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martes, 23 de mayo de 2017

Rosa Chacel en Todos somos sospechosos



Hoy Laura González y servidor hemos dedicado las noches en la tierra de Todos somos sospechosos a Rosa Chacel, olvidada y ahora recuperada en nuestro paonorama literario por editoriales como Comba y Lumen. Si quieres puedes escuchar la charla aquí

miércoles, 26 de octubre de 2016

Jueves 27, 19h 30, Diálogo con Lara Moreno en Nollegiu




Este jueves tendré el placer de presentar en Nollegiu la última novela de Lara Moreno, Piel de Lobo. Dialogaremos sobre el libro a partir de las 19,30 horas.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

El capitán Carlos Barral en El Mundo



El pasado sábado se publicó en El Mundo mi artículo sobre las Memorias de Carlos Barral. Si quieres puedes leerlo aquí

miércoles, 25 de marzo de 2015

viernes, 13 de junio de 2014

Diálogo con Jenn Díaz en Número Cero




El pasado mes de abril tuve el placer de charlar con Jenn Díaz en torno a sus dos últimas novelas: Mujer sin hijo y Es un decir, editadas respectivamente por JotDown y Lumen. Puedes leer la entrevista en dos clicks


Primera parte


Segunda parte 

jueves, 16 de enero de 2014

Con mis propias manos, de Maurizio de Giovanni



Con mis propias manos, de Maurizio de Giovanni, por Jordi Corominas i Julián
Maurizio de Giovanni, Con mis propias manos: La Navidad del comisario Ricciardi,  Barcelona, Lumen, 2014
Traducción de Celia Filipetto

En un pasaje de Autopsia, notable novela de Miguel Serrano Larraz, se menciona la flagrante ausencia de los pesebres en el pop español en contraposición con su uso frecuente en el mundo de la canción anglosajona, donde los fonemas de la palabra facilitan su rima con otras.

La imago mundi que representa esta construcción navideña se forjó en Nápoles, donde es una tradición muy arraigada que hace las delicias de niños y adultos. Por ello no es de extrañar que Maurizio de Giovanni sitúe una de sus figuritas como clave resolutiva de uno de los crímenes de su serie dedicada al enigmático Luigi Alfredo Ricciardi, comisario de la ciudad partenopea en tiempos oscuros.

La quinta entrega de sus aventuras se sitúa en vísperas de la navidad de 1931. El asesinato de una pareja en el barrio de Mergellina desata todas las alarmas. El crimen ha sido muy violento y huele a venganza, entre otras cosas porque uno de los finados era centurión de la milicia fascista del puerto, con suficiente poder para extorsionar a pescadores y acaparar enemistades que explicarían las sesenta puñaladas recibidas en su cuerpo.



El escenario del crimen está repleto de sangre que no oculta a un pobre San José en el suelo. El símbolo de la paternidad despreocupada, que sólo lucha por el bienestar de sus hijos, yace a los pies de una mesa, desgajado de su hábitat natural que es el pesebre.

Ricciardi, puente entre vivos y difuntos por un don especial, acaba de sortear los peligros de un adiós prematuro tras un accidente. El milagro de su recuperación y su poco interés por subir escalafones en la jerarquía policial le hacen un ser incómodo pero útil por su capacidad. Nadie más aúna tantas virtudes en pesquisas y resoluciones.

A su lado siempre está Maione, su Sancho Panza partenopeo, con barriga, un amor profundo por su familia y la desdicha de sentir como en esas fechas de paz y amor duele el recuerdo de la pérdida de un hijo asesinado.



¿Quieren más ingredientes? En esta aventura todas las piezas ya son muy reconocibles porque cada historia de la saga ha dado a sus protagonistas rasgos muy reconocibles. El doctor Modo, contrario al régimen mussoliniano, es el ojito derecho del comisario. Le ayuda en sus cavilaciones y no tiene problemas en ser generoso con los más necesitados. Su papel es determinante porque muestra el lado más humano del protagonista, asimismo visible en sus visitas a un cura que sabe de sus quebraderos amorosos entre una rica romana, la viuda Vezzi, y Enrica, su tímida vecina que cierra la ventana desde donde con anterioridad esperaba el discreto saludo del investigador de la sordidez urbana. La madeja no se lía sólo en el trabajo. Los hombres somos un perpetuo bucle de preguntas útiles para avanzar en el camino.

¿Quieren más? Los casos de Ricciardi son un estado mental que fluye por el tejido de una ciudad única e irrepetible. Los paseos y movimientos reflejan el exterior aún insertándose en un orden interior que es el del cerebro de todos y cada uno de los implicados, que no por nada residen en unos espacios determinados que explican, además de su profesión, personalidades y circunstancias. Lo dicho sirve tanto para monjas como para marineros o rufianes caídos en desgracia.

La estela de Ricciardi no deja a nadie indiferente. En Con mis propias manos deberá vérselas con fascistas de primera hora caídos en desgracia, superiores ineptos, religiosas amargadas, pescadores sin recursos y mil fuerzas ocultas que conspiran para impedir facilitar la tarea detectivesca, importante hasta cierto punto en un universo donde las cuestiones privadas tienen una relevancia cómplice con el lector.


Si nos centramos en un análisis basado en el giallo, observaremos cómo de Giovanni sabe aguantar la intriga casi hasta el último aliento mediante una intensidad acrecentada por la brevedad de los capítulos y la sabiduría con que alterna las varias voces narrativas que pueblan sus textos. Por otra parte cabe decir, y me parece de suma importancia, que no estamos ante un narrador que se limite a lo escabroso. Merece un aplauso porque su serie dedicada a la Nápoles fascista transcurre con la lentitud de la época de la que refleja tradiciones e idiosincrasia sin resultar petulante ni forzado. Todo fluye y se enmarca en el contexto, tan fundamental si se habla de un pasado tan negro desde el doble sentido mortuorio y dictatorial de aquella Italia, un pesebre viviente donde las nuevas simbologías añadían más riesgo a la ya de por sí tortuosa existencia.  

martes, 7 de enero de 2014

El arte de leer, de W.H. Auden



El arte de leer de W. H. Auden, por Jordi Corominas i Julián
W.H. Auden, El Arte de leer, Lumen, Barcelona, 2013
Edición de Andreu Jaume
Traducción de Juan Antonio Montiel
Uno de los aparentes problemas del mundo contemporáneo es la velocidad que ahoga la perspectiva e impide que muchos autores tomen conciencia de su oficio. Para lograrlo no está de más dedicarse a la crítica. La lectura de los demás permite asumir la tradición, enmendar errores y trazar un perfil de coordenadas que va de lo general, mediante el análisis del pasado y el presente, al punto particular que siempre es uno mismo.

Por eso creo que el poeta del siglo XXI debería ser fiel al estímulo de alternar su propia producción con ensayos que le permitan navegar con mayor fiabilidad. Sin el conocimiento de lo pretérito no es posible alcanzar nuevas aguas con solidez. Ir a ciegas a veces puede resultar interesante como experimento, pero ya dice W.H. Auden que cada poema que escribimos es fruto de lecturas, vivencias y un vasto conglomerado de factores, por lo que el resultado será consecuencia del todo, con sus virtudes y sus carencias, siempre más visibles en verso que en prosa.
Los ensayos del autor inglés nacionalizado estadounidense, como si se tratara de un anverso de su admirado y temido T.S. Eliot, deben leerse desde una doble vertiente que viene condicionada por el paso del tiempo. La primera es la esencial y se relaciona con los interés del poeta anglosajón, quien a lo largo de toda su trayectoria supo combinar sin excesivas petulancias su amor por la prosodia y una voluntad de ser entendible desde la conciencia que sus opiniones no contienen ninguna verdad universal.

Dentro de este primer punto cabe destacar, algo bien visible en los ensayos dedicados a leer y al propio arte de la escritura, el dominio de Auden para con el aforismo, utilísimo por su capacidad de síntesis, que en ocasiones parece erigirse como un rasgo diferencial, como un modo de alejar la sombra del monstruo de La tierra baldía, más dado a extensos circunloquios igualmente válidos pese a su poso menos coloquial y mucho más retórico.



Desde esta tesitura reluce la segunda faceta característica de nuestro protagonista, quien habla con una naturalidad que hace fluir el ensayo. Ello se debe en que en ocasiones los textos son conferencias que pronunció para un auditorio, aunque este rasgo estilístico no se debe sólo al público. Lo entendemos en parte a través del último apartado del volumen, fragmentos de conversaciones donde el poeta se suelta desde la sinceridad de la conversación. En esos pedacitos orales captamos lo personal e intransferible de su idiosincrasia, desde la ironía, de la que advierte sobre su abuso, hasta un gusto contrario a lo francés salvo excepciones como Cocteau, valorado por su agudeza sin par, y Valéry, encomiable por una inteligencia que no explota al máximo sus talentos para aquello a lo que se dedica.

Estas consideraciones sirven al bardo para trazar líneas de oposición entre las varias prosodias, que entiende no sólo desde el lenguaje, sino también desde el contexto en que fueron forjadas las obras. La lucidez de estas reflexiones derriba mitos y ahonda en una evolución que ni puede eternizar la figura romántica ni privilegiar, un peligro que hoy en día sigue de plena actualidad, una propensión al ombligo que deje la construcción del verso como una especie de cementerio de seres vivos que se leen entre ellos sin preocuparse en absoluto por la sociedad y su devenir.

Otro valor fundamental de estos ensayos es el espectro temporal que abarcan. Las disquisiciones sobre los griegos, donde alarga lo canónico y con buen criterio no sólo se limita a los clásicos anteriores a la era cristiana. La cuadratura del círculo se completa con su veneración por Kavafis y la heterodoxa forma que este tenía de volcar sus filias y fobias mediante la historia y la evocación de una época que sin ser la suya le daba más que juego para glosar la contemporaneidad con inusitado lirismo.

El trozo más goloso del pastel que es esta edición de Andreu Jaume es la dedicada a los autores de lengua inglesa. Admirables son los ensayos dedicados a los sonetos de Shakespeare, los místicos protestantes y el mártir como héroe dramático, si bien creo que se percibe la vocación y la constancia de Auden en la serie que desmenuza las figuras de D.H. Lawrence, E.A. Poe, Tennyson y Lewis Carroll, donde además de una querencia puede confundir ironía con sarcasmo hallamos una capacidad de hilar fino con los pequeños detalles, visible, por ejemplo, en la explicación sobre las preguntas que Alicia hilvana para desmontar el rígido mundo victoriano y las convenciones entre niños y adultos.


La escuela anglosajona del siglo XX supo mezclar con solvencia, y mucho rigor, crítica y creación. Auden no es Eliot, ni falta que hace. Ambos gigantes, con el primero mirando al segundo con cierto pánico reverencial, son una puerta que nosotros no debemos cerrar para aprender y regar el camino con aguas que a veces creo demasiado olvidadas. La rapidez de nuestra era hace necesarias estas publicaciones que advierten y ubican la musa en territorios que dan a la inspiración una ética del trabajo muy alejada de frivolidades más que prescindibles, lacras a sepultar en la basura con rabiosa inmediatez. 

lunes, 14 de octubre de 2013

El otoño del comisario Ricciardi, de Maurizio de Giovanni





La cosa se complica, Luigi Alfredo: El otoño del comisario Ricciardi de Maurizio de Giovanni, por Jordi Corominas i Julián

Maurizio de Giovanni, El otoño del comisario Ricciardi, Barcelona, Lumen, 2013
Traducción de Celia Filipetto 

Para los que disfrutamos con novelas que mezclen acción y reflexión insertadas en un contexto bien construido la saga del comisario Ricciardi urdida por Maurizio de Giovanni es oro puro. Durante muchos meses pensé que la cuarta entrega de la serie significaría su final, pero tras leer El otoño del comisario Ricciardi he investigado un poco, descubriendo que en Italia el filón ha generado dos nuevas novelas que perpetúan las varias intrigas de la serie, desde los amoríos de su principal protagonista hasta la lucha contra la obesidad de su lugarteniente Maione.



Esta cuarta entrega sucede entre la última semana de octubre y la primera de noviembre de 1931. Nápoles sigue siendo una ciudad incontrolable que necesita orden porque en breve llegará de visita oficial Benito Mussolini y claro, nada puede fallar. Por ello la presencia de Ricciardi y sus extrañas pesquisas suponen un problema para sus superiores, impacientes por agasajar a los jerarcas fascistas y ganarse su beneplácito, que poco importa al comisario, obsesionado con un defecto de su marca de fábrica consistente en ver la última escena vital de los moribundos y escuchar sus últimas palabras. Esta danza infinita con los fantasmas no se produce un día en que debe acudir a la escalera de Capodimonte, donde han encontrado a un pobre niño muerto del que no oye nada, lo que le hace suponer que tras el hallazgo de su cadáver hay gato encerrado.

Y si Ricciardi lo piensa así es, no les quepa la menor duda. Las pesquisas llevan a un peculiar cura muy amante del dinero que acoge a chavales pedigüeños y les brinda cama y una pequeña educación a cargo de las mujeres que sustentan económicamente su iniciativa. ¿Quién es el muerto? Un tartamudo de siete años  que por las mañanas acompañaba a un ladrón de guante blanco que engañaba a las pobres señoras del vecindario. No se imaginen a un caco elegante. Piensen en la miseria y encontrarán miseria. No hay más.

El difunto siempre iba acompañado por un perro que ahora sigue a Ricciardi, quien con tanta insistencia terminar por molestar a sus jefes, intrigados ante tanta búsqueda de un caso que, en apariencia, no la merece. Además la inminente visita del dictador aconseja cautela, por lo que el barón oculto con grandes dotes detectivescas recibirá un permiso de una semana de vacaciones que cambiará su existencia.
Este descanso obligado hace que converjan muchas situaciones. La viuda Vezzi, bella y adinerada pretendiente del comisario, moverá mas y tierra para conquistar a su pretendiente. Los acontecimientos históricos le darán oportunidades porque ella se encargará de organizar una fiesta donde asistirá la fiesta del Duce, y claro, en ese sentido que un hombre del cuerpo la ayude puede ser de gran ayuda.




Pero ese hombre tiene otros planes amorosos. Su enamorada de la ventana, Enrica, ha dado saltos de alegría con la notita que le ha mandado. La correspondencia entre ambos se incrementa con timidez y un rayo de esperanza asoma en el horizonte de su, hasta ese instante, inexistente relación porque la tata de Ricciardi desea que todo llegue a buen puerto. ¿Lo conseguirá?

La única cosa clara es que nuestro héroe no quiere sus días libres para repanchingarse en el sofá. Ha asumido que nadie le dará cobertura en el asunto del chiquillo muerto, pero él quiere saber la verdad y meter las narices donde nadie le llama. Acudirá al centro religioso, preguntará y será el mayor inquisidor con la ayuda de muchos amigos y de su particular Sancho Panza: Maione hará el trabajo sucio y acudirá a hablar con el travesti nenita para sonsacarle información de los bajos fondos que propicie avanzar en el embrollo, maldito hasta extremos inimaginables.

Como pueden observar la trama se nutre de diversas capas que generan una densidad que nunca pierde ligereza y velocidad. Tras cuatro novelas De Giovanni maneja con garantías las teclas que mueven a sus personajes y es un perfecto capitán del barco, que en esta ocasión acelera y viola, como siempre, la previsibilidad del guión, desbocado en la evolución de los hechos y fulminante en el múltiple desenlace que dejará sin aliento a los seguidores del misterioso napolitano que nunca lleva sombrero y deja que la lluvía empape su ropa y sus pensamientos.

Con El otoño del comisario Ricciardi confirmamos algo que ya auguramos en la primera entrega, en aquel no tan lejano invierno en la ópera: el personaje principal es excepcional, uno de los mejores de los últimos años en su género, brillante por mostrar la dualidad del detective y la del ser humano con muchas sombras que espera ver la luz cuando libere su conciencia de las tinieblas que le atenazan, lúcido por ser la irreverencia que topa con el conformismo de esa época de la historia italiana, inteligente por el defecto que le confiere originalidad y perfecto porque los secundarios proporcionan la energía necesaria para que la maquinaria nunca se agote.

La saga ubicada en la capital campana no tendrá el experimentalismo, extraordinario y vanguardista, del red riding quartet de David Peace, pero es precisa y estimula de modo que sus volúmenes son devorados con suma facilidad hasta querer que la siguiente cita con la ciudad partenopea llegue lo antes posible. Esperemos que no haya quinto malo.

domingo, 26 de mayo de 2013

Persecución de Alessandro Piperno en Literaturas

Pe

Por Jordi Corominas i Julián 
/ Autor.- Alessandro Piperno,
Editorial.- Lumen
Pag.- 448
244_H421364.jpgHay autores que con pocas obras logran mostrar a las claras que senda tomará su trayectoria literaria. Alessandro Piperno es uno de ellos. Su ópera prima, Con las peores intenciones, apuntaba unas maneras que tanto en fondo como en forma ya remitían a la gran herencia de la novela decimonónica. El escritor romano es preciso en el detalle, ama las grandes sagas familiares y tiene claro que el conflicto de toda una sociedad puede expresarse en el clan por antonomasia, que en su caso siempre remite a lo hebraico, constante que brilla con la fuerza de la madurez narrativa en Persecución, primera entrega de un díptico cargado de intriga, malas hierbas y la crueldad de lo inesperado.
La trama es simple pero contundente. Leo Pontecorvo es un pediatra de éxito. Ha trabajado durante toda la vida por forjarse un nombre que aúne prestigio y talento a partes iguales. Desde su juventud destacó por una mentalidad abierta, de un cosmopolitismo que abría ventanas existenciales y profesionales. Vivió en el París de los sesenta, aprendió de los mejores y con el tiempo supo aprovechar las oportunidades que le brindaba el destino hasta ser una destacada figura pública, acariciar el éxito y ser reconocido entre la multitud.
Sin embargo, el gran hombre optó por la sobriedad de sus antepasados. Cuando ganó un poco de dinero abandonó el centro de la Ciudad Eterna y el origen ancestral del Ghetto para trasladarse a la plácida periferia con sus hijos y su mujer, judía como él, aunque de un estrato social inferior. Con ellos transcurrió, pese a los típicos dimes y diretes de toda relación, la felicidad de lo estable hasta el segundo en que todo se congeló, llave de acceso a la pesadilla que narra Persecución.
De repente, en un instante muy simbólico de esa década de los ochenta, un universo se congela para dar paso a otro. Existían indicios, notas que apuntaban al debacle, pero quien lo anuncia es el aparato televisivo, la bestia que antes de la red de redes ejercía de sumo sacerdote de condena y pública exposición.
No hay vuelta atrás. El dedo que acusa deja a Leo Pontecorvo en la posición de un pederasta que ha flirteado, y quizá algo peor, con una jovencita de doce años, una niña, su especialidad, lo que agrava la circunstancia. ¿Qué hace un galeno infantil intercambiándose cartas románticas con una chavalita?
Esa fracción de segundo de la caja tonta desencadena la máxima tormenta y Piperno lo aprovecha para obrar en consecuencia. Cada peripecia tiene un antes y un después que ayudan a su plena comprensión. Durante un centenar de páginas asistimos a un ejemplo de cómo se desgranan las causas. Las patatas fritas de uno de los dos retoños del matrimonio siguen en el plato. Los cubiertos están su sitio y nosotros leemos los porqués de una hecatombe, sus indicios y el desarrollo hasta la explosión.
Lo que acaece a posteriori transforma la novela en un mixto muy bien hilvanado con claros tintes kafkianos desde una doble perspectiva. Ocurre que con Alessandro Piperno es fácil para el crítico jugar a las comparaciones con otros escritores del pasado. El entramado familiar, mimado hasta la extenuación, puede hacernos pensar en un Thomas Mann menor que quiere alcanzar la grandeza del teutón pasito a pasito, como si su singladura fuera un aprendizaje para alcanzar una cota similar a la de Los Buddenbrock. Otros mentaran a Philip Roth por la cuestión judía y las diferencias generacionales y muchos hablaran de la literatura de finales del Ochocientos y principios del siglo XX.
No irán errados, pero en la novela que analizamos Kafka es el termómetro que mide la temperatura de la estructura del sufrimiento. La metamorfosis está presente en la decisión de Leo Pontecorvo. En vez de querer mantener la unidad grupal vela hacia la cobardía y se instala en un sótano de la vivienda que simboliza su abandono que termina comportando el de los demás, meras sombras cavernarias para quien reside en las profundidades y observa el rechazo de sus seres queridos, mucho más importantes que los titulares de los periódicos y las noticias de los informativos de la noche.
Pontecorvo pasa a ser Samsa, insecto que en la superficie es devorado por las hienas que esperaban la flaqueza de la celebridad para hundirlo en la pocilga más asquerosa, en la mugre más abyecta. Se genera un sinsentido que es el de El proceso, con testigos que inventan pruebas inexistentes, antiguos aliados que quieren cobrarse venganza por naderías y sumas quiméricas que aparecen para quedarse en el agravio que incrementa la derrota del ermitaño del subsuelo, con esa escalera que separa su presente del pasado glorioso.
El escarnio y la lenta disolución de la realidad derivan hacia el delirio mientras la cotidianidad procede al aniquilamiento. La pérdida de una identidad para asumir otra se describe mediante una tensión que asfixia por agotamiento, con el cuentagotas accionado en la disección del cadáver que respira, víctima del sistema que lo ha encumbrado.
Entenderán que no desvelemos el final, sería injusto y además no se adecuaría a las mejores intenciones de Piperno, que deja en el tintero dudas por resolver. En los balbuceos de Persecución detectamos unos dibujos que, desde nuestra función crítica, son innecesarios. ¿Seguro? La estética los descartaría, no así la trama, que los incluye en vistas al futuro, a la segunda parte del díptico, donde descubriremos a quien pertenece la misteriosa voz narrativa que ha revelado los secretos del íncubo. Esperaremos.

sábado, 19 de enero de 2013

El verano del comisario Ricciardi de Maurizio de Giovanni en Revista de Letras


Napoli non fa la stupida stasera: “El verano del comisario Ricciardi”, de Maurizio de Giovanni

Por  | Destacados | 18.01.13
El verano del comisario Ricciardi.
Maurizio de Giovanni
Traducción de Celia Filipetto
Lumen (Barcelona, 2013)
Para los que conocen la saga del Comisario Luigi Alfredo Ricciardi desde el principio no les resultará sorprendente toparse otra vez con este joven y adinerado policía napolitano, sin ambición alguna por escalar en el cuerpo, que tiene el defectuoso don de escuchar las últimas palabras de los muertos. Ricciardi camina por la ciudad partenopea y escucha voces allá donde va, lo que condiciona su existencia tanto en lo sentimental como en lo profesional.
En el primer caso el hecho es una ventaja que aprovecha para resolver los asuntos que la señora de la guadaña le plantea cada dos por tres. Tras el frío y la primavera, la serie escrita por Maurizio de Giovanni se sitúa en el caluroso verano de 1931. La canícula desestabiliza a cualquiera y quien haya estado en Nápoles conocerá la pasión, a veces los tópicos son ciertos, que invade sus calles, bien por belleza, bien por el carácter tan especial de sus habitantes. Los meses bochornosos marcan el despertar exacerbado del amor, el que nace y el que desaparece, el que sueña con serlo y el que se gasta por malentendidos, iras y rencillas.
El cadáver de la segunda duquesa de Camparino es un misterio dentro de un misterio. Alguien ha disparado en su frente y ha silenciado el tiro mortal con un cojín. El hermoso despojo incita a múltiples sospechas entre ausencia de anillos y múltiples fracturas. Ricciardi y Maione, su Sancho Panza particular, intentarán resolver el misterio bajo las habituales presiones de la jefatura, inquieta por la poca diplomacia del comisario y porque la investigación implica interrogar a partes delicadas del régimen, desde la nobleza hasta el periodismo, entes capaces de desatar una tormenta que trascienda los límites del asesinato.
Maurizio de Giovanni (foto: Ad Est dell’equatore Ed.)
Mientras tanto, y ese es uno de los factores que hace de las novelas del escritor italiano una verdadera droga que trasciende los límites del giallo, la vida continúa con todos sus alicientes. Ricciardi no es tímido, sólo cauteloso. Observa desde su ventana a la vecina, Enrica, una chica nada normal que oculta su belleza entre ropajes que no se adecuan a su figura. Sus padres tienen miedo que se le pase el arroz, por lo que intentarán casarla con un heredero aburrido y que sorbe demasiado fuerte el café. La efeméride coincidirá con una aparición que incrementará el malentendido, que abundan en la trama y relucen mediante la simultaneidad de acción y estado mental entre los personajes. La irrupción de la viuda Vezzi, una mujer de rompe y rasga que vuelve a Nápoles para conquistar al hombre que nunca habla más de la cuenta, generará situaciones propias de la mejor comedia transalpina entre flechas de Cupido, camisas negras y el barullo de dar con un desenlace que cierre el expediente abierto tanto en lo criminal como en lo privado.
Decía el poeta que Omnia vincit amor, y probablemente tenía razón. Esperen, no saquen conclusiones precipitadas. El cóctel, en su parte más hilarante, se completa con Maione, obsesionado con adelgazar para gustar más aún a su mujer y eliminar la duda de un verdulero que suelta demasiados piropos y amenaza la estabilidad conyugal. El lugarteniente de Ricciardi es un personaje cómico que lidia con todo lo bizarro del panorama. Es íntimo de un travestido y sabe desarrollar con soltura el trabajo sucio, si bien ignora lo fundamental de su admirado superior, quien no duda en penetrar en los más turbulentos lugares con tal de no perjudicar a su compañero.
Ello le llevará a entablar conversación con capitostes del régimen y mover hilos de intuición y pesquisa hasta llegar al objetivo determinado por su labor mientras suda tinta sin inmutarse, para eso ya está la existencia y su tormento, reflejado, otra de las virtudes que atesora de Giovanni, en pequeños gestos cotidianos que podrían dividir el libro en varias temáticas que terminan convergiendo en la totalidad que es toda novela. Ese gusto por la minucia significante se percibe en la atención prestada a escenas que definen la época y los personajes. Un buen ejemplo, que exhibe el contraste entre la personalidad de Ricciardi y la realidad que lo circunda, acaece cuando la viuda Vezzi fuerza encuentros con el comisario. Todos los hombres la cortejan salvo el que ella desea, que la analiza y observa barajando las cartas de su destino desde su habitual parsimonia y cautela.
En otra situación Ricciardi, uno de los mejores personajes de giallo de los últimos años, mueve la pasta desganado, como si en el plato expresara todas las dudas de su oficio y futuro con el mal y las mujeres,ying y yang simbolizado en algo que hacemos todos los días. Alguno dirá que quien escribe está obsesionado con lo cotidiano y no irá errado. Sin embargo lo fluido del relato y la facilidad con que se intrincan los episodios tiene doble mérito por un motivo ignorado en demasía. No es sencillo contextualizar una saga en un período importante y remoto, una época diametralmente opuesta a la nuestra. Ahora de Giovanni, y esperamos ver en breve los resultados en nuestro país, ya centra sus narraciones en un universo contemporáneo, en el que seguramente se moverá con desenvoltura porque antes de moverse por el presente ha dominado el pasado al construir una estructura sólida, un entramado por el que circulan una serie de personajes que con el paso de las estaciones han adquirido consistencia y de la simpatía del primer volumen han derivado hacia una sólida argamasa que, cuando muera con el fin de la serie, supondrá un sentido lamento para todos aquellos que hemos disfrutado con ella.
En El verano del comisario Ricciardi hay dos aspectos más dignos de reseñar. Uno de ellos es que, al fortalecerse la escritura con la experiencia, la trama cada vez tiene más matices cinematográficos, casi como si el relato pidiera a gritos una adaptación a la pequeña o gran pantalla. El segundo se centra en el mantenimiento de la intriga, que no se dilucida hasta la ultimísima página. ¿Quién dobla la apuesta? Ricciardi es una garantía de éxito. Gócenla.

sábado, 5 de mayo de 2012

La muerte de Virginia de Leonard Woolf en Literaturas





La muerte de Virginia de Leonard Woolf, por Jordi Corominas i Julián


Leonard Woolf, La muerte de Virginia, Lumen, Barcelona, 2012

Traducción de Miguel Temprano García


The journey not the arrival matters, quinto volumen de la autobiografía de Leonard Woolf, se ha metamorfoseado en su edición española y se titula La muerte de Virginia. Lo que sigue podrá parecer un aviso para navegantes. Quizá lo es. Si esperan encontrar un detallado relato de los últimos instantes de la escritora de Orlando van desencaminados y pueden llevarse una decepción. La protagonista del volumen no es su idolatrada heroína, que si bien es parte fundamental del guión no lo centra porque su marido tuvo una existencia con brillo propio en múltiples facetas.
Por ello es una lástimas que nos debamos conformar con un solo tomo de sus memorias, concretamente el último, donde con 88 años el narrador recapitula con envidiable lucidez mientras nos deleita con una prosa elegante y sobre todo inteligente que alterna la confesión meditada con profundas reflexiones sobre su época.


Es en ese aspecto donde el libro teje su hilo, fluida madeja que se lee con fluidez, casi como si el autor conversara con nosotros sentado en la mesa de un café londinense, departiendo con naturalidad y la capacidad de virar el ritmo de la charla mediante un suspiro. El método nos transporta entre disquisiciones sobre la esfera pública y retales de privacidad, y en ambos casos el compromiso es la divisa predominante. Compromiso en el período previo a la Segunda Guerra Mundial, donde ya advirtió la amenaza nazi y la pasividad británica. Compromiso con su mujer, vínculo que hilvana las circunstancias y absorbe comprensibles atenciones derivadas de la enfermedad mental y la obsesión de un cerebro entregado a la literatura.


La crónica del lento y progresivo apagón de Virginia constituye un fragmento documental de suma relevancia donde el llanto es sereno, y ese aire es el que recorre toda la obra, que sin embargo cuando se adentra en los vericuetos de la Historia y los junta con la cotidianidad se alcanzan magníficas cotas poéticas. Un buen ejemplo sería el pasaje en que se describe la aparición de la guerra. Woolf sabe de lógica aplastante. El conflicto incendió la Europa continental desde septiembre de 1939, pero las ilas mantuvieron la calma hasta que Hitler decidió invadir Francia y el Benelux. Inglaterra era la siguiente en el tablero hasta que durara el pacto germano-soviético. Urgía cerrar la partida en el este. De repente, llegaron los stukas. Y así irrumpió la contienda en la Pérfida Albión, con el sonido de aeroplanos y su cálculo para desatar una orgía selectiva de bombas. Del silencio a la pesadilla. De la lentitud rural al ingreso del infierno en el paraíso.

El íncubo de Leonard exigía cuidados y las incursiones aéreas generaron paranoia en su comunidad, lo que añadió malestar a una situación harto complicada. Virginia se debatía entre la angustia de un vendaval novelístico en sus neuronas y la asunción de una inevitabilidad mortal sellada en el río Ouse. A lo largo de esos meses las explosiones se perpetúan en casas, negocios y corazones. Y el desastre duele, mueve las fichas y clama seguir adelante, mirando atrás para mejorar el presente.

Y el futuro siguió sonriéndole. Insisto. El adiós de su esposa no frena la heroica trayectoria multidisciplinar del ilustre viudo, incansable hasta su última hora. Hasta 1969 mantuvo un perfil público que le valió el experimento de una entrevista para la BBC que duró 24 horas. No de golpe, sino en bocanadas de ocho, como si en cada sección se abordase una minúscula porción de su frenética labor que incluyó mil desplazamientos para ir de un lugar a otro, de las comisiones parlamentarias a Hogarth Press, de la editorial al encuentro de sus amistades, tan distinguidas en lo intelectual que son un pasaporte para comprender el porqué de tanta sabiduría en Leonard Woolf, tanta y variada en un viaje donde nunca quiso que el tren parara en la misma estación.

viernes, 17 de febrero de 2012

Diálogo con Maurizio de Giovanni en Revista de Letras


III Ciclo de Autores de Novela Criminal (I): Maurizio de Giovanni
Por Jordi Corominas i Julián | Destacados | 13.02.12



Lo versa en gran parte de estaciones. En otoño Lumen publicó El invierno del comisario Ricciardi de Maurizio de Giovanni. Me impactó, y lo comprobaréis a lo largo de la entrevista, el personaje del comisario, que desde mi punto de vista añadía nuevos elementos a un modelo clásico de investigador, ya visible en la tradición italiano desde el Pasticiaccio de Carlo Emilio Gadda. Roma no es Nápoles, y por eso Ricciardi y los mismos crímenes viven de otra atmósfera y agitación. Frío y atormentado el protagonista. Caliente y vibrante la ciudad, envuelta en una átona neblina fascista que enturbia los pasos sin anular una esencia propia que impregna los tejidos de la novela, teatral, analítica y muy entretenida, de lectura rápida.


Hace escasas semanas recibí la segunda entrega de la serie, La primavera del comisario Ricciardi. La segunda estación depara una trama más rica de elementos, con una vertiginosa estructura en la que los personajes se bifurcan, convergen y ejecutan un rompecabezas con muchos sospechosos, una muerte extraña y la pasión desatada más allá del asesinato que vehicula el relato, repleto de acción reflexiva en un escenario donde la investigación es una clave para comprender lo que nos rodea. Llego al hotel, espero, estrecho una mano, me siento y enciendo la grabadora.


¿Cómo nace el personaje del comisario Ricciardi?

Por pura casualidad. Tenía cincuenta años y no pensaba para nada en la escritura. Un día, teniendo la tarde libre, me inscribí en un laboratorio de literatura humorística. Siempre he leído mucho, sobre todo narrativa, me apasiona. Los chicos del laboratorio mandaron, sin decírmelo, un texto mío a un concurso para escritores noveles de crónica negra. Era un concurso duro, tenía varias etapas y Nápoles era la penúltima antes de la final en Florencia, en Le Giubbe Rosse. Fui y nos dieron novecientos once minutos, lo organizaba Porsche, para escribir un relato en el Café Gambrinus, que siempre aparece en las novelas de Ricciardi para homenajear esa anécdota.






Con tanto tiempo por delante era inevitable que pasara algo especial.

Sí, tenía mucho tiempo para mirar desde la ventana. Era junio, y una chica de la calle se paró a mirar lo que ocurría en el interior del Café. Al cabo de un rato se aburrió y se fue. Sin embargo me di cuenta que entre todos los que estábamos sólo yo me fijé en el detalle. Así se me ocurrió uno de los motivos clave de Ricciardi. ¿Qué sucedería si una persona viera siempre imágenes terribles e invisibles para los demás? A partir de ahí decidí ambientar sus historias en los años treinta por estar en el Gambrinus, con su decoración tan Liberty.

Y de ahí, a la novela.

Gané el premio, y luego me pidieron otro relato del personaje. Ricciardi es extraño.

Tiene un aire misterioso muy particular.

No es guapo, ni fuerte, y ni siquiera se interesa en exceso por la comida, tampoco por las mujeres. No disfruta la vida.

Pero es porque interioriza muchos sus emociones y sentimientos.

Sin duda. El mutuo desdén que se profesan él y lo exterior incide en que sea un hombre enigmático, y eso produce atracción y el surgimiento de preguntas sobre su personalidad.

¿Desde el principio de Ricciardi pensaste en crear una serie de novelas?

No, ni mucho menos. Escribí la primera novela. Ricciardi tuvo éxito. En todo el proceso me ayudó mucho Paola, mi mujer, que trabaja en el editing del libro. Piensa que aunque la serie tenga tan buena acogida yo nunca he dejado mi empleo de toda la vida en la banca. Quiero conservar mi independencia de la escritura.

¿Antes de Ricciardi escribías sin pretensiones de publicar?

No, nunca escribí antes de cumplir los cincuenta, una edad que por otra parte no parece propiciar la eclosión de un talento, siempre pensé que si eso existe se descubre en la juventud, y no pensaba, en realidad nunca he contemplado la posibilidad, tenerlo.

Lo decía porque en las novelas del comisario Ricciardi hay muchos pasajes cargados de licencias poéticas, párrafos sumamente líricos que sorprenden en una novela negra.

Cuando escribes metes dentro del texto todo lo que tienes, lo que has vivido. Amores y pasiones. También metes toda lectura, película o experiencia que te ha dejado alguna cicatriz, y eso significa que te ha impactado. En las novelas de Ricciardi introduzco mi todo: hijos, fracasos. Supongo que al fin y al cabo lo poético que mencionas es una emoción.

Que por otra parte quizá aparezca por estar las novelas ambientadas en los años 30. ¿Qué te motivó, además de la efeméride del Gambrinus, para situarlas en otra época y no en la actualidad?

La verdad es que no soporto las investigaciones científicas, y tampoco creo que hagan mucho para encontrar al culpable por una serie de excepciones de procedimiento de los abogados defensores que producen la imposibilidad de dar con el culpable.

¿Ves? Desde la renuncia de lo científico y neutro el acercamiento vira a lo cotidiano y a su poética de la búsqueda, los detalles y la reflexión intuitiva.

Quería situar las novelas en una época donde las investigaciones se movieran desde la pasión. Los detectives o comisarios sólo podían dar con el culpable investigando la vida de la víctima para entender cuándo una pasión positiva devino negativa. ¿Qué generó tanto envidia, odio y celos como para asesinar?

Y el crimen generalmente irrumpe por hambre, amor o dinero, como menciona Ricciardi en La primavera.

Son los elementos clásicos del crimen. Ahora existe una industria del crimen, pero también es por hambre, hambre de poseer. Tiene razón Ricciardi, las constantes son las mismas de antaño.

Pero en los años treinta en Nápoles imagino que el crimen era más pasional, cargado de mil pulsiones.

Una ciudad de pasión como Marsella o Palermo, no es una ciudad organizada y fría. La violencia nórdica, que en los últimos tiempos tiene tanto éxito, parte de la locura o de crímenes de extrema frialdad.

Quizá es una violencia más prototípica de nuestra época.

Seguramente sí.





¿Ricciardi se inspira en algún investigador previo de otros autores? Mientras leía El invierno todo el rato acudía a mi mente la imagen de Pietro Germi en Un maledetto imbroglio, la película basada en el Pasticiaccio brutto de Gadda.

Creo que no me inspiré en ningún investigador de otras historias. Si te fijas, Ricciardi tiene una pose casi sacerdotal.

Casi un asceta.

Se distancia voluntariamente de las pasiones. Le dan miedo. Observa desde la ventana a la mujer que desea, pero no interviene. Nació así, piensa en su vida, que le ha dejado muy marcado. En la cuarta novela de la serie pensé que Ricciardi moriría y escribí sobre su adolescencia, todos esos recuerdos de alguien que ve el último momento de los muertos. Al final optó por sobrevivir.

¿La idea de las cuatro estaciones, una por novela, la pensaste para estructurar toda la serie o también surgió casualmente?

Escribí El invierno del comisario Ricciardi pensando que sería la primera y última novela de la serie. Una vez comprobé la buena acogida que tuvo entre los lectores pensé en probar de crear una novela ambientada en una estación bonita, para ver si lograba transportar el horror a la primavera.

En El invierno se sentía el efecto de la estación, pero en La primavera se percibe todavía más, mencionas más la estación. Además de esta diferencia, se percibe un progreso entre ambas. El invierno es más corto y quizá lineal, mientras que La primavera es una obra muy compleja, con muchos personajes y tramas.

Es mucho más coral. Yo veo cada novela de la serie como parte de una sola historia. Los personajes evolucionan. El Ricciardi de la quinta novela ha crecido, no en vano ha transcurrido casi un año desde que empezó su historia con muchos casos y cosas.

Es un personaje que vive mucho los casos, pero también insistes mucho en su contexto cotidiano, desde su amor platónico hasta la relación con sus compañeros.

Sí, su mismo comportamiento viene determinado de sus fantasmas y del don que tiene. Es un observador, pero naturalmente sus relaciones personajes juegan un gran papel. Su Enrica, el ayudante Maione…

Que en La primavera gana protagonismo con una historia paralela al caso principal.

En El invierno está siempre al lado del comisario y en La primavera tiene más libertad. En breve una televisión producirá una serie sobre Ricciardi y siempre pienso que el personaje más complicado de interpretar es Maione. Ricciardi no llora, raramente expresa emociones. El problema es Maione. En El verano, que llegará en español a lo largo de los próximos meses, será un personaje cómico. Tiene mucho calor y por obligación debe llevar el uniforme de invierno. Pesa más de cien kilos y para respirar aliviado se mete a dieta. Y su mujer sufre porque puede aceptar cualquier cosa menos que su marido no coma en casa. Y es un cambio trascendente, porque en La primavera Maione es trágico y padece una situación que lo pone contra las cuerdas.

Y en ese aspecto entra el contexto. Ya lo has explicado antes. En los años 30 el investigador se implicaba en los casos, que repercutían en su existencia de manera directa.

Absolutamente. Hoy es un trabajo. En esa época existía una fuerte implicación personal.

En La primavera tanto el comisario Ricciardi como Maione se ven afectados a nivel personal por la evolución del caso que investigan.

Sí, y es a partir de las madres y los hijos. La mujer de Maione sufre por la muerte de un hijo fallecido años atrás. También tenemos a la tarotista Carmela Calise y hasta a la madre de Ricciardi, que sueña con ella. Rosa, su tata, es como una madre. Y no podemos olvidar a Filomena, con su hijo Gaetano. Trabajé en estas relaciones materno filiales. El amor de madres a hijos y viceversa es el más perfecto, pero también puede causar mucho dolor. La primavera es la novela del amor materno, que hasta se condena con un testigo.

Sí, un hombre de sesenta años con una novia de su edad que no puede casarse porque su madre no quiere. Y claro, la mujer ya tiene noventa años y esperan su muerte para liberarse y cobrar la herencia.

Sí, y además él aún aspira a tener familia numerosa. También su historia está muy relacionada con la madre, algo que no deja de ser muy napolitano.

Y en las novelas introduces muchos elementos que caracterizan Nápoles, entre ellos el aspecto teatral que siempre rodea a los crímenes que centran la trama.

Intento dar siempre un elemento teatral a los crímenes. En Nápoles hablar del teatro es hablar de la ciudad, en la calle y en la platea, es inherente a nuestra condición.

Y estos elementos napolitanos, tan especiales, marcan con naturalidad la atmosfera de toda la novela, la ciudad es otra protagonista que modula los eventos y las personalidades.

Y no hay necesidad de usar los clichés como la pizza o la mandolina. Se trata de que el lector reconozca una Nápoles verosímil, creíble a todas luces.

Los espacios en que transcurren las novelas son siempre los del centro de la ciudad, más reconocibles, lugares donde todo el mundo se conoce.

Nápoles, más allá de sus calles principales donde hay dinero, acoge una serie de barrios populares que son otro mundo, con una musicalidad muy diferente, se habla otra lengua y hasta la teatralización de los sentimientos es opuesta en ambos lados, que casi se tocan, lo que no impide una gran diferencia de potencial que provoca constantes descargas eléctricas de gran intensidad.

Y Ricciardi puede entender a las dos Nápoles por ser de origen noble al tiempo que sabe tratar a la gente humilde.

Ricciardi es el único habitante de una ciudad donde vivos y muertos se ignoran. Y él capta ambas voces a la perfección. Si lo miras bien es una metáfora muy clara, porque solemos caminar en nuestro mundo alienados, sin penetrar nunca en el otro. El napolitano suele pisar raramente la periferia. Ricciardi es equidistante entre ambos mundos y ello le permite comprender mejor las situaciones que se generan.

Y por otra parte no nació en Nápoles, tiene algo de observador externo, un antropólogo.

No, es de la provincia de Salerno, no lo suficientemente lejos de Nápoles como para no conocerla, pero tampoco suficientemente cerca como para integrarla al cuerpo, interiorizarla y no poder escapar a sus garras.

Lo que contrasta con Maione.

Que de tan napolitano se integra en el tejido de la ciudad. Será corpulento y vestirá de uniforme, pero sabe moverse y desaparecer por las calles, conoce el laberinto y sabe esconderse, como si la ciudad fuera consciente de su presencia, y aparecer en el momento oportuno.

En La Primavera lo demuestra siempre que visita a Filomena, la belleza con una cicatriz en el rostro. En La primavera lo polifónico gana mucho terreno y las tramas son múltiples. ¿Cómo organizaste el material y su complejidad?

El invierno era una autopista, muy lineal. Hay un solo flashback con el barítono, y es más bien la mera narración de un hecho. En La Primavera articulé las cosas de manera muy diferente. Su primer borrador era muy onírico, sin los nombres de los personajes secundarios, como en un sueño. Ya en el segundo estructuré mucho más el conjunto. A veces pienso que sin definirlo tanto hubiese logrado que fuera más vívido.





Pero la estructura ayuda a crear tensión. Lo polifónico del relato y la división de sus acciones mediante párrafos cortos y el uso de la simultaneidad producen inquietud, todos cobran protagonismo y nos preguntamos por su destino.

Quería crear inquietud, inquietud en parte por todo el delirio del amor equivocado, con los personajes moviéndose sin parar en lo físico y en lo mental. El suicidio del pizzero es una historia fuerte, porque su muerte implica que paga un sueño. Filomena se sacrifica por otro motivo. Por la belleza, un lujo que determinadas clases sociales no pueden permitirse, para Filomena es un obstáculo, con gente poco fiable a su alrededor que condiciona su modo de afrontar la vida.

El mismo Ricciardi parece sacrificarse con su pasividad amorosa y la renuncia a vivir la normalidad, de casa al trabajo, del trabajo a casa con ligerísimas pausas para comer siempre lo mismo, un hombre de rutina hasta las últimas consecuencias.

El comisario debe juntar los elementos para resolver la investigación, pero no puede evitar que lo imprevisto se cruce en el camino, y en La primavera los nombres de la libreta de la tarotista asesinada llevan a Enrica al despacho de Ricciardi, y claro, ni uno ni la otra reaccionan con normalidad, el shock es tremendo. Por otra parte el comisario tendrá más sorpresas amorosas, su misterio no deja indiferente y Livia, la influyente viuda del tenor y amiga personal de Edda Mussolini, volverá más que decidida a conseguir lo que desea.

Otro contraste con Ricciardi, que pese a vivir durante el fascismo no profesa simpatía por el régimen mussoliniano ni tampoco abre mucho la boca para quejarse, no se pronuncia. ¿Querías realzar lo político?

Quise dar una visión realista, y me explico. Nuestra visión de la época viene determinada por todo lo que supimos a posteriori de los veinte años de fascismo. La lectura de este período se nutre de datos que juzgan su totalidad con una negatividad absoluta.

Por algo en la historiografía se le llama Il ventennio nero.

Sí, pero esa es la visión histórica, el análisis del pasado desde el presente. Los italianos en los años donde sitúo las novelas de Ricciardi tenían otra percepción. Mi trama acaece en los primeros años treinta. En 1929 un 97% de votantes aprobaron el fascismo. No había una adhesión absoluta. En Nápoles, acostumbrados como estamos a la dominación de un sinfín de pueblos, siempre hemos pensado que la nueva dominación seria mejor que la anterior. Luego se daban cuenta que no era así, sino que era aún peor. Quería reflejar el desinterés general de los napolitanos por el régimen. Naturalmente existía una cuota de disidencia intelectual que representa el Doctor Modo, el forense, pero el resto de napolitanos sólo lo utilizaba si podía. En caso contrario se distanciaban.

Ricciardi sólo entra en riesgo con el fascismo por su superior.

Garzo, que en su diplomacia asciende no tanto por méritos como por habilidad en el trato con los que mandan. Ricciardi, pese a no sentir simpatía por el fascismo por su tono militar, cree que la naturaleza humana es la que debemos combatir, y esta no cambia con el fascismo, siempre es la misma.

Y en su renuncia a la normalidad no lleva sombrero ni frecuenta los ambientes que le corresponden por clase y origen.

No se preocupa por las formas, lo que desconcierta a Garzo, le da miedo porque no entiende su proceder y cree que su conocimiento de los criminales sólo puede deberse a que él también lo es.

Y para Ricciardi otro problema del fascismo es que la prensa no mencionaba ningún crimen, eran imposibles en un Estado de orden y seguridad.

Y lo combate, sabe que la prensa no puede hablar de estos temas, y eso dificulta su tarea y la reduce a la nada, como si su labor fuera invisible pese a que toda la calle sepa de crimen, sangre o cualquier otro chismorreo.

Ya para terminar. ¿Te imaginas un investigador al estilo de Ricciardi en 2012?


Me lo imagino, pero lo veo más necesario que real. Es compasivo y se preocupa por los demás. Nosotros lo somos cada vez. Vemos un accidente y no sufrimos, simplemente somos espectadores, y eso es desagradable ética y estéticamente.

Una actitud ética.

Sí. Hoy en día me imagino a Ricciardi más político que policía.

sábado, 22 de octubre de 2011

El invierno del comisario Ricciardi en Revista de Letras


El nacimiento de un personaje: “El invierno del comisario Ricciardi”, de Maurizio de Giovanni
Por Jordi Corominas i Julián | Destacados | 19.10.11



El invierno del comisario Ricciardi.
Maurizio de Giovanni
Traducción de Celia Felipetto
Lumen (Barcelona, 2011)


En los regímenes dictatoriales la crónica negra no existe… hasta que caen los tiranos y la historiografía opera el milagro de recuperar crímenes inéditos en la prensa, demasiado entregada en ocultar esa sangre cotidiana capaz de alterar el supuesto remanso de paz, orden y concierto de mandamases que desean calles impolutas, sin mácula ni puñales que generen alarma social y desbaraten imágenes propagandísticas.

En la Italia del ventennio nero no se mataba, y cuando lo truculento invadía la atmosfera se silenciaba. En Roma la pesadilla fue un violador de niñas. En Nápoles, verdadera ciudad sin ley, la violencia es una constante que los siglos no han cancelado. No importa la época. La capital campana tiene el feo mérito de ser siempre noticia por delitos y correrías que en ocasiones atentan en escenarios inesperados. Hoy en día conocemos parte de ese pestilente tejido con precisión, pero en los años treinta los asesinatos entre la Bahía más bella del mundo y la estación Garibaldi eran sometidos a censura para preservar las apariencias.

Quizá tanto disfraz es lo que inspiró a Maurizio de Giovanni a crear un personaje de primera categoría, un comisario de policía efectivo, taciturno y con las ideas muy claras capaz de sustentar con su figura una serie de novelas policiacas donde hasta el último suspiro no sospechamos quien es el culpable. Luigi Alfredo Ricciardi nació con todos los elementos a su favor hasta que la muerte de sus padres truncó su camino. Huérfano prematuro, nuestro héroe descubrió de pura casualidad un don imposible que compensaría en parte su eterno lamento por tanta injusta desaparición y falta de afecto. Una lejana mañana de julio jugueteaba en el bosque creyéndose Sandokán hasta que el giro de una lagartija le acercó a una rama de vid donde vio a un hombre en plena zona de penumbra, como si se ocultara de la canícula. Su espalda rígida hizo entender al pobre niño rico, hijo de Barón, que estaba ante un fiambre con la camisa manchada de plasma seco. De repente, sintió que el tiempo se paraba hasta que una musa poco científica le desveló la última frase del fallecido como por arte de birlibirloque, algo que se convertiría en rutina una vez Ricciardi abrazó su oficio de investigador y dedicó casi todas sus energías a resolver enigmas que sólo su verde mirada era capaz de desentrañar.



La creación de un detective con algo diferente es una misión titánica. El autor de El invierno del comisario Ricciardi ha acertado al saber combinar la tradición transalpina con un contexto histórico insólito, del que se puede esperar mucho siempre que no ahogue la trama. El aire a lo Ingravallo del protagonista provoca empatía. Desde el primer instante sabemos que Ricciardi no ostenta el bastón de mando, es un peón del que sus superiores atienden un rendimiento que les permita colgarse medallas en el traje de su nulidad, que contrasta sobremanera con el arte del inspector a la hora de deducir y oler pistas que puedan conducir a la detención de un culpable, siempre molesto, siempre atroz, más todavía si la víctima es un protegido de Mussolini. Arnaldo Vezzi es salvajemente asesinado en su camerino mientras se preparaba para irrumpir en el San Carlo con su chorro de voz. El tenor favorito del fascismo era un ser desagradable, un divo cruel que seducía y esclavizaba a todo aquel que se cruzara en su camino. Su mala fama se veía compensada por un natural talento que generaba delicia entre las masas, no así entre la gente de su profesión.

Ricciardi desconoce el universo operístico. Su vida se resume en ir de la oficina a casa, comer los platos que le prepara su tata y observar desde la ventana los movimientos de su amor platónico, Enrica, metáfora de una belleza que prefiere evitar para ahorrarse el trámite de Cupido para no incrementar sus heridas. Su exilio de lo humano se maquilla con un corazón enorme que desea el bien para sus semejantes. Lo sabe bien Maione, adjunto que acompaña al jefe en sus pesquisas, y lo intuye la viuda de Vezzi, quien ve en esos potentes ojos todo el dolor padecido por alguien que ha suplido la felicidad por una obstinación hiperbólica por ajustar cuentas con el mal.

En su recorrido hasta dar con las claves, Ricciardi se verá rodeado de una serie de típicos caracteres napolitanos. Un cura aficionado al bel canto, inevitablemente uno imagina a Gino Cervi y su Don Camilo, ayudará al erigirse en profesor musical del comisario, que desde su ignorancia tiene al menos un punto de apoyo con Io sangue voglio, all’ira mi abbandono. ¿Por qué un cantante pronuncia antes de ser degollado esta frase? ¿Y esa lágrima en la mejilla, tan extraña en un ser sin sentimientos? Una ventana y las paredes manchadas dan indicios que de manera paulatina harán que paseemos por el teatro para entender la elaboración de un rompecabezas. En la sastrería no notaron nada digno de mención. Los figurantes callan. Las entradas al edificio son varias y están reservadas al personal. En el camerino la abundancia sanguinolenta choca con lo impoluto de un cojín, un traje y una blanca bufanda, testimonios mudos de una suave carnicería perpetrada con un espejo y un leve puñetazo, tan misérrimo que el forense lo ve estéril, una minucia significante sin trascendencia.

Nos moveremos por barrios de pésima reputación, moteles de amantes, historias de despertares, alcoholes pésimos y pasiones desenfrenadas. Ricciardi siempre estará al acecho, y su presencia no se para en esta primera entrega. Seguirán otras que además de entretenernos con una prosa amena y un relato creíble en lo criminal añadirán luz a la penumbra de Ricciardi, fascinante por lacónico, adorable por su inteligencia a prueba de bombas, incapaz de ceder totalmente por mucho que cuatro oportunistas se empeñen en arruinar su credibilidad y la gente de Roma pida epifanías de celeridad que asume y finiquita mientras en una esquina su otro yo pide a gritos romper la barrera del malestar interno, ese demonio congelado que aplaza la felicidad de un buen tipo que cumple su deber con tesón para anestesiar sus fantasmas y propiciar que nadie ingrese en el martirio de la guadaña a deshora.

jueves, 22 de septiembre de 2011

Los viejos demonios de Kingsley Amis en Revista de Letras


Una lenta y cruel agonía: “Los viejos demonios”, de Kingsley Amis

Por Jordi Corominas i Julián | Reseñas | 15.09.11
Los viejos demonios. Kingsley Amis
Traducción de César Armando Gómez
Lumen (Barcelona, 2011)


Conocer al padre antes que al hijo es una sensación extraña, pero en literatura todo es posible. El retoño responde al nombre de Martin y al apellido Amis. Es un gran y polémico escritor que en los últimos años aparece en la mayoría de manuscritos de jóvenes autores españoles. Ya ven, genera coña y sirve tanto para un roto como para un descosido, con el añadido de ser uno de los narradores británicos más solventes, con obras del calibre de Experiencia, donde precisamente expone sin pelos en la lengua su relación con su progenitor, Sir Kingsley Amis, quien a lo largo de su vida sembró admiración y odio a partes iguales.

Con Los viejos demonios cerró un círculo y recibió un inesperado premio Booker. Corría 1986 y el descaro de Martin había eclipsado la exuberancia de Kingsley. La novela que nos concierne huele en todo momento a crepúsculo aceptado de inevitable inercia. El escenario elegido es una metáfora del cementerio de elefantes. Gales en los años ochenta del siglo pasado empezaba a parecerse a cualquier lugar del mundo, si bien sus viejos habitantes defendían a capa y espada las tradiciones del lugar mediante la creencia de vivir en una remota Arcadia sostenible regada con abundantes dosis de whisky y nostalgia por un tiempo irrecuperable.

La excusa para esta trama polifónica se centra en el regreso del hijo pródigo. Alun Weaver vuelve a su tierra natal y espera ser recibido entre agasajos por sus compatriotas. Durante años ha trabajado muy duro para que el resto del Reino Unido valore en su justa medida las maravillas galesas, de las que dice saber mucho. En realidad el bueno de Alun es un farsante de tomo y lomo que se ha creído demasiado su papel. Adquirió su conocimiento mediante una profunda indigestión libresca, pero eso sólo lo saben sus amigos de siempre, que le acogen con desconfianza y un ligero poso de envidia que los acontecimientos harán derivar en odio. Malcolm, Peter, Charlie y compañía no se han movido del nido, quedan para emborracharse en un pub y penan sus existencias con prístina conciencia de finiquito. Los sueños han quedado atrás y la muerte atiende al final del camino. No hay más. O quizá sí, un cóctel decadente de desilusión sentimental propicia para generar enredos de primera categoría. En ellos cobrará mucho protagonismo Rhiannon. La antigua musa universitaria retoma la senda del origen junto a su pedante esposo, por quien profesa un afecto que oscila entre el desdén por su obra y la calma de la repetición de lo compartido en Londres, donde eran medianías que al abandonar la capital piensan adquirir otro rango. De trepadores a próceres, de pedigüeños a insignes personalidades ignoradas porque la cotidianidad se impone y los descendientes del Rey Arturo están más preocupados por su rutina que por la pompa de un fracasado con ínfulas, mentalidad que condiciona el argumento, más centrado en lo privado que en el escarnio colectivo al antihéroe.



La estructura de Los viejos demonios, no es tan fiero el león como lo pintan, se basa en una serie de interiores, casas de muñecas seniles que poco a poco desgranan la personalidad de los protagonistas. Para incrementar lo diáfano de la propuesta los capítulos trazan una clara división que introduce a todos y cada uno de los personajes de manera individual hasta que unen sus destinos con la aparición de Alun y Rhiannon. Y entonces se desata la locura controlada. Todos quieren reverdecer viejos laureles y enterrar la monotonía en el desván del recuerdo, lo que es francamente problemático si se tiene en cuenta que su presente es un frágil núcleo que topa con el muro que imposibilita cualquier tipo de avance. Las hazañas son una quimera, y ni siquiera queda un resquicio de luz. Los mecanismos que adquirimos son una losa que la vejez exacerba. El único consuelo radica en intentar desafiar lo establecido entre huesos gastados, cerebros embotados por el alcohol y aparatos reproductores que sin erecciones se contentan con abrazos y manos entrelazadas que activan sinapsis con lo que pudo ser y no fue.

Y aquí llega el instante en que ustedes se preguntan cómo pude soportar tanto bajón a lo largo de cuatrocientas páginas. Durante varios tramos medité que la obra probablemente es una autobiografía del estado mental de Kingsley Amis en el otoño de su singladura, aunque también podríamos lanzar la hipótesis que la unión de todos los caracteres resume los sinsabores de la tercera edad en los últimos estertores de Inglaterra en la Guerra Fría. Los que fueron jóvenes en la década de los treinta y escuchaban vinilos americanos han quedado postergados porque la aguja se ha disparado hacia otra dirección que ya no les corresponde y aconseja retirada, no para enarbolar banderas victoriosas, sino por sentido común y una decencia que raramente se contempla, pues cuesta demasiado aceptar la derrota de la transición entre lo establecido y lo que ya está sucediendo.

Por otra parte las situaciones- resumidas en un vaivén de seducciones, cogorzas e inconsecuencia- destilan un árido humorismo que no satisfará a cualquier paladar. No, no se trata de contentar a los más exigentes, pero sí es cierto que el primer Amis creó un libro muy duro y crítico consigo mismo y su generación, una novela que rezuma impotencia y ajusta cuentas con insólita y sobria severidad.