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jueves, 10 de septiembre de 2020

Viaje al sur de Juan Marsé en El Confidencial Cultura



La semana pasada escribí en El Confidencial Cultura sobre Viaje al sur, de Juan Marsé, estupendo rescate publicado por Lumen justo tras la muerte del escritor barcelonés. Puedes leerlo aquí

jueves, 3 de septiembre de 2020

Viaje al sur de Marsé en 24 horas



Con este espléndido Viaje al sur de Juan Marsé cierro la etapa del paseo del viernes en 24 horas. Ha sido un año y medio estupendo, y ojalá pueda recuperarse en alguna otra franja de la casa. Por ahora puedes escuchar este último itinerario aquí

domingo, 2 de julio de 2017

Sant Joan en novelas de Barcelona en el Laberint de Wonderland



Hoy en el Laberint hemos hablado de Sant Joan en las novelas de Barcelona. Empezamos con la llegada del Quijote, seguimos con Aloma, continuamos con Nada y terminamos con el inicio de Últimas tardes con Teresa. Si quieres puedes escucharlo a partir del minuto 35 clickando aquí

martes, 19 de julio de 2016

Podcast literario en Anem de tarda: Barcelona



Este lunes debuté en mi colaboración veraniega en Anem de tarda de Ràdio 4. A lo largo del verano recomendaré dos lecturas cada lunes. Ayer dedicamos la sección a Barcelona hablando de Últimas tardes con Teresa y El día del Watusi. Si quieres puedes escucharlo al principio del enlace clickando aquí

lunes, 9 de marzo de 2015

domingo, 19 de octubre de 2014

Podcast de fiestas literarias en el Laberint de Wonderland



Hoy en el Laberint hemos hablado de fiestas literarias. Empezamos con el banquete de Trimalción del Satyricón de Petronio, continuamos con Fiesta de Hemingway, dimos paso a Miss Dalloway y terminamos con la verbena inicial de Últimas tardes con Teresa. Puedes escuchar la sección a partir del minuto 40 del enlace clickando aquí

miércoles, 29 de mayo de 2013

Podcast de personajes que se sacrificaron por amor



Hoy en el Laberint de Wonderland hemos abordado el tema de los personajes que se sacrificaron, de un modo u otro por amor. Entre los elegidos han aparecido Penélope, Werther, Marianela y Maruja de Últimas tardes con Teresa. Puedes escuchar la charla a partir del minuto 38 del Podcast clickando aquí

domingo, 31 de marzo de 2013

El Pijoaparte y Accatone: visiones de la periferia




El Pijoaparte y Accatone: visiones de la periferia, por Jordi Corominas i Julián
“Estamos como en una gran sala de espera de estación, todo es provisional…”
(Juan Marsé, Encerrado con un solo juguete)

El paso del tiempo cambia los barrios y altera la significación de los espacios mediante prostituciones del pasado. El Carmelo de Barcelona sigue siendo para muchos habitantes de la Ciudad Condal territorio comanche, zona agreste desconocida que no conviene pisar para mantener una especie de pureza hipócrita y burguesa de gente bien que no se mezcla con lo ajeno. Un monte que no pertenece a la ciudad en el imaginario colectivo, que ignora tanto a Marsé como a las relativamente loables reformas que el Ayuntamiento de la capital catalana ha emprendido para dar un aire moderno al barrio, repleto de calles con nombres izquierdistas que renuevan el panorama y hunden un poco su originalidad de fincas antiguas e iglesias de aislamiento que no figuraban en el elenco de Últimas tardes con Teresa.

En Roma, el Pigneto ha sufrido un proceso más que parecido. De suburbio desdeñado se ha metamorfoseado en lugar de moda para cineastas y supuestos bohemios. Las ventajas de este enclave otrora chirriante por los raíles del tren consiste en sus casas bajas y una atmósfera apartada del mundanal ruido urbano, un pequeño país de las maravillas cercano al centro y perfecto para evocar un Et in Arcadia ego de avenidas casi peatonales y leyendas del celuloide más radical.

Ambos topónimos emergieron en los sesenta desde una consideración bien distinta a la actual. Se lo debemos a dos nombres célebres. Juan Marsé, por raíces y experiencia vital, sacó de la oscuridad al Carmelo y sus aledaños. Pier Paolo Pasolini hizo lo mismo con la periferia de la Ciudad Eterna. Si quieren, el friulano antecedió al autor de Si te dicen que caí en unos años entre novelas- Ragazzi di vita y Una violenta- y películas en las que participó como guionista, desde la Notte Brava hasta Morte d’un amico, donde ese tercer mundo dentro del primero emergía para el espectador, demasiado acostumbrado a prescindir de una cotidianidad tan abrupta a la vuelta de la esquina.



En principio las coincidencias, que nunca son casuales, deberían terminar en este punto, pero si analizamos en profundidad las dos obras cumbres del transalpino y el español comprobaremos que hay muchas más similitudes que traspasan la superficie y se adentran en una senda sociológica que sirve para comparar la evolución de aquello que denominamos lumpen en el primer lustro de la década de los sesenta del fenecido siglo XX.

Accatone y el Pijoaparte son personajes prototípicos de una época y un lugar. El primero es un pobre desgraciado que se gana la vida como chulo de putas y sólo aspira a mejor convirtiéndose en ladrón. Se levanta por la mañana, tiene una mujer que le hace la comida y la jornada se desarrolla bajo parámetros que incluyen charlas en el bar de siempre, correrías delictivas con sus amigos, rondas nocturnas de control y la esperanza de mejorar en lo laboral sin insertarse ni por asomo en la clase media. Un buen día conoce a Stella y cree enamorarse, pero su concepción del flechazo no es muy normal. Cuida a su musa, intenta integrarla en su hábitat y la lleva a bailar donde al principio de la película asombró a propios y extraños: El Ponte Sant’Angelo, línea divisoria entre lo sagrado y lo profano, frontera que marca las mutaciones del personaje, resignado con la luna de fondo, desesperándose con el rostro lleno de sucia arena al entender que su redención consiste en abandonar su faceta de comerciante de carne femenina, que quería perpetuar con su nueva novia, y dedicarse a robar, exiguo rescate personal que, como veremos, le acarreará problemas mortales.




Accatone desciende poco a la Roma turística, templo de consumo e Historia. Visita ruinas y comercios cuando necesita con urgencia dinero o soluciones rápidas. Sin embargo quien haya visto el filme no podrá recordar ninguna escena que  transcurra en sitios emblemáticos: lo máximo que visualizamos es algún cachito del Trastevere, concretamente la Iglesia de Santa Cecilia, que tampoco es figure en la mayoría de guías. Es un hombre que prefiere irse con la música, clásica en las imágenes para dar trascendencia a lo vulgar, lo más lejos posible de corbatas y trajes, lo que le distancia del Pijoaparte, devoto de la Rambla por exigencias de su guión existencial. El chico que soñó con el lujo francés desde la infancia por culpa de unos franceses es un lince pispando motocicletas que usa para su propia distracción o para vender a su padre adoptivo, el Cardenal. Otra motivación para escapar de la miseria de las alturas es ir a verbenas vestido con inigualables galas que en casa del rico son sospechosas. Ése San Juan, un jardín y mil besos apasionados con una sensación de triunfo que se desvanece al pasar los meses, parar en una calita de Blanes, vislumbrar a la chica de aquellos ósculos y descubrir que no es la dueña sino la criada. Maruja y su fogosidad sexual, libertad que contrasta con las proclamas ideológicas de hijos de papá de los universitarios de 1956, son un pasaporte para seguir en el mismo peldaño de la escalera y Manuel, hermano de Accatone hasta en lo de tener un seudónimo, quiere dar el gran salto que le catapulte a la vera de los que él juzga honestos.



Por eso la enfermedad de Maruja será una bendición. Accatone da con su mujer del mañana en un descampado donde ésta limpia botellas. El Pijoaparte, más frío y calculador, sabe quién es desde el minuto cero. La rubia Teresa y sus vestiditos es una utopía que cobrará visos de realidad en la clínica de rompe y rasga, en el silencio de la zona alta y una habitación de intimidad que se trasladará a bares, charlas y amor de verano. Por una vez pobres y ricos no huirán de la ciudad, puta desangelada hasta el encuentro que hace colisionar a dos almas de Blanes y el Carmelo hasta una encrucijada que respira Barcelona por todos los poros. El movimiento de las fichas en el tablero se amplía pese a que el viaje sea en todo momento interior. Besos, playas, copas y el miedo a preguntar por un puesto noble. A ver qué puede hacer tu papá, a ver cómo acepta esta unión de antípodas y me da para un digno aguinaldo.

Manuel tiene tan clara su voluntad de eliminar lo pretérito que hasta finiquita su afán rufianesco para adaptarse a lo que vendrá. Ello comporta volver al Bar Delicias, donde les recomiendo ir para devorar sus magníficas patatas bravas, y embolsarse bastantes duros con las timbas de cartas. Su desesperación por ser decente sólo ofrece algunas grietas de tentación en casa del Cardenal, donde Hortensia, alias la Jeringa, guarda un asombroso aire a Teresa pero en la nada y la podredumbre. Caen las hojas, Pandora sigue con su machacona melodía que precipita la caída con la muerte y con ella el retorno al orden de tú a Boston y yo a California, el mar y las alturas que nadie frecuenta. Cupido de canícula no fue un miraje: hay cartas y un vagar de continuidad.

El Pijoaparte vuelve a las andadas. Se agencia una moto en la Plaza Sanllehy y encara el Litoral rumbo a su princesa. No sabe que el doble siempre tiene en su seno una promesa de venganza. Le da gas al manguito e imagina a Teresa en la cama, y hasta el propio Marsé en un fragmento impagable nos engaña con habilidad y cinismo. ¿Amor consumado? ¿ Prueba superada?

Accatone nota en el cogote ojos a lo Eisenstein. Divisa una motocicleta que ya intuíamos por las migajas de pan que Pasolini nos ofrece para la correcta comprensión del discurso, y arranca. Sus amigos corren. Ponte Testaccio, marca de dos junglas. Una natural en su barbarie. Otra abrupta y fina en su civilización americanizada.



El Pijoaparte se da de bruces en medio de una persecución policial. Su anhelo queda aparcado con unas manillas y los barrotes en el horizonte. La quimera de derribar el muro de las barreras de clase se ha quedado en eso.

Vittorio desaparece. Retumba Bach, a todo volumen. De repente, un sonido nos indica que su ilusión se ha quebrado. Sus allegados alcanzan el fatídico asfalto y escuchan la frase. Bueno, estoy bien. Último suspiro. Muerte para el italiano, cancelación de vida para el murciano. Parecidos razonables y una cruel daga exprimida en dos genialidades ciertamente inmortales. Leer y visualizar para aprender y maravillarse. 

Santa María de Palautordera, Julio de 2012

miércoles, 30 de enero de 2013

Podcast de cocina y literatura en Barcelona


Hoy en el Laberint de Wonderland hemos cerrado el ciclo dedicado a cocina y literatura con un breve paseo por los lugares gastronómicos más visibles de Barcelona relacionados con la literatura. En esta ocasión nos hemos centrado en la segunda mitad del siglo XX, yendo del Delicias de Últimas tardes con Teresa pasando por el Bocaccio hasta visitar Casa Leopoldo y el Giardinetto. Puedes escuchar la sección a partir del minuto 40 del enlace clickando aquí

lunes, 13 de agosto de 2012

Lecturas de verano en Sigueleyendo





Una montaña quimérica, por Jordi Corominas i Julián




El año pasado el texto dedicado a mis lecturas de verano versó sobre libros que dejaron una impronta en mi cerebro, obras que me gusta revisar en mi habitación para escapar del calor y sentir que siempre tengo la necesidad de aprender.

Cuatro estaciones son suficientes para notar un cambio. 2012 ha sido un año acelerado, intenso, y eso ha retrasado algunas perlas que quería devorar. A decir verdad aún no sé si agosto será próspero en este sentido porque estoy embarcado en un proyecto que exige tiempo y horas de estudio, pero sí puedo decir que en una estantería tengo una serie de caprichos que espero leer antes de la vuelta al cole. Algunos son poéticos, otros ensayos y bastantes pura narrativa, y no precisamente ligera. ¿Quién dice que la canícula es para páginas a dieta? No, es para lanzarse sin dudas en pos de clásicos y modernos que se asimilan mejor sin el estrés de idas y venidas en la cuadrícula urbana, por eso es más gustoso sumergirnos en ella, y así me ha sucedido al retomar Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé.


La historia de éste renovado romance tiene tela de la buena. Antes de este año no había pisado El Carmel, pero como uno de mis oficios es el de guía decidí preparar un recorrido por el barrio del Pijoaparte, y claro, uno conoce los espacios y su perspectiva vira hacia una mayor certeza. Más allá de la intensidad de una prosa que siempre será un referente he disfrutado de las aventuras del murciano al sentir que esas calles me pertenecían un poco más. Barcelona es una puta que se metamorfosea demasiado, y la literatura debe captarla para conservar las esencias que los dirigentes desean arrinconar en la esquina de la Historia no escrita. Marsé es un maestro por muchos motivos, entre ellos por ser honesto y fiel a un estilo reconocible que se acrecienta en su monumento al estructurarlo con una insólita perfección. Cada cita de apertura encaja en el engranaje, cada línea y cada verso narrativo son precisos. Nada sobra, y esa endiablada economía de medios que transporta a otra época, e incita a inventar la máquina del tiempo para comprar Últimas tardes… en 1966 y alucinar con lo que la gente de otrora sentiría con su elegante y canalla lección.









Ahora mismo leo Encerrado con un solo juguete, ópera prima del autor barcelonés, y noto la evolución. El Marsé maduro aún no ha llegado. Se intuyen temas y movimientos, ideas y pentagramas de melodías venideras que siempre requieren de un proceso. No se trata de llegar y besar el santo. Quien piense así puede cerrar el chiringuito. Esa sinfonía inacabada, porque toda trayectoria es un continuum, de Andrés y Tina apunta maneras, y con eso me basta, quizá porque me sé lo que vendrá. ¿Y qué? Las últimas generaciones literarias de nuestro país han desdeñado demasiado la realidad y una herencia que rebosa compromiso y observación de lo cotidiano para entender el presente. Ignorar ese legado es como pegarse un tiro en la cabeza y montar una huida hacia adelante que no salvaran americanos supuestamente pop, porque sin la asunción de lo pretérito no es posible construir futuro.



Entre otros libros que tengo pendientes hay algunos que me llamaron la atención por minucias. La Trilogía sucia de la Habana de Pedro Juan Gutiérrez fue un flechazo en una fiesta primaveral. Lo vi al lado de una botella de ginebra y brillaba rojo en su cubierta. La edición que tengo en mis manos es verde y su interior me espera con permiso de dos pesos pesados que piden paso desde hace demasiado. Uno es una recomendación de John Carlin, quien hace años me habló de la biografía de Winston Churchill de Roy Jenkins. El gran inglés hilvanó mil existencias en una, fue diputado durante más de seis décadas y capitaneó a su país a la victoria en la guerra más brutal del Novecientos. Son mil doscientas páginas, extensión parecida a la semblanza de Goebbels de Peter Longerich. Es enfermizo, lo sé, pero es oler una novedad nazi, que mal suena, y quererla. Será la fascinación por el mal o la voluntad de entender una deriva más que molesta.








Lo adquirí mientras leía, a mediados de junio, La caída de Berlín de Anthony Beevor, una perfecta disección de la agonía del Reich del milenio, ese edificio wagneriano que terminó sepultado en ruinas que el historiador británico explica con un lirismo catapultado por la misma tragedia, con ese zoo cubierto de desechos y un Réquiem que no genera compasión por el vencido ni loa al ganador soviético. Es ecuánime porque sabe de la barbaridad que es toda venganza, que a su vez nace por las atrocidades perpetradas por los alemanes en el territorio de la hoz y el martillo.

Sin embargo, entre Clío y la Ciudad Condal, otros títulos aguardan. Con toda probabilidad no seré capaz, porque es una tarea heroica que debe ser mascada con mucha calma, de penetrar en la Matemática tiniebla editada por Antoni Marí, una selección de fragmentos que se enlazan para explicar la génesis de la poesía moderna en juego donde quienes hablan son los propios creadores: Poe, Baudelaire, Mallarmé, Valéry y Eliot, bestia que ojalá cupiera mis atenciones con su La aventura sin fin, volumen que compila todos sus ensayos críticos.



El genio de La tierra baldía sabía muy bien que es indispensable una honda labor crítica para traspasar límites poéticos. Leí en invierno los tres primeros estudios y es admirable ver como el amigo de Groucho Marx, anécdota que me encanta, no cerraba su puerta en el siglo XIX, pues su preocupación por el lenguaje y la métrica eran tan intensos que escarbaba en la piedra lírica hasta en el Renacimiento.

Es interesante comprobar cómo Eliot comentaba que articulaba sus ensayos desde un punto de vista teórico que encerraba otra verdad sagrada: su corpus crítico existía en función, absolutamente sumisa, a su proyecto poético.






Recuerdo que el pasado cerraba estas recomendaciones precisamente con el bardo de Cuatro cuartetos. Lo adoro y siempre será una luz que ilumine el camino, pero como quiero comprenderlo mejor no puedo finiquitar el verano sin leer a sus más directos antecesores, Yeats y Pound, Pound y Yeats, magníficamente editados en español por Lumen y Cátedra. Dicho esto, si sobrevivo cuando caigan las hojas búsquenme por aquí, sólo deseo que versos, reflexiones y estallidos narrativos no me sepulten en un peso demasiado denso. Tomen las sugerencias, naden en la piscina, liguen sin moderación y bébanse la noche, que hay tiempo para todo y más.

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