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jueves, 20 de agosto de 2020

Todo en vano en 24 horas de RNE



La semana pasada Antonio Delgado y servidor hablamos en el paseo de cada viernes en 24 horas de la novela Todo en vano, del alemán Walter Kempowski. Si quieres puedes escucharnos aquí

miércoles, 31 de julio de 2019

Houston Stewart Chamberlain, yerno de Wagner en El Confidencial



El pasado domingo escribí en El Confidencial sobre Houston Stewart Chamberlain, el yerno de Wagner que empezó el malentendido del clan con el nazismo. Si quieres puedes leerlo aquí

martes, 23 de julio de 2019

El útimo guillotinado en El Confidencial



Hoy escribí en El Confidencial sobre Eugen Weidmann, último guillotinado en la plaza pública en 1939, pocas semanas antes de la Segunda Guerra Mundial. Si quieres puedes leer su historia aquí

lunes, 4 de marzo de 2019

domingo, 2 de septiembre de 2018

martes, 28 de marzo de 2017

Hedy Lamarr en Todos somos sospechosos



Esta madrugada Laura González y servidor hemos hablado de una de las mujeres más excepcionales del siglo XX. Considerada la más bella del Planeta, protagonista del primer desnudo cinematográfico, Hedy Lamarr fue una inventora fundamental que interviene en silencio en nuestro día a día de manera constante. ¿Cómo? Puedes descubrirlo escuchando la charla aquí

miércoles, 15 de junio de 2016

La eternidad de un día, clásicos del periodismo literario alemán (1823-1934) en El Confidencial



Este martes publiqué en El Confidencial mi artículo sobre la eternidad de un día, clásicos del periodismo alemán (1823-1934), una compilación imprescindible editada por Acantilado. Si quieres puedes leerla aquí

miércoles, 30 de marzo de 2016

sábado, 20 de diciembre de 2014

El exilio imposible, de George Prochnik




La utopía de un retorno: El exilio imposible, de George Prochnik, por Jordi Corominas i Julián
George Prochnik, El exilio imposible: Stefan Zweig en el fin del mundo, Ariel, Barcelona, 2014
Traducción de Ana Herrera Ferrer
No deja de ser curioso que El mundo de ayer fuera el libro que resucitó la popularidad de Stefan Zweig entre los lectores hispanoparlantes. Su gran última obra, memorias que de la individualidad vierten a lo global de un universo desaparecido, fue la piedra con la que el malogrado Jaume Vallcorba empezó a edificar el edificio de una nueva fama para el austríaco. Pasados los años el fenómeno se ha consolidado y es normal que entre el mundillo literario el autor de 24 horas en la vida de una mujer sea citado como un referente de principios de siglo XX.

En vida fue célebre y adquirió una dimensión mundial que ni siquiera la tortura del nazismo paró en lo brillante de su notoriedad. Era celebrado y se le consideraba un símbolo mucho más importante que Joseph Roth o Arthur Schnitzler, y eso por mencionar otros dos nombres de esa generación dorada que convirtió a Viena en una de las capitales literarias del mundo con permiso de Londres y París.

Sin embargo, y es posible que George Prochnik lo insinúe entre líneas a lo largo de su notable ensayo, su época terminara en 1918, cuando cayó el Imperio de los Augsburgo y su difícil construcción nacional desmoronó una riqueza milagrosa en pleno centro de Europa. Puede que así fuera, pero Zweig sólo lo notó porque las piezas del tablero cambiaron de repente y su idea europea, que defendió con el ahínco propio del pionero, sufrió por el proteccionismo económico, el cierre de fronteras y la debacle que suponían los pasaportes como arma de control ciudadano. Este elemento fue su suplicio a partir de 1933.

El ascenso al poder de Adolf Hitler y el progresivo auge del nazismo en Austria, culminado con el Anschluss, le convirtieron en un fugitivo físico y mental, lo primero por la obligación de escapar de las garras enemigas y lo segundo por el malestar de saber que su hora se esfumaba ante la cruda metamorfosis del contexto histórico. Bath, Salzburgo, Nueva York y Brasil en dos ocasiones lo alejaron de un epicentro que iba condenándose a seguir la espiral que predominaba en el continente, con el inevitable encumbramiento de los totalitarismos que despreciaban las letras y nutrían al hombre de su perniciosa ideología.



Por eso, por el contraste entre el presente y el pasado que cedía inexorable, Prochnik usa en su personalísima investigación el recurso de mirar atrás y sumergirse en la Viena donde su protagonista disfrutó del estrellato entre cafés, la idiosincrasia burguesa y la amistad con esa gran constelación artística de la capital de Francisco José. Mediante la explicación de esa gloria puede comprenderse mejor el desasosiego interno del escritor en su periplo de exilio donde siguió con su incesante actividad con un sinfín de biografías, novelas y proyectos que alternaba con cenas multitudinarias, conferencias y el magno esfuerzo de adaptarse a sabiendas que nunca estaba en casa. Los supervivientes de esa época lo recuerdan como un hombre afable que sin embargo padecía por lo perdido, demasiado consciente en su labor de asimilar que era una utopía regresar a la salida de casilla por la que siempre transitaría en otro sentido consistente en vagar y vagar porque juzgaba casi cada elemento desde el riesgo, como cuando abandonó Inglaterra ante la amenaza, siempre improbable, de una invasión nazi durante los primeros meses de la Segunda Guerra Mundial.

Nueva York tenía duende, sí, pero no desde una perspectiva lorquiana. Irse a zonas un poco más alejadas fue un alivio que topaba con la velocidad norteamericana, arquetipo de futuro, droga para un mañana sin viejas costumbres ni acicates pretéritos. Zweig parece considerarse una reliquia deprimida sin solución, y eso se corrobora hasta en Brasil, donde es recibido con los brazos abiertos, publica un libro donde habla del gran porvenir que le ve al país sudamericano y se aclimata al imprevisto rumbo de su existencia entre la lentitud del tiempo, lo barato de su domicilio y la posibilidad de ser agasajado mientras transcurren los días y termina obras que serían su legado póstumo para toda la Humanidad.

Su estatus propiciaba facilidades que en otra tesitura hubieran sido gratas. En aquel instante de decadencia las agradecía sin más porque también llegaban críticas. Fue un hombre amante del progreso con cierta ambigüedad política. Los escritores de la tierra del orden y progreso le acusaron de venderse al establishment carioca con su Brasil, país de futuro, producto que consideraban banal por tener una visión demasiado sesgada de una realidad muy desconocida para ese sexagenario que dejó iluminarse antes de cerrar las persianas de su singladura.




Su suicidio, dadas las circunstancias, huele a punto y final previsible que sintetiza las contradicciones vitales de un hombre egoísta que empujó hacia la muerte a su segunda pareja, mucho más joven y con opciones para sobrevivir a la masacre bélica. Ello no sucedió y sólo demuestra la egolatría tan típica de los grandes de la primera mitad del siglo XX, capaces de empujar a sus semejantes a un mimetismo accional dañino se mire por donde se mire. En esa cama de Petrópolis Zweig escribió con su último suspiro otra página más de unas andanzas en las que asoma la posteridad entremezclada con el deambular de una inteligencia que no supo reponerse del gran mazazo del nazismo, sepulturero de la diversidad, salvaje notario de la defunción de una era agonizante desde que desapareció la bandera del águila bicéfala.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Europa en ruinas, textos antologados por H.M. Enzensberger



Europa en ruinas: relatos de testigos oculares de los años 1944 a 1948, por Jordi Corominas i Julián 

H.M. Enzensberger (antólogo), Europa en ruinas: Relatos de testigos oculares de los años 1944 a 1948, Madrid, Capitán Swing, 2013
Traducción de Begoña Llovet 

Siempre recordaré una escena de Germania anno zero de Roberto Rossellini. El silencio que rodea el entorno del edificio de la antigua cancillería del Reich desaparece porque alguien en su interior ha accionado una grabación con la voz de Adolf Hitler. De repente, la paz de la ruina proyecta su temor porque resucita el pasado, enlatado en unas cintas.

Lejos de Berlín, en Nápoles, otra magna película del director italiano nos muestra los bajos fondos de la posguerra. Unos niños de la ciudad partenopea roban sistemáticamente a los soldados americanos. La misma historia aparece en Europa en ruinas, colección de textos compilados en 1990, justo cuando se abría otra era, por H.M. Enzensberger que ahora edita Capitán Swing. La obra aborda mediante testimonios directos de los hechos el período comprendido entre 1944 y 1948, desde la cercanía del final de la Segunda Guerra Mundial hasta la constatación del nacimiento de otro conflicto, frío pero tenso, entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, máximos vencedores del enemigo fascista.



En los últimos tres años el mundo editorial español se ha puesto las pilas a la hora de presentar en nuestro país libros que aborden la apasionante cuestión del Viejo Mundo después del holocausto, los bombardeos aliados y toda la barbarie nazi. Galaxia Gutenberg editó con su habitual solvencia Tierras de sangre de T. Snyder y Continente salvaje, de Keith Lowe. Este último, a la espera de Year zero de Ian Buruma, constituye un estudio insuperable sobre la desolación de unos territorios que vieron sepultado su esplendor entre millones de escombros que dificultaban, luego llegó para algunos el Plan Marshall, la posibilidad de renacer de tanta muerte y ceniza.

Resulta curioso que el tema suscite ahora tanto interés, casi como si nos preparáramos con estas lecturas para entender cómo será el páramo que dejará la crisis. No creo que los tiros del fenómeno inmediata posguerra vayan por ahí, aunque tampoco debemos descartar la opción. Lo que sí tengo claro es que Enzensberger hha seleccionado los documentos, en su mayor parte de escritores y periodistas de gran prestigio, en función de un montaje narrativo y geográfico. 1944 es el año donde los aliados atisbaron la victoria. La acción plasmada en el volumen sucede en dos frentes. En la parte norte, siguiendo la lucha desde el día D, Martha Gellhorn comprueba en Italia la dureza de los combates y la persistencia de unos polacos para volver a pisar su patria. La que en aquel momento era pareja de Hemingway brinda en París escritos que reflejan la euforia posterior a la liberación. No acaecía lo mismo en la holandesa Nimega, donde el miedo a las bombas y el recuerdo de los años de dominio alemán han pasado factura en la población, bien distinta a la Nápoles que retrata Norman Lewis en breves bosquejos donde describe con suma precisión el habitual surrealismo de la capital campana, acentuado en la época por la inmensa miseria que hacía desaparecer hasta tapas de alcantarilla. En esas calles llenas de agujeros improvisados las mujeres intentaban prostituirse para sobrevivir, la comida de calidad era un milagro y los norteamericanos malvivían y se divertían a partes iguales.



En 1945 Lewis abandonará con pesar la urbe que acoge la tumba de Virgilio. Durante ese año fundacional, una especie de nuevo presente para toda la Humanidad, los crónicas centran su mirada en Alemania, donde varias firmas, de Jannet Flanner a Alfred Döblin, circulan por la otrora temida potencia y directamente alucinan con el panorama que se encuentran a su paso. Las ciudades devinieron infinitos desiertos repletos de contradicciones que compartían la bandera de negar el pasado, generar caos ante la anarquía y sufrir por la utopía de plantear un futuro tras algo más que una debacle. Sin embargo, las reflexiones más interesantes de este instante histórico son las de Edmund Wilson, sobre todo porque transita por varios enclaves significativos y de este modo puede compararlos, lo que da al lector una notable visión de conjunto. El encanto inicial de Roma, con sus bellas y flacas mujeres en bicicleta, se desvanece un mes después cuando llega el calor y la realidad cobra otro sentido bien distinto al que se manifiesta en el orden de Londres, el arrojo de los milaneses, la incertidumbre ateniense y lo arcaico de Creta.

Cada singladura del recorrido es un mapa de pobreza, angustia y estupor ante lo insólito que quizá alcanza el paroxismo en Dachau, donde Martha Gellhorn entiende que los ojos ya se han adaptado a una rutina de horror. Sus crónicas son prototípicas de personas que de América han aterrizado en Europa y observan todo desde cierta inocencia que se refleja en una prosa veloz, con mucha velocidad y detalles que surgen porque quien escribe siente la obligación de no olvidar nada de lo contemplado. En cambio los textos europeos son más lentos, pausados y con un conocimiento de causa que deriva en otro tipo de análisis más seco y desapasionado porque la procesión va por dentro. Un claro ejemplo de lo que decimos se hallan en el suizo Max Frisch, autor de Homo faber, y en el deprimente relato alemán del anarquista sueco Stig Dagerman, impecable tanto en su estilo como en el ritmo que da sólo con un itinerario en tren donde las frustraciones individuales son el resumen de una desesperanza compartida.



Este estado de ánimo, como si el cuerpo se hubiese quedado clavado en medio de una pesadilla y fuera incapaz de despertar, se mantendrá en 1947 y 1948. El alimento no abundará y la reconstrucción seguirá su marcha a trancas y barrancas. Lo explica a la perfección John Gunther desde Belgrado, Atenas, Budapest, Praga y Varsovia. En las cinco el aire se ha viciado de Guerra Fría porque la Historia ha decidido confirmar sospechas de desunión entre democracia y comunismo. La tónica del viraje se mezcla con agudas notas sobre el grado de represión en cada ciudad, con lo que uno ya entiende que muchas de las páginas, bien enfocadas en su justo contexto, ya no eran un llanto: habían evolucionado hasta la ideología y el aviso, algo que se olvida parcialmente en Varsovia, la más destruida por los alemanes, admirable en su esfuerzo de crecer de la nada, como todo el Continente, obligado a aprender de sus errores para no repetirlos jamás.

jueves, 30 de mayo de 2013

El Oscuro carisma de Hitler de Laurence Rees en Revista de Letras

La hipnosis al detalle: “El oscuro carisma de Hitler”, de Laurence Rees

Por  | Destacados | 30.05.13
El.oscuro.carisma.de.HitlerEl oscuro carisma de Hitler. Laurence Rees
Traducción de Gonzalo García
Crítica (Barcelona, 2013)
Cómpralo aquí
Siempre será un misterio, pero después de leer El oscuro carisma de Hitler las cosas quedan más claras. El mediocre austríaco que parecía destinado a una vida en el más absoluto anonimato emergió tras la Primera Guerra Mundial y se convirtió en un diabólico líder de masas.
¿Por qué? Esa es la gran pregunta, y el historiador británicoLaurence Rees ha puesto gran empeño en responderla a partir de mil y un testimonios que cubren toda una gama de estratos sociales, desde la gente de la calle hasta gerifaltes del régimen nazi.
Gran parte del mérito de la obra de Rees surge de su estructura, que divide fase por fase las diferentes evoluciones del Führer. En un principio no parece detectarse ningún rasgo propio de aquellas personas capaces de convencer a otras y seducirlas con sus dones, pero a partir de la irrupción de Hitler en la órbita del embrión del NSDAP todo cambia porque el genocida descubre sus dotes oratorias, consistentes en la sorprendente concisión de decir casi siempre, algo harto complicado, lo que su público quería escuchar. Sus virtudes en los mítines relucían en una especie de apoteosis colectiva que, sin embargo, no se producía con tanta frecuencia en los encuentros individuales, donde muchas voces lo contemplaban como un hombre normal sin ningún tipo de fuerza, algo inexplicable si analizamos cómo figuras de gran significación histórica como Hindenburg o Neville Chamberlain cambiaron de opinión tras conocer al antiguo correo del ejército de la Gran Guerra.
El autor del volumen explica desde el prólogo una característica vital para que el lector comprenda sus explicaciones. En pleno siglo XXI es muy fácil documentarse con vídeos e imágenes que nos pueden dar una visión sesgada del carisma del dictador. Visualizamos los fotogramas y su oratoria, que en su época era un arma letal, nos resulta ridícula. Ello es porque vemos las películas desde la descontextualización y toda la perspectiva que nos concede el paso de los decenios y el saber que ese señor de trasnochado bigote fue un asesino que provocó el conflicto bélico más salvaje que la Humanidad nunca contempló y, esperemos, contemplará.
Leni Riefenstahl (foto: D.P.)
Leni Riefenstahl (foto: D.P.)
Pero para los habitantes de la Alemania posterior al crack del 29 sus discursos eran mano de santo, algo que él acrecentó con una serie de medidas que potenciaban el efecto del conjunto. Sirva para mostrarlo su implicación en el guión de El triunfo de la voluntad deLeni Riefensthal, filme propagandístico donde sus ideas tuvieron mucha más trascendencia que las de Goebbels, artífice, todo hay que decirlo, de un inigualable aparato de encumbramiento del líder carismático entre medios de comunicación, carteles y un infinito elenco de medios.
La mención a la película de la directora alemana no es casual, pues en ella se privilegia la estética y la capacidad escenográfica del Tercer Reich. Hitler, para causar impresión a sus invitados, hizo queAlbert Speer construyera un enorme pasillo de recepción en la Cancillería. La distancia que los visitantes debían caminar para llegar a la puerta del despacho del jefe de Estado teutón generaban un cansancio teatral que aumentaba el respeto. Rebasar ese umbral era un reto y una pirueta más en el artefacto de encumbramiento.
Hasta 1939 las excentricidades de Adolf Hitler hicieron mella positiva entre la ciudadanía, entre otras cosas porque todas sus acciones en política exterior se consideraron una justa venganza del injusto Tratado de Versalles. Por otra parte, la actitud de los mandatarios extranjeros dejaba ver que la situación estaba controlada. Polonia cambió las cosas porque nadie quería otra guerra, aunque las iniciales victorias y el milagro de la exitosa invasión de Francia hicieron albergar esperanzas en una victoria absoluta. Mientras ello acaecía el exceso de confianza cubrió la mente del Führer, que optó por una serie de apuestas erróneas entre las que destaca la invasión de la Unión Soviética, absurda si se considera que desde 1940 los Estados Unidos ya preparaban su entrada en la contienda, con lo que era inevitable la apertura de un segundo frente que aliviaría la soledad del Reino Unido, capitaneado por Winston Churchill.
Laurence Rees (foto: web del autor)
Laurence Rees (foto: web del autor)
Las declaraciones de jerarcas nazis y ministros de otras nacionalidades comentan que en privado Hitler gustaba de dar gritos enloquecidos que hacían dudar a muchos de su cordura, si bien muchos de los que vertieron sus experiencias con el artífice del Holocausto exhiben contradicciones que Rees considera coherentes, contradicciones que oscilan entre la admiración y la demencia del objeto de estudio, quien apenas convocaba a sus ministros porque tomaba solo sus resoluciones, con lo que terminó por crear una extraña forma de poder que incrementó con el transcurrir de los años, cuando su mesianismo aumentó al asumir la jefatura del ejército y endiosarse hasta límites intolerables que perjudicaron la táctica y la estrategia de la Wehrmacht.
Desde antes de 1939 muchos militares ya pensaron en acabar con la vida de Hitler para liberar a los alemanes de una pesadilla que abocaba al país hacia la destrucción y la ruina. Se prepararon múltiples complots que no fructificaron precisamente por miedos ante el carisma del líder. Nadie se atrevió a dispararle a bocajarro, y el famoso intento de julio de 1944 obedeció a la necesidad de evitar un desmoronamiento que era palpable en todos los frentes.
Pese a ello sorprende comprobar cómo la población civil tardó muchísimo en mostrar desafección. En casos polémicos como la relación del Tercer Reich con la Iglesia Católica se tendía a culpar a los subordinados, pues Hitler no podía ser tan malo. Ignoraban la bestia que habían elevado a los altares, animal que desde su privilegiada posición delegaba en cargos inferiores algunos asuntos brutales, como la conferencia de Wansee en la que terminó de dibujarse la configuración de la muerte industrial y organizada de millones de judíos. Otros se reunían, pero la última palabra  siempre era suya.
En los últimos meses, con su condición física sumamente perjudicada y las facultades mentales alteradas, la desconfianza de sus antiguos aliados fue la gota que colmó el vaso del adiós del carisma. El tiro de gracia en el búnker fue un final acorde para quien quiso hacer del arte de gobernar una trama suicida con tintes wagnerianos desde un egoísmo que no contemplaba el bien común, sólo la megalomanía que reparara sus frustraciones de juventud.
Además de realizar un retrato psicológico desde lo esencial de las ciencias sociales, Laurence Rees aporta infinidad de datos que no aparecen en mucha de la amplia bibliografía dedicada al tema y su prosa es amena, objetiva y precisa, tres elementos imprescindibles tanto para el lector que quiera adentrarse en la cuestión como para aquel que desee ampliar su bagaje sobre una de las personalidades más inquietantes de la Historia. Un libro imprescindible, de lo mejorcito que se ha publicado a lo largo de la centuria sobre Hitler y la Alemania nazi.

sábado, 9 de marzo de 2013

Pero ¿qué será de este muchacho? de Heinrich Böll en Revista de Letras


Sí, también la escuela: “Pero ¿qué será de este muchacho?” De Heinrich Böll

Por  | Destacados | 6.03.13
Pero ¿qué será de este muchacho?
Heinrich Böll
Traducción de Joan Fontcuberta
Galaxia Gutenberg (Barcelona, 2013)
Heinrich Böll tenía quince años y siete meses el treinta de enero de 1933. Ese día el octogenario Mariscal Paul von Hindenburg proclamó Canciller de la República de Weimar a un tal Adolf Hitler. El nombramiento significaba la defunción de la democracia en Alemania y el inicio de doce años de íncubo para la Historia Universal, años que coincidieron con la edad decisiva de uno de los mejores escritores teutones de la segunda mitad del siglo XX.
¿Qué será de este muchacho? La cuestión se la han preguntado mil padres de mil lugares del mundo. A Böll le sirvió en su otoño vital para reflexionar sobre el período en que del estudio se pasa a la edad adulta, pero claro, no es lo mismo hacer codos en plena eclosión del nazismo. Un adolescente normal aprobaría las palabras del novelista germano: sí, la escuela también. El recinto de las clases como rutina repetitiva de relativa importancia porque, estarán de acuerdo conmigo, a esa edad la mente y el cuerpo quieren otras cosas alejadas de los libros de texto. La calle se convierte en un templo del respiro y conocimiento. Quizás los adolescentes de 2013 puedan percibirla agreste, aunque al menos, si así lo desean, aún pueden usar su prerrogativa de protesta o besuqueo público, que por ahora nadie les multará ni encarcelará.
El joven Böll formó parte de una oposición silenciosa. Su familia era católica y padecía el ascenso de la barbarie desde un silencio que sólo se rompía en la paz de los muros del hogar, y no siempre, pues en esa época la lucha por penetrar en la ideología de cada individuo era un reto mayúsculo que marcaba la pauta de las conversaciones. La experiencia de la vejez hace que el Premio Nobel de 1972 analice con soltura, y con el poso de quien avisa con sus letras, los comportamientos de los mayores, padres, parientes y profesores que desde el mero acto oral de hablar en circunstancias más que complicadas lograban transmitir un halo de esperanza que, asimismo, era de preocupación.

Heinrich Böll (foto: Harald Hoffmann/wikipedia)
Y no era para menos. Entre 1933 y 1937 la deriva de Clío viró hacia el marasmo. En este sentido es interesante la manera en que Böll narra a partir de detalles cotidianos episodios como la noche de los cuchillos largos. Las pintadas hablaban de la homosexualidad deErnst Röhm, líder de las SA, y el aire se nutría de una espesa capa donde lo subterráneo se expresaba desde una doble vertiente ciudadana y política. La primera a la espera. La segunda, como siempre, tejiendo los hilos para desmontar las estructuras en su beneficio y apuntalar su autoridad con actos de terror que revertían la humillación de Versalles y conducían a Europa hacia el cataclismo. Es lo que Joachim Fest llamó “los golpes de fin de semana”, escenas brutales que durante el lustro previo a la guerra coronaban la ansiedad del Führer entre purgas, incendios, desfiles, anexiones, invasiones, cristales rotos y conferencias de paz.
La vida, siempre es así, continuaba. Los dilemas morales que exprime el muchacho que quería dedicarse a los libros tienen una textura más potente porque se expresan desde la lógica del absurdo que suelen imponernos. Amor a la patria, fidelidad a la bandera, devoción por los mandamases y morir por Alemania a toda costa. Acatarlos era una necesidad de la apariencia en pos de sobrevivir, no era posible cerrar los ojos y esperar que el mañana se vistiera con otras galas. La solución adoptada por Böll, que luego tuvo que luchar en varios frentes de la Segunda Guerra Mundial, fue apurar la colilla pedagógica, someterse al examen de bachillerato y comprobar que las leyes raciales de Nuremberg de 1935 habían aumentado, era obligatorio pasar una prueba de biología, la fabricación de tiza rosa por obra y gracia de Mendel.
Otra opción era apuntar a un miembro de la familia en alguna agrupación nazi, colocar la esvástica en el salón para no levantar suspicacias y llorar el advenimiento de la muerte masiva. La impotencia flota en este texto autobiográfico, si bien su presencia asfixia con la elegancia propia de una pluma excepcional, sin dramatismos ni aspavientos, prosa limpia que con poco dice mucho y denuncia la locura colectiva de la seducción del Nacionalsocialismo como advertencia para cualquier ser humano, tenga o no dos dedos de frente. El humanismo que impregna las páginas de Pero ¿qué será de este muchacho? a veces se observa desde latitudes cínicas, muy normales en nuestro período, como algo desfasado porque su pasión viene de la coherencia, y bien, creo que la fórmula siempre es adecuada porque se basa en principios que si se olvidan determinan rumbos nada aconsejables, y creo que precisamente la reflexión irónica, cabal y consecuente del autor de El tren llegó puntual es siempre útil para combatir fanatismos y manipulaciones.

jueves, 6 de octubre de 2011

HHhH de Laurent Binet en Revista de Letras


La ética de la literatura: “HHhH”, de Laurent Binet Por Jordi Corominas i Julián | Críticas | 2.10.11


HHhH. Laurent Binet
Traducción de Adolfo García Ortega
Seix Barral (Barcelona, 2011)

Adolf Hitler frunció el ceño al enterarse: el invierno frenaba el avance de sus tropas a escasos kilómetros de Moscú. Soltó un discurso de media hora, se rascó el mentón y, sin mirar ni un solo instante el rostro de sus generales, decidió llamar por teléfono para que le prepararan los perros. Quería dar un paseo. No le importaba el frío imperante en Berlín. Necesitaba airearse y ordenar sus pensamientos antes de acometer un golpe decisivo. El Tercer Reich no perdería la batalla de su destino.

Si fuera Laurent Binet analizaría el fragmento que abre este artículo y lo desmenuzaría hasta dejarlo en nada. ¿Cómo sabemos que el Führer se rascaba el mentón? ¿De verdad llamó por teléfono? ¿No lo hicieron sus secretarias? ¿Usó botas negras mientras reflexionaba sobre la futura capital de Europa o se olvidó de la elegancia y calzó alpargatas regionales? ¿De verdad amaba tanto a sus mastines? Alguno dirá, y no se lo reprocharemos, que le importan un bledo todos esos detalles. El autor de HHhH, el cerebro de Himmler se llama Heydrich, ha optado por dar un paso al frente con un libro que no es ficción ni ensayo. El manuscrito pretende rendir cuentas desde una doble vertiente basada en lo personal y en lo histórico. Si analizamos algunas de sus premisas comprobaremos que el volumen, premio Goncourt de primera novela, constituye una expiación de la curiosidad por un episodio concreto que generó muchas preguntas en un joven que viajó hasta Eslovaquia en los años noventa para dar clases de francés en una academia militar. El atentado de mayo de 1942 contra el hombre más peligroso del nazismo fue un revulsivo que indicaba el camino de la resistencia. Pero vean, quien escribe ama estudiar tan apasionante período y desconocía que el jefe de la Gestapo no falleció al instante. Venga hombre, ya nos has chafado la trama. Empecemos con lo que debemos cambiar. Si es Historia hay guión, aunque ya está escrito porque los hechos que se cuentan acaecieron hace siete décadas. Están en los manuales, pueden abrir Wikipedia y tendrán a su alcance toda la información del manuscrito editado en España por Seix Barral.


¿Y bien? Binet se contradice en algunas de sus declaraciones pese a hilar muy fino en el contenido de su ambicioso proyecto. Dice que el cine y las series han alterado el modo de narrar. En 1960 el séptimo arte se nutrió de la herencia letrada del primer Novecientos y asistimos al milagro de Antonioni, Godard y otras bestias que revolucionaron el cotarro. Medio siglo después es indudable que los mecanismos, disculpen el pareado, no son los mismos, pero pretender con tanta facilidad que debemos virar el rumbo a partir de una ecuación tan simple es algo absurdo, entre otras cosas porque el fragmento, los planos cortos, la ausencia del fundido en negro o un ritmo cortante no nacieron ayer. Si miramos atrás hay que hacerlo con todas las consecuencias. Me cabrea la afirmación del francés porque en HHhH se combate una impostura basada en un mal de nuestra época. Naturalmente en ella incide el modo de narrar y la mentalidad favorable a la síntesis por encima de todas las cosas, que ha dado al universo de la novela histórica unas coordenadas donde lo real se pervierte hasta devenir irreconocible. Notorios son los casos, sobre todo si versan sobre capítulos truculentos, que dan mucho juego y exacerban la imaginación sin límites para enhebrar textos donde lo morboso y el impacto, reminiscencia del best-seller, consiguen enganchar al lector.



La manipulación de datos contrastados es ya un clásico de nuestra centuria. Binet no destruye el edificio. Muestra su falsedad mediante el uso de la misma operación al revés. ¿Quieren ser Dios? Yo lo seré con sinceridad y diversión, pues a todos nos gusta sentarnos al lado de una hoguera y proceder al lento fuego de llenar los oídos con un buen cuento que se empape de lo personal. La operación HHhH desmonta lo convencional de cualquier ensayo al prescindir de las notas al pie y ejecutar la melodía de la incertidumbre en progreso del propio creador, que así se asegura nuestra empatía al darnos la mano y conducirnos a su terreno. Aprendemos los pasos de su investigación y leemos con sumo placer sus educadas diatribas contra sus predecesores fílmicos y narrativos, de lo que consigue teselas que complementarán su reto. El asesinato de Heydrich, un no tan mediocre personaje que supo comprender la importancia de la información desde un sentido burocrático con instinto criminal, fascina como lo hacen todas las muertes políticas, de César a Kennedy, de Cánovas del Castillo a Salvador Allende. El ingrediente extra radica en el nazismo y su formidable capacidad de configurarse en demonio de demonios sin parangón a lo largo di quello che si usa chiamare la Storia. Imantados por la wagneriana apoteosis de una Germania que se traicionó a si misma caemos en las redes encantados, a lo que contribuye, además del tono familiar, lo breve de las partes y la alternancia entre tramos que adoptan las herramientas propias de la ficción y pasajes científicos sin mácula que enmarcan el contexto partiendo desde la Edad Media, la formación del alma de un pueblo es importante, hasta alcanzar el Pacto de Múnich, la anexión de los Sudetes, las maniobras nacionalsocialistas y la génesis, auge y debacle del máximo protagonista Heydrich, quien tendrá en la sombra varios oponentes románticos ocupados en terminar con su siembra de genocidio y cálculos matemáticos para que el último suspiro fuera industrial: sus asesinos o el amor a la patria y la libertad.

Para quienes amen la Historia el libro será un caudal inconmensurable con mil conexiones con las que podríamos esbozar un mapa de Europa físico y mental entre colaboracionismo, ceguera en tiempos de crisis y perdones interesados. Binet es profesor de esta materia en París y sabe muy bien de lo que habla. Puede que este cansancio académico haya repercutido muy directamente en la forma dada a su obra. Lo repetiré una y mil veces. La Historia no es aburrida, pero ello no implica que debamos prostituirla con narraciones donde si apartas lo auténtico a un lado y lo fantástico en otro percibes que lo segundo prevalece. HHhH es un aviso más que un monumento, una advertencia más que un pilar indestructible. Su enseñanza, su mensaje, es un grito a ser coherentes y frescos, a no anquilosar lo ensayístico con petulancia y a evitar el viva la virgen cuando se trata de novelar lo pretérito. Quizá sea atrevido afirmarlo porque falta perspectiva: sobrevivirá porque propugna una ética que aparque la frivolidad que nos condujo al lamentable estado en que nos hallamos, y lo hace hablándonos de otra era con ciertos parecidos a la que padecemos. Y eso es ser inteligente.

jueves, 24 de marzo de 2011

Mein Kampf, Historia de un libro de Antoine Vitkine en Revista de Letras


Para no olvidar: “Mein Kampf. Historia de un libro”, de Antoine Vitkine
Por Jordi Corominas i Julián | Reseñas | 21.03.11

Mein Kamp. Historia de un libro. Antoine Vitkine
Traducción de Marco Aurelio Galmarini
Anagrama (Barcelona, 2011)


“Un conglomerado de todas las anomalías tendentes a la extravagancia, propias de la pubertad. Desde un punto de vista psiquiátrico, se trata de jóvenes con complejos de inferioridad particularmente marcados, de individuos que chocan con dificultades por doquier en la vida cotidiana, no se sienten queridos, no tienen sustancia como para autoafirmarse; personas que en la vida normal son más bien tímidas, taciturnas y poco sociables y tratan de satisfacer su tan mutilado amor propio. Esta clase de gente no puede sentirse cómoda si no es incluyéndose en un multitud que se asemeje a su propia y dudosa configuración caracterológica. Solos, fracasarían de manera lamentable”.

(Texto de una revista berlinesa de izquierdas de los años veinte que describe a los partidarios del nazismo).


Alemania 1923. Todo va de mal en peor. El Tratado de Versalles ahoga la economía y la hiperinflación desata el pánico. La barra de pan cuesta tres billones de marcos y los nostálgicos del Reich, profundamente dolidos por las consecuencias de la Primera Guerra Mundial, van juntándose en grupúsculos de extrema derecha. Uno de ellos desarrolla sus actividades en Munich y prepara, entre demagogia y un encendido militarismo, un golpe que devuelva esplendor al país teutón. El 8 de noviembre estalla la revuelta, que fracasa al cabo de poco tiempo. Adolf Hitler es encarcelado en la prisión de Landsberg, donde vive a cuerpo de rey en una celda que su abominable régimen acabará convirtiendo en lugar de culto. Durante su reclusión desahoga su rabia dictando a su escudero Rudolf Hess un libro donde expone su programa político de antisemitismo, odio a Francia, expansión territorial, furor anticomunista y todo su credo que aplicó durante los doce funestos años en los que asoló Europa de muerte y genocidio. Mein Kampf anticipaba el trágico futuro. Pocos detectaron su peligro.



El volumen fue completado en 1928 y tuvo buenas ventas que aumentaron a partir del crack bursátil de Nueva York. El paro y la miseria de la crisis catapultaron al nazismo a un puesto privilegiado y el volumen ganó adeptos hasta convertir a su autor en millonario, por lo que pudo renunciar a su sueldo de Canciller una vez asumió el cargo el 30 de enero de 1933. Desde entonces su manifiesto de 700 páginas incrementó su proyección comercial, erigiéndose en un best-seller que, además, se regalaba en bodas e impregnaba el tejido social mediante frases, menciones y un evidente uso propagandístico que lo convirtió en la Biblia del Tercer Reich, si bien es más que probable que muchos alemanes lo poseyeran sin leerlo, como quien tiene el Quijote en su estantería y ni siquiera lo hojea.

La irrupción en el panorama mundial de una nueva Alemania levantó temor e inquietud en la mayoría de países occidentales. Hitler, consciente de los planes que desvelaba su manuscrito, fue con sumo cuidado a la hora de la distribución internacional de Mein Kampf. Muchas ediciones sufrieron recortes y en algunos países surgieron verdaderas polémicas al ser prohibida su difusión por expreso deseo de su autor. El caso más flagrante concernió a Francia. El hexágono mostró preocupación por los proyectos de su enemigo, quien apaciguaba los ánimos con puntuales entrevistas donde desmentía sus intenciones, pero su verborrea era una simple cortina de humo, pues de otro modo no se entendería la demanda que presentó contra una editorial parisina para que retirara el texto, que a nadie dejaba indiferente, de la circulación, lo que se repetiría durante los cuatro años de ocupación por voluntad del Führer.

Más allá de los acontecimientos: la visible invisibilidad del mal

Todos sabemos qué significaron los doce años de nazismo. Cincuenta y cinco millones de muertos. Campos de concentración. Territorios ocupados. Represión. Demencia extrema de la Humanidad y un sinfín de atrocidades que aunque quisiéramos no podríamos resumir en esta breve reseña. En 2008 el prestigioso canal Arte emitió el documental Mein Kampf, c’était écrit, donde el joven Antoine Vitkine acompañaba al espectador en un recorrido que traspasaba el papel y analizaba el impacto de la obra desde su gestación hasta nuestros días. Un año más tarde se publicó el libro que acaba de editar Anagrama en España. Vitkine es un investigador inteligente, de excepción. No se ciñe a lo básico, escarba y hasta construye una lírica del discurso a través de datos que alambican pasado y presente. En 1945 la guerra terminó. Muchos alemanes prefirieron enterrar Mein Kampf, como si de este modo ocultaran un tesoro con valor incalculable que no merecía ser pasto de las llamas por lo que pudiera pasar, curiosa actitud que cobra más trascendencia por su prohibición en el país teutón, veto que seguirá vigente hasta el 31 de diciembre de 2015, que es cuando vence el copyright que en estos instantes ostenta el Estado de Baviera. La cuestión es trascendente. En la actualidad es absurdo impedir que tan monstruoso documento no se pueda encontrar en las librerías porque la red facilita su difusión. El pueblo teutón ha consolidado su democracia durante seis decenios, intentando olvidar el horror de varias maneras. Primero la excusa fue el yo no sabía nada, postura que mutó hacia el desdén y finalmente, entre rebrotes de xenofobia y el advenimiento de una generación que no padeció la barbarie, a un punto de aceptación de los errores que a nivel cultural se expresa con firmes posturas que incitan el pésimo recuerdo para no repetir tanto daño. Por lo tanto, es lógico pensar que ha llegado el momento para que el libro vea la luz en ediciones críticas que expliquen sus postulados, que en modo alguno pueden ya transformar mentalidades instaladas en un espíritu crítico muy alejado del que predominaba en los años treinta del siglo XX. Si consultamos El capital no tendremos una repentina conversión comunista. Si leemos Mein Kampf y estamos suficientemente formados no nos entrarán ansias locas de invadir Polonia, más bien lo contrario. Su prosa es densa, el estilo mediocre y el batiburrillo paranoico de sus teorías es una clara advertencia que muchos de sus contemporáneos desoyeron, sólo el gran Winston Churchill y Charles de Gaulle atinaron al intuir la tempestad que se avecinaba.

Sin embargo, en otras latitudes la melodía toma otros derroteros. La Historia es caprichosa y las comparaciones odiosas. El volumen tiene muchos seguidores allá donde el nacionalismo y el antisemitismo proliferan. En India es aceptado con unanimidad y en el mundo árabe goza de una increíble aceptación fruto del odio hacia Israel y la extraña alianza que el nazismo mantuvo con la región, fascinada con la figura del dictador y su promesa de liberación colonial del yugo inglés. Lo mismo ocurre a mayor escala en Turquía, donde se situó entre los más vendidos de 2005 porque sus teorías parecen casar bien con el antiamericanismo, la urgencia por adquirir una identidad propia que distinga al antiguo Imperio Otomano de Europa y la inquina hacia el estado judío de Oriente Medio. Lo preocupante es que estos lectores toman las interpretaciones hitlerianas como bases válidas para entender el porqué el mayor aliado de USA en la región actúa como actúa, y que yo sepa tal exégesis conlleva el mayor problema en relación al manuscrito, que es manipularlo en función del contexto y de determinadas premisas e intereses. La ignorancia siempre fue muy atrevida, por eso hay que combatirla, y en este sentido la magnífica investigación de Antoine Vitkine lo consigue al doscientos por cien.

domingo, 8 de agosto de 2010

El daño oculto de James Stern en Revista de Letras


La ruina y lo inhumano: “El daño oculto”, de James Stern
Por Jordi Corominas i Julián | Reseñas | 4.08.10


El daño oculto. Un viaje a la Alemania de posguerra junto a W.H. Auden. James Stern
Traducción de Ariel Dillon
Lengua de Trapo (Madrid, 2010)

“Esto es el mal, organizado a escala de producción masiva. Son infecciosos, portadores de odio. Actúan desde las profundidades de la desesperación, desde el miedo incontrolable. Ellos siempre destruirán al bueno, al pobre, al débil…¡Porque el pobre, el viejo, el débil, las flores en la pradera, amigo mío, son aquello a lo que más temen, y lo que más quieren destruir!”.

Hay mucha poesía en la muerte de un monstruo que contribuye con sus decisiones al último suspiro de 55 millones de individuos. Adolf Hitler se suicidó el 30 de abril de 1945 y la radio lo notificó horas más tarde. Nadie se preocupó en Alemania. Seguían cayendo obuses, se luchaba casa por casa y muchos fanáticos seguían enarbolando la esvástica para defender el Reich de los mil años que por suerte sólo duró doce. Una vez se firmó la paz en Europa su figura siguió presente en la posguerra. Las ruinas lo recordaban y quizá nadie como Roberto Rossellini para testimoniar la pervivencia del mal en los desechos. En Germania anno zero el director transalpino rodó una mítica escena en la que se oye la voz del Führer retumbando desde el Bunker donde el dictador se disparó el tiro de gracia. Estupor, miedo e impresión. Sin embargo, la visión del cineasta es pura lírica. El neorrealismo trastocó la estética fílmica y quiso testimoniar el padecer de todo hombre común en ese ominoso período de pobreza y reconstrucción, pero fue fiel a la verdad en parte, porque sus historias cotidianas siempre tenían una moraleja previsible para seducir al espectador mientras el celuloide alimentaba la mente de moralina entre caballos blancos de limpia botas, viejos con perros y bicicletas robadas para abandonar el desconsuelo.

Lo trágico de nuestro recorrido cultural es que solemos fijarnos en los grandes eventos e ignoramos con demasiada conciencia el hilo de los derrotados de a pie. Cuando se habla de la época posterior al mayor conflicto bélico de la Humanidad solemos centrarnos en cumbres, juicios, Guerras Frías y bloqueos, sin contemplar en ningún momento cómo malvivían los alemanes de 1945, víctimas de una hipnosis de la que despertaron demasiado tarde, presos de un megalómano que les abocó al odio que genera odio, despropósito ario sepultado entre bombas, hambre e indigencia. Recientemente W. G. Sebald trató la temática en Sobre la historia natural de la destrucción, volumen donde el autor teutón intenta mostrar cómo no sólo hubo crueldad nazi mediante la completa disección filosófica de los bombardeos en suelo germánico, incendio pletórico que asoló la tierra, carbonizó personas y terminó, lo que debemos considerar como una anécdota por la magnitud de la tragedia, con parte del patrimonio arquitectónico del país de Richard Wagner y Federico el Grande.





En mayo de 1945 James Stern residía en Nueva York y recibió la visita de un amigo, el poeta W. H. Auden oculto en el texto bajo el nombre de Mervyn, rumbo al corazón de las tinieblas para una misión desconocida. A finales de la Segunda Guerra Mundial el Pentágono empezó a reclutar ciudadanos estadounidenses con conocimientos de alemán para interrogar a los habitantes del antiguo Tercer Reich sobre el efecto que los bombardeos aliados causaron en su ya de por sí maltrecha moral. Los encuestadores no supieron de su cometido hasta aterrizar en el reino de la pesadilla, hecho pedazos, en un coma profundo, casi irreversible, situación muy diferente a la conocida por Stern en sus juventud, cuando vivió en Frankfurt y alrededores trabajando simultáneamente como barman y empleado bancario. Este incansable viajero sintió cómo le picaba el gusanillo europeo y desde la nostalgia se enroló en las filas del ejército norteamericano para volver a saludar a la vieja destruida por la locura y el irraciocinio nazi.





Testimonios del vacío: radiografía tras la barbarie desde un jeep




Una vez dentro del avión Stern y sus compañeros no pudieron dormir. Los nervios atenazaban a Morfeo por un deseo de aterrizar y deleitarse ante las maravillas del otro lado del Océano. De las Azores a Londres y de Londres a París. En la capital británica nuestro protagonista aprovechó su tiempo entre el recuerdo y un sumergirse en la campiña británica para saludar a sus padres y notar como en el campo casi nada había cambiado y la abundancia seguía vigente pese a la atmósfera irreal e alicaída tras el silencio de las armas, situación bien diferente a la que brindaba por aquel entonces la ciudad de la luz, entristecida por cuatro años de ocupación reflejada en los ojos de viejos conocidos que habían perdido su fuerza a base de sufrir humillaciones y la opresión de quien padece la tortura de esperar la llamada de la condena. La desoladora capital francesa se configura en simple antesala del horror en mayúsculas que se mezcla con un extraño lujo una vez el cuerpo expedicionario se instala en Alemania. Los enviados del Tío Sam disponen de comida, cigarrillos y goma de mascar que reparten con generosidad, aunque lo importante bascula hacia otras direcciones. El infierno es piedra molida y lúgubre amanecer bajo el estigma de la culpa colectiva. Todo un pueblo de gente corriente arrastra consigo el sambenito de la derrota y la palidez envuelve el conjunto. Los soldados de la Wehrmacht transitan cabizbajos y los civiles opinan excusándose, escurriendo el bulto. Los encuentros de Stern tienen valor porque engloban la totalidad de la sociedad alemana, desde el lisiado con su pata de palo pasando por convencidas nazis hasta llegar a familias que perdieron hijos que resistieron en la artística Munich contra el enemigo gobernante. Además, el testimonio del americano de origen irlandés adquiere un magma extra porque es un narrador que desde su propio yo tiene la virtud de trazar válidas comparaciones entre presente y pasado, paragonando los tiempos para comprender hasta donde llegaron Hitler y sus secuaces en la desfiguración del principal país centroeuropeo. Ello se aprecia sobre todo cuando el protagonista del relato, un estupendo diario de viajes que evita caer en lo lacrimógeno, vaga por Alemania y reencuentra desdichados amigos que han perdido mujer, hijos, domicilio y honor. Brotan las canas, lloran los ojos y el surrealismo se impone en un espacio congelado alterador del orden. Una joven quiere parir en Frankfurt, su villa natal. Ha salido de Roma en bicicleta, se la han robado y no le importa, su voluntad es firme en el vagabundeo, hermano del mercado negro y los chiquillos ladrones de comida para subsistir en el Hades, donde es posible divisar viviendas donde sólo se conserva un piso, como si fuera una isla flotante en que sus inquilinos siguen cerrando la puerta pese a convivir sin paredes. Muchos son los episodios remarcables del daño oculto, plasmado en un dedo que apunta a la inteligencia como perpetradora de la conspiración nazi, engañabobos que encandiló a pobres y analfabetos en una vorágine que tras la detención, y en muchos casos muerte, de los jerifaltes aporta el milagro de la sonrisa y el entendimiento entre naciones con simples pastos, bromas idiotas, miradas fugaces y una eterna confesión entre la ruina que no es vestigio, sino radiografía al aire libre de nuestra brutalidad. Se preguntará el lector en que consiste el daño oculto y en la manera que tiene Stern de plasmarlo. Su deambular por Germania es un cuadro impresionista donde caben cementerios americanos, agujeros sin fósforo, castillos bávaros y un sinfín de recuerdos. El daño es impalpable y está en todas partes, es hermafrodita y arrastra una pesada soga. Culpa, trauma, palabras esenciales, losas de las que seguiremos discutiendo por los siglos de los siglos, y quizá convendría hacerlo desde la perspectiva de este libro editado en 1947, obra que sumergiéndose en la normalidad da en el clavo al constatar con crudeza como muchos desheredados penaban las medidas tomadas por los del uniforme y la calavera, mandamases que, como siempre pero en grado superlativo, prefirieron montar su propia batalla sin pensar en ningún momento que gobernar consiste en hacer el bien común, no el mal absoluto.