a cultivar su libertad más allá del hogar.

Sin embargo los condicionamientos son demasiado fuertes. La tortura se expresa en la imposibilidad de franquear las puertas de los recintos, donde la amenaza de lo cotidiano es menos peligrosa desde una seguridad que nunca es absoluta. El pánico del niño es otro botón del muestrario de patologías que en este caso se han desarrollado cuando su víctima aun no tiene suficientes mimbres como para asumirlas desde la plena consciencia, algo que permite al narrador recrearse en miedos fútiles y alucinantes imaginaciones que se entremezclaran con lo acaecido a lo largo de ese viaje donde brillan algunos rayos de esperanza, desde la música hasta la amistad de uno de los coordinadores, que desaparecen con la noche, tiniebla simbólica donde se concentran ansiedades que casi se reciben con beneplácito porque están ya dentro de las costumbres de Nicolás, quien desde un derrotismo muy triste acepta lo establecido casi sin rechistar.




Tanto en El bigote como en Una semana en la nieve la dualidad entre lo individual y lo inevitable de la superficie constituyen el engranaje que articula la maquinaria de una marginación que nace de los propios fantasmas y cuaja desde una irracionalidad que no es tal porque está insertada con naturalidad en nuestra sociedad. De este modo ambas novelas pueden leerse como una crítica de un sistema demencial, aunque nunca conviene olvidar que Carrère, y así lo demuestra su posterior trayectoria, es un apasionado de estos perfiles deshilachados que al no adaptarse al ámbito que los circunda emprenden una senda laberíntica que es la base de su atractivo, y lo dicho puede aplicarse a la gran mayoría de sus personajes, fichas desconectadas en un tablero donde se pide otra sustancia para transitar sin problemas. 

martes, 9 de septiembre de 2014

El meridiano de Greenwich y Cherokee, de Jean Echenoz





El meridiano de Greenwich y Cherokee, de Jean Echenoz
Jean Echenoz, El meridiano de Greenwich, Anagrama, Barcelona, 2014
Traducción de Josep Escué

Jean Echenoz, Cherokee, Anagrama, Barcelona, 2014
Traducción de Josep Escué

Puede que los últimos lectores que se han acercado al arte de Jean Echenoz juzguen su producción a partir de esa senda biográfica donde lo mínimo se infiltra en el tejido del espacio y sus protagonistas para lograr que a partir de los detalles sobresalga la esencia. Esta fórmula alcanzó su paroxismo en 14, donde su autor prescindió de personajes ilustres y convirtió a la Historia en el gran motor que acciona los acontecimientos de estas atmosferas minúsculas, marionetas de un conjunto al que están encadenadas.

Mediante una serie de ardides narrativos la escritura y la trama se desnudan porque no necesitan nada más. Lograrlo es una proeza que requiere una maestría surgida de otra fase, cuando se llegó a un umbral que era inevitable superar para seguir adelante entre prosas e historias. ¿Cuál era? No corre prisa, ya lo descubriremos.

Las obras de Echenoz empezaron a traducirse al castellano a finales de los ochenta. En 1989 Anagrama publicó El meridiano de Greenwich y Cherokee. Ahora las reedita y por eso quien escribe estas líneas ha pensado que ello da la posibilidad de articular una crítica desde varios niveles cronológicos.

Si fuera un crítico galo del momento en que salieron ambos volúmenes, 1979 y 1983, creo que enfocaría la cuestión a través de diversos puntos que aun hoy en día son de interés. En primer lugar centraría la obra en su contexto. Tanto El meridiano de Greenwich como Cheeroke parecen responder a una urgencia literaria por reinventar el Polar del Hexágono tras su edad dorada que deslumbró a medio mundo, sobre todo con una producción cinematográfica donde se alternó lo popular con obras de culto, y el joven Echenoz usó aspectos de ambas parcelas, como si así mostrara, algo muy propio de la cultura que vendría en el siglo XXI, que lo elevado puede conjugarse con tonos menos elaborados.



En segundo término abordaría la cuestión de influencias ajenas al género negro. En este sentido Echenoz se presentó en sociedad como un autor que conocía la tradición de su país, algo detectable en leves dejes Nouveau Roman y ambiciosos, pero sutiles, planteamientos donde emergía la figura de André Gide, quien desde finales del siglo XIX se interesó por el acto gratuito. Empezó a jugar con este concepto su Le Prométhée mal enchaîné, donde un sobre con dinero y un puñetazo en plena calle se erigían en caprichos con verdadera incidencia en la vida de las personas. El mayor ejemplo en su producción es del asesinato que Lafcadio Wluiki perpetra en ese tren camino de Nápoles en Los sótanos del Vaticano, crimen cometido sin motivo alguno, sólo por la diversión de ver qué pasa.
En este último caso las consecuencias del hecho afectan hasta al brillante malhechor, desencadenándose episodios que parten de pequeñas minucias que devienen significantes porque el destino es una casa donde todas las puertas están conectadas, algo que Echenoz comparte con el “contemporáneo capital” y aplica desde distintos ángulos que nos sirven para comprobar cómo construye sus personajes.

La joya de la corona de El meridiano de Greenwich es Théo Selmer, traductor de las Naciones Unidas que un buen día se cansa de su oficio, abandona Nueva York y comprueba, mientras lee diccionarios para no perder la forma, que es un notable tirador. De viaje por Sudamérica topa con tres viejos conocidos del edificio donde trabajaba y acaba con ellos por mero entretenimiento, y lo mismo perpetra Albin, killer que elige a sus muertos a partir de cuatro características esenciales. Sus macabras ruletas rusas difieren de otra que encontramos en una de las subtramas. Un hombre entra en un bar con un montón de sobres pardos en la mano y los reparte por las mesas. Vera recoge uno y de este modo precipitará su camino hacia las antípodas. ¿Les resulta familiar?



En Cherooke el protagonista es Georges Vache, quien por la tontería de seguir a rubia de aúpa y querer quedar con ella se ve involucrado en mil peripecias a cada cual más surrealista que se introducen en el conjunto para jugar con el lector, desbordado ante la profusión de elementos que configuran la novela, piezas de un rompecabezas que terminan por confluir. 

Estos matices quedarían apuntalados en el tercer ciclo de interpretación que brindan las dos novelas, muy parecidas entre sí desde algunos aspectos que incluyen la polifonía, un ritmo trepidante, la acumulación de enrevesadas tramas que convergen en una sola al final del relato y el sentido del humor como bandera, humor que uno puede detectar al otro lado de los Pirineos en Enrique Vila-Matas, con absurdos que salen potenciados por ser invisibles para la mayoría. Echenoz se revela como un notable narrador de París, de la que elige los espacios desde una valencia cartográfica y simbólica, pues notamos cómo los personajes avanzan con unos pasos que, en realidad, nada tienen de casual, si bien esto daría pie a discutir sobre el azar, otra parcela que tocan ambos libros desde lo cotidiano, donde todo es posible en el baile del tablero, hasta recalar en territorios lejanísimos, típicos y tópicos de una narrativa con unas señas de identidad muy definidas. El contenido de sus novelas es tan libre al erigirse como excusa para hilvanar con rotundidad el continente del estilo y la estructura, claves no sólo estéticas.


Para un lector avezado en la obra del francés, tanto El meridiano de Greenwich como Cherokee insinúan un itinerario que alcanzará un primer punto álgido con Rubias peligrosas, donde todo lo insinuado en sus novelas de debut se consolidará hasta un límite que conducirá a una nueva etapa que quizá ya haga agotado. La próxima entrega nos desvelará el secreto. 

jueves, 1 de mayo de 2014

El pudor del pornógrafo, de Alan Pauls



El pudor del pornógrafo, de Alan Pauls, por Jordi Corominas i Julián

Alan Pauls, El pudor del pornógrafo, Anagrama, Barcelona, 2014

Dar con la reedición de El pudor del pornógrafo, Ópera prima del argentino Alan Pauls, ha sido una experiencia con la que me he exigido una especie de cambio de rutina crítica, inevitable si se conoce la trayectoria del autor y se quiere afrontar la lectura como si se ignorara todo del mismo.
Como es natural no puedo pretender situarme en 1980, año de la escritura del manuscrito, pero sí puedo imaginarme a un joven letraherido que, ante el reto de su debut novelístico, maneja una serie de referencias fundamentales, inspiraciones que van de Borges a Kafka. Conjugarlas sin que se note en exceso, lograr que se fundan en un estilo propio, es la tarea, difícil porque iniciar una carrera siempre tiene un punto de ocultación.
Me explico. La primera novela de cualquier autor suele ser, salvo notables excepciones, un espejo personal con mucho de autobiográfico. En el postfacio Pauls considera que es un libro sincero, algo que contraviene hasta cierto punto lo que ha ofrecido después, aunque claro, no debemos tomar sus palabras al pie de la letra. Si nos centramos en la estructura elegida comprobaremos que hay una deliberada voluntad de escapar del típico corsé inaugural donde se deja fluir una serie de anécdotas que se consideran trascendentes desde la juventud. En este aspecto se capta un sano afán literario que desde la ocultación, el deseo de eliminar el yo para dar al personaje una voz propia y sólida, vira hacia un episodio concreto que se transmite desde lo epistolar.
El protagonista de la trama tiene una extraña profesión que hoy en día: responde misivas que le envían desconocidos con multitud de perversiones sexuales. El mismo juego de verdad mentira se expresa en estas epístolas, donde lo narrado tanto puede ser fantasía como un relato de desahogo real, lo que no importa al escribiente, quien rápidamente asociamos desde lo narrativo con Kafka o un antiBartleby entre su labor y la reclusión, pues el esfuerzo por responder las cartas condiciona su existencia. No sale de casa, ocupado en llenar páginas de palabras de morbo y consuelo.



Aun así, es lógico y comprensible, el atribulado protagonista sin nombre no escapa a lo humano en lo personal. Tanto erotismo en tinta debe tener su réplica de carne y hueso, y la ocasión llega con Úrsula, una chica con la que establece una extraña relación que evoluciona desde el voyeurismo, del balcón al parque, hasta la intensidad de un amor por correspondencia con un tercer elemento esencial: el mensajero enmascarado que recoge las cartas, factor clave por dos motivos: tiene la plena confianza de Úrsula y será quien líe más la madeja, o al menos eso deducimos.

El pudor del pornógrafo, salvo en su intro y en su conclusión, se articula en torno a las letras que el ávido consultar envía a su enamorada, de quien tenemos una visión perfilada por un único filtro. A partir de pequeños detalles, como la línea cronológica del asunto o la expresión de sentimientos, observamos la deriva de los acontecimientos, enmarañados porque, de repente, Úrsula llena sus envíos de contenidos que pertenecen a las epístolas que están en el archivo del antihéroe protagonista, un obcecado con mayúsculas desde su altruismo surrealista.

¿Cómo ha llegado esa información a manos de Úrsula si la soledad prevalece en ese cuarto que imaginamos oscuro y silencioso? La máscara huele a clave y simboliza la vuelta de tuerca que pretende el autor, juguetón con un misterio quimérico, porque por mucho que se empeñe el lector no hay pistas que permitan dilucidar cómo se escapan los datos que causan el estupor. Esta treta, propia de una Ópera Prima, suena a la anhelada pátina de original natural en quien desconfía de la recepción de la obra y añade un giro desconcertante, que sin embargo, pese a la incoherencia de no atar cabos, funciona a las mil maravillas en su misión de intrigar al lector.

Finalmente El pudor del pornógrafo apareció en 1984. Alan Pauls tenía un cuarto de siglo y toda una carrera por delante que confirmó los buenos augurios de su debut, y eso es digno de elogio. Cuando pasa el tiempo solemos sorprendernos con el exordio de las primeras espadas, con toda probabilidad por la desnudez que emanan, como si en ese instante el futuro no se intuyera y la prosa marcara unas inseguridades que, a partir de espléndidas estridencias, indican lo inmenso del camino por recorrer. Leer el kilómetro cero con perspectiva permite que la totalidad sea siempre más comprensible.

sábado, 12 de octubre de 2013

Diálogo con Ricardo Piglia en Microrevista

Entrevista a Ricardo Piglia

Recibí El camino de Ida tres semanas antes de confirmar que me encontraría por segunda vez con Ricardo Piglia. Mi método de lectura  para las entrevistas consiste en apurar el tiempo, casi como si las charlas fueran una misión. Me dan la fecha, la apunto en mi agenda mental y leo el libro apurándolo hasta poco antes del diálogo para conservar mejor su contenido. En este caso la espera fue tensa. Deseaba devorar la última novela del autor argentino y comprobar que Emilio Renzi seguía en plena forma, como siempre.
Me puse con la novela, la devoré y en el tren camino de Barcelona repasé todas las cajas que ocultan sus páginas, donde los diversos niveles de lectura se convierten en un reto más que estimulante para el lector, detective dentro y fuera de una investigación ambientada en la década de los noventa del siglo XX que, sin embargo, muestra problemáticas más propias de nuestra época, como si ese final de centuria preludiara todos nuestros males.
Llego al lugar de la cita, abro la puerta y a lo lejos diviso a Ricardo Piglia enfrascado en una intensa pero calma conversación con Miqui Otero. Me siento a esperar, escucho lo que dicen y luego, como favor por el tiempo transcurrido le pido al autor de Hilo musical que nos saque una foto para ilustrar el reportaje. Nos despedimos con la promesa de quedar pronto, saco mis bártulos y, finalmente, enciendo la grabadora.
piglia3
Jordi Corominas i Julián: Empecé a leer la novela y sentí que estaba dentro al pensar que habías generado al lector la sensación de ser un detective, algo que también incide en la banalización contemporánea de las personas, tipificadas hasta la caricatura.
Ricardo Piglia: Desde luego el detective sería un ejemplo de alguien que siempre mira al otro como más interesante y más peligroso de lo que es. Eso le mejora la mirada, porque no puede sintetizar a la persona con un rasgo, que es lo que ahora circula en la cultura, las personas se definen por un matiz. También es verdad que Renzi está en un mundo muy enigmático, y hasta que se adapta tiene la mirada de alguien que está atento.
Sí está atento, pero el lector husmea y no se fía de lo que nos cuenta Renzi, porque ve que ese orden muy marcado, seguramente por la estructura del campus, oculta un caos muy fuerte.
Desde luego, y puede decirse de cualquier relato que parezca demasiado estabilizado, es normal sospechar que se trastocara por un motivo u otro. En El camino de Ida hay varios signos, como la misteriosa llamada o ciertos golpes con el lenguaje. Cuando empecé la novela tenía claras un par de cosas: que Renzi estaría asombrado, con una mirada excesiva sobre los hechos por su condición de extranjero, y que tendría una relación con la muchacha, con Ida, metáfora de la ilusión de escapar de ese mundo.
La idea del extranjero se nota hasta en las clases que da sobre William Hudson, sobre todo en la metáfora de los anteojos. El aborigen se los pone y de este modo pasa a adquirir totalmente la condición de colonizado por quien se los da.
Renzi también está colonizado, esa era la idea, bien visto. Lucha contra esquemas y me interesaba este juego múltiple donde también interviene el lenguaje. Muchas de las cosas que están ahí salen en mi diario. He encontrado ese momento donde uno fija una experiencia mientras sucede como elementos interesantes para poner en una novela, algo que ni siquiera se ha elaborado, que simplemente está ahí. Todas estas cuestiones eran las que me interesaban y le daban imaginariamente el tono que quería para el libro, con Renzi medio perdido en el campus.
Y esa sensación de ir perdido se produce porque todo lo que tiene le es dado.
Sí, es verdad. Aterriza en la casa del otro, tiene un auto que no es suyo y funciona como alguien que parece el hombre invisible.
Está de paso, en un extraño tránsito. Él asume que la situación no es en absoluto estable.
Tampoco sabe qué hacer. Tenía más o menos la intención de buscar cómo se construía esa situación, sabía de la relación con Ida y que iba a morir. Esos eran los puntos claros. Avanzada la novela apareció lo de Unabomber, pero en los primeros capítulos pensé en un crimen en el interior del campus, y luego nació otra posibilidad.
Durante los primeros capítulos el lector cree que todo lo que ocurre en el campus es trascendente, hasta la relación de los tres estudiantes que siempre van con él y tienen, así se menciona, un triángulo más que amoroso.
En algún momento pensé en ese juego con los estudiantes que se convertían en asesinos, pero los libros se escriben con la metáfora del mapa, como si conocieras la primera ciudad y luego avanzaras poco a poco. A medida que progresaba la narración y surgían mundos apareció la idea de la violencia y así localicé el camino del personaje.
No tenías una carretera marcada.
No. La novela gira sobre la relación posible entre Ida y Thomas Munk y si ella estaba implicada en actos terroristas.
Algo que desvelas casi al final.
Claro. El viaje de Renzi para conversar con el convicto me pareció el punto hacia el cual iba el libro.
Y todos los viajes que emprende Renzi son para encontrarse a sí mismo, el último es un coast to coast.
Va hacia ese punto pero no encuentra respuestas. Son cuestiones de lo que uno imagina que tendría que ser una novela: plantea problemas y no los resuelve.
Y en algún momento se menciona que las buenas novelas siempre terminan mal.
La idea que las cosas se cierran de un modo perfecto es una ilusión. Siempre quedan incógnitas. Me parece importante que una novela ponga al lector en la decisión en torno a lo que sucede en la narración.
Es lo que hablábamos al principio. El lector participa y como detective debe intentar comprender el porqué cuando abre una caja aparece otra y así sucesivamente.
En mis libros siempre hay alguien que investiga algo, y en este caso concreto las pesquisas estaban conectadas con algo personal, Renzi se implica en la investigación y en un sentido tenía relación con el  impacto que le había producido la cultura norteamericana, y de ahí se llega a una violencia que no había previsto.
A lo largo de la novela se remarca mucho la alienación…
Un poco.
Y el dualismo de la cultura norteamericana.
Son cosas que surgen y que también son modos de discutir cuestiones que están en el debate general, no sólo en Estados Unidos.
Sí, pero enfocas el debate en los años noventa, justo después de la Guerra Fría, cuando estos temas de discusión no estaban tan presentes.
Empezaban a surgir tras un momento de ilusión donde pareció que todo se iba a calmar. Para mí era importante que el 2001 y las torres gemelas no formaran parte de la cronología del libro.
Son esos finales de siglo que si los analizas en perspectiva comprendes que nadie podía pronosticar el futuro.
Sí, todo el mundo cavilaba. ¿Te acuerdas? Todos haciendo pronósticos.
Estados Unidos ganó la Guerra Fría y se hablaba del Imperio único y del fin de la Historia.
Parecía que todo funcionara al unísono.
En la novela mencionas y fundes la victoria norteamericana con su máximo enemigo cuando hablas que los estadounidenses si se miran al espejo pueden ver la Unión Soviética.
¡En muchos aspectos! La sociedad de vigilancia y la idea de psiquiatrizar a quien políticamente toma decisiones que no son comprensibles para los mecanismos del sistema.
En la Unión Soviética quien disentía estaba condenado por locura.
Sí, por eso en parte puse un personaje que aparece desde el principio. En Princeton me hice muy amigo de una mujer mayor rusa que en El camino de Idaes la vecina Nina. Quería que mi amiga apareciera en un libro y en este caso hizo entrar la problemática rusa como trasfondo y la idea de Tolstoi, importante porque tanto él como Hudson fueron pioneros en tomar decisiones sobre el mundo industrial y se quejaron del mismo: preparan la plataforma para la aparición de Munk porque anticipan sus ideas, como por otra parte también hizo Thoreau.
Mientras se produce esta crítica surge una mezcla, porque la universidad puede recordar por su estructura a un claustro medieval, un reducto que es un punto de control.
Sí, está todo muy ordenado y las vidas están regladas. La otra cosa que tenía presente era la cuestión de las vidas posibles, las series que uno vive, como decías tú hace un momento con Miqui (ndlr: Otero) desde la dualidad de la profesión y la amistad, campos donde se producen conversaciones distintas en función del contexto. Esta combinación de posibles es más interesante cuando las dos facetas, porque así lo intentan las personas, no se tocan entre sí, algo que ocurre sobre todo en lugares y profesiones cerradas.
Es un tema muy actual porque la vida pública es una y luego intentamos proteger nuestra parcela privada.
Y de ahí nació la idea de la clandestinidad erótica y la clandestinidad política.
Piglia2
Y el limbo es el hotel.
Esos hoteles increíbles donde parece que nunca haya nadie.
Como hoteles de aeropuerto.
Sí, lugares rarísimos. En Nueva Jersey son frecuentes, supongo que serán para convenciones, citas y crímenes.
Y ni en esos no lugares hay escapatoria, porque en un momento Renzi está solo en el hotel y le ofrecen una carta de chicas para tener sexo.
Eso demuestra lo que decía, son sitios para sexo o para crímenes. También están dispuestos espacialmente del mismo modo para que la gente si se levanta de noche sepa dónde está el baño. Los que están habituados a estos establecimientos saben que el pasillo lleva al baño y tienen memorizados todos los recovecos del lugar.
Y esto podemos relacionarlo con la acción de Thomas Munk y la matemática de la arquitectura.
Entiende lo que ocurre en los lugares porque las corporaciones construyen del mismo modo las cosas.
Y se repiten las puertas, las ventanas y los ascensores en todo el país. La homologación.
El intento de espacializar y homogeneizar las experiencias.
La rutina de falsa igualdad.
Todo el mundo hace lo mismo en formas distintas y repite situaciones y hechos.
Por eso surgen necesidades de aislamiento como la de Ida o Munk.
Es verdad eso, no lo había pensado. Es muy intrigante la idea de la gente que se retira. El otro día leí la historia de un soldado japonés que se escondió veinte años en una isla porque pensaba que la guerra no había terminado.
Aquí en España se dieron casos que duraron décadas después de la Guerra Civil.
Algo me contaron. Son como Robinsones, organizan un inimaginable universo de vida cotidiana.
Curiosamente al principio de la novela Renzi encuentra que su casa del campus tiene comida como para sobrevivir a un holocausto nuclear, resistirlo por acumulación de alimento.
Sí, es curioso, es una pista más.
Que luego confluye en Munk. Es legítimo compararlo con los anarquistas del siglo XIX, porque adopta tácticas basadas en la propaganda por el hecho.
La comparación es válida, cito al ácrata Piotr Kropotkin y su idea de la individualidad como un sujeto múltiple. Mucha gente vuelve a leer esos textos como alternativas. Lo más interesante que tienen los anarquistas es que tratan que su vida sea como la sociedad que imaginan.
Munk es un heredero contemporáneo.
Sí, tiene algo de lo que tenían esos anarcos. En Argentina hay una historia increíble. Simón Radowitzky, un anarquista ucraniano, vino a la Argentina a matar al jefe de policía que había masacrado a unos obreros en el sur. Fue a una pensión, le dieron apoyo, pero trató de no conectar para no implicar a otros, cumplió su misión y pasó treinta años en una prisión y luego volvió a Europa.
En la Semana Trágica de Barcelona en julio de 1909 condenaron a cinco personas que no estaban implicadas directamente en los hechos porque no sabían a quien arrestar.
La individualidad múltiple bien representada porque no se pudo identificar a los verdaderos activistas por la acción de otras personas.
Exacto, no podían identificar a personas en concreto. Munk actúa solo, pero sus actos están enfocados para el bienestar del colectivo.
Está claro que tiene una idea de la presencia de los matemáticos y los científicos en la organización de la construcción básica del sistema. Hasta en el caso de Unabomber no se sabe hasta qué punto estaba solo. Resulta intrigante que pudiera liberarse del control del FBI, y al final cae porque el hermano lo delata.
¿Por qué te fijaste tanto en Unabomber?
La motivación para escribir una novela es tratar de entender a alguien que está haciendo algo ajeno a mi experiencia y a la de los lectores. Me ocurrió con Plata quemada, y en este caso el desafío, como siempre, era la tentación de ver si era posible trabajar con personajes con experiencias más allá de las normales, de la cotidianidad manida que tanto usa cierta literatura. Aquí también busqué entender porque alguien actuaba así. Por otra parte el personaje tenía dos aspectos que me interesaron mucho.
¿Cuáles?
Que leyera The secret agent de Joseph Conrad, actuándola, y que lo delatara su hermano, algo muy dostoievskiano.
Y el poder ante amenazas invisibles nada puede hacer, el resorte que produce el fallo es fraternal.
El FBI se gastó mucho dinero en encontrarlo y empleó una barbaridad de personas en encontrarlo. Era algo muy novelístico y encima el aparato de control no funcionaba.
Y se enmarca en unas coordenadas que se repiten a lo largo de los siglos, desde el Nuevo Testamento y antes.
Y con Snowden ocurrió lo mismo, porque lo delató un amigo hacker.
Lo enmarcas en los años noventa pero los temas tratados se corresponden con las problemáticas actuales.
En ese período histórico estaba todo implícito, las cosas no surgen de la nada.
También expones muy claramente un sistema de redes que no es Internet, está insertado en la realidad.
Sí, desde el campus que tiene una especie de estructura similar a la red hasta por los mecanismos de control propios del gran hermano donde se conecta todo.
En algún momento, y es una intuición de Munk, aparece una reflexión donde se expone que la gente más cultivada también puede ser la más peligrosa.
Has leído bien la novela, es una de las migajas de pan que dejo por su camino. La Universidad también implica, aunque hay gente extraordinaria, el riesgo de aislar la cultura. También tiene que ver con la formación de los matemáticos y los físicos, a los que aíslan de la experiencia, como si se les protegiera para que no se distraigan y carezcan de pasiones, algo que también se aplica en el campo de las ciencias sociales.
De hecho en la novela se menciona que los matemáticos son creativos hasta los 25 años.
Sí. Hay un deseo de perpetuar esto porque así ni crecen ni se enamoran.
Y así leen a Wittgenstein y el Finnegans Wake de Joyce.
Son como ex boxeadores. No producen nada nuevo a partir de cierta edad y sólo pueden enseñar algo. Después de ese tiempo de productividad tan intenso se alimentan con alta literatura.  Se abren a la cultura y a la discusión.
Su productividad es muy interesante para nuestro tiempo, porque se preguntan cuestiones de lenguaje, que es matemática y por desgracia se manipula.
Sí, y sin duda el tema del lenguaje es fundamental junto al de la violencia, donde podríamos incluir también la cuestión de la normalización del lenguaje.
Y llegas a lo políticamente correcto.
Que es la base sobre la que se construye ese mundo que por abajo está lleno de controles y violencia bien visible.
Que no escandaliza a nadie porque se asume.
Así es.
La violencia se muestra muy sutilmente, sin excesos.
Intenté no sobrecargar la novela de aquellas cosas que el lector debía terminar de construir.
¿Qué pasará con Renzi?
Pensé que al final su amigo lo esperaba con una botella de cerveza, pero después la saqué. Ya veremos. No se sabe.