Mostrando entradas con la etiqueta Últimas tardes con Teresa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Últimas tardes con Teresa. Mostrar todas las entradas
jueves, 10 de septiembre de 2020
Viaje al sur de Juan Marsé en El Confidencial Cultura
La semana pasada escribí en El Confidencial Cultura sobre Viaje al sur, de Juan Marsé, estupendo rescate publicado por Lumen justo tras la muerte del escritor barcelonés. Puedes leerlo aquí
jueves, 3 de septiembre de 2020
Viaje al sur de Marsé en 24 horas
Con este espléndido Viaje al sur de Juan Marsé cierro la etapa del paseo del viernes en 24 horas. Ha sido un año y medio estupendo, y ojalá pueda recuperarse en alguna otra franja de la casa. Por ahora puedes escuchar este último itinerario aquí
jueves, 23 de julio de 2020
Juan Marsé en Todos somos sospechosos
Esta semana la biografía lucanoriana de Todos somos sospechosos va dedicada al grandísimo Juan Marsé. Puedes escucharla aquí
lunes, 20 de julio de 2020
Geografía literaria esencial de Juan Marsé en El Confidencial
Este domingo murió Juan Marsé, y en El Confidencial dediqué un artículo a su geografía vital y literaria. Puedes leerlo aquí
domingo, 2 de julio de 2017
Sant Joan en novelas de Barcelona en el Laberint de Wonderland
Hoy en el Laberint hemos hablado de Sant Joan en las novelas de Barcelona. Empezamos con la llegada del Quijote, seguimos con Aloma, continuamos con Nada y terminamos con el inicio de Últimas tardes con Teresa. Si quieres puedes escucharlo a partir del minuto 35 clickando aquí
domingo, 21 de mayo de 2017
martes, 19 de julio de 2016
Podcast literario en Anem de tarda: Barcelona
Este lunes debuté en mi colaboración veraniega en Anem de tarda de Ràdio 4. A lo largo del verano recomendaré dos lecturas cada lunes. Ayer dedicamos la sección a Barcelona hablando de Últimas tardes con Teresa y El día del Watusi. Si quieres puedes escucharlo al principio del enlace clickando aquí
lunes, 9 de marzo de 2015
Diálogo con Josep Maria Cuenca en El Diario
Esta pasada semana apareció en El Diario mi diálogo con Josep María Cuenca en torno a su libro "Mientras llega la felicidad, una biografía de Juan Marsé." Puedes leerla aquí
en catalán
en castellano
domingo, 19 de octubre de 2014
Podcast de fiestas literarias en el Laberint de Wonderland
Hoy en el Laberint hemos hablado de fiestas literarias. Empezamos con el banquete de Trimalción del Satyricón de Petronio, continuamos con Fiesta de Hemingway, dimos paso a Miss Dalloway y terminamos con la verbena inicial de Últimas tardes con Teresa. Puedes escuchar la sección a partir del minuto 40 del enlace clickando aquí
miércoles, 29 de mayo de 2013
Podcast de personajes que se sacrificaron por amor
Hoy en el Laberint de Wonderland hemos abordado el tema de los personajes que se sacrificaron, de un modo u otro por amor. Entre los elegidos han aparecido Penélope, Werther, Marianela y Maruja de Últimas tardes con Teresa. Puedes escuchar la charla a partir del minuto 38 del Podcast clickando aquí
Etiquetas:
Marianela,
Penélope,
Últimas tardes con Teresa,
Werther
domingo, 31 de marzo de 2013
El Pijoaparte y Accatone: visiones de la periferia
El Pijoaparte y Accatone: visiones
de la periferia, por Jordi Corominas i Julián
“Estamos como en una gran sala de
espera de estación, todo es provisional…”
(Juan Marsé, Encerrado con un solo
juguete)
El
paso del tiempo cambia los barrios y altera la significación de los espacios
mediante prostituciones del pasado. El Carmelo de Barcelona sigue siendo para
muchos habitantes de la Ciudad Condal territorio comanche, zona agreste
desconocida que no conviene pisar para mantener una especie de pureza hipócrita
y burguesa de gente bien que no se mezcla con lo ajeno. Un monte que no
pertenece a la ciudad en el imaginario colectivo, que ignora tanto a Marsé como
a las relativamente loables reformas que el Ayuntamiento de la capital catalana
ha emprendido para dar un aire moderno al barrio, repleto de calles con nombres
izquierdistas que renuevan el panorama y hunden un poco su originalidad de
fincas antiguas e iglesias de aislamiento que no figuraban en el elenco de Últimas tardes con Teresa.
En
Roma, el Pigneto ha sufrido un proceso más que parecido. De suburbio desdeñado
se ha metamorfoseado en lugar de moda para cineastas y supuestos bohemios. Las
ventajas de este enclave otrora chirriante por los raíles del tren consiste en
sus casas bajas y una atmósfera apartada del mundanal ruido urbano, un pequeño
país de las maravillas cercano al centro y perfecto para evocar un Et in
Arcadia ego de avenidas casi peatonales y leyendas del celuloide más radical.
Ambos
topónimos emergieron en los sesenta desde una consideración bien distinta a la
actual. Se lo debemos a dos nombres célebres. Juan Marsé, por raíces y
experiencia vital, sacó de la oscuridad al Carmelo y sus aledaños. Pier Paolo
Pasolini hizo lo mismo con la periferia de la Ciudad Eterna. Si quieren, el
friulano antecedió al autor de Si te
dicen que caí en unos años entre novelas- Ragazzi di vita y Una violenta- y películas en las que participó
como guionista, desde la Notte Brava
hasta Morte d’un amico, donde ese
tercer mundo dentro del primero emergía para el espectador, demasiado
acostumbrado a prescindir de una cotidianidad tan abrupta a la vuelta de la
esquina.
En
principio las coincidencias, que nunca son casuales, deberían terminar en este
punto, pero si analizamos en profundidad las dos obras cumbres del transalpino
y el español comprobaremos que hay muchas más similitudes que traspasan la
superficie y se adentran en una senda sociológica que sirve para comparar la
evolución de aquello que denominamos lumpen en el primer lustro de la década de
los sesenta del fenecido siglo XX.
Accatone
y el Pijoaparte son personajes prototípicos de una época y un lugar. El primero
es un pobre desgraciado que se gana la vida como chulo de putas y sólo aspira a
mejor convirtiéndose en ladrón. Se levanta por la mañana, tiene una mujer que
le hace la comida y la jornada se desarrolla bajo parámetros que incluyen
charlas en el bar de siempre, correrías delictivas con sus amigos, rondas
nocturnas de control y la esperanza de mejorar en lo laboral sin insertarse ni
por asomo en la clase media. Un buen día conoce a Stella y cree enamorarse,
pero su concepción del flechazo no es muy normal. Cuida a su musa, intenta
integrarla en su hábitat y la lleva a bailar donde al principio de la película
asombró a propios y extraños: El Ponte Sant’Angelo, línea divisoria entre lo
sagrado y lo profano, frontera que marca las mutaciones del personaje,
resignado con la luna de fondo, desesperándose con el rostro lleno de sucia
arena al entender que su redención consiste en abandonar su faceta de comerciante
de carne femenina, que quería perpetuar con su nueva novia, y dedicarse a
robar, exiguo rescate personal que, como veremos, le acarreará problemas
mortales.
Accatone
desciende poco a la Roma turística, templo de consumo e Historia. Visita ruinas
y comercios cuando necesita con urgencia dinero o soluciones rápidas. Sin
embargo quien haya visto el filme no podrá recordar ninguna escena que transcurra en sitios emblemáticos: lo máximo
que visualizamos es algún cachito del Trastevere, concretamente la Iglesia de
Santa Cecilia, que tampoco es figure en la mayoría de guías. Es un hombre que
prefiere irse con la música, clásica en las imágenes para dar trascendencia a
lo vulgar, lo más lejos posible de
corbatas y trajes, lo que le distancia del Pijoaparte, devoto de la Rambla por
exigencias de su guión existencial. El chico que soñó con el lujo francés desde
la infancia por culpa de unos franceses es un lince pispando motocicletas que
usa para su propia distracción o para vender a su padre adoptivo, el Cardenal.
Otra motivación para escapar de la miseria de las alturas es ir a verbenas
vestido con inigualables galas que en casa del rico son sospechosas. Ése San
Juan, un jardín y mil besos apasionados con una sensación de triunfo que se
desvanece al pasar los meses, parar en una calita de Blanes, vislumbrar a la
chica de aquellos ósculos y descubrir que no es la dueña sino la criada. Maruja
y su fogosidad sexual, libertad que contrasta con las proclamas ideológicas de
hijos de papá de los universitarios de 1956, son un pasaporte para seguir en el
mismo peldaño de la escalera y Manuel, hermano de Accatone hasta en lo de
tener un seudónimo, quiere dar el gran salto que le catapulte a la vera de los
que él juzga honestos.
Por
eso la enfermedad de Maruja será una bendición. Accatone da con su mujer del
mañana en un descampado donde ésta limpia botellas. El Pijoaparte, más frío y
calculador, sabe quién es desde el minuto cero. La rubia Teresa y sus
vestiditos es una utopía que cobrará visos de realidad en la clínica de rompe y
rasga, en el silencio de la zona alta y una habitación de intimidad que se
trasladará a bares, charlas y amor de verano. Por una vez pobres y ricos no
huirán de la ciudad, puta desangelada hasta el encuentro que hace colisionar a
dos almas de Blanes y el Carmelo hasta una encrucijada que respira Barcelona
por todos los poros. El movimiento de las fichas en el tablero se amplía pese a
que el viaje sea en todo momento interior. Besos, playas, copas y el miedo a
preguntar por un puesto noble. A ver qué puede hacer tu papá, a ver cómo acepta
esta unión de antípodas y me da para un digno aguinaldo.
Manuel
tiene tan clara su voluntad de eliminar lo pretérito que hasta finiquita su
afán rufianesco para adaptarse a lo que vendrá. Ello comporta volver al Bar
Delicias, donde les recomiendo ir para devorar sus magníficas patatas bravas, y
embolsarse bastantes duros con las timbas de cartas. Su desesperación por ser
decente sólo ofrece algunas grietas de tentación en casa del Cardenal, donde
Hortensia, alias la Jeringa, guarda un asombroso aire a Teresa pero en la nada
y la podredumbre. Caen las hojas, Pandora sigue con su machacona melodía que
precipita la caída con la muerte y con ella el retorno al orden de tú a Boston
y yo a California, el mar y las alturas que nadie frecuenta. Cupido de canícula
no fue un miraje: hay cartas y un vagar de continuidad.
El
Pijoaparte vuelve a las andadas. Se agencia una moto en la Plaza Sanllehy y
encara el Litoral rumbo a su princesa. No sabe que el doble siempre tiene en su
seno una promesa de venganza. Le da gas al manguito e imagina a Teresa en la
cama, y hasta el propio Marsé en un fragmento impagable nos engaña con
habilidad y cinismo. ¿Amor consumado? ¿ Prueba superada?
Accatone
nota en el cogote ojos a lo Eisenstein. Divisa una motocicleta que ya intuíamos
por las migajas de pan que Pasolini nos ofrece para la correcta comprensión del
discurso, y arranca. Sus amigos corren. Ponte Testaccio, marca de dos junglas.
Una natural en su barbarie. Otra abrupta y fina en su civilización
americanizada.
El
Pijoaparte se da de bruces en medio de una persecución policial. Su anhelo
queda aparcado con unas manillas y los barrotes en el horizonte. La quimera de
derribar el muro de las barreras de clase se ha quedado en eso.
Vittorio
desaparece. Retumba Bach, a todo volumen. De repente, un sonido nos indica que
su ilusión se ha quebrado. Sus allegados alcanzan el fatídico asfalto y
escuchan la frase. Bueno, estoy bien. Último suspiro. Muerte para el italiano,
cancelación de vida para el murciano. Parecidos razonables y una cruel daga
exprimida en dos genialidades ciertamente inmortales. Leer y visualizar para
aprender y maravillarse.
Santa María de Palautordera, Julio de 2012
miércoles, 30 de enero de 2013
Podcast de cocina y literatura en Barcelona
Hoy en el Laberint de Wonderland hemos cerrado el ciclo dedicado a cocina y literatura con un breve paseo por los lugares gastronómicos más visibles de Barcelona relacionados con la literatura. En esta ocasión nos hemos centrado en la segunda mitad del siglo XX, yendo del Delicias de Últimas tardes con Teresa pasando por el Bocaccio hasta visitar Casa Leopoldo y el Giardinetto. Puedes escuchar la sección a partir del minuto 40 del enlace clickando aquí
lunes, 13 de agosto de 2012
Lecturas de verano en Sigueleyendo
Una montaña quimérica, por Jordi Corominas i Julián
El año pasado el texto dedicado a mis lecturas de verano versó sobre libros que dejaron una impronta en mi cerebro, obras que me gusta revisar en mi habitación para escapar del calor y sentir que siempre tengo la necesidad de aprender.
Cuatro estaciones son suficientes para notar un cambio. 2012 ha sido un año acelerado, intenso, y eso ha retrasado algunas perlas que quería devorar. A decir verdad aún no sé si agosto será próspero en este sentido porque estoy embarcado en un proyecto que exige tiempo y horas de estudio, pero sí puedo decir que en una estantería tengo una serie de caprichos que espero leer antes de la vuelta al cole. Algunos son poéticos, otros ensayos y bastantes pura narrativa, y no precisamente ligera. ¿Quién dice que la canícula es para páginas a dieta? No, es para lanzarse sin dudas en pos de clásicos y modernos que se asimilan mejor sin el estrés de idas y venidas en la cuadrícula urbana, por eso es más gustoso sumergirnos en ella, y así me ha sucedido al retomar Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé.
La historia de éste renovado romance tiene tela de la buena. Antes de este año no había pisado El Carmel, pero como uno de mis oficios es el de guía decidí preparar un recorrido por el barrio del Pijoaparte, y claro, uno conoce los espacios y su perspectiva vira hacia una mayor certeza. Más allá de la intensidad de una prosa que siempre será un referente he disfrutado de las aventuras del murciano al sentir que esas calles me pertenecían un poco más. Barcelona es una puta que se metamorfosea demasiado, y la literatura debe captarla para conservar las esencias que los dirigentes desean arrinconar en la esquina de la Historia no escrita. Marsé es un maestro por muchos motivos, entre ellos por ser honesto y fiel a un estilo reconocible que se acrecienta en su monumento al estructurarlo con una insólita perfección. Cada cita de apertura encaja en el engranaje, cada línea y cada verso narrativo son precisos. Nada sobra, y esa endiablada economía de medios que transporta a otra época, e incita a inventar la máquina del tiempo para comprar Últimas tardes… en 1966 y alucinar con lo que la gente de otrora sentiría con su elegante y canalla lección.
Ahora mismo leo Encerrado con un solo juguete, ópera prima del autor barcelonés, y noto la evolución. El Marsé maduro aún no ha llegado. Se intuyen temas y movimientos, ideas y pentagramas de melodías venideras que siempre requieren de un proceso. No se trata de llegar y besar el santo. Quien piense así puede cerrar el chiringuito. Esa sinfonía inacabada, porque toda trayectoria es un continuum, de Andrés y Tina apunta maneras, y con eso me basta, quizá porque me sé lo que vendrá. ¿Y qué? Las últimas generaciones literarias de nuestro país han desdeñado demasiado la realidad y una herencia que rebosa compromiso y observación de lo cotidiano para entender el presente. Ignorar ese legado es como pegarse un tiro en la cabeza y montar una huida hacia adelante que no salvaran americanos supuestamente pop, porque sin la asunción de lo pretérito no es posible construir futuro.
Entre otros libros que tengo pendientes hay algunos que me llamaron la atención por minucias. La Trilogía sucia de la Habana de Pedro Juan Gutiérrez fue un flechazo en una fiesta primaveral. Lo vi al lado de una botella de ginebra y brillaba rojo en su cubierta. La edición que tengo en mis manos es verde y su interior me espera con permiso de dos pesos pesados que piden paso desde hace demasiado. Uno es una recomendación de John Carlin, quien hace años me habló de la biografía de Winston Churchill de Roy Jenkins. El gran inglés hilvanó mil existencias en una, fue diputado durante más de seis décadas y capitaneó a su país a la victoria en la guerra más brutal del Novecientos. Son mil doscientas páginas, extensión parecida a la semblanza de Goebbels de Peter Longerich. Es enfermizo, lo sé, pero es oler una novedad nazi, que mal suena, y quererla. Será la fascinación por el mal o la voluntad de entender una deriva más que molesta.
Lo adquirí mientras leía, a mediados de junio, La caída de Berlín de Anthony Beevor, una perfecta disección de la agonía del Reich del milenio, ese edificio wagneriano que terminó sepultado en ruinas que el historiador británico explica con un lirismo catapultado por la misma tragedia, con ese zoo cubierto de desechos y un Réquiem que no genera compasión por el vencido ni loa al ganador soviético. Es ecuánime porque sabe de la barbaridad que es toda venganza, que a su vez nace por las atrocidades perpetradas por los alemanes en el territorio de la hoz y el martillo.
Sin embargo, entre Clío y la Ciudad Condal, otros títulos aguardan. Con toda probabilidad no seré capaz, porque es una tarea heroica que debe ser mascada con mucha calma, de penetrar en la Matemática tiniebla editada por Antoni Marí, una selección de fragmentos que se enlazan para explicar la génesis de la poesía moderna en juego donde quienes hablan son los propios creadores: Poe, Baudelaire, Mallarmé, Valéry y Eliot, bestia que ojalá cupiera mis atenciones con su La aventura sin fin, volumen que compila todos sus ensayos críticos.
El genio de La tierra baldía sabía muy bien que es indispensable una honda labor crítica para traspasar límites poéticos. Leí en invierno los tres primeros estudios y es admirable ver como el amigo de Groucho Marx, anécdota que me encanta, no cerraba su puerta en el siglo XIX, pues su preocupación por el lenguaje y la métrica eran tan intensos que escarbaba en la piedra lírica hasta en el Renacimiento.
Es interesante comprobar cómo Eliot comentaba que articulaba sus ensayos desde un punto de vista teórico que encerraba otra verdad sagrada: su corpus crítico existía en función, absolutamente sumisa, a su proyecto poético.
Recuerdo que el pasado cerraba estas recomendaciones precisamente con el bardo de Cuatro cuartetos. Lo adoro y siempre será una luz que ilumine el camino, pero como quiero comprenderlo mejor no puedo finiquitar el verano sin leer a sus más directos antecesores, Yeats y Pound, Pound y Yeats, magníficamente editados en español por Lumen y Cátedra. Dicho esto, si sobrevivo cuando caigan las hojas búsquenme por aquí, sólo deseo que versos, reflexiones y estallidos narrativos no me sepulten en un peso demasiado denso. Tomen las sugerencias, naden en la piscina, liguen sin moderación y bébanse la noche, que hay tiempo para todo y más.
.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)




















