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miércoles, 28 de julio de 2021

Millet vs Carrère en El Confidencial

 



Artículo dedicado a la literatura del ego en Catherine Millet y Emmanuel Carrère. Puedes leerlo aquí

lunes, 29 de julio de 2019

Jean Claude Romand en 24 horas de RNE



El pasado viernes Sandra Urdín y servidor dedicamos mi paseo en el 24 horas a Jean Claude Romand, protagonista de El adversario de Emmanuel Carrère y de retorno a la actualidad al haber ingresado en un monasterio tras su libertad condicional. Puedes escucharlo aquí

martes, 2 de octubre de 2018

domingo, 12 de noviembre de 2017

Emmanuel Carrère en el Laberint de Wonderland



Hoy en el Laberint Agnès Batlle y servidor hemos hablado de la vida y obra de Emmanuel Carrère con motivo de la publicación de su último libro, Conviene tener un sitio donde ir. Si quieres puedes escucharlo a partir del minuto 28 del enlace clickando aquí 

viernes, 4 de diciembre de 2015

El Reino, de Emmanuel Carrère




No es casual empezar por el número 1 bis de la rue Vaneau. En ese edificio vivió André Gide, excelso escritor autobiográfico, férreo protestante por tradición familiar y buen conocedor de los evangelios. Años más tarde esa casa con una extraña fachada curvilínea irrumpe de nuevo en la literatura francesa de la mano de El Reino de Emmanuel Carrère, digno sucesor del autor de Los sótanos del Vaticano.

La relación entre ambos debe cifrarse desde la inevitable evolución del género novelístico. Gide lo tocó en ciertos momentos de su existencia y consiguió cumbres como Los monederos falsos, obra en que su presencia personal es constante porque en sus páginas no oculta brindarnos un roman à clef con rostros bien reconocibles. El mayor hito del premio Nobel de 1947 fueron sus diarios, inclasificables más allá de su valor testimonial.

Por su parte Càrrere ha demostrado desde El adversario ser un valiosísimo apóstol de una literatura  diferente del yo que reformula la novela desde unas coordenadas donde el narrador es un detective de sí mismo capaz de aprovechar cualquier material para reflexionar, investigar y sacar una serie de conclusiones muy relativas. Su método deberá ser recordado como un cierto giro copernicano de principios de nuestro siglo que le ha conferido el honor, bien extraño en nuestra época, de poder presumir de originalidad bien aliado con un estilo propio que, además, ha influenciado a colegas de muchas y variadas latitudes.

En esta ocasión la excusa para su nueva creación surge de la transformación de su yo pasados veinte años. Creo que en Carrère es importante delimitar como frontera la caída del muro de Berlín. Sin el derrumbe de los comunismos su mundo sería otro y la influencia rusa quizá no podría formularse con tanto esplendor. Nos situamos en 1990. El novelista se encuentra perdido en una crisis sentimental y alcohólica. Una tarde, casi un presagio, acude al piso de su madrina en el número 1 bis de la rue Vaneau. Ya he dicho que las casualidades no existen.

Esta mujer es católica y ha insistido durante mucho tiempo en la importancia de la fe. El Carrère escritor emergente considera absurda la cuestión, pero en su desorientación se asesora, conoce al muy cristiano Hervé y un día la eucaristía le concede unas palabras para la gran sacudida: “pero cuando seas viejo, extenderás las manos y otro te la ceñirá y te llevará a donde tú no quieras”.
Se convierte y durante tres años cultivará su amor para con el señor a través de apuntes sobre el Evangelio de Juan en dieciocho libretas. El entusiasmo se desvanecerá entre la escritura de una biografía de Philip K. Dick y el retorno a una cierta normalidad.

Carrère es un hombre curioso. Tras Limónov debió costarle dar con un tema potente y lo localizó por un matiz filológico. En Los Hechos de los Apóstoles, supuesta segunda parte del Evangelio de Lucas, hay un pasaje decisivo. El narrador, hasta entonces bastante aséptico, menciona la súplica de un macedonio. Pablo, que aún no era santo e ignoraba transitar por el año 50 después de Cristo, se decide a ayudarle. Muy bien. El punto de inflexión es hallar en este fragmento un “inmediatamente intentamos partir a Macedonia, persuadidos de que Dios nos había llamado para evangelizarlos”.

Lucas está presente, luego cuenta la historia con conocimiento de causa y Los Hechos de los Apóstoles devienen un relato en primera persona, como la gran mayoría de los textos de Carrère, quien se interesa y se aventura a intentar trazar una biografía del patrón de los pintores s a partir de esa pequeña apertura de la puerta del Nuevo Testamento.

No importa mucho si lo consigue y el mismo es consciente de la dificultad del envite. Por eso aprovecha el mismo para trazar su peculiar visión de los orígenes del Cristianismo leyéndolos como si fueran una novela vista desde distintas vertientes. La primera es la suya de exégeta, una confesión de sus pesquisas inmersas en su día a día entre vídeos porno, enamoramientos y el desarrollo comprensible de toda investigación, plagada de saltos y sorpresas. La segunda tiene al autor del material como protagonista en la sombra porque, ahí accedemos a la tercera, Pablo es el héroe absoluto por su lucha contracorriente en su interpretación de la fe. Carrère entiende la magnitud del protagonista y los obstáculos del reto. Lo considera un trotskista de la secta, un outsider empecinado en desmontar el tinglado de los padres fundadores para expandir la palabra de Jesús en sentido ecuménico, y ese punto le da juego para plantearse cómo las creencias son desmentidos de la realidad, ilusiones del desprenderse de las exigencias de la razón para instalarse en mundo allende el mundo: el Reino de los cielos.

La narración fluye en su desorden ordenado de una sinceridad aplastante. Por principio todo narrador es un farsante, un manipulador incuestionable y el francés no lo oculta en ningún momento. Sin embargo expone a las claras sus intenciones. No pretende ninguna verdad definitiva, navega por el mar que él mismo ha generado y se deja llevar por el viento de la Historia sine ira et studio, con la objetividad subjetiva de quien contrasta fuentes, viaja con sus personajes y termina por conocerse mejor entre el mundo globalizado de la Antigüedad con Asia como punto de lanza, la Roma neroniana y la resaca de los Flavios, antesala de una consolidación hacia el lento estallido corroborado por Constantino.


El tiempo histórico se funde con el tiempo personal de este autodenominado Bobo, bourgeois bohème,  parisino. Sus teorías se hilvanan con el deseo de entender su propia  transformación y, con un toque sutil, sirven al lector para comparar lo remoto con lo presente, no desde la máxima marxista, sino desde el libre albedrío de la novela, bestia poliforme que se resiste a morir por el poder bautismal de algunos escritores. 

domingo, 28 de diciembre de 2014

Podcast de Bigotes en el Laberint de Wonderland



Hoy en el Laberint de Wonderland hemos hablado de bigotes literarios, sí. Empezamos con el bigote de Emmanuel Carrère, continuamos con Nietzsche, avanzamos con Jesús Carrasco y terminamos con un mostacho universal: Charlot. Puedes escuchar la charla a partir del minuto 37 del enlace clickando aquí

sábado, 4 de octubre de 2014

El bigote y Una semana en la nieve, de Emmanuel Carrère




El bigote y Una semana en la nieve, de Emmanuel Carrère, por Jordi Corominas i Julián
Emmanuel Carrère, El bigote, Anagrama, Barcelona, 2014
Traducción de Esther Benítez
Emmanuel Carrère, Una semana en la nieve, Anagrama, Barcelona, 2014
Traducción de Javier Albiñana

Con el paso de los años Emmanuel Carrère se ha labrado una carrera sólida que ha recibido varias consolidaciones. La primera a ojos del lector español llegó con El adversario, novela de no ficción que inauguraba un ciclo completado con Una novela rusa, De vidas ajenas y su segunda gran consagración. Limónov traza el periplo del escritor y político ruso desde coordenadas reales que, sin embargo, bien podrían compararse con las de personajes como Julien Sorel, pero en la encrucijada entre nuestro siglo y el pasado.

Antes de esta prolífica etapa Carrère fue un outsider que se atrevió, como tantos otros, con la ficción pura y dura mientras buscaba una voz propia que, en realidad, siempre tuvo. Lo comprobamos este otoño mediante la publicación de dos novelas escritas en 1985 y 1995, obras surgidas de una absoluta necesidad de verterlas al papel como demuestra que ambas se redactaron en menos de dos meses, como si el autor las tuviera en la cabeza y necesitara expulsarlas, como si esos hijos fueran un malestar que sólo se esfumaría en forma de libro.

La primera de ellas es demoledora e indica una serie de intenciones que han cuajado con el tiempo. El bigote, publicada en catalán por Labreu Edicions, las muestra desde una óptica que aun mantiene su vigencia, pues los tres decenios que han pasado desde su publicación no han desgastado su argamasa paranoica encuadrada en una tradición donde Kafka es evidente, Maupassant un recuerdo lejano y Buñuel un punto de referencialidad que Carrère transforma por completo en esta historia donde un hombre que siempre cree haber lucido un nutrido mostacho decide afeitárselo para sorprender a su mujer.



Cuando los seres humanos realizamos actos tan absurdos, palabra fundamental en el tejido narrativo que nos concierne, buscamos saber qué opinan los demás. La ausencia de comentarios escandaliza al pobre protagonista, quien termina por interrogar a sus allegados. De este modo empieza una locura que revolucionará su existencia, desestabilizará su relación conyugal y le llevará a plantearse su propia identidad en una vertiginosa lucha interior que el Carrère deja fluir con mucha habilidad por espacios cerrados y exteriores, escenarios simbólicos de una descomposición que en realidad se produce dentro de este antihéroe que parece notar la velocidad de los ochenta y el cambio de un mundo que se acerca a la globalización actual sin terminar de avistarla por completo.

Aun quedan recuerdos que se desvanecen, certezas caídas en un pozo sin fondo y una normalidad quebrantada por una anécdota que es la gota que colma un vaso repleto de tonterías que afectan nuestro devenir, trastocándolo con saña por nuestra propia impotencia para entender lo que es esencial.



La imagen es un factor determinante en este relato de un hundimiento adulto. El de Una semana en la nieve, asimismo cargado de introspección psicológica, centra su planteamiento en Nicolás, un niño inseguro y ultraprotegido que acude a un campamento de esquí junto a sus compañeros de clase. Si en El bigote veíamos cómo la desaparición de un supuesto trazo reconocible desencadenaba la tormenta aquí el motivo que apunta una serie de catastróficas desdichas es el descuido del equipaje en la bolsa del padre, quien en su desconfianza para con el mundo ha acompañado al pequeño hasta el sitio donde, en principio, debería empezar a cultivar su libertad más allá del hogar.

Sin embargo los condicionamientos son demasiado fuertes. La tortura se expresa en la imposibilidad de franquear las puertas de los recintos, donde la amenaza de lo cotidiano es menos peligrosa desde una seguridad que nunca es absoluta. El pánico del niño es otro botón del muestrario de patologías que en este caso se han desarrollado cuando su víctima aun no tiene suficientes mimbres como para asumirlas desde la plena consciencia, algo que permite al narrador recrearse en miedos fútiles y alucinantes imaginaciones que se entremezclaran con lo acaecido a lo largo de ese viaje donde brillan algunos rayos de esperanza, desde la música hasta la amistad de uno de los coordinadores, que desaparecen con la noche, tiniebla simbólica donde se concentran ansiedades que casi se reciben con beneplácito porque están ya dentro de las costumbres de Nicolás, quien desde un derrotismo muy triste acepta lo establecido casi sin rechistar.




Tanto en El bigote como en Una semana en la nieve la dualidad entre lo individual y lo inevitable de la superficie constituyen el engranaje que articula la maquinaria de una marginación que nace de los propios fantasmas y cuaja desde una irracionalidad que no es tal porque está insertada con naturalidad en nuestra sociedad. De este modo ambas novelas pueden leerse como una crítica de un sistema demencial, aunque nunca conviene olvidar que Carrère, y así lo demuestra su posterior trayectoria, es un apasionado de estos perfiles deshilachados que al no adaptarse al ámbito que los circunda emprenden una senda laberíntica que es la base de su atractivo, y lo dicho puede aplicarse a la gran mayoría de sus personajes, fichas desconectadas en un tablero donde se pide otra sustancia para transitar sin problemas.