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domingo, 20 de octubre de 2013

Tiempo de encierro, de Doménico Chiappe



Desarrollos del íncubo, hecatombes del desastre: Tiempo de encierro de Doménico Chiappe, por Jordi Corominas i Julián

Doménico Chiappe, Tiempo de encierro, Madrid, Lengua de Trapo, 2013

Empecemos. Una pareja joven vive en un chalé de la periferia. Su mundo es idílico. Se conocieron, supieron construir una relación sólida y pasados los años optaron por adquirir un lugar donde crecer juntos, una burbuja alejada del mundanal ruido, metáfora perfecta de la desconexión inicial de Igrid y Maelo, satisfechos con su precariedad independiente, contentos con su vida a medias hasta que salten las alarmas definitivas.

Las primeras páginas, notables porque marcan con claridad el contraste entre el antes y el después, recorren este falso bienestar, incrementado con el embarazo de ella, tranquila en la casa mientras él trabaja lo que puede a la espera de la plaza que merece tras sacar buenas notas en las oposiciones. Sin embargo, una vez cerramos Tiempo de encierro de Doménico Chiappe, es inevitable pensar que el protagonista masculino de la trama es un  símbolo de destino, un elemento que en su interior atesora la frustración que vendrá entre su vida finiquitada en su lugar de procedencia allende el charco, la asunción de su talento limitado y la experiencia de ser un superviviente que aspira a más de lo que puede, y precisamente en esa idea es donde nace el desbarajuste que el autor plantea de modo interesante, pues sí, sabemos que los bancos son malvados y pérfidos, pero los ciudadanos también pecaron de ilusos durante la era del boom inmobiliario.


Los suicidios del presense se leen en mensajes de texto, son rastros del camino, noticias que afectan sin desmoronar porque el egoísmo prima sobre el colectivo, concepto que sólo afectará a los protagonistas cuando padezcan lo que otrora era un lejano rumor, una curiosidad más que puede verse en la colección, un capricho absoluto, vintage de pancartas del 15M, un museo de un presente que su criterio juzga pasado, doble crítica a la oportunidad perdida y a la excesiva velocidad con la que olvidamos hechos recientes.


Antes de la noticia, antes del puñetazo y el desconsuelo, Igrid carbura a todo gas. Sus ideas son brillantes y muy críticas con el mundo editorial, donde se ha curtido a base de observar vanidades, chiquillerías y mucha estupidez. Su libertad es la independencia del autónomo que abre el e-mail, atiende propuestas y deja que las jornadas tienten la suerte de un pelotazo que permita ir más allá. En su caso la preocupación monetaria es relativa porque Maelo es quien se ocupa de las cuentas, factor importante que acrecienta la sorpresa del mensajero con un doble sobre maldito que anuncia la decisión del desahucio por un retraso en el pago mensual de la hipoteca.




La situación deviene terrible por múltiples razones. En primer lugar implica la mentira de Maelo a Igrid. En segundo comporta una elección totalmente irracional de protección que casi nos recuerda a otras épocas. Ella opta por no salir de la casa pese a tener responsabilidades y la obligación de visitar a su ginecóloga. Su reclusión hará que él, más que nervioso por sus errores, emprenda la senda de buscar soluciones y ponga toda la carne en el asador para intentar apaciguar un fuego que pese a no quemar los cuerpos los amenazará hasta lastrarlos de por vida.

El encierro de Igrid tiene algo de paradoja coherente por su estado, con el feto convertido en un interlocutor privilegiado que capta la desesperación mediante palabras y gestos que agudizan el drama a medida que transcurren las semanas. Se comienza por prescindir de lo superfluo, se avanza al miedo de desplazar los utensilios fundamentales a la abandonada casa de al lado y se termina, quien diga que esto es un spoiler merece volver a la educación primaria, con el nacimiento del bebé y una mente que desde su lucidez delira por tanta soledad y un proceso que con su acumulación de frialdad, cinismo y desfachatez para el beneficio de unos pocos puede desquiciar a cualquier persona.

Chiappe juega bien sus cartas. La evolución del desahucio es una notificación bancaria y judicial con su lenguaje seco, con esa aridez incomprensible que acatamos como una condena que se sirve a cuentagotas y contrasta con la vivacidad de la única esperanza de luz para Igrid, su colaboración con la superartista, una aspirante a Wagner del siglo XXI, Bi, trama dentro de la historia que sirve para plantear la oposición de un mundo que pese a su integración en la realidad la aliena: el universo de nuestros perfiles en redes sociales y su potencia para exhibir con rotundidad los males del individualismo, la fachada y lo que en términos casi de argot posmoderno se conoce como postureo, barrera insalvable si se quiere practicar la acción que navegue hacia el mar del cambio, ajeno a la vacuidad contemporánea y, por lo tanto, utópico.

Si fuéramos muy escrupulosos podríamos criticar con razón estos fragmentos de Bi, útiles para presentar el laberinto emocional de Ingrid y exponer tesis que el narrador pone en boca de sus personajes. Tales pensamientos, argumentados sin tapujos, quizá merecerían más espacio y bien podrían constituir el embrión de un ensayo que sólo se esboza en la novela, si bien en la misma tiene una función importante para apuntalar defectos de una época donde el ego niebla la perspectiva del horizonte.

Tiempo de encierro se enmarca en lo que podríamos definir una segunda fase de lo que en un futuro definirán como narrativa de la crisis. Cuando estalló la depresión la confusión sumió a los escritores residentes en España en el silencio que se rompió a partir de mayo de 2011, cuando la ocupación de las plazas generó una empatía generacional en muchos que sacaron sus libros basándose en causas y consecuencias de movimientos sociales, de Alberto Olmos a Pablo Guitérrez centrados en Ejército enemigo y Democracia en una inspiración clara, diferente a la de otros nombres como Kiko Amat, Juan Francisco Ferré o Isaac Rosa, quien tras La mano invisible complementa su visión en La habitación oscura. De la imprecisión inicial de este tipo de literatura de crisis hemos pasado a tener ejemplos que abordan el tema con un respiro más consistente, desde Todo lo que era sólido de Antonio Muñoz Molina hasta En la orilla de Rafael Chirbes. El ensayo del ubetense y la novela del prosista valenciano son impecables porque encajan en la coherencia de sus respectivas trayectorias, no son artefactos que supongan un giro ni textos creados para la ocasión.

Tiempo de encierro de Doménico Chiappe es digna de elogio porque no especula, hilvana una ficción desde una historia real y no se va por las ramas con nimias florituras. Su uso de distintos lenguajes plasma las actuales antípodas entre el pueblo y los que están en el vértice de la pirámide. Lo hace bien y sólo cae en la retórica cuando a Igrid, algo que al fin y al cabo hacemos todos, le da por ponerse mitinera.

La conclusión obvia es que la estela del desastre impulsa un determinado género del período donde ya se pueden, y aquí acaece, desgranar los hechos con una mínima perspectiva y no a trompicones para destacar y formar parte del club de los que hablaron de ello. Los testimonios para ser válidos deben desterrar los fuegos artificiales, basta con ser fiel a la realidad, no tenerle miedo y saber que lo escrito deberá trascender la mera inventiva para exigir reflexión al lector. Aquí se logra, y bien, un parto que supone irse no es casual.

domingo, 8 de agosto de 2010

El daño oculto de James Stern en Revista de Letras


La ruina y lo inhumano: “El daño oculto”, de James Stern
Por Jordi Corominas i Julián | Reseñas | 4.08.10


El daño oculto. Un viaje a la Alemania de posguerra junto a W.H. Auden. James Stern
Traducción de Ariel Dillon
Lengua de Trapo (Madrid, 2010)

“Esto es el mal, organizado a escala de producción masiva. Son infecciosos, portadores de odio. Actúan desde las profundidades de la desesperación, desde el miedo incontrolable. Ellos siempre destruirán al bueno, al pobre, al débil…¡Porque el pobre, el viejo, el débil, las flores en la pradera, amigo mío, son aquello a lo que más temen, y lo que más quieren destruir!”.

Hay mucha poesía en la muerte de un monstruo que contribuye con sus decisiones al último suspiro de 55 millones de individuos. Adolf Hitler se suicidó el 30 de abril de 1945 y la radio lo notificó horas más tarde. Nadie se preocupó en Alemania. Seguían cayendo obuses, se luchaba casa por casa y muchos fanáticos seguían enarbolando la esvástica para defender el Reich de los mil años que por suerte sólo duró doce. Una vez se firmó la paz en Europa su figura siguió presente en la posguerra. Las ruinas lo recordaban y quizá nadie como Roberto Rossellini para testimoniar la pervivencia del mal en los desechos. En Germania anno zero el director transalpino rodó una mítica escena en la que se oye la voz del Führer retumbando desde el Bunker donde el dictador se disparó el tiro de gracia. Estupor, miedo e impresión. Sin embargo, la visión del cineasta es pura lírica. El neorrealismo trastocó la estética fílmica y quiso testimoniar el padecer de todo hombre común en ese ominoso período de pobreza y reconstrucción, pero fue fiel a la verdad en parte, porque sus historias cotidianas siempre tenían una moraleja previsible para seducir al espectador mientras el celuloide alimentaba la mente de moralina entre caballos blancos de limpia botas, viejos con perros y bicicletas robadas para abandonar el desconsuelo.

Lo trágico de nuestro recorrido cultural es que solemos fijarnos en los grandes eventos e ignoramos con demasiada conciencia el hilo de los derrotados de a pie. Cuando se habla de la época posterior al mayor conflicto bélico de la Humanidad solemos centrarnos en cumbres, juicios, Guerras Frías y bloqueos, sin contemplar en ningún momento cómo malvivían los alemanes de 1945, víctimas de una hipnosis de la que despertaron demasiado tarde, presos de un megalómano que les abocó al odio que genera odio, despropósito ario sepultado entre bombas, hambre e indigencia. Recientemente W. G. Sebald trató la temática en Sobre la historia natural de la destrucción, volumen donde el autor teutón intenta mostrar cómo no sólo hubo crueldad nazi mediante la completa disección filosófica de los bombardeos en suelo germánico, incendio pletórico que asoló la tierra, carbonizó personas y terminó, lo que debemos considerar como una anécdota por la magnitud de la tragedia, con parte del patrimonio arquitectónico del país de Richard Wagner y Federico el Grande.





En mayo de 1945 James Stern residía en Nueva York y recibió la visita de un amigo, el poeta W. H. Auden oculto en el texto bajo el nombre de Mervyn, rumbo al corazón de las tinieblas para una misión desconocida. A finales de la Segunda Guerra Mundial el Pentágono empezó a reclutar ciudadanos estadounidenses con conocimientos de alemán para interrogar a los habitantes del antiguo Tercer Reich sobre el efecto que los bombardeos aliados causaron en su ya de por sí maltrecha moral. Los encuestadores no supieron de su cometido hasta aterrizar en el reino de la pesadilla, hecho pedazos, en un coma profundo, casi irreversible, situación muy diferente a la conocida por Stern en sus juventud, cuando vivió en Frankfurt y alrededores trabajando simultáneamente como barman y empleado bancario. Este incansable viajero sintió cómo le picaba el gusanillo europeo y desde la nostalgia se enroló en las filas del ejército norteamericano para volver a saludar a la vieja destruida por la locura y el irraciocinio nazi.





Testimonios del vacío: radiografía tras la barbarie desde un jeep




Una vez dentro del avión Stern y sus compañeros no pudieron dormir. Los nervios atenazaban a Morfeo por un deseo de aterrizar y deleitarse ante las maravillas del otro lado del Océano. De las Azores a Londres y de Londres a París. En la capital británica nuestro protagonista aprovechó su tiempo entre el recuerdo y un sumergirse en la campiña británica para saludar a sus padres y notar como en el campo casi nada había cambiado y la abundancia seguía vigente pese a la atmósfera irreal e alicaída tras el silencio de las armas, situación bien diferente a la que brindaba por aquel entonces la ciudad de la luz, entristecida por cuatro años de ocupación reflejada en los ojos de viejos conocidos que habían perdido su fuerza a base de sufrir humillaciones y la opresión de quien padece la tortura de esperar la llamada de la condena. La desoladora capital francesa se configura en simple antesala del horror en mayúsculas que se mezcla con un extraño lujo una vez el cuerpo expedicionario se instala en Alemania. Los enviados del Tío Sam disponen de comida, cigarrillos y goma de mascar que reparten con generosidad, aunque lo importante bascula hacia otras direcciones. El infierno es piedra molida y lúgubre amanecer bajo el estigma de la culpa colectiva. Todo un pueblo de gente corriente arrastra consigo el sambenito de la derrota y la palidez envuelve el conjunto. Los soldados de la Wehrmacht transitan cabizbajos y los civiles opinan excusándose, escurriendo el bulto. Los encuentros de Stern tienen valor porque engloban la totalidad de la sociedad alemana, desde el lisiado con su pata de palo pasando por convencidas nazis hasta llegar a familias que perdieron hijos que resistieron en la artística Munich contra el enemigo gobernante. Además, el testimonio del americano de origen irlandés adquiere un magma extra porque es un narrador que desde su propio yo tiene la virtud de trazar válidas comparaciones entre presente y pasado, paragonando los tiempos para comprender hasta donde llegaron Hitler y sus secuaces en la desfiguración del principal país centroeuropeo. Ello se aprecia sobre todo cuando el protagonista del relato, un estupendo diario de viajes que evita caer en lo lacrimógeno, vaga por Alemania y reencuentra desdichados amigos que han perdido mujer, hijos, domicilio y honor. Brotan las canas, lloran los ojos y el surrealismo se impone en un espacio congelado alterador del orden. Una joven quiere parir en Frankfurt, su villa natal. Ha salido de Roma en bicicleta, se la han robado y no le importa, su voluntad es firme en el vagabundeo, hermano del mercado negro y los chiquillos ladrones de comida para subsistir en el Hades, donde es posible divisar viviendas donde sólo se conserva un piso, como si fuera una isla flotante en que sus inquilinos siguen cerrando la puerta pese a convivir sin paredes. Muchos son los episodios remarcables del daño oculto, plasmado en un dedo que apunta a la inteligencia como perpetradora de la conspiración nazi, engañabobos que encandiló a pobres y analfabetos en una vorágine que tras la detención, y en muchos casos muerte, de los jerifaltes aporta el milagro de la sonrisa y el entendimiento entre naciones con simples pastos, bromas idiotas, miradas fugaces y una eterna confesión entre la ruina que no es vestigio, sino radiografía al aire libre de nuestra brutalidad. Se preguntará el lector en que consiste el daño oculto y en la manera que tiene Stern de plasmarlo. Su deambular por Germania es un cuadro impresionista donde caben cementerios americanos, agujeros sin fósforo, castillos bávaros y un sinfín de recuerdos. El daño es impalpable y está en todas partes, es hermafrodita y arrastra una pesada soga. Culpa, trauma, palabras esenciales, losas de las que seguiremos discutiendo por los siglos de los siglos, y quizá convendría hacerlo desde la perspectiva de este libro editado en 1947, obra que sumergiéndose en la normalidad da en el clavo al constatar con crudeza como muchos desheredados penaban las medidas tomadas por los del uniforme y la calavera, mandamases que, como siempre pero en grado superlativo, prefirieron montar su propia batalla sin pensar en ningún momento que gobernar consiste en hacer el bien común, no el mal absoluto.