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domingo, 8 de agosto de 2021

James Joyce y Nora Barnacle en Trieste en El Confidencial

 



Iniciamos en El Confidencial una serie de verano dedicada a escritores, familia y exilio con James Joyce y Nora Barnacle en Trieste. Puedes leerlo aquí

domingo, 12 de abril de 2020

Hipótesis y esperanzas: Josep Pla y Stefan Zweig en El Confidencial



A lo largo de estas semanas escribí este artículo sobre el ayer y el mañana, de 1920 a 2020 desde perspectivas culturales. Puedes leerlo aquí

sábado, 2 de marzo de 2019

Escritores de los márgenes en el Laberint



Hoy en el Laberint Marc Hernández y servidor hemos hablado de escritores en los márgenes. Los protagonistas han sido Pier Paolo Pasolini, Manolo Vázquez Montalbán, Gustave Flaubert e Italo Svevo. Si quieres puedes escucharlo a partir del minuto 25 del enlace clickando aquí

lunes, 22 de diciembre de 2014

La literatura es mi venganza, de Mario Vargas Llosa y Claudio Magris


La literatura es mi venganza, de Mario Vargas Llosa y Claudio Magris, por Jordi Corominas i Julián
Mario Vargas Llosa y Claudio Magris, La literatura es mi venganza, Anagrama, Barcelona, 2014
Prólogo de Renato Poma

En demasiadas ocasiones nuestra época cae en una constante cháchara de la nada absoluta. Este fenómeno ha ganado enteros en los últimos años gracias en parte a las redes sociales, donde los usuarios interactúan en soliloquios que simulan una conversación con varios grados de dificultad donde el debate quedar relegado entre el campo de egolatrías diseminadas por los teclados.
En cambio el diálogo, y puedo asegurarles que el tema me interesa por muchos motivos, debería consistir en la fusión entre dos o más personas que a partir de las palabras consiguen crear un solo cuerpo. Durante sus intercambios en el Instituto italiano de Lima Claudio Magris y Mario Vargas Llosa se acercaron a este noble objetivo. El resultado se ve reflejado en La literatura es mi venganza, breve librito donde esas reflexiones se dividen en cuatro facetas que facilitan la comprensión de las mismas.

Huelga presentar a los tertulianos, y no uso este vocablo en su acepción actual que suena a desprecio. La empleo desde su uso positivo. Dos seres humanos se citan e intentan conversar con argumentos de una serie de temáticas. La primera de ellas versa sobre una más que comprensible admiración por las letras que deriva hacia determinadas consideraciones para con la novela, y es ahí donde ambos coinciden en que la actualidad ha dado al género otra velocidad que afecta tanto a su lenguaje como a su estructura. El léxico decimonónico de la calle y la narración encajaban con un mundo que aceptaba ese orden para comprenderse mejor en conjunto, pero el Novecientos alteró las coordenadas y en nuestra centuria urge aceptar que no es posible continuar con prácticas que por fuerza deberán caer en desuso. La linealidad ha perdido vigencia y el vocabulario debe adaptarse a un período histórico donde infinitas mutaciones exigen un rigor al escritor que quizá sea el compromiso de hoy en día. Esto es de mi propia cosecha, aunque no deja de ser una pequeña interpretación de lo dicho por el transalpino y el italiano, quienes insisten en la inevitable necesidad de crear con la sociedad en el punto de mira, pues otro tipo de artefacto será mera floritura sin cosecha que ofrecer.



Esta idea podría darnos que pensar con relación al estilo, si bien lo explicado con anterioridad insinúa este factor a lo largo del tejido, al que por fuerza debe incorporarse la tradición como apunte, lo que se consigue en el segundo fragmento de diálogo al comentar novela y travesía con Odiseo y Don Quijote, puntas de lanzas de un errar y una serie de construcciones que se repiten a lo largo de la historia de los textos, bien sea por universalidad de sus contenidos y formas, bien porque al fin y al cabo las tramas iniciales de la literatura occidental han configurado al resto desde un paradigma absoluto, donde también se incluye la figura del narrador como un gran impostor, algo eterno y poco moderno, simple y llanamente una ocurrencia que se renueva metamorfoseándose con el paso de las generaciones.

Y ello puede enlazarse con suma facilidad con el concepto de tiempo impuro. Los verbos nos ayudan a describir y ubicar las acciones en un contexto concreto y en instantes que valoramos desde pasado, presente y futuro con un sinfín de matices. Si conecto la impostura con el tiempo es porque Magris, con mucho tino, menciona a Italo Svevo, quien quizá alcanzó una de las más altas cotas de maestría en este sentido con su Coscienza di Zeno, lúcida en el engaño de una confesión y el desbarajuste del último capítulo que le permite jugar mucho en la parte central de su última novela. El autor triestino quería narrar la vida y observó que la gramática adolecía de un tiempo verbal que de verdad nos permitiera contarla, por lo que solucionó su problemática mediante una arquitectura que, a la postre, simbolizaba su derrota en el intento.



Lo que no debe ser nunca una debacle es la actitud del escritor con la contemporaneidad. Las balas perdidas que erraron en sus elecciones políticas son una advertencia para el siglo XXI, donde según la pareja tertuliana muchos son los retos a los que todos debemos enfrentarnos, desde la poca calidad democrática, con la amenaza que ello conlleva, hasta una mala interpretación de la diatriba entre globalización e identidad que propicie un abismo insalvable con epicentro en Europa. El Viejo Mundo es contemplado como un resquicio de esperanza que se precipita en determinadas posturas más que lamentables que van desde eliminar referencias cristianas en libros clásicos para no ofender a los musulmanes hasta separar por sexos las piscinas para no ofender a determinadas comunidades. La rendición, que es victoria de la intolerancia, es una traba para un auténtico diálogo entre culturas donde se respeten leyes no escritas, Antígona salta a la palestra, y la universalidad sea un foco que mantenga las diferencias pese a la homologación, vuelvo a ser yo quien opina desde lo dicho por los dos monumentos parlantes, ya anunciada por Pasolini. De este modo, con una diversidad desde la unidad que implica la eliminación de fronteras, el Planeta podrá ser un lugar mejor donde la literatura, así lo creen Magris y Vargas Llosa, debe erigirse en una fuerte pandora que siga con empuje de cambio.


Un diálogo de este tipo siempre es limitado porque se suscitan determinadas conjeturas que descartan otras. Al querer sentar cátedra creo que falta una noción más clara de lo que podríamos denominar literatura pura y su destino en el siglo XXI. No la menciono por capricho, pero durante la crisis los modelos novelísticos mantienen una esencia que desde mi punto de vista no es muy renovadora. Si se echa la vista atrás y miramos a 1918 comprobaremos que sí existió por aquel entonces una revolución narrativa de proporciones épicas que quizá por su radicalidad ya dictó sentencia. El Ulises, mencionado a lo largo del diálogo de Lima, es la novela de novelas de la modernidad, pero las décadas siguientes sí ofrecieron estímulos que permitieron avances en el género. ¿Los conseguiremos hoy en día? Apuesto a que sí, aunque eché en falta esta pregunta en una charla notoria, siempre interesante donde también pudo comentarse más el papel de la sempiterna banalidad de nuestros días en la cultura, su influencia y cómo puede ser un virus letal para ciertos paradigmas. Esperemos que la charla, como si se tratara de Literatura en mayúsculas, prosiga con otros nombres que reafirmarán más mi concepción del diálogo como un bloque que enfoca sus tiros a la totalidad desde lo variopinto de sus voces. 

domingo, 27 de julio de 2014

Ensayos, de Italo Svevo


Ensayos, de Italo Svevo, por Jordi Corominas i Julián
Italo Svevo, Ensayos, Páginas de Espuma, Madrid, 2014
Traducción y edición de Cuqui Weller
Durante mucho tiempo España se comportó con Italo Svevo como la vida le había tratado literariamente. Era extraño encontrar obras suyas traducidas al castellano, pero desde hace unos años algunas editoriales, entre las que sobresale Gadir, resolvieron tan injusto destino para nuestro catálogo bibliográfico.

En el resto de Europa el nombre del triestino sonó con fuerza desde los años veinte, cuando Joyce y Larbaud ayudaron a cimentar una más que merecida fama que brotó al final de su vida con la difusión de su última novela, La coscienza di Zeno, obra personalísima con tintes freudianos donde la leyenda del último cigarrillo no debe oscurecer otras virtudes que ya sobresalían en Una vita y Senilità, novelas de juventud ignoradas en su tiempo y recuperadas cuando el reconocimiento y una muerte prematura dieron al comerciante de la empresa Veneziani un aura más que especial.

Uno de los puntos fuertes de su singladura literaria, poco valorado en nuestras fronteras, es su agilidad para con los relatos. Siempre recordaré la tensión de la nouvelle L’assasino di Via Belpoggio, donde el autor de la ciudad encrucijada transmitía una habilidad con la prosa al alcance de muy pocos. Sin embargo, ese texto, como tantos otros, sólo reflejaba una mente inquieta que a partir de un dilentantismo involuntario había conseguido una vasta cultura forjada entre lecturas y viajes. Ello puede comprobarse a lo grande en la cuidada edición que Cuqui Weller ha preparado para Páginas de Espuma, completando así el círculo sveviano en nuestro país.

El volumen glosa toda una existencia y la simboliza por los dimes y diretes de los escritos. Siempre me sorprendió, aunque es algo normal por el contexto histórico, que Ettore Schmitz optara por varios seudónimos, pero choca todavía más comprobar las enormes dificultades que tuvo para publicar cualquier tipo de propuesta que presentaba. Muchos de los artículos y conferencias del libro no vieron la luz cuando fueron ideados y esperaron con paciencia en el cajón.

No sucede así con los primeros, artículos de juventud que cubren una década de colaboraciones con L’Independente. Estas ágiles reflexiones son propias de un joven inquieto de finales del Novecientos. Francia es la luz que ilumina la imaginación del autor, quien por otra parte nos ofrece un envidiable abanico temático donde surgen con naturalidad todos los mitos de la época, desde el inevitable Napoleón hasta Wagner pasando por figuras más bien olvidadas, pese a su pretérita importancia, como los hermanos Goncourt o Giovanni Verga.



Svevo enarbola la bandera de una crítica que deja fluir su contenido como un torrente sin descuidar la estructura de la misma. Asimismo no es en absoluto complaciente con las materias tratadas, y esa ausencia de buenismo, de la que deberían tomar nota muchos hoy en día, denota sinceridad y ambición, también visible en la amplitud de miras de sus comentarios, capaces tanto de abarcar síntesis filosóficas a partir de acontecimientos cotidianos como la inauguración de la estatua de Giordano Bruno en Roma como exhibir obsesiones que más tarde aparecerán en su obra narrativa.

En esos artículos juveniles está una base que germinará definitivamente en la madurez, reforzada por las circunstancias vitales del triestino, a quien sería demasiado simple como el amigo y profesor de James Joyce. Su experiencia viajera nos regala unas descripciones londinenses de gran envergadura, aliñadas con el aliciente de la cronología, pues esas visiones de la capital británica cubren el período previo a la Primera Guerra Mundial, cuando Inglaterra aun era la potencia hegemónica, hasta el trance posterior al armisticio. Svevo nos habla de costumbres sin apartar para nada problemáticas sociales como la huelga de mineros.

Otros ensayos abordan un crisol de eventos y polémicas de principios de siglo. El autor se moja con sus ideas relativas a la paz y se divierte en su disección ciudadana a partir de los que suben a un célebre tranvía. Esta diversidad alcanza su apogeo, bien ansiado, con su conferencia dedicada a Joyce, donde el factor analítico se combina con maestría con hechos personales que dan al conjunto una dosis de humanidad donde se mezcla el elogio y el conocimiento de los pasos que llevaron al milagro, inigualable desde mi punto de vista, del Ulises, concebido en Trieste, enclave fundamental para entender una cierta literatura europea del inicio del Novecientos, algo que Ettore Schmitz entendió como demuestra al mencionar la diferencia entre su amigo irlandés y Marcel Proust. Ambos se unen en el imaginario porque el Ulises apareció en 1922, año de la muerte del francés. Ambas hombres crearon novelas que marcan fronteras. El galo clausuró toda una centuria y el autor de Dublineses abrió otra. Svevo lo intuye y lo dice casi en un susurro que avanza hasta cotas más profundas porque su coherencia requiere abandonar la mera anécdota para centrarse en el proceso que conduce a un objetivo, de Música de cámara al genial experimento que transcurre durante ese famoso 16 de junio de 1904.




Debemos aplaudir iniciativas como esta edición, útil más allá de la actualidad. Los libros de largo recorrido muestran criterio y la verdadera salud de un mercado donde sí, se necesita beneficio, pero también una política de calidad que no se limite a intentar vender todo lo antiguo como un clásico. Svevo lo es por derecho propio y esta edición le rinde merecida justicia.