jueves, 22 de septiembre de 2011

Los viejos demonios de Kingsley Amis en Revista de Letras


Una lenta y cruel agonía: “Los viejos demonios”, de Kingsley Amis

Por Jordi Corominas i Julián | Reseñas | 15.09.11
Los viejos demonios. Kingsley Amis
Traducción de César Armando Gómez
Lumen (Barcelona, 2011)


Conocer al padre antes que al hijo es una sensación extraña, pero en literatura todo es posible. El retoño responde al nombre de Martin y al apellido Amis. Es un gran y polémico escritor que en los últimos años aparece en la mayoría de manuscritos de jóvenes autores españoles. Ya ven, genera coña y sirve tanto para un roto como para un descosido, con el añadido de ser uno de los narradores británicos más solventes, con obras del calibre de Experiencia, donde precisamente expone sin pelos en la lengua su relación con su progenitor, Sir Kingsley Amis, quien a lo largo de su vida sembró admiración y odio a partes iguales.

Con Los viejos demonios cerró un círculo y recibió un inesperado premio Booker. Corría 1986 y el descaro de Martin había eclipsado la exuberancia de Kingsley. La novela que nos concierne huele en todo momento a crepúsculo aceptado de inevitable inercia. El escenario elegido es una metáfora del cementerio de elefantes. Gales en los años ochenta del siglo pasado empezaba a parecerse a cualquier lugar del mundo, si bien sus viejos habitantes defendían a capa y espada las tradiciones del lugar mediante la creencia de vivir en una remota Arcadia sostenible regada con abundantes dosis de whisky y nostalgia por un tiempo irrecuperable.

La excusa para esta trama polifónica se centra en el regreso del hijo pródigo. Alun Weaver vuelve a su tierra natal y espera ser recibido entre agasajos por sus compatriotas. Durante años ha trabajado muy duro para que el resto del Reino Unido valore en su justa medida las maravillas galesas, de las que dice saber mucho. En realidad el bueno de Alun es un farsante de tomo y lomo que se ha creído demasiado su papel. Adquirió su conocimiento mediante una profunda indigestión libresca, pero eso sólo lo saben sus amigos de siempre, que le acogen con desconfianza y un ligero poso de envidia que los acontecimientos harán derivar en odio. Malcolm, Peter, Charlie y compañía no se han movido del nido, quedan para emborracharse en un pub y penan sus existencias con prístina conciencia de finiquito. Los sueños han quedado atrás y la muerte atiende al final del camino. No hay más. O quizá sí, un cóctel decadente de desilusión sentimental propicia para generar enredos de primera categoría. En ellos cobrará mucho protagonismo Rhiannon. La antigua musa universitaria retoma la senda del origen junto a su pedante esposo, por quien profesa un afecto que oscila entre el desdén por su obra y la calma de la repetición de lo compartido en Londres, donde eran medianías que al abandonar la capital piensan adquirir otro rango. De trepadores a próceres, de pedigüeños a insignes personalidades ignoradas porque la cotidianidad se impone y los descendientes del Rey Arturo están más preocupados por su rutina que por la pompa de un fracasado con ínfulas, mentalidad que condiciona el argumento, más centrado en lo privado que en el escarnio colectivo al antihéroe.



La estructura de Los viejos demonios, no es tan fiero el león como lo pintan, se basa en una serie de interiores, casas de muñecas seniles que poco a poco desgranan la personalidad de los protagonistas. Para incrementar lo diáfano de la propuesta los capítulos trazan una clara división que introduce a todos y cada uno de los personajes de manera individual hasta que unen sus destinos con la aparición de Alun y Rhiannon. Y entonces se desata la locura controlada. Todos quieren reverdecer viejos laureles y enterrar la monotonía en el desván del recuerdo, lo que es francamente problemático si se tiene en cuenta que su presente es un frágil núcleo que topa con el muro que imposibilita cualquier tipo de avance. Las hazañas son una quimera, y ni siquiera queda un resquicio de luz. Los mecanismos que adquirimos son una losa que la vejez exacerba. El único consuelo radica en intentar desafiar lo establecido entre huesos gastados, cerebros embotados por el alcohol y aparatos reproductores que sin erecciones se contentan con abrazos y manos entrelazadas que activan sinapsis con lo que pudo ser y no fue.

Y aquí llega el instante en que ustedes se preguntan cómo pude soportar tanto bajón a lo largo de cuatrocientas páginas. Durante varios tramos medité que la obra probablemente es una autobiografía del estado mental de Kingsley Amis en el otoño de su singladura, aunque también podríamos lanzar la hipótesis que la unión de todos los caracteres resume los sinsabores de la tercera edad en los últimos estertores de Inglaterra en la Guerra Fría. Los que fueron jóvenes en la década de los treinta y escuchaban vinilos americanos han quedado postergados porque la aguja se ha disparado hacia otra dirección que ya no les corresponde y aconseja retirada, no para enarbolar banderas victoriosas, sino por sentido común y una decencia que raramente se contempla, pues cuesta demasiado aceptar la derrota de la transición entre lo establecido y lo que ya está sucediendo.

Por otra parte las situaciones- resumidas en un vaivén de seducciones, cogorzas e inconsecuencia- destilan un árido humorismo que no satisfará a cualquier paladar. No, no se trata de contentar a los más exigentes, pero sí es cierto que el primer Amis creó un libro muy duro y crítico consigo mismo y su generación, una novela que rezuma impotencia y ajusta cuentas con insólita y sobria severidad.

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